El huerto del PA

Insólito pronunciamiento del secretario general del PA. Julián Álvarez, en Marbella: “Mi partido no ha estado involucrado en el ‘vaso Malaya’ ”. Hombre, pues menos mal, no sabe que peso nos quita de encima incluso a los que no tuvieran clara la extraña lenidad con que el PA ha tratado a sus concejales imputados, no hayan olvidado la foto de su antecesor en el cargo junto al prófugo Carlos Fernández (bueno, ni la de Chaves junto a la García Marcos) o no se expliquen por qué, tras expulsar a este pavo del partido como no podía ser menos, lo readmitió luego por la puerta grande. ¡Vaya huerto en que se ha metido Álvarez sin llamarlo nadie! Quizá fuera mucho más discreto por su parte guardar compostura, cerrar la boca y confiar en que la instrucción no termine por poner en tela de juicio esa tajante protesta de inocencia que acaba de hacer. Porque, desde luego, el comportamiento del PA ante los sucesos de Marbella ha sido todo menos lógico. Venir encima con ínfulas viene a ser como provocar temerariamente a ese toro cada día más imprevisible.

Papeles mojados

Demasiado papel mojado en la vida pública. Los partidos lucen palmito retratándose con pacto contra tránsfugas y estrictos códigos de conducta que, una vez, presentados en sociedad, van al cajón y si te vi no me acuerdo. Ahí tienen al presidente de la Dipu, imputado en un caso de ‘mobbing´ y denunciado en otro a medias con la propia candidata Parralo, logrando pasarse por la faja el marrajo del juicio oral y aplazar la vista hasta bien pasadas las elecciones. Y ahí tienen a su partido con la boca cerrada lo mismo para recibir bajo palio a cuanto tránsfuga abandona el rival como para mirar para otro lado y no aplicarle a un presunto ”acosador” el codiguillo de marras. ¡Como para tomarse en serio a esta pandilla o tragarse sus cuentos regeneradores! Ahora bien, ¿habarán pensado que harían si Cejudo, vaya o no a la cárcel como le reclaman, sale con mal pie de esos dos procesos? Papeles mojados. En esta politiquilla no va quedando más ética que la que convenga al que manda.

