Verdad y mentira

Si algo demoledor está aportando esta abrupta campaña a la realidad política es la indignante quiebra de la credibilidad de los candidatos a juzgar por las acusaciones que entre ellos mismos se cruzan. Zapatero llamó el lunes 10 veces mentiroso a Rajoy y éste le devolvió el cumplido en 27 ocasiones. Chaves también trató de desacreditar a Arenas sin el menor tacto y Arenas usó como idea-fuerza la de que Chaves tiene irremediablemente agotada su credibilidad. Todos se acusan de mentir, con lo cual no solamente cuestionan los proyectos sino que desacreditan al propio sistema, un sistema que, evidentemente, carece de instrumentos para constatar lo que es verdad o es mentira, incluso cuando haya ocasiones en que las pruebas estén a la vista, como los incumplimientos de los compromisos electorales o la propia experiencia de los ciudadanos. Es ya un tópico la imagen del político embaucador. La democracia, a este paso, será más pronto que tarde una farsa completa. 

El enigma del AVE

Debería aclararse (por ambas partes, PP y PSOE) cual es la verdad sobre el proyecto de AVE onubense. ¿Será un “tren de altas prestaciones”, como ha asegurado el alcalde en un mitin, y en ese caso, qué coños quiere decir eso? ¿O será un  AVE con todas las de la ley como han comprometido el mismo día el consejero Griñán y el secretario Barrero? No debe de ser tan difícil explicar eso documentadamente, con papeles firmados por delante y no sólo de boquilla, sobre todo en un momento como el presente en el que llamar embustero o mentiroso a al adversario se ha convertido en una desconcertante rutina. Si el PP sabe de lo que habla debe aportar las pruebas, y si lo cierto es lo que compromete el PSOE, lo mismo. Ya está bien de cuentos y de largas, como para que ahora nos caiga encima el chaparrón de acusaciones mutuas.

Cultura a escote

En medio de la tenaz ofensiva contra Sarkozy (romance con la Bruni, intrigas de Cecilia, conflicto en torno a la inmigración o al himno nacional, encuestas demostrativas de su declive ante la opinión pública, manifiestos a favor de Ségolène), un grupo de intelectuales franceses despidió febrero, junto a sindicatos y federaciones culturales, movilizándose contra el severo ajuste presupuestario que, según ellos, persigue la aplicación del modelo liberal al mercado de la Cultura y, según él, no es más que la revisión de un insostenible compromiso del Estado cuyas subvenciones y ayudas desbordarían su proyecto de ahorro nacional. En un manifiesto enviado a la prensa incluyen esos protestantes una frase, a medio camino entre Keynes y Virgilio, que merece la pena reproducir intacta –“La granada de la ley del mercado ha entrado en el jardín de la cultura”– cuyo dudoso lirismo pone, acaso, el dedo en la llaga, puesto que ‘Sarko’, entre amoríos y amoríos, no ha ocultado nunca su mal concepto de la cultura subvencionada que en la culta Francia, como cabe suponer, alcanza niveles notables. Está, pues, servido de nuevo el debate sobre el antiguo dilema que opone el intervencionismo cultural a la autonomía de la Cultura, sobre el que tanta agua crítica ha llovido en el pasado y sigue cayendo en estos tiempos del cólera, dicho sea por si alguien pudiera pensar que ese pleito es exclusivamente español y actual, siendo como es un viejo motivo de discordia entre dos conceptos irreconciliables, anterior, desde luego, al forcejeo liberal-socialista. En Grecia era el Estado, en efecto, el que pagaba los gastos de una Cultura abierta dirigida a todos (menos a las mujeres y los esclavos, por supuesto), mientras que en Roma esa actividad protectora llegó a convertirse en un instrumento de promoción política de primera magnitud, el evergetismo, con el que competían entre sí los magnates aspirantes al poder. Al pueblo había darle “panem et circenses” y en ambos mercados intervenía el Estado (valga el anacronismo del término) a dos manos con la oligarquía. Paul Veyne tiene un libro insuperable sobre el tema y a él les remito.
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Al margen del propósito ahorrador, la repetida cuestión es si ese Estado debe sostener artificialmente con dinero público la actividad cultural o si la producción de los creadores debe concurrir a un mercado abierto y sometido, como cualquier otro, a la tensión entre oferta y demanda, de tal modo que el éxito sea el único baremo del valor y el consumo sea realmente espontáneo y no asistido. ¿Debe el Poder, en definitiva, mantener esas industrias deficitarias o sería preferible que un cierto ejercicio de darwinismo cultural pusiera a cada cual en su sitio y al público en el de todos? Hay quien dice que no habría cine español sin dinero público y quien sostiene que el cine español no ha salido de su mediocridad precisamente por esa asistencia, salvo cuando ha hecho de la mediocridad su reclamo masivo. Pero sobre todo hay quien plantea si no tendría más sentido concentrar la ayuda en la educación hasta lograr con ella despertar la demanda de cultura, que dispersarla en proyectos justo para paliar el rechazo del público consumidor. Si no se subvenciona al pintor ni al poeta, ¿por qué habría que financiar un cine o un teatro que fracasa en la taquilla? Una pregunta de difícil respuesta, pero que cada día cuenta con más convencidos como Sarkozy de que toda producción debe jugarse los cuartos en un mercado libre, entre otras cosas porque no es imposible que la protección acabe perpetuando la mediocridad, en el mundo de la cultura como en el de cualquier otra actividad. Es posible que estemos asomándonos al ocaso de la visión elitista de de la cultura y del arte, desde la idea de que carece de sentido abarrotar un  teatro regalando entradas. Sólo la educación conduce a la cultura. Ésa parece ser la perspectiva de Sarkozy.

