La gente y los partidos

El viernes por la tarde Iberia retrasó su vuelo procedente de Barcelona y el invitado de las “Charlas en El Mundo”, el diputado catalán Albert Rivera no pudo llegar a la casa Colón –en la que anunciaba un discurso sobre la realidad de los partidos y el papel de los ciudadanos en la política– hasta las diez y media de la noche. Bueno, pues allí se quedó un salón lleno de onubenses, a pie firme, aguantando esas dos horas con tal de escuchar cosas que, a juzgar por el entusiasmo manifestado, no los defraudó cino todo lo contrario. Tan cansada, tan harta está la gente de la partitocracia, del rifirrafe insustancial, de la camelística sistemática, que es capaz de esperar dos horas a un conferenciante. ¿Se imaginan lo que probablemente hubiera ocurrido en un mitin de partido fuera de los obligados por la nómina? Decididamente, los partidos tienen un problema de credibilidad y respeto que ellos se han buscado –cierto que unos más que otros– a pulso y sin atenuantes. 

Mía o de nadie

Otra vez hay inundaciones en la cuenca del Ebro. Como en años anteriores, se quejan los inundados mientras muestran desolados a las cámaras la ruina de sus casas y enseres, en espera del inevitable decreto que tardará en promulgarse y, en fin de cuentas, será recordado –otro– como tardío e insuficiente. ¡Agua va, agua al mar!  Arcadi España propone una explicación sobre la actitud contraria al trasvase en su precioso viaje por el gran río titulado con el palíndromo “Ebro/Orbe”, una joya: “Buena parte de la conciencia aragonesa no quiere más cauces en el Ebro, porque intuye, quizá falsamente, que sus necesidades de agua están ya cubiertas: y que el agua va a encauzarse sólo para las necesidades de otros”. Y recoge una observación de José Carlos Mainer, su huésped esa jornada: “Ya no hay nada que regar aquí. No hay gente. Y los regadíos sólo son rentables cuando puedes recoger varias cosechas al año y vender frutos fuera de temporada, como hacen los andaluces…”. Lo dicho, “o mía o de nadie”. En años pasados se fueron al mar cantidades ingentes de agua que podrían haber aliviado la sed de la España más al sur. ¡Y qué! Estos mismos días se denuncia que la cantidad de agua perdida en el Ebro bastaría para cubrir las necesidades hídricas de Valencia y Murcia juntas, pero la denuncia se pierde sobre un fondo tumultuoso de aguas que se desbordan –en Navarra, en Álava, en Logroño, en Zaragoza– arruinando a las mismas familias que se niegan a ceder el peligroso excedente. Arcadi sostiene que no tiene sentido seguir pensando en la solución del trasvase una vez que se ha esfumado la conciencia de unidad, esto es, una vez liquidado, en alta medida, el concepto unitario de España. Y lleva razón, seguramente, pero el espectáculo casi anual de estos despilfarros que dañan a los propios adversarios del trasvase sigue injuriando al sentido común. ¿El agua? ¡O mía o de nadie! La cosa es tan jodida de entender que hay partidos, como el PSOE, que ondean simultáneamente bandera blanca en Aragón y roja en Andalucía.
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En China, o sea, en el futuro, la mayor presa del planeta es probable que influya (¡y sin nadie sepa cómo!) sobre el ‘medio’ pero va, probablemente, a darle de comer a esos cientos de millones de campesinos hambrientos que son la rémora del “nuevo régimen”. Aquí, ya veremos. Arcadi sostiene que, eludido el tema del trasvase desde Cherta a Almería por imposible, hay una solución práctica: desaladoras más energía nuclear. No sé, cualquiera sabe.  Pero si conecto la tele veo la escena repetida de los vecinos sorprendidos por el meteoro, mirando machadianamente al cielo con un ojo mientras baldean el pasillo o rastrillan la acera, como veo la obscena riada apretándose tumultuosa camino de la mar –“que es el morir”, no se olvide– en vez de tirar para el sur en busca de los secarrales donde se mustian los plantones y se resquebrajan las terroneras. Y cuesta, vaya si cuesta, entender ese espectáculo, lo mismo en el Ebro que el Guadalquivir, quizá porque en la Historia de España hay mucho canal y mucha acequia, toda una entrañada trama arterial sin la que no se entendería ni nuestras paces ni nuestras guerras vecinales. A las puertas de la catedral de Valencia se reúne los jueves –ya sin orden del día, tengo entendido– el Tribunal de las Aguas en el que los propios huertanos regantes hacen sus justicias y las acatan como está mandado. “El agua no es de nadie porque es de todos”: he ahí un principio admirable hoy en pleno desuso. Sobre todo en le Ebro, donde estos días, como en ocasiones pasadas, miles de metros cúbicos (más de 1.000 por segundo si el meteoro no aprieta) van absurdamente en busca del mar mientras Caín se lamenta porque el légamo se acumula, los enseres se pierden y el decreto, ay, no llega.

