Realidad y leyenda

He aprovechado la reclusión bajo la solanera para empaparme gozosamente la espléndida y monumental biografía de Valle-Inclán –casi ochocientas páginas– escrita por el profesor malagueño Manuel Alberca en la que, por cierto, veo tácitamente desautorizado, con no poca razón, mi libro sobre el maestro. Tampoco yo comparto por completo la visión de Alberca, pero ello no me impide, antes me obliga, a festejar que, por fin, se haga la luz distinguiendo entre la realidad y la leyenda de esa vida famosa –en buena medida mediatizada por la imaginación del propio Valle– no tanto esgrimiendo teorías como mamándose la amplísima noticia que del escritor tenemos en los archivos además de en la prensa. Reconforta, incluso más que la laboriosidad del biógrafo, su muy valleinclaniana displicencia ante los tópicos corrientes –incluidos los míos–, recuperar al personaje en su humanidad desnudada de leyendas propias y ajenas, seguirle los pasos por su intrincada senda, observarlo en familia y en público “reinventando su vida con la imaginación!” –“¿Por qué iba a someterse a la triste verdad?”, siendo capaz de fabricarse “un mundo paralelo”, razona Alberca–, asistir al desmontaje de sus geniales e hidalguescos camelos, los fantásticos lances de su vida imaginaria. No es frecuente toparse con un azacán inteligente como Alberca que hace trizas el tinglado de la antigua farsa aunque, curiosamente, uno –yo mismo—encuentre confirmadas en su novedoso retrato rasgos que en la intimidad le escuchó en su día ya lejano a Fernández Almagro o a Zamora Vicente.

Creo que “la espada y la palabra” –que éste es el título de esta obra soberbia—será durante mucho tiempo, si no para siempre, el gran referente del fabuloso escritor y, por supuesto, de toda una época, dicho sea, repito, con la imprescindible humildad de quien, desde la discrepancia, reconoce los excesos propios. Mi maestro Maravall estaba más cerca de Alberca y de la objetividad que los jóvenes que escribíamos más contra Franco que a favor de la verdad: como ven no puedo encarecer más el trabajo de Manuel Alberca. Un trabajo denso, minucioso, objetivo, independiente, exhaustivo que, a mi juicio, marca un antes y un después en el chafarrinón fantasmagórico de aquel controvertido genio. ¡Divinas palabras!, las de Alberca, más allá de los desencuentros ideológicos que lo separan de un ingenuo no poco desengañado como yo o del brillante Umbral que escribió “Los botines blancos de piqué”.

Querido diamantino

Hace 20 años que murió el cura Diamantino, gran santo secreto (a voces), fiel revolucionario. Casi vencido ya por su enfermedad me contó con cuántas fatiguitas hubo de arrancar espárragos en Francia por última vez. Y lo recuerdo al enterarme de que tres de cada cuatro temporeros de los van a Francia a deslomarse son andaluces y uno de cada cuatro, jóvenes universitarios, en muchos casos incluso licenciados. Casi peor que en tiempos de Diamantino, ¿no? y tras más de 30 años de “régimen socialista obrero”. Algo no ha funcionado, desde luego. Aquel cura jornalero no ganó en toda su vida laboriosa lo que cualquiera de estos barandas trincan en unos pocos años. Andalucía es así, Señora, qué quiere que le diga.

Deber de ingerencia

La bárbara mutilación genital en Mali de cuatro niñas residentes en el País Vasco ha conmovido las conciencias y, a juzgar por el eco despertado en la prensa europea, no sólo en España. La noticia me recuerda dos discusiones ya viejas en las que, por defender el derecho a la injerencia que asiste a los países civilizados, fui criticado duramente. La primera me ocurrió cenando en una embajada española cuando, al mostrar mi conformidad con una dura medida recién adoptada por el Gobierno francés, me sorprendió la réplica casi iracunda que me dio un personaje ilustre –a quien tenía y tengo por uno de los mejores prosistas del siglo pasado—para quien nadie tenía derecho a inmiscuirse en los asuntos ajenos por salvajes que pudieran parecernos, en nombre de un multiculturalismo radical. La segunda se repitió una y otra vez en una tertulia radiofónica cuando Europa miraba perpleja e indiferente el genocidio perpetrado en la vieja Yugoeslavia, como quien desde el balcón de su casa contempla impertérrito la tortura infligida a un niño por el vecino de enfrente. Mi idea era que cualquiera tiene no sólo el derecho sino el deber de intervenir, en la medida de sus fuerzas, para tratar de impedir la barbarie en cualquiera de sus formas, frente a la opinión profundamente patrimonialista de que la injerencia debe ser rechazada en nombre del ilimitado derecho de cada cual.

