Hasta las cejas

Nada más terminar el “debate del siglo” (Manolo Campos ‘dixit’) una dama observadora me hace notar el repunte de las cejas del líder socialdemócrata –“¡Se las han ‘dejado’, seguro, le han subido el pico en vez de depilarlo como antes hacían…!”– en el que parece ser que ella presiente alguna argucia fisiognómica por parte de los imagineros. Grave cuestión, las cejas, con ce o con zeta, como lo certifica ver a tanta gente que siempre ha sido bastante cuerda remedando el lenguaje de los mudos, en este país de sordos, con el famoso índice curvado encima del ojo. En un artículo olvidado Pemán desafío a la censura, en plena tiranía, con un irónico artículo sobre las cejas, que apuntaba con toda evidencia a las del almirante Carrero con la excusa de las de Breznev, miembros ambos de ese exclusivo club de pilosos al que pertenecieron también, como es sabido, Groucho Marx y el inefable ‘Blas’ de “Barrio Sésamo”, y ahora estamos viviendo una era española en la que ese atributo del todavía presidente del Gobierno juega su papel frivolizador hasta el punto de distraer a la audiencia de unos debates tan decisivos. Hay un peluquero de moda en Madrid, Frank Prevost, que dice que las clientas le piden, al arreglarse las cejas, un modelo que llaman “la malvada” inspirado en el presidencial, en el que Prevost adivina frialdad y agresividadmientras una fisonomista alemana, Rosine Hetzel, dice ver claramente un signo del amor a la belleza y a los altos ideales, además del estigma inconfundible de la inteligencia. No vamos a ponernos de acuerdo, presumiblemente, sobre este delicado punto pero no estará de más recordar los riesgos de la interpretación fisiognómica en la que el autor de “La Celestina” creía a pies juntilla, Sthendal con reparos, que yo recuerde, y desde luego Kant rechazaba severamente atribuyéndole la base insostenible del subjetivismo. Como sabemos por la aventura de Lombroso que quizá llevó al garrote a más de un inocente por el vuelo del parietal o la curva de las cejas, es desaconsejable juzgar a las personas por la narices, como dicen que dijo Quevedo. Por las cejas, ni les digo.
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Nadie sabe ahora quien ha ganado ese primer debate y no lo saben por la peor de las causas: porque todos dicen creer que han ganado. No es edificante escuchar que se acuse de mentiroso a un Presidente, como no lo es oírle a éste obsequiar al adversario con el dictado de ‘inmoral’. Tampoco aclara gran cosa la macreoeconomía, panacea que lo mismo sirve para el roto del Gobierno que para el descosido de la oposición, ni loos recursos de repertorio utilizados por l dos contendientes en esa pelea de perros con bozal. Ahora bien, lo que resulta desolador es que suene el teléfono y la primera crítica que te llegue sea una observación de modalismo facial en la que, mucho me lo temo, ha debido distraerse buena parte de la audiencia. Hay en la historia romana pasajes que nos permiten imaginar la elegancia con que tal senador recogía airosamente la toga o el estilazo con Aquel Otro recogía los pliegues de su lacerna o que explican por qué buenas razones Adriano, que tenía un careto nada más que regular, volvió a imponer la barba proscrita por la influencia helenística en tiempos de Alejandro. A mí, qué quieren que les diga, se me cae el alma a los pies cuando oigo confundir el ‘carisma’ con el ‘continente’, que es la más hábil de las providencias que el acreditado aparato de “agiprop” del zapaterismo ha divulgado para disminuir la figura de Rajoy. Casi está uno tentado de proponer que se apague la pantalla durante el debate político y se confíe al oído –como hacían algunos grandes trágicos griegos– la tarea de recoger y valorar, sin otras mediaciones sensoriales, la sustancia profunda de los discursos. Me fío cada vez menos de la “democracia televisiva” a pesar de su conveniencia. Demasiado ‘medio’, demasiada ‘mediación’, demasiados ‘mediatizados. Por el ojo sólo escuchamos lo que queremos oír.

Campaña vacía

No hay debate autonómico tampoco en esta ocasión por la sencilla razón de que quien organiza la campaña actúa desde el Poder como juez y parte y al Poder no le interesa ni por asomo que se discuta en público sobre lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer. El propio debate “a cuatro” resulta tan impropio que nadie lo critica más que los que van a tomar parte en él, primero porque Canal Sur no es ni fue nunca un ‘medio’ independiente sino partidista, y luego porque, de hecho, a la centeno es probable que le interese gran cosa lo que tengan que decir un candidato, como Valderas, que ha perdido ya dos elecciones en su propia circunscripción y otro, como Álvarez, al que la prospectiva da por liquidado a partir del 9-M. Hemos oído gritos y susurros, tonterías a granel y descalificaciones intrascendentes por lo repetidas. Lo que nadie nos ha explicado es por qué seguimos en la cola de España, ni nos lo van a explicar. 

