El turno sexual

Chaves está satisfecho con el estado de la autonomía. No podría mejorarlo aunque quisiera, de ser cierto su balance, que no lo es ni siquiera para los organismos oficiales, y ello explica que no se vea concernido por la promesa que hizo ZP al llegar de limitar los mandatos. Normal. Lo que ya no lo es tanto es la pamplina de que proyecta que le suceda una mujer, no porque tenga en la cabeza ninguna eminente, sino tan sólo “porque ha llegado el momento”. ¿Qué momento, el momento de qué, cómo justificar que el siguiente liderato haya de ser femenino porque sí, por imperativo de una suerte de “turno” sin más sentido que el capricho, por qué excluir de antemano a los varones al margen de sus capacidades? Pasar de las ‘cuotas’ al ‘turno’ es lo que faltaba. Sobrev todo en una autonomía en que las hembras de a pie siguen cobrando mucho menos que los machos por el mismo trabajo. 

El debatillo

Concurriendo juntos a las elecciones generales y a las autonómicas, lo que busca el PSOE es evitar el debate regional y, ya de paso, los debates provinciales. Verán como el “cara a cara” Chaves-Arenas no es lo mismo que el “debate a cuatro” del otro día. Pero en Huelva ni eso, porque en Huelva no habrá más que uno sólo, en el que, como pudo comprobar la escasa audiencia que lo vio, los minoritarios de la provincia (IU y PA) lo son por deméritos propios, y para el PSOE no hay prioridad mayor que acabar, como sea, con el alcalde de la capital, como demostró esa diputada/concejala calañesa con su obsesión ‘antiperiquista’. Pero, bueno, ¿es que Huelva no tiene, de cara a las autonómicas, otro objetivo que ir preparando las lejanas municipales? Eso parecía oyendo a Castillo, típico espécimen de esa cohorte de relevo que se mueve fatalmente entre la zancadilla y la utopía. Oyéndola resonaba con claridad el eco de la frustración por el asalto a la alcaldía. Decididamente Huelva no tiene demasiada buena suerte con esos próceres cooptados. 