El tercer tiempo

Tras el debate del domingo, humeante aún al plató por la cohetería con que Arenas acorraló discretamente a Chaves,  el “neutral” Canal Sur obsequió al personal con una sesión de comentario político que fue un auténtico tercer tiempo de ese partido que perdió el casero. Hubo en él dos voces femeninas que hicieron lo que pudieron para salvar el brete,  pero lo justo e instructivo hubiera sido informar a los espectadores con una breve reseña profesional de los intervinientes, desde el “arrecogío” en el ente tras separarse del propio Arenas, a cuya sombra se inició, hasta los que han sido (por hablar en pasado) empleados de empresas propiedad del propio Chaves. ¿Eso es todo lo que Canal Sur –dirigido por el ex-portavoz de Chaves– puede encontrar en Andalucía, nunca aparecerá una voz crítica o independiente en su pantalla, ni siquiera en campaña se respetan ya al menos las apariencias? Menos mal que debió ser escasa la audiencia que no dio el botonazo. Canal Sur –y en consecuencia, Chaves– remataron con esa operación este parto de los montes que tan sencillo hubiera sido producir si Chaves no hubiera tenido tanto miedo.

Una voz valiente

Notable la energía de la jueza de Menores, Carmen Orland, denunciando en presencia de la consejera una escasez insoportable de medios que, a su juicio, llega a incumplir la legislación vigente por parte de la propia Junta. Llamativo el silencio de sus colegas, entre los cuales pueden oírse de vez en cuando lamentos y protestas con sordina de lo más preocupantes. Como se ha informado tantas veces en este diario, Huelva es la única provincia que carece de infraestructuras para aplicar la ley del Menor aunque parece que el año que viene –¡siempre el año que viene!– se iniciará la construcción de un centro adecuado. De la Ciudad de la Justicia, ni palabra, incluido el proyectito de reforma de la antigua consejería de Educación, cuestión ya denunciada también en su día por al anterior presidente de la Audiencia. La juez Orland merece el respeto y el aplauso de cuantos se quejan de los problemas derivados de la delincuencia juvenil y, en egenral, de cuantos lamentan la mala situación de la Justicia.