El espejo no miente

Dice la UGT que va a impedir la entrada y salida de productos de la factoría de Nilefós para evitarse descapitalización. Se ve que ha tomado nota de lo ocurrido en Riotinto ante la pasividad cómplice de las autoridades concernidas. Y dice también que las anunciadas alianzas con otras firmas le parecen simples “propuestas muy teóricas y difusas”. Se ve que tampoco ha olvidado la amarga experiencia de la gaditana Delphos, de cuyo cierre se acaba de cumplir el primer aniversario, sin que se haya concretado ni una de las múltiples promesas (Chaves llegó a decir que el cierre acabaría por ser beneficioso para la comarca) que la Junta se sacó de la chistera. No estaría de más, en todo caso, moverse con pies de plomo en este asunto, como ya hicieran los sindicatos en anteriores ocasiones, en evitación de males mayores. No olvidemos que la Junta prometerá de aquí al 9-M lo que le echen como lo prometió en Cádiz de cara a las municipales.

El torneo oral

Los estrategas electorales parecen decididos a concentrar sus esfuerzos en el enfrentamiento directo de los grandes candidatos para proporcionar a los electores elementos de juicio directos y teóricamente no “mediatizados”. Se trata de una moda que nos viene de las democracias avanzadas, en especial de la americana, y que, en cierto modo, pudiera tener su origen en la conciencia fósil de los viejos desafíos reales que la propaganda monarquista cuenta que tenían lugar en la Edad Media, sobre todo en la Alta, aunque los historiadores actuales, desde Marc Bloch a Georges Duby, no vean en ellos más que explicable sueño de unas poblaciones castigadas a las que laidea de que quienes decidían los conflictos debían ser quienes los dirimieran, les resultaba de los más aceptable. Hubo retos reales, desde luego, como el que lanzó Carlos de Anjou a Pedro II de Aragón (y cuya circunstancia resulta tan divertida como la leyenda de ‘Robin Hood’) o el que Carlos V, ante las mismas barbas del papa, dirigió a Francisco I, quizá porque el Emperador era todavía un ‘caballero”, es decir, alguien perteneciente al ámbito mental y moral de la cultura caballeresca, de origen artúrico pero adoptada en todo el mundo señorial-feudal como una segunda religión. Todavía Guillermo el Mariscal podía desafiar –¡a sus 73 añitos!– al mismísimo Felipe Augusto o vencer en batalla al futuro Luis VIII, pero el propio Duby, su delicioso biógrafo, es consciente de que “el buen tiempo” de Lancelot y la Mesa Redonda había pasado tan definitivamente como Cervantes se encargará de probar en su caricatura. No está mal, en resumidas cuentas, esta vuelta a la denostada Edad Media, desarmados ya los paladines salvo de la palabra para su incruento rompimiento de lanzas verbales. Otra cosa es que creamos ahora, como en su día creyeron hidalgos y pecheros, que la justa será, pues eso, justa, olvidando la inevitable “mediatización” del encuentro que está poniendo en evidencia el propio forcejeo de los organizadores a la hora de montar el palenque y disponer las reglas.
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Por supuesto, que si era una ingenuidad no poco bárbara confiar la solución del pleito al mandoble más certero, nuestros modernos torneos televisivos conllevan una alta dosis de riesgo crítico al depender, en grandísima medida, de efectos tan insustanciales como la capacidad de empatía de los contendientes. Nunca sabremos, por ejemplo, si el ojo tuerto de Solbes –al que se refirió chistoso en un mitin su propio presidente– benefició o perjudicó a su imagen, pero es evidente que sí que lo ayudó una destreza dialéctica derivada de la experiencia que, en absoluto, equivale a superioridad técnica, pero que funciona como supremo lubricante en ese psiquismo colectivo cuyos mecanismos son más caprichosos que la mar. No tengo duda alguna sobre la conveniencia de estas justas televisadas pero me inquieta la idea de que la asamblea ateniense condenara fatalmente a Sócrates el feo frente al apuesto Alcibíades, es decir, de que, al final, esta “democracia televisiva” en la que estamos degenerando, consiguiera manejar el régimen representativo a título facial, esto es, menos en atención al efecto de las razones y argumentos de los contendientes que a la atracción instintiva de sus cejas o sus barbas. Los viejos paladines se cubrían la cara con sus celadas antes de agarrar el lanzón y embrazar la adarga, los actuales recurren al maquillaje para disimular sus cicatrices o subrayarlas, según disponga el guión, tan atentos o más a su ‘imagen’ que a su ‘idea’, mucho más empeñados en seducir que en convencer. Hoy los adalides no se inspiran en el ‘Amadis’, la “Biblia galante” todavía en tiempos del Emperador, sino que escudriñan los sondeos en busca de un pronóstico. Merlín ha aprendido estadística y Morgana luce sus habilidades en la “isla de los famosos”. Lo probable es que, en el futuro, la inmensa mayoría deberá limitarse a aplaudir cuando lo diga el regidor.