El contexto cultural

El ‘Washington Post’ ha organizado una experiencia curiosa para determinar la importancia del contexto en la experiencia artística y, más concretamente, en la audición musical, un poco con la intención de demostrar que tanto la atención como la estimativa del público deben más de lo que suele creerse a la circunstancia en que se produce la exhibición artística. Un maestro de la  categoría de Joshua Bell nada menos, vestido informalmente con camiseta de saldo, vaqueros, gorrilla de béisbol, y provisto de un excepcional ‘Stradivarius’ valorado en dos millones de dólares, ha ofrecido a los viandantes de la estación de “L’Enfant Plaza” de la capital americana un concierto magistral, que incluía seis obras de Bach y Schubert, sin lograr que la muchedumbre que discurría ante él le prestara una mínima atención. Sólo veintisiete almas generosas, en efecto, se dignaron depositar unas monedas ante el maestro que, al final de la jornada pudo retirarse con treinta y dos dólares de recaudación y la amargura de no haber sido reconocido más que por una mujer que, consciente del inusitado privilegio que se le ofrecía, lo gratificó con un billete de veinte. Nadie aplaudió –según los controladores del experimento–, nadie detuvo el paso, nadie apeó el telefonillo de la oreja o aplazó el sorbo de café, sino que todo el mundo siguió su camino, indiferente como si entre la interpretación magistral de Bell y la murga de uno de los habituales raperos del pasillo no mediaran mayores diferencias. El maestro millonario que agota el papel en cada concierto y recibe homenajes en todo el mundo ha resultado no ser nadie sin su esmoquin de reglamento al menos para la inmensa mayoría que trajina anónima en el suburbano yendo y viniendo incansable “desde su corazón a sus asuntos”, enteramente ajena al prodigio artístico e incapaz de reconocerlo fuera de su contexto convencional. Mozart creía que lo esencial en la música era el “tempo”. Hay poderosas razones para pensar que el papel del esmoquin no debe de ser desdeñable.
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En serio: el contexto es el sistema. Cualquiera que tenga una mínima experiencia de espectador sabe bastante de esa psicología del público de la que Benavente se choteaba a modo, y que conoció, por supuesto, la mayoría de los artistas directamente enfrentados al espectador. Hace poco descubrieron los musicólogos el hecho insólito de que la obra de una pianista señera del siglo, como Joyce Hatto, constituyera un fraude colosal consistente en que la virtuosa enviaba al mercado grabaciones ajenas sin que ni la experta crítica ni el público versado detectaran el manejo, lo que dice mucho sobre el alcance efectivo de las estimativas y el peso real de las convenciones en materia de arte y sugiere que el relativo fracaso de Bell en el Metro no es sino la comprobación de que la fruición artística depende de manera radical de la circunstancia en que la obra se produce, fuera de la cual pierda todo sentido, reducida a la insignificancia que un simple esmoquin, una cartelera prestigiosa o una entrada de cien euros podrían transformar en los términos que todos conocemos. No sabemos qué sería de la gran ópera despojada de su indumentaria como tal vez no podemos imaginar el “hip-hop” en la cámara cortesana, pero no hace falta mucho experimento para apostar por la índole ceremonial de un arte que ha hecho de la convención social su más patente seña de identidad. Nadie repara en el gran concertista apostado en el pasillo del Metro con su disfraz de pedigüeño por más que su arte y su técnica reunidos sublimen su interpretación como es de suponer que hiciera Bell en el Metro con su prohibitivo Stradivarius. El contexto es el sistema, insisto. A uno le parece que el experimento del ‘Post’ dice bastante más sobre la presunta afición de muchos  melómanos que sobre la demostrada ignorancia de la muchedumbre silenciosa.

Prisas médicas

Parece mentira que una vez más tengamos que asistir a la huelga de sanitarios de atención primaria reclamando un mínimo de diez minutos para atender debidamente al usuario. Y más aún que la consejería se haya negado a aceptar la propuesta sindical de emitir una circular interna ordenando respetar al menos los siete minutos por paciente. El empeño en hacer una política sanitaria de espaldas a la Sanidad, al margen de constituir una prueba intolerable de soberbia, resulta lamentable en la medida en que garantiza su fracaso a corto y largo plazo. Aunque en este negocio de la atención primaria lo que tal vez suele olvidarse a los protestantes es que la causa de su insolvencia puede estar en la apuesta de la Junta por una medicina propagandística más pendiente de sus logros electoralistas que del beneficio a los ciudadanos. Atención primaria, servicios de urgencias y listas de espera son tres lacras ante las cuales la Junta, aprovechando su confianza en su hegemonía, parece resignada. Que puedan convocarse huelgas como la que comentamos descalifica a cualquier sistema de salud por mucha célula madre que diga cultivar en sus laboratorios.

La prueba del parqué

Mal se le está poniendo a la delegada Rosario Ballester, ex-alcaldesa moguereña, el asunto de su chalé presuntamente ilegal, pero hay que reconocer que no sólo debido a la presión del Ayuntamiento sino por esa manía de negar lo fácilmente demostrable, verbi gratia, que si efectivamente su construcción fuera un cobertizo no llevaría suelo de parqué. Lo grave del tema es la construcción en terreno no edificable, un disparate que tiene grave precedente en el enredo de Punta Umbría patrocinado por el propio Barrero y que costó el cargo al delegado de Medio Ambiente por denunciar lealmente el abuso. La verdad es que no se entiende que personas con experiencia política caigan en estas tentaciones, pero menos aún que se empeñen en escapar del compromiso a base de negar los hechos evidentes. Ballester haría bien en reconocerlos o, cuando menos, en callar dando su brazo a torcer, aunque cuente, como seguramente cuenta, con el respaldo de quienes tal vez no puedan tomar otra actitud.