Identidad y biología

Sigo en la tele un interesante debate sobre –más bien ‘contra’– la política “de género”, en el que, siempre bajo la perspectiva de la fe católica, se sostiene que aquella no es más que un instrumento de dominación de un Poder cuya estrategia consiste en demoler los fundamentos de la identidad para dominar más cómodamente al individuo masificado. Me llama la atención, sin embargo, la enérgica apelación de una antropóloga interviniente a unas ciencias que, al demostrar la diferencia cerebral, neurológica, entre el varón y la hembra, están probando que la identidad no es el producto de la ‘socialización’, es decir, que la condición de macho o de hembra no son “construcciones” sociales sino realidades “innatas”. Es muy curioso porque hace tiempo que dentro de ambientes decididamente progresistas también se acepta este enfoque, de manera que, sin perjuicio ni cuestionamiento de la libertad sexual, se afirma que, en cualquier  caso, hay buenas razones para sostener que el sexo no puede ser un simple producto o modo de comportamiento elegido sino una determinación biológica que, ciertamente, puede ser ‘deconstruida’ para reducirlo a un simple rol de naturaleza social. Hombres y mujeres, en consecuencia, no serían iguales ‘a nativitate’ (Milton Diamond o Steven Rhoads sostienen incluso que la radical diferencia se da ya en las fases embrionaria y fetal), sus cerebros tendrían pesos diferentes y distinta distribución de las neuronas aparte de que la actividad de sus hemisferio no sería la misma, lo que –y aquí es donde me da el pálpito que empieza a perder pie el subjetivismo– daría por resultado una diferencia de caracteres que no procede de la ‘socialización’ porque se nace con ella. Un debate interesante que carece de sentido tratar de descalificar con el dictado de retrógrado. Aviados iríamos si nos allanamos a sustituir una fe por otra.
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Consecuencia de esta reconsideración del problema es el creciente cuestionamiento de la enseñanza mixta –ese ideal ‘ilustrado’ consagrado por muchas democracias– a la que se opone, desde esos grupos disconformes, un proyecto de escuelas separadas por sexos, más apropiado, según ellos, a la auténtica condición de los alumnos. De hecho, en Inglaterra hay libertad de modelo pero los centros de mayor prestigio son unisexuales, en Francia (el país de los ejemplares “liceos” abiertos) un libro de Michel Fize mantiene vivo un fuerte debate sobre el fracaso de la coeducación no muy lejano del provocado en Alemania precisamente por círculos socialdemócratas, en USA ya no es obligatorio el modelo único que el feminismo arrancó a Nixon, en Suiza se admite la separación,  en Suecia, Escocia o Canadá también está en discusión el modelo. Y el argumento principal reside en que la madurez alcanza antes al cerebro femenino que al masculino (algo de lo cual había visto ya el maestro Eccles hace mucho con las bendiciones de Popper nada menos) y que, en definitiva, en la enseñanza conjunta se demuestra un creciente éxito de las mujeres frente a un mayor fracaso de los hombres. Todo envejece con el tiempo, ya lo ven, y “El segundo sexo” de la Beauvoir no tenía por qué ser una excepción con su tajante propuesta de la identidad elegible y su premisa de que la única liberación posible de la hembra pasaba por liberarse de los imperativos de su naturaleza, singularmente de la maternidad. A España no ha llegado ese debate y, francamente, lo celebro desde mi perspectiva sentimental y biográfica, pero sin la menor seguridad de que no acabe irrumpiendo cualquier día y nos pille con el pie cambiado como en tantas ocasiones, lo que no constituiría, desde luego, ninguna ventaja. ¿Será la coeducación un modelo agotado y no nos habremos dado cuenta? En ocasiones como ésta uno está tentado siempre de recomendar al personal que relea el “Emilio” rousseauniano y saque sus conclusiones pero que no se lo crea a pies juntilla.