Miedo al directo

Al final sólo habrá un debate entre Chaves y Arenas. ¿Por qué razón, qué tiene el debate nacional de más interesante que el nuestro para que se le brinden dos debates y al andaluz uno solo? Pues muy sencillo, que Chaves no las tiene todas consigo ni mucho menos, que su experiencia en “Tengo una pregunta para usted” fue ya suficientemente dura como para darle margen a un rival que lo supera sin esfuerzo, que un Presidente con tan pesado fardo de errores y omisiones es normal que rechace un enfrentamiento directo con quien –fuera de su excelente balance en la política nacional– nada tiene que temer donde nunca tuvo responsabilidades de gobierno. A los ojos de Chaves valemos la mitad que el conjunto. No hay que olvidar que a él le importó siempre más su partido que Andalucía. 

Vale todo

Por fin el consejo de Ministros dio luz verde a la Diputación para acometer los trabajos del puente sobre el Chanza que servirá de enlace con Portugal y que ha venido siendo rechazado con insistencia por diversos sectores sociales, en especial por grupos ecologistas. Desde el PSOE, Berreo decía ayer con desparpajo que, para esa decisión, contaba con el apoyo expreso de Greenpeace pero, consultado el responsable de la campaña de aguas de la organización, Julio Barea, lo desmintió sin contemplaciones. No tiene importancia, habida cuenta de por dónde va ya la vera de los camelos electoralistas, pero el hecho sí que sirve para demostrar de nuevo la absoluta falta de escrúpulos de los políticos a la hora de barrar para adentro. La mentira en política no es ni buena ni mala, es simplemente normal y por eso apenas es tenida en cuenta por la gente. Barrero lo sabe de sobra y se aprovecha de ello. 

Paseo por Babel

Mi columna “Guerra al latín”, crítica frontal del radicalismo lingüístico de ciertos feminismos ignaros, me ha acarreado, para qué mentirles, un buen montón de subidas discrepancias y no pocos insultos. Es igual: insisto en que proponer “distanciarnos del latín” no es más que una sonora pamplina y eso fue justamente lo que dijo una dirigente feminista de las que suelo llamar “de nómina”. Por reacción, me he vuelto sobre viejas lecturas, dos en concreto, un fenomenal ensayo de Georges Steiner (que no cumple ya veinte años, me parece) y unas reflexiones de Agustín García Calvo que conservo como oro en paño. Steiner propuso en “Después de Babel” un singular elogio de la diversidad de las lenguas, exhumó aquello (que yo no me acabo de creer) de que en el planeta existen 20.000 distintas, sin dejar de recordar que en sólo en Filipinas se habla un centenar de ellas, que en Mindanao hay una que va por libre, como el euskera, y que la relación entre riqueza idiomática y pobreza material es una obviedad que confirman muchos pueblos, aunque ninguno como el de esos bosquimanos que utilizan, al parecer, y no me explico cómo, hasta 25 formas de ese mismo subjuntivo del que la ESO ha librado a la ‘basca’. Pero ahora se anuncia un nuevo libro suyo en el que analiza –un poco en plan Simone de Beauvoir cuando nos escandalizaba describiéndonos sus entusiastas felaciones al novelista Nelson Algren– la relación entre sexo y lenguaje, un nexo mediatizado sin remedio, según él, en el que el sordomundo, ajeno a radio y tv, sería “el último sujeto con libertad” que queda en el mundo. En cuanto a Agustín –el Agustín por antonomasia de mi generación no era el de Hipona sino éste– repaso sus tesis sobre la fatal degeneración de la lengua hasta convertirse en ‘idiomática’ o privativa del Poder en lugar de mantenerse como propiedad de todos. La influencia y el dinero corrompen un instrumento “natural” que los griegos no distinguían (‘logos’) de la propia razón. Imaginen el resto.
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Para García Calvo la distinción entre los “géneros” (la RAE insiste en que debe decirse ‘sexos) es un simple fenómeno ‘idiomático’ y, agrega ya embalado, “no muy profundo”, cuya función no es distinguir entre los sexos sino responder a la imperiosa necesidad taxonómica de todo sistema de signos. Hay lenguas que carecen de “géneros”, recuerda con las del beri, antes de recordar que el propio inglés, la actual ‘koiné’, “casi no tiene ninguno” fuera de los deícticos personales (‘he’, ‘she’), sin que pueda distinguirse ni entre personas ni entre animales. Lo cual le pasa al inglés por no descender por derecho del latín y no al contrario, a ver si se enteran de una vez las amazonas. “No tienen ni idea de lo que es la lengua”, dice Agustín convencido. Y no me resisto a reproducir el resto: “Y el error político de actitudes como ésas (las del integrismo feminista) es que justamente se pierden con esas menudencias y superficialidades, se pierden la lengua misma, que es el sitio donde el pueblo, sin distinción de sexos,  se levanta contra el Poder establecido”. Steiner habla de unas siberianas que enseñan a sus hijos la lengua masculina prohibida a ellas mismas, que eso sí que es discriminación y lo demás son mandangas, pero ni siquiera un rasgo tan grave le hace abdicar de su defensa de la diversidad, porque lo que él sostiene es que en cada lengua el nivel del tabú –y por ende, el tabú mismo– es diferente. Nadie en Occidente había distinguido ni retóricamente ni en el uso cotidiano “vecinos y vecinas” antes de Llamazares y esas ménades que culpan a al pobre Cicerón pero callan como muertas cuando quien ofende realmente a una hembra pertenece a su club privado, y que no parece que sepan que hay lugares en el planeta en los que, siempre según Steiner, estén muriendo lenguas mientras ellas siguen dale que te pego con el tema del “género”.

