Retrato del “régimen”

No habrá demócrata auténtico que no se escandalice de nuestra situación autonómica, en el caso de que se cumplan esos pronósticos electorales que anuncian que Chaves podría renovar su mayoría absoluta a pesar de la mala opinión que de él y su “régimen” tiene una paradójica mayoría de ciudadanos andaluces. Así, que la mitad casi exacta de los electores juzguen regular/mala/o pésima su gestión en la Junta. O que casi tres de cada cuatro no se trague su declaración oficial de patrimonio (lo de los 3.000 euritos, ya saben).O que casi un 69 por ciento esté a favor de limitar los mandatos (como prometió ZP al llegar, ojo). O que –y estos es ya más desmoralizador– que un 57 largo de andaluces no sólo acepte como cierto el montaje de sus hermanos en la Junta sino que pide que se adopten medidas para impedirlo. Ahí lo tienen: el “régimen” de frente y de perfil, Chaves desprestigiado pero hegemónico,”protestantes” fieles a la vieja iglesia. Craso y Pirro en una pieza. Esto no hay forma de tomarlo en serio.

¡Gracias, generoso!

Chaves ha superado en Huelva cuanto llevábamos visto en este festival del aguinaldo electoralista al ofrecer 60 miserables euros a la ‘basca’ que le serán entregados en un bono, al cumplir los 18 años, son la sola condición de pulírselos en “actividades culturales”, es decir, que se incluyen conciertos de “La Polla Récord” o “Mojinos escocíos” y ni que decir tiene que los que puedan ofrecer el “equipo artístico habitual”. Hace falta enorme desfachatez para ofrecer una propina semejante a una muchachada que los informes técnicos sitúan a la cola de Europa ya la que la prospectiva más solvente augura un penoso futuro. Pero ahí tienen a Chaves repartiendo “bonos” limosneros como el cacique que recorre la cortijada agasajando a los labriegos con duros de a tres pesetas. Tenemos una juventud con más problemas que nunca y Chaves les da sesenta euros para que se divierta. No hubiera podido retratarse mejor aunque se lo hubiera propuesto.

