Llevarse bien

Hay mucho ruido alrededor del presidente del Parlamento andaluz, un tal señor Durán –al que vaticino una memoria duradera por sus propios yerros– sobre todo tras su rapapolvo-amenaza a los periodistas que osaron importunarle –¡a Él!– con sus legítimas preguntas. Bueno, ¿y qué? Yo no entiendo el follón teniendo en cuenta al personaje, por completo desconocido hasta su elevación política, pero precedido por su famosa opinión de que los conservadores –todos los conservadores—son unos asesinos fusileros locos por tumbar a sus rivales en las cunetas. ¿Por qué han nombrado doña Susana Presidente a un tipo que capaz de decir una atrocidad semejante? Pues ya lo tienen ahí: la pregunta se contesta sola.

Palabras mayores

El presidente Putin ha sorprendido en la ONU al proponer una alianza bélica, semejante a la que libró al mundo de Hitler, para acabar con el autollamado “Estado Islámico”, un enemigo común que reclama una respuesta también solidaria. Hay quien reniega de esa propuesta, no sólo porque la condición de Putin es apoyar a Al Asad a quien Obama califica de tirano, sino por el hecho de que la propuesta misma implica dotar a esa banda yihadista del estatus de beligerante que es la aspiración de todo insurgente, pero es probable que la propuesta no caiga en el vacío habida cuenta de la monstruosa situación que desde hace años se vive en Siria, los cientos de miles de víctimas provocadas tanto por los terroristas como por los bombardeos ciegos, por no hablar del desastre demográfico que supone el éxodo masivo de familias que tratan de refugiarse en Europa en busca de la paz. ¿Es el EI un peligro comparable con el que supuso en su día el proyecto de Hitler? No sólo los rusos admiten que cierta similitud basada en que la condición terrorista del nuevo enemigo lo convierte en un rival ubicuo del que lo de menos para los amenazados es el conflicto local, ya que el yihadismo constituye un fenómeno fantasmagórico que no respeta fronteras, pero no debe olvidarse la responsabilidad de las potencias occidentales en lo que Putin denomina su estrategia de “exportar democracias” respaldadas por la violencia en una región que se ha convertido en el núcleo más conflictivo del planeta a partir de la primera guerra de Irak.
No se le ve salida a este temible situación que, en todo caso, tanto unos como otros pretenden resolver con las armas pero sin mancharse de nuevo las botas, es decir, sin apear la estrategia de los bombardeos aéreos que castigan ante todo a la población civil. Al Asad, uno de los grandes criminales de lo que va de siglo, cuenta con esos apoyos incondicionales, entre otros motivos, porque se sabe una pieza fundamental en el mapa geopolítico del Medio Oriente mientras se presente como el cortafuegos frente al islamismo extremo que, ciertamente, nos amenaza a todos en su versión terrorista. Ha sido, sin duda, la alusión a Hitler el factor que ha recorrido como un escalofrío la médula de un “orden internacional” que lleva en su entraña –con el derecho a veto en la ONU– la semilla de su esterilidad. Los muertos y los fugados quedan lejos, no sólo de Al Asad sino también del dudoso pacifismo de estos paladines.

La mudanza humana

He pasado la prueba del Planetario tendido sobre los cojines puff y atento a los comentarios de mi nieto. Lo he hecho a sabiendas de que mirar al cielo produce vacilaciones en la fe al tiempo que exalta la imaginación mítica hasta límites imprevisibles, pero también estimulado por las noticias que constantemente nos hacen llegar los astrónomos sobre una eventual migración de los terráqueos a otro planeta. La cúpula celeste es hipnótica además de colosal y, contra la imagen que suele ofrecernos la noche despejada, resulta que es dinámica a más no poder aparte de insondable, y se revela como un ámbito misterioso que adormece los sentidos y nos cala hasta el fondo con sugestiones trascendentes. Dicen que la sonda Gaia, lanzada hace un par de años, anda instalada en un punto ideal, a 1’5 millones de kilómetros de la Tierra, desde el que podrá catalogar más de mil estrellas sólo en nuestra Vía Láctea, amén de cientos de miles de objetos celestes desconocidos como exoplanetas, enanas marrones y, probablemente, millones de asteroides. Por su parte, tres sabios yanquis, aplicando un algoritmo estadístico a los datos suministrados por el satélite Kepler, acaban de romper la prudente baraja al afirmar que en nuestra galaxia hay nada menos que ¡42.000 estrellas similares al Sol!, acompañadas de 603 planetas potencialmente habitables en el futuro, una vez que “sapiens sapiens” acabe de destruir el propio. Me remuevo incómodo sobre mi puff abducido literalmente por el paisaje brillante y abigarrado al que nos asoma el telescopio y comprendo como nunca la elevación que inducía a los pascalianos a la oración panteísta.

