Punta, el contramodelo

No se le puede negar la razón a quienes proponen una liberalización racional del suelo junto a un modelo diferente de financiación de los Ayuntamientos para evitar tanto la especulación institucional como la dependencia de esas instituciones. Punta Umbría, por ejemplo, solicitando otra vez la descatalogación de su monte público va contra esa tendencia y a favor del viejo sistema, demostradamente peligroso tanto por cuanto implica casi inevitablemente las corrupciones como porque apunta hacia un modelo de desarrollo urbanístico insoportable a medio plazo. No se niega el derecho de un consistorio a idear proyectos de mejora y expansión municipal, sino el abuso de unos hábitos cada día más incompatibles con una razonable conservación del medio en que vivimos. ¿Serán estos, con diferentes collares, los mismos proyectos que Chaves mandó parar en su día? La Junta tendría que empezar por ahí aunque sólo fuera por no contradecir al propio Presidente.

Fraudes y dudas

Un servicio de la Guardia Civil ha descubierto en pleno centro comercial de Torrelavega una tienda regentada por ciudadanos chinos en la que se vendían al público cientos de productos alimenticios legalmente caducados, incluso en el año 2004, tales como conservas, jamón, aceite, pastas, bebidas, leche, yogures o mayonesas, aparte de Coca-Colas igualmente fuera de plazo, sin contar con que también disponían de alimentos frescos sin licencia comercial. El truco estaba en borrar las fechas,  manipular las etiquetas y dar por liebre fresca el gato añejo, truco idéntico al que utilizaban en un ‘mini market’ malagueño dos europeos orientales en cuyo haber se hallaron–caducados, por supuesto– nada menos que 2.325 productos (desde pepinillos o alcachofas a verduras y salsas, pasando por batidos, galletas o champiñones) comprados al parecer, en países del Este. Hechos como los descritos, que ni son los primeros no han de ser los últimos, han preocupado no poco a la opinión que, estimulada por los ‘medios’, parece ser que se detiene ahora un pocos más en comprobar el etiquetado obligatorio que garantiza la idoneidad sanitaria de los alimentos, pero tal vez no han dado lugar todavía a que se abra un debate social importante en torno al fondo del tema, dentro del cual se tratara de averiguar, primero, si de verdad la caducidad es un efecto real o –como sugieren algunos críticos– un mero ardid de fabricante, y segundo, cómo es posible que si el comercio de caducados es tan frecuentes tengamos tan pocas noticias de episodios sanitarios graves. En uno de los muchos comentarios que he oído sobre uno de los casos reseñados se insinuaba que entre los consumidores de la mercancía ilegal prevalecía la población pobre y, fundamentalmente, la inmigrante, una circunstancia tan despreciable como lógica. Cada vez que tiro un yogur envejecido a la basura pienso en que, le guste o no a la industria agroalimentaria y al sector comercial, hay que entrar a fondo en ese debate.
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Una leyenda que todavía nos contaban en el cole a los de mi generación sostenía que los aventureros de cierta expedición a la Antártica (quizá la de Amundsen, no recuerdo bien) encontraron un refugio, en perfecto estado, piezas de chocolate y naranjas que habían dejado allí algunos infortunados antecesores suyos, pero esa anécdota no entraría hoy en nuestra discusión porque sobre lo que recaen las dudas es sobre la realidad de un hecho que, a fuer de consuetudinario, ha llegado a ser simplemente burocrático. ¿De verdad se recogen como es preceptivo ‘todas’ las mercancías pasadas de fecha, de verdad se destruyen luego en hornos como también está mandado? Entonces ¿de dónde salen esos cientos, miles de alimentos caducados que el Seprona acaba descubriendo, me temo que sólo en un porcentaje discreto de ocasiones? ¿Cómo entra en España el desecho alimentario de los países del Este, quién y cómo lo compra? Pero, sobre todo, ¿de qué modo explicar que nutridos sectores de población consuman sin consecuencias lo que se declara oficialmente nocivo o peligroso? Me temo que, aparte de todo, un vasto negocio se esté desarrollando alrededor de esas desvalidas poblaciones de inmigrantes impedidos de cualquier acción legal, de la misma manera que ya funciona hace años un canallesco mercado de alquileres explotadores que la autoridad no puede ignorar por mucho que lo finja. ¿Caducan de verdad los yogures o las conservas, o se trata tan sólo de un invento comercial para aumentar artificialmente el  consumo? Hechos como éstos exigen que se diga la verdad, oyendo a tirios y a troyanos, a ser posible por encima de las fuertes presiones que un sector tan influyente puede imponer incluso a los gobiernos. Y más aún, exigen que se vigile el abuso oportunista del ciudadano débil que ha de recurrir a zamparse lo que ni en los precarios mercados del Este europeo se tolera consumir.