Bisagra dorada

Al responsable del andalucismo de partido, tras mostrarse a las claras dispuesto a gobernar con Chaves varias veces, parece que ha descubierto la pólvora para una eventual colaboración con un eventual PSOE no mayoritario en lo que él llama la “opción Revilla”, es decir, ni más ni menos que la posibilidad de que Chaves o Arenas le dejaran la presidencia ¡a él! para integrarse como simples socios en un proyecto que dejaría fuera, en todo caso, al partido más votado. No se arredra Álvarez ante el mogollón de críticas que aquella oscura maniobra de Cantabria acumula desde hace años, sino que la propone como ideal para nuestra tierra, como si Chaves no hubiera demostrado aquí ya que un “régimen” como el suyo puede sobrevivir incluso a lo que él llama la “pinza”. Sueños de novato, pero sueños nada nobles, proyectos torcidos y desleales, trucos y retrucos que, fuera de poner en ridículo a quien los propone, un lograrán mucho más. El andalucismo iba mal con los dirigentes “históricos”. Con los “renovadores” se ha quedado en un chiringuito. 

Perder el tren

Está fresca y coleando aún la más que dudosa promesa electoral de un “tren circular” para la capital y alrededores, y nos enteramos –por la UGT en concreto– que la estrategia de RENFE para aburrir al usuario onubense del ferrocarril es adjudicarla a nuestras líneas el material de desecho que va sobrando por ahí. El “sindicato hermano” denuncia el “aislamiento” a que la Junta tiene sometida a Huelva y propone una serie de medidas –desde horarias a la composición de trenes pasando por ofertas estimulantes– en las que francamente cuesta trabajo creer. Se une este maltrato a la supresión de varios Talgos a Madrid así como la eliminación del servicio de contenedores, medidas paradójicamente apoyadas con entusiasmo desde el PSOE local a pesar de las protestas de instituciones y sectores sociales diversos. Huelva parece haber perdido el tren y no sólo el que viaja sobre raíles. Ni siquiera en precampaña son capaces los responsables del Poder de hacer siquiera un gesto de auxilio ante esta evidencia. 