El agua, de mito a problema

No hay mitología ni historia sagrada entre los pueblos del planeta que no incluya la lucha por el agua. La Biblia tiene sus pozos, como el que Jacob dejó en herencia a José en Sicar y en el que Cristo conversó con la Samaritana. Los pueblos del desierto sacralizaron el pozo hasta protegerlo con piadosas costumbres que, sin embargo, no evitaron las guerras por su posesión. Son legendarias las normativas egipcias sobre el uso del agua que los huertanos de Valencia sustrajeron al derecho común por considerarlo asunto intransferible. Pero el agua era un recurso escaso de uso también moderado hasta que se impuso el modelo urbano y, posteriormente, su versión industrialista. Tomemos el caso de China, que consume hoy cinco veces al agua con que se aviaba hace medio siglo y cuya penumbrosa revolución actual gira obsesivamente alrededor de un vuelco en las infraestructuras que nada simboliza mejor que el audaz prodigio de la presa de las Tres Gargantas, que dará de beber al Norte seco del arruinado río Amarillo a costa de los caudales sureños del Yangtsé. Más cerca, aquí mismo en Andalucía. Una región de economía dual –agricultura/turismo– ve agravado por días su problema del agua. Cierto que Huelva se salva de esa quema, sin necesidad de recurrir a su tesoro freático, primero por el beneficio que supuso la presa del Chanza y, luego, por la del Andévalo –tan cuestionada y retrasada en su día por absurdas objeciones conservacionistas– que ha hecho posible el Plan Sur Andévalo, y que fue inaugurada, precisamente, por la ministra que hoy nos visita, bien popular entre nuestros agricultores desde entonces.
Junto al debate del travase de la España húmeda a la España seca –anunciado por Joaquín Costa y constante hasta Juan Benet– suele decirse que al agua es barata y que ése es el problema, pero entre tanto, un Plan Hidrológico Nacional, aprobado por el Consejo Nacional del Agua, integrante de todas las fuerzas y sectores, incluido el ecologismo radical, ha sido desechado por el Gobierno ante la presión de sus socios nacionalistas de Aragón y Cataluña, optando, alternativamente, por esa desalinización que tiene tan altos costes energéticos y plantea, según dice los biólogos, pavorosos problemas para la eliminación de las salmueras resultantes. Estos días estamos viendo que ni siquiera el PP defiende ya desde el programa aquel proyecto de gran aliento, seguramente forzado por la lógica electoral, pero lo cierto es que, no sólo el toronjal valenciano y “la huerta del Segura donde riega la huertana”, como cantaba la zarzuela, sufren la escasez de ese bien sin el que, no hay que darle vueltas, no hay vida que merezca ese nombre. Un solo ejemplo. Nuestros agricultores almerienses han de comprar el agua –mientras la desalinizada en Carboneras se envía a Barcelona– por un precio entre cinco y diez veces superior al que un arrocero de Sevilla habría de pagarle a la Administración por el agua de la cuenca del Guadalquivir, a lo que habrá de sumar lo que cuesta el transporte, y comprar el resto imprescindible a quienes la poseen en el Oeste, de manera que de 2 céntimos que cuesta en la Isla Mayor sevillana, el agua en el Negratín habrá subido el precio del metro cúbico en los 10 cts. que le factura la propia Administración, más el transporte, más los 18 cts. que le cobra el “dueño” vendedor de derechos, y amén del coste de distribución final.
Andamos luchando alrededor del pozo, ésa es la verdad, como hace cuatro, dos mil años, como hoy mismo en el África profunda, mientras dicen que el despilfarro es descomunal en el ámbito doméstico –si la  agricultura consume un 70 por ciento del caudal, el consumo urbano “pierde” por sus pésimas infraestructuras una cantidad insufrible, y sigue estando incontrolado o consentido en utilizaciones muy cuestionadas– el gasto parece desafiar incluso a las subidas de tarifas que, por si algo faltaba, son diferentes según el humor presupuestario de los municipios. Todo esto lo sabe mejor que nadie, seguramente, Elvira Rodríguez, una responsable que lamentablemente no tuvo demasiado tiempo pero con la que es muy posible que el panorama actual fuera muy diferente del que es. El agua ya no es un elemento del mito sino un desafío de la política y, lo que es peor, una amenazada condición de la vida. Hoy no se festejan paces junto al pozo ni se envenenan los veneros para acabar con el enemigo. Para eso disponemos ahora de los cambalaches post-electorales y la ley aliada con el sinsentido. Elvira Rodríguez supo verlo con claridad pero, lamentablemente, no le dieron tiempo.