La sociedad enchufada

Una encuesta sobre el destino de los “egresados” de la universidad de Sevilla ha descubierto algunas circunstancias peregrinas que deberían sacar de su sopor a os (i)rresponsables del ramo. Una de ellas es que tres de cada diez no se molestan siquiera en buscar empleo una vez terminada la carrera. Otra, que la mitad de los titulados consideran perfectamente inútil el título conseguido de cara al mercado laboral. Y una tercera, en fin, verdaderamente estupenda: que casi un cuarto de esa población considera que no hay otro camino para encontrar trabajo que el “enchufe”, es decir, que algún familiar, deudo o amigo bien relacionado con el Poder te eche una mano. Así vamos cuando las universidades declaman sin parar sus rapsodias sobre el intercambio con la sociedad y nuestro próceres hablan de innovación y meritocracia. La llamada “sociedad de servicios”, esta maravilla post-industrial, tiende de modo natural hacia la “sociedad enchufada”. 

Perogrullo en el polo

Los trabajadores en el aire por el cierre de Nilefox han reclamado a un providente Chaves, dispuesto a prometer la luna, que les eche siquiera un flotador, y Chaves les ha lanzado unos cuantos: “Una solución justa y equitativa”, para empezar, no sabemos cual pero una; su apoyo “desde el PSOE, desde la Administración, desde la Junta (¡como si una y otra no fueran lo mismo!); y el sueño dorado: la retirada del expediente por parte de la Empresa. Los políticos utilizan lo que sea para lograr la foto electoral, sin excluir a unos padres de familia que suplican porque no se les quite el pan de la boca, y son capaces de camelar al lucero del alba, sin sonrojarse siquiera, con tal de arañar unos votos. Chaves antier parecía Perogrullo. Quizá por eso no dijo nada práctico ni nada realista a los desesperados de Rhodia. Cuando pasen las elecciones, las gane o las pierda, ya es que no irá al Polo ni arrastrado.