Fallo comprobado

A uno le parece –y disculpen el subjetivismo– que la campaña desencadenada por la dirección de Tráfico de ese político hiperactivo y protagonista que es Pere Navarro constituye un montaje perfectamente obsceno, que es como ahora se dice. Esos intranquilizadores ‘spots’ radiofónicos que hablan de agonizantes en las cunetas o de las razones que un conductor tiene para elegir entre la vida o la muerte, esas exhortaciones al autocontrol que delatan a la legua el fracaso de la autoridad, son casi tan intolerables como el designio de la Dirección de desviar toda la responsabilidad por el holocausto anual a los conductores en descargo de las propias culpas. ¿Es decoroso traficar publicitariamente con la muerte para probar el éxito de una política o medir su fracaso? Lo último lo apunto porque el propio Navarro ha asumido el compromiso de aceptar como un fracaso de las medidas impuestas por el Gobierno (carné por puntos, instalación masiva de rádares) el hecho de que las muertes registradas en carretera durante la Semana Santa llegaran a igualar en número a las de año anterior, eventualidad que, en efecto, se ha producido, dejando en evidencia la absoluta banalidad de ese compromiso adquirido y, de paso, como el propio responsable adelantara, otra obviedad: la de que “algo está fallando” de modo y manera que resulta preciso reconocer la inutilidad de las medidas adoptadas. Conformes con esta sabia conclusión, sólo nos queda esperar a ver quién se cubre la cabeza de ceniza dispuesto a espiar la culpa de la inepcia y a pagar el pato como se supone que ocurriría en cualquier régimen de opinión pública que se preciara de tal. Nos han agobiado durante semanas, nos han reventado las vacaciones con sus brutales mensajes, han amenazado con sanciones enérgicas a diestro y siniestro, pero más de cien personas fallecidas en ochenta accidentes –la misma cifra, en efecto, del año anterior– certifican el más rotundo descalabro del sistema de prevención. ¡Algo ha fallado, vaya si ha fallado! Y hasta un niño comprendería sin esfuerzo dónde radica ese fallo. Que lo comprenda el propio empresario de la fantasmagoría ya es menos probable.
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El miedo no parece ser eficaz remedio contra la locura viaria. Fracasaron también en su día las truculentas campañas de la dictadura cuando ordenó señalizar todos y cada uno de los puntos siniestros con expresión literal del número de muertos y heridos. Y han fracasado ahora esta agresiva cruzada contra la mala conducción tanto como esas medidas policiales cuyos eficaces antídotos –compraventa de “puntos”, bufetes especializados en recurrir las sanciones o infalibles “avisadores” vía satélite– se anuncia desvergonzadamente en las mismas emisoras que trasmiten la publicidad ministerial. El carné por puntos, para empezar, parece claro que ha resultado papel mojado, una vez superado el susto inicial, y los rádares anunciados a bombo y platillo no asustan, como es natural, a nadie que, por un módico precio, pueda llevar a bordo un ‘gps’ para conocer de antemano el lugar exacto de los emplazamientos, el límite de velocidad exigido e incluso la presencia de un control de alcoholemia. ¿Sabía todo esto ese director ubicuo, acaso no se puede hacer nada contra una propaganda que anuncia productos para, en definitiva, garantizar la impunidad? ¿Y qué hará el Gobierno, en consecuencia, qué reacción cabe esperar de un político que ha establecido libremente los límites de su fracaso personal? Pues seguramente nada de particular, sino “un poco de por favor”, como diría la alcaldesa de Córdoba, unos cuantos telediarios enzarzados en que si por aquí o por allá, y poco más. Verán como para la próxima “operación salida” de nuevo nos llueven providencias, consejos y amenazas. Aunque quizá –y algo es siempre algo– el director Navarro renuncie en adelante a jugar en público a la ruleta rusa.