‘Motu propio’

Lo del PA renovado/reciclado/arruinado tiene cada día más mandanga y si no, véanlo un día (o dos, vamos) votar en el Parlamento pegado como fiel escudero a la jareta del PSOE y al siguiente salir por peteneras, evidentemente concertadas, “exigiendo” a Chaves que “actúe de ‘motu propio’ en el “caso Malaya” y comparezca dispuesto a aclarar todo lo aclarable no porque nadie se lo mande sino por vergüenza torera. Camelos, no le den vueltas. El PA ha podido navegar entre varias aguas lo que ha podido pero ve que se acercan las elecciones y anda calculando ya el posible pacto/visagra con un PSOE eventualmente necesitado en los Ayuntamientos (especialmente el de Sevilla) o, quién sabe, tal vez también en la Junta. Nada, cuentos, porque si el PA quiere de verdad esa gran justicia no se entiende que vote en el Parlamento contra la propuesta de su investigación. Navegar con doble pabellón puede resultar útil pero expuesto a que te disparen por ambos costados. 

Mujercitas

Vaya palo el que le ha caído encima a la ‘Dipu’: dos casos de “mobbing” presuntamente perpetrados a primer nivel. Pero palo y medio el de Manuela Parralo porque ver a una mujer feminista ante la Justicia por hacerle (presuntamente) la vida imposible a otra mujer trabajadora resulta, además de fuerte, no poco esclarecedor. No es una novedad el caso de una mujer trabajadora denunciando la intolerancia de una jefa o incluso la persecución padecida a manos de otra, pero que esa otra sea nada menos que la Vicepresidenta de una Diputación y, todavía peor, la candidata a la alcaldía de la capital, es ya sencillamente absurdo. Y digo absurdo porque no se comprende como Parralo ha dejado llegar las cosas hasta este descabellado punto. ¿Tan seguros, tan amos del cotarro se sienten que ni se molestan en evitar los conflictos que pueden estallar ante un magistrado? Pues parece que sí, y eso es algo que, con casi absoluta probabilidad, no ha de escapársele a las mujeres onubenses a la hora de votar. 