El guardián invisible

En un lugar escondido de la Red tropiezo con una vieja anécdota que escuché hace mucho en el Centre Royaumont a uno de los primatólogos que Edgar Morin enrollaba en el garlito de su “paradigma perdido”. Aquella era una época creyente en la que nos pasábamos de mano en mano las proezas conseguidas con los simios en el laboratorio o en plena selva, como si nos fuera la vida en ver probado ese parentesco que tanto sigue irritando a los ‘creacionistas’ a estas alturas, aunque bien es cierto que más de uno entre aquellos novicios manteníamos ternes entre discretos paréntesis las maravillas que nos contaban  Jane Goodal, Menzel, los Kellog, el gran Premack y tantos otros como por entonces soñaban sin saberlo en ese ambicioso ambicioso “Proyecto Gran Simio”con el que ha amagado el PSOE esta legislatura. Cuenta la anécdota (tal vez una serendipia, cualquiera sabe) la experiencia llevada a cabo con seis chimpancés encerrados en una jaula en cuyo en centro se ofrecía tentadora una piña de plátanos pero cuyo acceso se impedía bruscamente mediante una ducha helada (descarga eléctrica en la otra versión) hasta lograr el total desistimiento de los tentados. Alguien tuvo la idea de sustituir entonces a uno de ellos por otro ejemplar sin la experiencia de la sanción, el cual, como era lógico, se llevó la del tigre por parte de sus escarmentados compañeros nada más alzar la mano hacia la piña, de tal manera que cuando fueron  siendo sustituidos los demás, cada neófito anterior acabó sumándose sin pensárselo a la paliza para impedir el acceso a la fruta prohibida. Es decir, que si en un primer momento cada sujeto reaccionaba al castigo, en una segunda etapa –en la que ya ninguno de los opositores había conocido siquiera la ducha– simplemente obedecía a un tabú: la experiencia directa no es imprescindible, por lo visto, para modelar la conducta porque el instinto cubre sobradamente su papel, trátese de monos de imitación o de hombres cabales.
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Nunca como en tiempo de elecciones se devana tanto la sesera el mono loco para acabar, en demasiados casos, resolviendo la papeleta (y nunca mejor dicho) con sólo atenerse al gruñido sordo de la horda. Una superstición ‘humanística’, heredada del optimismo ‘ilustrado’, nos impide desenmascarar la acción gregaria que tantas veces opera bajo el disfraz de la libertad genuina, sustrayendo del ejercicio democrático el jugo del arbitrio para rellenar su hueco con algún sucedáneo instintivo. La gente vota o deja de votar, demasiado a menudo, no forzada por la experiencia prudente sino abducida por una suerte de criterio colectivo tan ajeno al convencimiento racional como próximo a la tiranía del instinto, un poco a la manera de esos monos que terminan por renunciar al deseo obedeciendo al tabú que fabricaron otros con su experiencia ajena. El ingente sector de ‘indecisos’ que aplaza hasta última hora su decisión electoral, parece ser que se arrepiente por sistema si la opción elegida no triunfa y se ufana en caso contrario, doble actitud que dice mucho sobre la componente lúdica pero también sublimatoria que entra en la fórmula democrática. Como los monos escaldados de la fábula, nuestros electores ejercitan con enorme frecuencia una acción que poco tiene que ver con el fundamento racional de su propia decisión, atenidos en ocasiones a la presión del tabú, arrastrados en otras por la violencia dialéctica de la mayoría. Plátanos y duchas, palos y zanahorias resultan imprescindibles al menos en un primer momento, pero muchos indicios apuntan a que, una vez instaurada la respuesta, la masa se mueve, como el autómata, respondiendo a estímulos remotos inscritos en su circuito instintivo. Cuando ZP habla de “dramatizar” sabe lo que dice y lo que hace, como lo sabe el perro que conduce al rebaño amagando aquí y allá con ladridos y mordiscos. Los que no lo saben son los corderos. Su silencio no puede ser más expresivo.

Lotería electora

Parece ser que un portal de juegos ‘on line’ admite apuestas sobre los resultados electorales andaluces. A lo peor esto era la “Tercera Modernización” ésa, pero junto al vaticinio sociológico de un nuevo triunfo de Chaves, ahí está la paradoja de que casi un sesenta por ciento (lo dice el Instituto Opina y lo difunde la SER, o sea, que no hay ‘peros’) reclama un relevo en la Junta, o sea que, hablando en plata, pide que Chaves le deje su puesto a otro y se retire con su jubilación de oro. Es significativo, incluso descontando intenciones, que el personal suspenda a esa leal Oposición de la que otros estudios demuestran que lo ignora casi todo, razón por la que ahí queda la paradoja para quien quiera entretenerse en despejarla: por qué dicen que van a votar mayoritariamente a un candidato los mismos que piden que se vaya de una vez por todas. Y encima, las apuestas, que es lo que faltaba. Lo que sigue sin encajarme es que, perdiendo el PSOE entre 5 y 3 escaños, ganando el PP entre 6 y 7 y manteniéndose IU, salgan las cuentas.