La crisis que nunca existió

Lo que está ocurriendo en Andalucía tiene que ver menos con eso que Solbes llama “turbulencias” que con la crisis entera y plena e incluso con la recesión. Caso eminente es el desplome del sector de la construcción en el que ya empiezan a conocerse frenazos indisimulables o el auténtico desplome de la red de agencias inmobiliarias, de cuyas 120.000 empresas han desaparecido el año pasado casi un 35 por ciento, esto es unas 4.000, lo que equivale aproximadamente a 12.000 parados más sólo en ese ámbito. Podemos seguir con el ojo tapado, como caballo de picador, pero eso no garantiza otra cosa más que un probable descalabro, nunca la salvación. Y ni una palabra del Gobierno sobre la “Andalucía imparable” de Chaves. Se trata de salvar los muebles en las elecciones y al resto, que le vayan dando.

La tómbola echa el resto

Desde el PSOE, su secretario provincial ha prometido reducir en un 20 por ciento los gases contaminantes y los efectos del CO2; no dice cómo, como es natural, pero ahí queda eso. Desde el PP le han replicado con la promesa de poner en marcha un plan provincial de puentes, otro de carreteras secundarias y construir 400 nuevos kilómetros de autovía; tampoco dice cómo, como pueden imaginarse, pero ahí queda también. Es verdad que el PSOE atesora un importante récord de incumplimientos) nacionales, regionales y locales), pero no lo es menos que las campañas electorales acaban iluminado a todos los actores con el mismo foco. Tras el 9-M retornará el silencio y el olvido, y si te vi no me acuerdo. Nada temerían más los políticos que una reforma que diera rango legal a sus alegres compromisos. A los ciudadanos, para qué hablar.

La moneda fuerte

Tengo entendido que la moneda fuerte favorece las importaciones del que la posee y, al contrario, perjudica a los exportadores. En todo caso, llevar en el bolsillo ese peso específico confiere al que lo lleva una suerte de superioridad que hemos comprobado muchas veces y, al menos hasta la llegada del euro y su posterior cabalgada, nos ha hecho envidiar a los dueños del dólar. Durante los últimos 50 y los felices 60, los yanquis de Torrejón o los de Morón y Rota llegaron a establecer en la noche prostibularia un régimen de doble moneda en el que las putas y los taxistas no sólo admitían el pago en dólares sino que lo preferían porque a la ganancia neta podían  añadir luego, cambiando los cuartos en el mercado negro, un beneficio añadido nada despreciable. El pobre Lauren Postigo se ganó la vida una temporada (nos lo contó una madrugada a Antonio Burgos y a mí) con ese trajín del cambalache monetario para cuyos tratos y contratos con el turisteo eligió aquel lince el camerino de la Virgen de los Reyes de la Catedral sevillana, oculto tras la urna de San Fernando, como una réplica inconsciente del genial retrato del cambista y su mujer de Quentin Metsys, el del Louvre, que representó a la avaricia vecina paredaña de la oración. No diré qué literato de aquel Madrid, ya desaparecido, sostenía que pagar el putiferio sabatino en dólares resultaba cojonudo porque parecía sesenta veces más barato (ése, 60 pesetas, fue durante años el precio del dólar) y, encima, te respetaban más, lo mismo el barman que la rabiza, razón que debió de influir no poco en el proverbial racismo latente por entonces en el ambiente lupanar. Y yo me pregunto ahora si los yanquis que ven a los europeos pagar en euros en sus bares y burdeles sentirán un resquemor simétrico y acaso una cierta xenofobia frente a esos intrusos que han logrado, al fin, unir la fortaleza de su moneda a su prestigio indudable. Lo que sí sé es que, desde Manhattan a Buenos Aires y un poco por todas partes, el euro es acogido con una sonrisa de oreja a oreja. El rapto de Europa le ha salido por la culata al todopoderoso toro blanco.
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El turismo es, sin duda, estupendo además de un activo factor de homogeneización cultural, lo que no quita para que el viaje mismo se haya convertido en una de las industrias más potentes de la postmodernidad aunque, ciertamente, también una de las más expuestas y dependientes de una circunstancia internacional que incluye desde la cotización de la moneda al fantasma de la guerra. España se vio favorecida, qué duda cabe, por la inseguridad de los destinos afectados por la tensión islámica, de la misma manera que los EEUU se ven ahora beneficiados por una invasión –sólo superada por la del año 2000– que ha disparado los ingresos por un turismo en el que el gasto medio por estancia de los europeos se calcula en unos 4.000 dólares. Queda por saber si ese tráfago reforzará nuestra imagen o, por el contrario, despertará en nuestros huéspedes la misma hostilidad sorda que se percibía aquí a simple vista frente a aquellos sargentos negros con chuleaban con el ‘haiga’ o pagaban por la ventanilla con un puñado de dólares y dejaban el cambio al taxista agradecido. Lo cual, en cierta medida, no deja de ser una venganza pírrica del Viejo Continente sobre “el amigo americano” que ya nos salvó dos veces con su ‘Séptimo de Caballería’ de esa Alemania que el año pasado le envío un  ejército de millón y medio de turistas con la mala conciencia superada y el bolsillo reventón. El turista es ese impertinente por el que suspiran los mismos que lo detestan, ese ‘primo’ rumboso al que es preciso corresponder con una mezcla de gratitud y rencor porque nos sube los precios y pone por las nubes la mancebía y el taxi. Aprovechen lo del euro, háganme caso, y dense un homenaje en el “River Café” contemplando la silueta de Manhattan, triste sin sus Torres Gemelas.