Piedras a lo alto

Voltaire abría el comentario sobre la blasfemia en su “Diccionario Filosófico” con una discreta advertencia que debería hacer pensar a tanto volteriano de pacotilla como anda esta temporada por ahí tirando piedras a lo Alto: el origen griego de esa voz que significa ni más ni menos que “ataque a la reputación”, según el sentido que le diera Demóstenes, pero que la Iglesia Griega concretó en el más estricto de “injuria que se hace a Dios”, a lo que el gran incrédulo añadía una circunstancia también elocuente y es que los romanos jamás usaron un concepto semejante dado su convencimiento racional de que la ofensa a la divinidad era una pura fantasía. Voltaire hubiera vapuleado, sin duda, a esos ultraortodoxos que estos días andan arrancando de las paredes los carteles anunciadores de unos dibujos animados en los que un personaje tan familiar y asumido como Tarzán aparece, como es lógico, cubierto sólo por el famoso taparrabos que encandiló a Jane. Lo que ya no tengo tan claro es que hubiera apreciado algún talento crítico en la exposición moscovita en la que, con el consiguiente escándalo de la Iglesia Ortodoxa, se exhibe un “Lenin crucificado” junto a una alegoría tipo ‘Play Boy’ que bien pudiera denominarse “La Venus del petróleo”  en la que una robusta walquiria derrama el preciado negro carburante sobre el blanco mórbido de su bajo vientre. Es tremendo, o más bien, resulta desconcertante lo que está ocurriendo con la religión y sus símbolos en el planeta secularizado, sobre todo a raíz del rotundo éxito obtenido por la publicación de las caricaturas de Mahoma aparecidas en Dinamarca que dinamitaron lo que pudiera quedar del “diálogo de civilizaciones”, a saber la proliferación de un espíritu agresivo que se resuelve, por decirlo así, en exhibiciones impúdicas tan poco ingeniosas como sobradas de osadía. En España colea aún el disparate extremeño, auspiciado por la Junta y respaldado por el Gobierno, de esa muestra en que aparecían Cristos erectos, masturbatorios o pedófilos, un arcángel eyaculando, la Virgen amamantando a un cerdo en una escena de sugestión lésbica,  alguna ‘Piedad’ erótica, un san Lucas pornógrafo o la más abyecta Anunciación que quepa imaginar. Es decir, todo un despliegue de vulgaridad burlesca que no estoy seguro de que se hubiera tolerado si las imágenes exhibidas fueran las de la mamá de quien yo me sé enrollada con un onagro o la de alguna ministra manipulada en andrógino. Así de sencillo.
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“Es increíble la multitud de sacrilegios promovidos por el espíritu de partido”, sentenciaba Voltaire, a quien no escapaba que lo que aquí puede resultar blasfemo en otra parte tal vez resulte respetuoso. Pero lo que uno  no acaba de entender es esta ofensiva antirreligiosa (el anticlericalismo es respecto de ella una simple ‘variante débil’) que, en un medio tan profundamente secularizado, no prueba otra cosa sino la que tal vez pudiera ser considerada como la contraria a la intención de los transgresores, esto es, una inconfesable reminiscencia crédula combatida con más voluntad que astucia. Algunos alcanzamos todavía  a conocer en París, merodeando por Odéon y la Sorbona, a aquel personaje místico y fabuloso que fue Marcel Jouhandeau, que sostuvo hasta el final que la blasfemia y el sacrilegio eran el clavo ardiente que quedaba a los impíos para conservar su secreta o vergonzante devoción. Puede, no lo sé ni me interesa, pero no quiero olvidarme de otro maestro añorado, Roger Callois, proclamando que lo sagrado es la fuente de la que mana la vida y el estuario donde se pierde. He visto las imágenes extremeñas –sufragadas incluso por los contribuyentes que ponen la cruz en la casilla pía– y he sentido un desprecio sólo comparable al que me produjo la insólita defensa que hizo de esa mierda la pintoresca ministra de Cultura. Dice González que vivimos un clima prebélico. No ha dicho (aún) que las bárbaras quemas de conventos pudieran estar al caer.

Hilo a la cometa

Andan escamados con razón los alcaldes de la Bahía gaditana ante los regates de la Junta, que un día promete lo que evidentemente no está en condiciones de prometer y al siguiente echa agua al fuego que ella misma encendió para que no se le vaya de las manos. La decisión de Delphi es seguramente irrevocable con independencia de que haya sido montada sobre oscuras maniobras de ingeniería empresarial, y la Junta lo sabe. Si va diciendo otra cosa y promete sin comprometerse demasiado es para ganar tiempo, pare enfriar ánimos y, en definitiva, como siempre, para escurrir el bulto. Esos alcaldes que comenzaron la lucha diciendo que lo único realista era acometer un auténtico plan de desarrollo en la zona deben hoy templar gaitas forzados por los guiños de la Junta, pero les iría mejor continuando por donde iban, es decir, diciéndoles la verdad a los trabajadores. Si la Junta mantiene su juego de darle hilo a la cometa y los sindicatos la secundan, al menos ellos deberían exigir realismo y predicar con el ejemplo.