Las cinco cifras

Una partida de cazadores que trataba de reutilizar un mirador de guardabosque abandonado hacia años encontró en diciembre pasado en su interior el cadáver de un hombre casi momificado. Posteriores averiguaciones han determinado que esos restos correspondían a Hans Peter Z., un parado de larga duración (no se pierdan el eufemismo calderiano) natural de Hannover que, abandonado por su mujer y tras agotar su asignación, habría decidido dejarse morir lentamente contemplando desde la vieja atalaya un paisaje que las crónicas califican de idílico. Durante veinticuatro días con sus noches, el esteta estoico no probó bocado, aliviándose apenas con unos sorbos de agua mientras anotaba en su diario, como en un protocolo riguroso, los progresivos efectos de la desnutrición en su cuerpo, los fallos de sus órganos o la ruina de su piel reseca, falleciendo, al parecer, sólo unas horas después de su postrera observación. Eso se llama morir sin hacer ruido, eso sí que es eutanasia elegida desde el senequismo de la libertad interior, aparte de esplendoroso testimonio de una sensibilidad irreprochable para la que la contemplación del paisaje hubo de funcionar como único paliativo. Lo que tal vez no pudo imaginar el hombre fue que la muerte convertiría ese diario íntimo en una mercancía por la que ya ofrecen cantidades que alcanzan “las cinco cifras” los buitres de la industria del ocio que ven en la lenta agonía del desesperado un espléndido tema para el entretenimiento. Hans Peter, el pobre, va a forrar a su prole, tal vez incluso a su esposa desertora, con una caudalosa herencia surgida de la miseria, una circunstancia que es también, por sí misma, un clásico del sadismo espectador. ¿Por qué seducirán tanto a la gente las parihuelas del entierro de caridad de Mozart, la leyenda de Cervantes sirviendo de palanganero en un putiferio o la desoladora mendicidad de Lope adulando a un duque de Sesa en procura de cuatro cuartos para ropa, candelas y resmas de papel? La respuesta no es en absoluto necesaria para que el negocio siga funcionando.
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Se repite, pues, la antigua anécdota, el caso del hombre que muere en la pobreza ignorando el tesoro que tiene entre las manos u olvidado en el fondo de la gaveta. El chasco de un Van Gog fracasado cuya obra bate récords en las subastas un siglo más tarde, la fábula de Valle-Inclán encamado y manteniéndose con los azucarillos que afanaba cada tarde en el café, las duquitas de Quevedo suplicando beneficios o litigando por sus extraviados derechos, el sino canónico de ‘Max Estrella’ o el de ‘Silvestre Paradox’ vagando fantasmal entre las brumas de la desmemoria colectiva. Hay pocos mitos tan paradójicos como la bohemia si atendemos a los muchos bohemios que han legado una fortuna a sus causahabientes gracias a la especulación de un legado que en tantas ocasiones no estaba destinado a ese fin. Por ahí andan oportunistas revendiendo papeles de poetas que renunciaron expresamente a publicarlos, un negocio que tiene menos que ver con la cultura que con el fetichismo, pero que produce dividendos por un tubo, como tal vez acabe produciéndolos el diario de este suicida contemplativo que no tenía con qué pagar el alquiler cuando decidió inmolarse pero que a lo mejor (o peor) le pone un piso a su pollada o acaba montando en burra al consolador de su ex-mujer. No somos dueños ni de nuestra intimidad, cada día más asediada por las mesnadas de un curioseo que ha convertido en lucrativa almoneda, indiferentemente, la vida o la muerte. A Carmen Ordóñez la exhuma impíamente de vez en cuando esa canalla lo mismo que a Hans Peter Z. (¡parece un invento de Kafka!) van a aventarle sus horas secretas y sus contemplaciones los mercachifles de la alcahuetería. Duele imaginar esa agonía secreta que ahora se venderá en los grandes almacenes, ese otro bosque intrincado en el que el hombre se extravía voluntario en busca de una felicidad que le inventan a medida sus propios depredadores.

Justicia a destajo

Impresionante el artículo del magistrado Francisco Gutiérrez (Foro Judicial Independiente) indignado con la “solución” propuesta por la (todavía) consejera de Justicia para solucionar –en beneficio de los ciudadanos, faltaría más– la actual reivindicación salarial del colectivo. Sobre todo, algo que deben saber los ciudadanos a la hora de enjuiciar la insufrible lentitud de nuestra Justicia: que una mayoría de jueces y magistrados alcanza o supera el cien por cien del rendimiento exigible. ¿Qué Justicia razonable puede esperarse en esas condiciones, cómo justificar que una Administración que despilfarra su presupuesto en tantas banalidades no sea capaz de atender a unos juzgados que, como los de lo Contencioso-Administrativo, señalan ya juicios para el año 2010? La Justicia no es un servicio que pueda prestarse a destajo y privada de medios humanos y materiales, ni esos altos responsables deben cobrar menos que muchos alcaldes, concejales y altos cargos que apenas pueden exhibir un mal bachiller. 

La mesa juega sucio

Están siendo muchos los incidentes antidemocráticos en precampaña y en campaña. Demasiados y, evidentemente, mal que le pese algún autodidacta, dirigidos en la inmensa mayoría de los casos contra las opciones rivales del PSOE. ¿Quiere ello decir que es el PSOE quien envía a los reventadores? Pues no más que cuando desde el PSOE se acusa al PP –y al alcalde de Huelva, faltaría más– de organizar las broncas contra sus mítines. Lo que no se puede justificar es que una organización que se dice ‘civil’, como la Mesa de la Ría, decida cuando se le antoje quien puede celebrar en paz un mitin y quien no, entre otras cosas porque en ella se sienta en lugar destacadísimo algún partido que, aunque sin muchas expectativas, concurre a las elecciones. Nada más contrario al civismo legitimador, en cualquier caso, que estas actitudes autocráticas por parte de quienes, por cierto, representan bastante menos a la sociedad que los partidos boicoteados. 