Mirar atrás

Muchos han sido los despropósitos e injusticias que, en nombre de la “media memoria”, hemos debido soportar loa españoles durante la legislatura que ahora acaba y que el presidente Zapatero inició hablando de su abuelo fusilado, no de su abuelo destacado contra “revolución de Asturias” claro. Muchas voces discretas se han levantado pidiendo rigor y sensatez a la hora de mirar hacia atrás en este temeroso pasado, pero ninguna tan absurda y contradictoria como la que Chaves dejó oír en el mitin del domingo reclamando el voto “porque se lo debemos a nuestros padres y a nuestros abuelos”, una reclamación insólita viniendo de un jefe del ejército franquista. ¿Qué lo “pasaron muy mal” personajes como el padre de Chaves? Esto no es ya confiar en que todo cuele, sino en recurrir a un descarado engaño que seguramente indignará a quienes de verdad –mientras ellos garantizaban la dictadura desde sus cuarteles– realmente “lo pasaron muy mal”.

El fascismo comodín

En una de las más deplorables intervenciones públicas que se le recuerdan al ex-presidente González ha recomendado a las nuevas generaciones (con perdón), tras mofarse de Rosa Díez, el abandono de la creciente manía de llamar “fascista” a todo aquel que discrepe de las posiciones ideológicas propias. Mientras tanto el paisaje electoral continúa acumulando ese dictado, hay que decir que en numerosas ocasiones de la manera más impropia y, en última instancia, desprovisto ya de cualquier sustancia ideológica en su condición de recurso estrictamente retórico. Según el subsector más activo y organizado de esa estrategia –los agresores que revientan mítines y comparecencias rivales–, “fascista” serían lo mismo los centristas del PP que los centristas del PSOE (¿o es que hay alguna diferencia de fondo entre el proyecto de Solbes y el de Pizarro?) y, ni qué decir tiene, incluso una persona como Fernando Savater, acaso el personaje con más limpio perfil ético de nuestra generación. Rosa Díez o Antonio Elorza, la alcaldesa comunista de Córdoba, no se distinguen, desde esa óptica gruesa, de los fascistas genuinos y confesos, algo que no deja de constituir una rareza en una sociedad, como la española, en la que una experiencia tan larga como asfixiante se supone que debería permitir con facilidad la identificación de los enemigos de la libertad. Algo curioso: no se acusa a los reprobados de ‘stalinistas’, por ejemplo, sino que se pretende simplificar el panorama conceptual reduciendo su inevitable condición dialéctica a ese par maniqueo que sirve para todo aunque no resuelva nada: “nosotros” y “ellos, los iluminados resistentes de no se sabe qué espíritu revolucionario, y los “fascistas”, es decir, todo aquel que se desvíe de nuestra ortodoxia. Ése es el final de toda demediación, ésa es la inevitable consecuencia de la fractura maniquea que, al fin, se ha producido en la sociedad española. Es la tempestad cosechada por tantos vientos sembrados que produce ahora el mismo fruto que ya robaron del Árbol del Conocimiento aquellos fascistas históricos cuya consigna decía “Ni derechas ni izquierdas: España”. Se sobrentiende que España eran ellos, claro.
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¡Vaya una idea que tiene del fascismo genuino esta ‘basca’ revoltosa! Creerán, por ejemplo, que un rector fascista haría la vista gorda, como acaba de hacer el de la Complutense, en lugar de enviarles con urgencia unas expeditivas legiones. Pero no hay que confiar en esta ingenuidad, como amargamente advirtieran en su momento Brecht o Primo Levi, ni perder de vista el valor decisivo de la complicidad institucional que revelan aquellas actitudes pasivas, entre otras cosas porque en modo alguno deben considerarse “casos aislados” estos reventones que vienen prodigándose desde que, de hecho, se levantó la veda, sino una peligrosa campaña que podría acabar cuestionando
unos comicios en los que determinados candidatos no pueden comparecer en público y menos aún hablar libremente. Lo de “fascista” se ha convertido en un comodín hasta el extremo de permitir a ciertos personajes el uso del oxímoron “fascismo de izquierda”, soberana improvisación que pretende ocultar que el objetivo último de los reventadores es neutralizar una democracia que ya se ha hecho bastante daño a sí misma sin necesidad de su concurso. La confusión en torno al concepto “fascista” sólo cobra pleno sentido en la que envuelve en su penumbra terminológica a la democracia histórica, y hay que reconocer que buena parte de la responsabilidad por ello recae en los actuales perjudicados. ¿No dicen que ya ni tiene sentido distinguir a la derecha de la izquierda, peor aún, no es ya una evidencia que ambas opciones, feudatarias de la inania doctrinal que nos aplasta, coinciden en lo fundamental hasta confundirse sin remedio? La democracia española es hoy facial no eideática. El comodín se lo ha dado de mano ella misma a los enemigos de la libertad.