¿Se debe sancionar a los responsables de la ablación de esas infelices o cerrar los ojos para no ver la cara satánica de un primitivismo que ofende de plano a la sensibilidad moral? Hay dificultades jurídicas, ya lo sé, y los fiscales así lo han hecho notar, a pesar de lo cual somos legión quienes pensamos que ante las agresiones feroces, en la guerra o en la paz, deben ser evitadas y, en su caso, perseguidas en nombre de ese principio de jurisdicción universal que, al menos en el mundo civilizado, va abriéndose paso a trancas y barrancas. No es razonable pretender la integración de bárbaros y primitivos en la axiología ajena, pero sí lo es imponer los “minima moralia” de que hablaba Adorno desde su “ciencia melancólica”. Un nuevo humanismo debe imponer aquel derecho a la injerencia cuando se ofende a la Humanidad. Rehuir esa incómoda obligación convierte al civilizado en cómplice del salvaje, muchas veces desde el equívoco que supone una neutralidad que, en el fondo, no es más que inhibición.

A media estación

Tras la mitad de este largo y cálido verano –el más caliente desde que hay datos, por lo visto—se vislumbra ya en otoño caliente “ma no troppo”. No hay más que ver cómo los ropones se han tomado su tiempo para decidir sobre la continuidad de la juez Alaya, el espeso silencio que envuelve a ese caso –como a la estafa colosal perpetrada en Educación, al cachondeo de Invercaria o a los avales de la agencia IDEA–, pródromos seguramente de una desdramatización orquestada desde la concha por el apuntador y consejero-fiscal De Llera. Algunos colegas (suyos) dicen que a Alaya habría que levantarle un monumento; otros que una pira, pero ya verán como al final tanto papel timbrado no ha servir más que para atizar a “los de abajo” dejando a los grandes líderes exentos o poco menos. En la cárcel de Sevilla anduvieron Cervantes, Mateo Alemán y hasta Valdés Leal. Eran otros tiempos. Hoy las cosas son mucho más benignas.

La ruina de Palmira

Pocos libros tan sugerentes leí en mi adolescencia como “Las ruina de Palmira” escritas por el conde de Volney. Palmira, un oasis cercano a Damasco, se nos aparecía como un vestigio milagroso del pasado perdido, del espléndido sueño del imperio de la reina Zenobia, misteriosamente amnistiado por el tiempo y la intemperie tras su derrota ante las legiones romanas. Un ensueño, repito, con sus palmerales ondeantes y sus áureos peristilos, varado en la eternidad a prueba de las calamidades del tiempo en medio de un mar arenoso y despoblado. Todavía hoy, miles de turistas visitan cada año el maravilloso enclave declarado ya por la Unesco como patrimonio de la Humanidad en peligro ante la catástrofe siria y, muy especialmente, frente a la amenaza del fanatismo sunnita. Ahora es noticia de nuevo por el espectáculo ofrecido por los bárbaros de IE que han celebrado ritualmente en una plaza pública atestada de espectadores la degollación de un anciano de 82 años, Kaled al-Assaad, conservador de aquel tesoro –y uno de los pocos personajes que aún son capaces de hablar el desaparecido “palmireno”– desde hace medio siglo, a quien esos criminales estúpidos acusan de ser nada menos que el “director de los ídolos de Palmira”. Otra vez la miseria intelectual y religiosa, la incuria botarate de unos fundamentalistas capaces de destruir íntegramente el pasado y, por descontado, de eliminar a cualquiera que no comparta su delirio. Estremece la imagen de esa anciana cabeza arrojada en el suelo por el verdugo, separada cruelmente de su cuerpo en una inconcebible exhibición de salvajismo que inexplicablemente no encuentra enfrente la imprescindible resistencia de la civilización.

¿Dónde está la protesta del islamismo moderado, ése que dice que el Corán predica una “religión de paz”, cómo es posible que no se haya escuchado una sola voz autorizada denunciando esa enorme e inacabable tragedia, el espectáculo como poco medieval de las decapitaciones públicas que, todo hay que decirlo, no son una exclusiva de estos bestias en el mundo árabe? La guerra contra el EI no es sólo una grave cuestión de estrategia geopolítica sino una necesidad reclamada por una Humanidad que contempla horrorizada o indiferente, que de todo hay, como el primitivismo sobrevive en los términos más desgraciados. Kaled no será la última víctima de esta vergüenza universal que acaso sea afrontada con decisión cuando ya no tenga remedio el desastre de un yihadismo más próximo a “Las mil y una noches” que a este siglo impunemente amenazado.

La Junta no paga

O sea que era cierto: los “dependientes” andaluces se mueren a chorros sin cobrar ni un euro de los que la ley de Dependencia les otorga. Lo ha reconocido la consejera del ramo, aceptando que casi 8.000 solicitantes de esa ayuda ha fallecido antes de que la Junta morosa cumplimentara sus expedientes. ¿Habrá algo más condenable que esta insólita noticia y ese vergonzoso relajo? Lo ha denunciado el PP pero ¿dónde están los “emergentes”, esos que iban a darle la vuelta a la tortilla e instaurar el mítico reino feliz de los tiempos finales? A quienes hablan, cada día con mayor insistencia, de replantear las competencias autonómicas no les faltan ni mucho menos buenas razones.