No me imagino ese éxodo de la Humanidad a un nuevo hogar que, en el mejor de los casos, parece que estaría a doce años-luz del nuestro, inmerso en el caos armónico, valga el oxímoron, de ese universo inconmensurable pero atestado y al que, curiosamente, sólo conocemos a posteriori encerrado en el enigma mayúsculo de la inmensidad. Y me abandono a la contemplación de la cúpula envolvente en la que desconcierta el vértigo que inspiran los cuásares y galaxias innumerables empeñados en una danza sin fin cuya partitura desconocemos. ¡Abruma pensar que tan vasta inmensidad no es sino un mínimo rincón de ese cosmos “finito, curvo e ilimitado” del que habló Einstein! “Todo calla: solo mi corazón habla en el silencio. La voz del Universo es mi inteligencia”. Entre Lamartine y mi nieto me ayudan a levantarme, todavía deslumbrado por la oscuridad.

Usar y tirar

En Andalucía los funcionarios no han cobrado –ni se espera que, salvo el prodigio, empiecen a cobrar antes de febrero—mientras que en el resto de la patria el Estado cumplió ya con sus acreedores. Pero doña Susana y ese basilisco que es la consejera Montero llevan y traen cuentos cuya moraleja es siempre la misma: la culpa de que la Junta no pague la tiene el ministro Montoro. Los funcionarios nunca fueron conscientes de su fuerza y han venido permitiendo siempre que los políticos los utilicen como se utiliza un cleenex, en plan de usar y tirar. ¿A qué esperan los sindicatos (los trincones y los otros) –hay que preguntarse—para reclamar ante un mangazo como el de la paga suprimida? Y los funcionarios para irse el Juzgado, que ésa es otra.

Defensa obligada

Me reprocha un amable lector –y no es la primera vez que lo hace—dos yerros que, según él, deterioran si es que no arruinan la razón que pueda animar mis columnas. Es el primero, mi insistencia en la tesis de que la Derecha no es tanto un “pensamiento” como una “actitud”, y la segunda mi presunto prejuicio contra las clases favorecidas por la fortuna –entre las que, por otra parte, agradezco siempre a la Providencia mi inclusión entre sus capas moderadas–, un complejo que protesto no haber padecido nunca. Mi censor no me perdona un libro ya lejano, “Hablar con propiedad”, en el que reuní una ciertamente mejorable antología de frases de Derecha, tras desplegar una explicación conceptual que, a pesar de tantos cambios como hemos vivido desde entonces, me sigue pareciendo válida. Quería yo y quiero decir que –incluso respetando las modernas aportaciones liberal-conservadoras de un Hayes o un Milton Friedman—el pensamiento utópico, que es el patrimonio de la izquierda, anduvo siempre más al hilo de la filosofía, mientras que el ideario pragmático de los conservadores se alivió por tradición más concorde con el impulso que con el raciocinio. ¿Cómo explicar si no ese supremo “ser es defenderse” alrededor del cual giró siempre Maeztu, o ese “la pobreza es signo de estupidez” que Calderón Collantes largó en el ambón del Congreso?

En aquella ocasión recogí de don Severo Catalina la afirmación de que “los pobres dignos y resignados…merecen nuestra simpatía y veneración”, junto con el convencimiento de Concepción Arenal de que “cuando el pobre no tiene hambre ni frío, está contento”, enorme ventaja, a su juicio, respecto al rico insaciable. Claret decía que “cuando uno es pobre y lo quiere ser, lo es de buena voluntad y no por fuerza, entonces gusta la dulzura de la virtud de la pobreza” y Sardá Salvany –el autor de “El liberalismo es pecado”—que “el pobre es siempre como un menor en la gran familia cristiana”. Bueno, no se trata de reproducir mi antología y menos mi alegato, sino de representarle a mi lector crítico, siquiera sea con brocha gorda, un paisaje dialéctico que, a pesar de los pesares, sigue vivo y coleando porque la idea de que siempre habrá ricos y pobres no deja de ser un grato excipiente para el tósigo intratable de la desigualdad. Ahí dejo esas muestras elocuentes con la esperanza de que llegue el día en que no se confunda entre nosotros la aspiración a la humana utopía con el delirio jacobino.

La nueva “pinza”

Ya hasta el portavoz de la Junta reconoce que está tomada la decisión de ejercer durante toda la legislatura el derecho de veto impidiendo en la Mesa del Parlamento cualquier iniciativa de la Oposición. Contando con que Ciudadanos –esa esperanza blanca catalana—se abstenga en cada ocasión y sirva al PSOE de tácito mamporrero. Me dice un amigo desde Barcelona –uno de la “vieja guardia” de C’S, cuidado—que todo este que está ocurriendo allá y aquí no es que sea atroz, es que resulta “chusco”. Sí, pero la “pinza” está ahí y ahora al PSOE no le parece mal como cuando se la hicieron a él. El “régimen” andaluz lo sostiene ahora, incompresiblemente, el “regenerador” más cualificado de esta nueva y desastrosa política.