El expolio político

Si fuera cierto que Chaves es el hombre pobre que declara (hay una enorme mayoría de andaluces, incluyendo a sus propios votantes que no se lo cree) no tendría ningún  problema a la hora del retiro dorado que ha conseguido blindar en esta legislatura. Es un escándalo el estatuto de los expresidentes, como lo es que 250 altos cargos (vices, secretarios generales, directores generales, delegados de provincia, sin contar a presidentes de organismos autónomos) tengan garantizadas “cesantías” y pensiones que, en el caso de los diputados regionales, cobrarán  “por extinción del mandato, disolución de la Cámara o por renuncia”. Estas cosas habría que contárselas con detalle a los despedidos de Riotinto, de Delphi, de Nilefós y de tantas otras empresas que no recibieron de la Junta más que buenas palabras. Los políticos son los únicos trabajadores que deciden por si mismo su salario, su horario y ahora también sus blindajes y su jubilación.

Rentables ‘sin techo’

Estamos viendo estos días lamentables reportajes sobre las condiciones de vida de muchos emigrantes en nuestra provincia, gente alojada en “módulos” o en naves industriales en obras, por ejemplo, que hablan muy mal del imprescindible control que la delegación del Gobierno debe mantener sobre estas poblaciones desvalidas y tantas veces explotadas. Mucho hablar y prometer en los mítines (de hecho, la inmigración se ha convertido en motivo de puja mitinera) mientras los emigrantes de carne y hueso, los que dejan sus buenas plusvalías en nuestra economía local, se amontonan de manera inhumana ante la indiferencia de una autoridad que sabe mejor que nadie lo que está ocurriendo. Parece que no tiene enmienda esta jodienda de la explotación del inmigrante. El Gobierno debería velar por lo menos porque no se le trate como si de ganado se tratase. 

El mal ejemplo

Esta campaña está siendo marcada por los reventadores que irrumpen en mítines y actos públicos dispuestos a negarles la palabra –ese derecho liminar– al adversario, vale decir a “el Otro”, en el lenguaje maniqueo. El antecedente está, probablemente, en la experiencia de los plenos municipales, en los que, desde hace tiempo, el derecho cívico a la asistencia se confunde con la potestad de intervenir por las buenas o por las bravas cada vez que un partido o un grupo de la naturaleza que sea decide boicotear algún proyecto del consistorio. Pero desde que comenzó esta campaña se vio que el movimiento ya ensayado durante la legislatura –broncas universitarias o callejeras  contra Savater, Gotzone Mora, Arcadi Espada y tantos otros– había alcanzado su plena madurez. Los ataques a María San Gil, Dolors Nadal o Rosa Díez, primero, y más tarde, ya envalentonados, los perpetrados en los mítines del candidato y presidente en funciones o el dirigido contra Chaves en la conmemoración del Día de Andalucía, entre otros cuantos, demuestran que cierto sector cimarrón de nuestra sociedad considera abierta una veda tan imaginaria como intolerable, de permitirse la cual no importa que grupúsculo de escandalosos tendría en sus manos la cacerolada capaz de silenciar nuestro debate democrático. Claro está que las cosas raramente ocurren de manera espontánea, y menos en un escenario como el político, donde la seguridad suele estar garantizada, al menos para los próceres (¿cómo es posible, por cierto, que en el teatro donde Chaves hablaba, tan rigurosamente controlado por el protocolo que ni el alcalde de Granada tenía asiento reservado, se hubiera ‘colado’ ese injustificable comando?), y debe estarlo también, al menos en teoría, para todos los actores de la vida pública. Es posible que esta epidemia de escándalos no sea más que la réplica demótica a la intolerancia de los propios políticos.
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Bien miradas las cosas ¿qué puede esperarse de una campaña en la que los políticos centran su mensaje en la descalificación brutal del adversario, se acusan mutuamente de mentirosos cuando no de ladrones, y en la que un ex-presidente de Gobierno (que se expone, por supuesto a que le devuelvan el insulto al ciento por uno con fundamento sobrado) no se tienta la ropa para llamar “imbécil” al candidato que representa a esa media España a la que ya había descalificado con el mismo epíteto algún “artista” de la comitiva oficial? La indisciplina creciente es tan intolerable como lógica desde esta triste perspectiva, y era predecible incluso antes de que al propio presidente-candidato se le entendiera todo cuando le dijo a un locutor que se proponía subir la “tensión” y “dramatizar” la campaña. No hay que culpar sólo a los bronquistas, pues cuando se le llama “mariposón” a un líder rival como hizo Guerra (sin  la menor protesta de los susceptibles vigías de la homofobia, claro) hay que estar dispuesto a que al día siguiente algún deslenguado del bando contrario te miente la madre. Un personaje tan poco ejemplar como “lady Aviaco” ha tenido la desfachatez de largarle a Pizarro que se ha llevado una fortuna de los españoles refiriéndose a la indemnización de Endesa. Se ve que ya no se acuerda de los fondos reservados, de Filesa, del ‘convoluto’ del AVE, del papel del BOE, de los cuarteles de Roldán, de los ‘cafelitos’ de Guerra, de la prescripción fiscal del cuñadísimo de González y de tantas miserias propias. Bueno, pues esos modos se ‘pegan’, se ‘socializan’, hasta que llega un momento en que se vuelven contra su origen. ¿Por qué ha de respetar un ciudadano a la institución que no se respeta a sí misma? Descuente los casos en que los agredidos han sido inocentes a este respecto: el resto no tiene derecho a quejarse de sus imitadores. Se recoge lo que se siembra, eso es todo. Chaves supo lo que hacía desdramatizando una bronca a la que él no era ajeno.