Sota y caballo

El ruido y la furia de la campaña han logrado ir paliando hasta extinguir el rumor de que un libro escrito por un amigo íntimo del Rey –concretamente unas memorias una impresas en una editorial andaluza– ha sido liquidado en una trituradora cinco días antes de su prevista publicación. Ni que decir tiene que el amigo en cuestión era el embajador Prado Colón de Carvajal, figura decisiva en la biografía del monarca y a quien los observadores del ramo, como ‘Sverlo’, Jesús Cacho o García Abad, no dudan en señalar como el “íntimo compañero de negocios del Rey durante tres décadas”, esto es, durante el periodo en que el patrimonio familiar del actual Jefe del Estado ha pasado de la reconocida precariedad a la opulencia hasta convertirse, si hemos de creer lo que a este propósito dicen las publicaciones especializadas, en una de las grandes fortunas del mundo. No es la primera vez –ni será la última– que en España se destruya un libro incómodo para el Poder, una tradición que se remonta al negocio que supuso para Blasco Ibáñez la compra masiva de “La Bodega” por parte de los Domecq, que en la novela aparecían como caciques bajo el pseudónimo de los “Dupond”. También en los albores de la Transición se destruyó en unos talleres valencianos una biografía de González que a los censores del partido les resultó (a mi juicio, con razón) menos favorable que perjudicial. La lucha contra los “papeles” críticos es tan antigua como la política (César manejó con virtuosismo para contrarrestarlos el panfletismo primitivo de las “Acta diurna”), pero en el caso que nos ocupa no se trata tanto de ese holocausto bibliográfico sino de la persistencia en la estrategia informativa del país de lo que pudiéramos llamar el “tabú real”, que tanto dio que hablar cuando Bárbara Rey denunció en el 97 un elocuente robo de material fotográfico en su casa y amenazó, cómo no, con escribir en su momento un libro, nada menos que “sobre el mundo entero”. Y ya estamos con lo del remedio y la enfermedad, porque, vamos a ver: ¿qué es peor, lo que pueda decir en su libro el confidente del Rey o lo que, en base al rumor, pueda imaginar sin tasa la opinión pública?
                                                               xxxxx
Naturalmente no seré yo quien arriesgue una respuesta a esa pregunta, pero tampoco quien se quede indiferente ante la noticia de que el libro escrito por un cortesano reconicido –condenado varias veces, todo debe decirse– ha de ser destruido para que no llegue al conocimiento ciudadano. El rumor no es por sí mismo ni bueno ni malo; la bondad o la maldad estará, en todo caso, en su verosimilitud, y ésta, como es lógico y natural, depende no poco de la réplica autorizada que se le dé, nunca del silencio. Aparte de que “la callada por respuesta” constituye un derecho del peatón pero no del prócer que, sin perjuicio de lo establecido sobre la carga de la prueba, debe soportar una carga suplementaria de responsable decoro. No tiene la misma necesidad de limpiar su buen nombre el cabrero en su majada que el rey en su corte, aparte de que un Jefe del Estado ha de ser paradigma de rectitud. Bien, pues eso es lo que cuestiona la decisión de triturar el libro del confidente del Rey, eso es lo que deja el campo libre a la imaginación o a la malicia para pasearse desde la Barcelona del caso Gran Tibidabo a la Arabia wahabita de los petrodólares, lo mismo que el presunto robo en casa de la actriz y la oscura intervención de ciertos servicios, dio pábulo a historietas en las que ese Jefe del Estado aparecía en gayumbos más contento que unas pascuas. La dignidad del Rey no es sólo un derecho privado sino un espejo en el que no cabe reflejarse turbiamente. Si alguien cubre con un velo ese espejo, mala cosa, porque mucha gente se preguntará el por qué, y lo que es peor, se dará, sin duda, la respuesta que mejor le cuadre. Yo mimos me pregunto qué gravedades dirá Colón en esas memorias para que Pimentel haya decidido triturarlas.

No existimos

¿Ustedes oyen algo serio sobre los problemas de Andalucía o perciben, más bien, que el estruendo de la campaña de las “generales” ahoga por completo las voces que deberían debatir lo nuestro? Se comprende que para Chaves una y otra sean la misma campaña, y mejor todavía se entiende que ni loco quisiera presentarse en público sólo para que le echen en cara el argumento irrefutable: “Si estamos tan bien, si tanto avanzamos, si vamos embalados que no hay quien nos pare, ¿por qué seguimos a la cola de España mientras otras regiones han prosperado considerablemente durante estos 20 o 30 años?”. Las elecciones van juntas y revueltas porque Chaves no quiere oír esa pregunta lógica y aplastante, al menos en la calle. El ridículo nivel de información de los andaluces, averiguado de sobra, demuestra que el procedimiento lo beneficia. Ya me dirán, entonces, para qué cambiar. 

La varita mágica

No se explica la contundencia de Nilefós al presentar su decisión de cierre si tan fñácil resultaba llegar a un acuerdo con la Junta –como el que, al parecer, han llegado la consejería de Trabajo y la empresa– para mantener el empleo mientras duran las conversaciones. Y no es por ser pesimistas, pero no hay que olvidar que el tiempo de elecciones es tiempo milagrero, y nada tendría de extraño que en esta radical e inexplicado giro, Nilefós estuviera siendo amable con la estrategia electoral de la Junta y su partido, a los que un conflicto de esta naturaleza no puede favorecerle y sí perjudicarle. Después de las elecciones hablaremos, en cualquier caso, pero insisto en que carece de lógica no agotar las vías de posible solución antes de decretar un  cierre. Todo esto huele de lejos a varita mágica electoral. Tras el 9-M lo que sea, sonará.