El tabú del cuerpo

La decisión del Metro londinense de prohibir la exhibición de la Venus de Lucas Cranach el Viejo como reclamo de una exposición de la Royal Academy ha provocado un verdadero torbellino en media Europa. No hace demasiado tiempo que en ese mismo transporte, y ya de paso en los autobuses de Berlín, se prohibió también la imagen de un hombre amamantando a un bebé, ni de que grupos de aguerridas matronas desafiaran esos reglamentos exhibiéndose sin ambages en su noble función prohibida. El tabú del cuerpo es un curioso lastre de la civilización que contrasta con la ingenuidad (ingenuo significa libre, no se olvide) con que el desnudo se conserva en los “estados de naturaleza”, pero tampoco es cosa me meterse en antropologías cuando la flamante señora del presidente francés no duda en posar para la prensa como Dios la trajo al mundo y no ocurre nada del otro mundo. En la revista “Current Biology” leímos recientemente al conclusión de un sabio del Instituto Max Planck, de que el vestido, a pesar de las estimaciones de sus historiadores, no tendría más de setenta mil años de antigüedad, lo que quiere decir que la especie debió de circular sin complejos, desnuda y sin compromiso, al menos durante un millón de años tras su expulsión del Paraíso por al arcángel flamígero. Mucho se ha dicho y escrito sobre el ‘naturalismo’ de la mirada griega que el mundo ‘moderno’ rescatará luego reproduciendo un arte del desnudo que todavía con Miguel Ángel debía soportar las censuras papales y repintarle “braghetoni” al prodigioso Adán de la Sixtina, mientras Felipe II guardaba ocultos los suyos en la misma cámara escurialense desde la que oía misa encamado. Pero los desnudos de Cranach o Durero son todavía, en mi opinión, cuerpos gloriosos. La ‘malicia’, como dice el moralismo rancio, entra en el arte, si acaso, con esa Venus goyesca que mira con altanería al mirón o con la famosa “paráfrasis” que Picasso hizo de otra ‘venus’ de Cranach, aquella que incluye los enojos de Cupido. Es la mirada la que evoluciona desde la ‘ingenuidad’ hacia el ‘sentido’. Las ‘venus’ de la fertilidad nada tenían que ver con el erotismo.
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Algo no funciona bien en el Londres conmocionado por los atentados terroristas cuando el puritanismo es capaz de superponer estas banalidades de la pudibundez a hechos tan graves como la decisión gubernamental de “fichar” a la basca a partir de los 14 años, de manera que todos los accidentes de su biografía académica y de su conducta queden archivados y a disposición de futuros curiosos, una medida que cuestiona seriamente el derecho a la intimidad y que, por su estilo brusco más que nada, ha ofendido el viejo sentido de la libertad propio de ese pueblo. Es verdad que en USA, por otra parte, no hace mucho que un profesor de Minessota con graves responsabilidades públicas a su cargo, sostuvo que en aquella publicitada democracia los desnudos europeos resultarían inconcebibles, y no lo es menos que el infierno de Guantánamo hace que se cuartee la imagen enteriza del Imperio, peligrosamente desconcertado por el zarpazo del terror. Ese tabú no tan ancestral se ceba, pues, en el cuerpo, desentendiéndose simultáneamente de la ‘persona’, contamina la mirada eventualmente ingenua injertándole un ‘sentido’ artificial al ‘significado’ originario. Lo que no veo por más que me esfuerzo es ese reflejo libidinoso que subrayan la mayoría de los observadores en esa adolescente de la gargantilla que pellizca con tacto manierista la leve transparencia del velo de tul. En una novela olvidada, decía Fernández Flores que la malicia del macho hispano era capaz de ver imágenes venusinas en el sencillo acto de meter el corcho en una botella. No es un consuelo definitivo, desde luego, pero ver que, a su manera, en todas partes cuecen habas prohibidas no deja de constituir un alivio para quienes entre nosotros rechazan con decisión ese dudoso privilegio de ser diferentes.