Ruiz Mateos y Cortinas

Para concelebrar el 25 aniversario del expolio de Rumasa, la Justicia española no ha encontrado mejor expediente que reequilibrar su mítica balanza contrapesando con unos estafadores mimados el peso de conciencia que, en el otro platillo, ejerce el espectro victima de Rumasa. De manera que se libera a dos estafadores condenados por el Tribunal Supremo, al coste prohibitivo de modificar la doctrina de la prescripción –¡y lo que hubiera hecho falta!– y hasta se les permite conservar lo afanado –los 4.000 millones de pesetas que fueron el fruto de su estafa– consagrando muchas cosas pero una sobre todas ellas: que el Tribunal Supremo ya no lo es, reducido como queda a una mera instancia intermedia entre las inferiores y el Tribunal Constitucional. ¿No se planteó hace poco en Andalucía “devolver” a los herederos de un cohechador el maletín millonario intervenido por la policía? Así vamos cuando se cumple un cuarto de siglo del expolio de Rumasa y los expoliados siguen sin recibir un duro del Estado expoliador pese a haber ganado el pleito en Estrasburgo por “violación de dos Derechos Fundamentales” tras el decretazo que les privó del de reversión sin indemnización alguna, y nada menos que tras 209 procedimientos ganados en el TSJM y luego en el  TS, más el que hubo se seguirse a continuación sobre el conjunto del ‘holding’. La crónica de lo que ocurrió después no vamos a repetirla: tasaciones que se han demostrado (judicialmente) ridículas, reflotación con dinero público de empresas infravaloradas en beneficio de algún amigo del Presidente y, en definitiva, la evidencia de que con Ruiz Mateos lo que el Gobierno de González buscó no fue más que un paripé de socialismo expropiador que, sin duda, contó con las bendiciones del sanedrín financiero al que inquietaba un “emprendedor” que disponía ya de 700 empresas y empleaba a 65.000 trabajadores sin contar los 300.000 indirectos que de hecho sostenía. El Estado se adueñó por las bravas de todo ese universo para acabar malbaratándolo una vez logrado el efecto demagógico. No creo que exista un caso similar en Europa. En España, en cambio, a estas jodidas alturas, sigue luciendo como una singularidad.
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Ruiz Mateos y Cortinas, la víctima y los privilegiados. Aquel, reducido a una leyenda que no se compadece con su espectacular recuperación empresarial; éstos simbolizando el privilegio de una “beatiful people” sin escrúpulos, incluso tras su probada delincuencia, en términos tales que hasta un fiscal del Estado partidario de la aplicación circunstancial de la Ley, no ha tenido más remedio que alzar su voz indignada. Oiga, y ¿por qué no hay fiscal ni magistrado que la levante exigiendo que se culminen de una vez las retasaciones de Rumasa y se proceda sin más demora a indemnizar a la familia expoliada por el mismo Estado que tenía como primera obligación protegerla? ¿No cabría, incluso, que alguien pidiera cuentas al Gobierno por lo sucedido con Galerías Preciados, con el Banco Atlántico o con la finca La Almoraima? Ah, no, me olvidaba: todo eso habrá prescrito ya y si no hubiera prescrito, siempre nos quedaría el TC para amoldar doctrinas aunque fuera invadiendo las competencias del TS. Antier decía la Vicepresidenta que estas cosas “pueden provocar cierta inquietud al dar la sensación de que puede haber dos tipos de Justicia”. ¡Que “puede haber”, dice la señora! ¡Noshajodío! Ahí está Ruiz Mateos, no sé si como un Cristo o como un Dimas, coronando este Calvario de arbitrariedades, de atropellos y de cambalaches, que el Estado conjura con un recurso infalible: el silencio. Y ahí están los Cortina,  encantados con esa Justicia que será ciega pero que sabe divinamente a quien atracar con el trabuco leguleyo y a quien prestarle su propia montura para que burle a los migueletes tras el atraco. 25 años. Ruiz Mateos sí que está en su derecho de decir que la Justicia es un cachondeo.