Consejo de partido

El Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) es, desde su concepción, un órgano expletivo cuya única eventual utilidad estriba en la legitimación de la Junta y su partido que son quienes designan su mayoría suficiente. La última hazaña del órgano ha sido rechazar un informe de los representantes de la oposición que manifestaba la manifiesta  parcialidad de Canal Sur sancionada por las Juntas Electorales a propósito de su actuación partidista durante al campaña reciente, decisión que  me justifican desde dentro diciendo que eso que se le pedía no procede puesto que la LOREG asigna esa función a las mencionadas Juntas y que, en definitiva, ninguna de esas sanciones son aún firmes. Entonces, ¿para qué sirve el CAA, oficina de “arrecogíos” de todos los partidos? Si la Junta prescindiese de cincuenta Consejos eso que nos ahorrábamos sin el menor quebranto.

El bloqueo del ensanche

El bloqueo al que la Junta de Andalucía tiene sometido el plan del Ensanche Sur, a pesar de la promesa en contrario de l propio presidente Chaves, no tiene más objetivo político que obstaculizar la labor del alcalde Pedro Rodríguez, con lo que se convierte en una sanción a la capital motivada en razones electorales. Ahora, con la crisis ésa que dicen que no existe pero que aprieta cada día más, parece que el proyecto puede sufrir retrasos y perder importancia, penoso efecto que habría que imputar a quienes, incluso faltando a su palabra dada, se han opuesto en todos los frentes a su realización. Pocos ejemplos de partidismo electoralista tan ilustrativos como éste del Ensanche, y pocos tan lesivos para el urbanismo de la ciudad. La malicia partidista propicia estos desmanes. Los ciudadanos deberían ser informados con detalle del largo enredo.

Derecho de huelga

La estudiada demolición del movimiento obrero no ha evitado que muchos de sus objetivos históricos hayan sido sabiamente asimilados por el sistema productivo. El derecho del trabajador a la huelga, por ejemplo, era algo tan obvio que lo llegó a defender, con las lógicas limitaciones, hasta Fernando Suárez cuando era ministro del ramo, pero puede decirse que nadie ha hecho tanto en contra de él como la insensatez sindicalera de unos y de otros. En ciudades marcadas por fechas cruciales no falta ningún año la huelga de basuras o la de transportes que, casi fatalmente son resueltas al cabo de un mes de sufrimiento ciudadano, como si no fuera posible conceder al tercer día del conflicto lo que se acaba concediendo en la víspera del acontecimiento. ¿Por qué prolongar esos lesivos pulsos para acabar entregando la cuchara? Hay quien dice que por designio sindical tendente a revalorizar su papel mediador, quien opina que por inercia de las instituciones políticas o económicas a resistir cualquier provocación confiando en el chalaneo. No sé, no sé, la verdad, aunque tengo por cierto que la mayoría de las huelgas llevan gato encerrado desde que rige el “pacto de concertación” que ha convertido en uña y carne a síndicos y políticos (éstos ya se encargan de representar a los empresarios) a base de una millonaria derrama que, año tras año, compra la paz social como si se tratara de una mercancía cualquiera. Los ciudadanos, claro está, lo que se preguntan es por que han de soportar tanto quebranto si cualquiera que no sea incapaz de sacramento sabe que, al final, llegará la solución, acaso por aquello de que entre calé y calé no cabe la buenaventura. Acabamos de comprobarlo en la interminable huelga de los trabajadores de Justicia dependientes del Estado que reclamaban su lógica equiparación con los colegas autonómicos. Pues si el ministro de Justicia actúa del modo en que ha actuado, calculen.

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Lo que no se dice por lo general, es que la huelga, toda huelga, tiene un coste que, como va dicho, paga primero el ciudadano (en esa dudosa especie que es el trastorno del orden normal) y luego el erario público. Un precio, además, en el que hay que incluir, junto al montante económico, el perjuicio causado y su eventual reparación, y que, ni qué decir tiene, tampoco pagan los malos negociadores causantes del daño sino, nuevamente, usted y un servidor. La huelga de Justicia, por ejemplo, ha causado un estropicio de difícil arreglo sencillamente porque el capricho o, quien sabe si el calculado designio del ministro, han decidido prolongarla contra toda lógica. Pero ha contribuido, por si fuera poco, a desacreditar a unos sindicatos divididos verticalmente, a los que los huelguistas –a pesar de haber ganado la batalla en toda la línea– han tildado de traidores y vendidos sin atenuantes, y a evidenciar que no hay mejor momento para cualquier reclamación que la hora delicada para el Poder. Supongo que los funcionarios andaluces que cobran menos que los catalanes, o los guardias civiles y policías con salario inferior al de los Mossos y otros cuerpos de taifa, andarán preparando su espectáculo para las vísperas de los próximos comicios, un hallazgo que le deben a muchos malos negociadores anteriores pero a ninguno como a ese grotesco ministro de Justicia que se felicita de haberse rendido sin condiciones a sus trabajadores tras haber causado un quebranto, ya veremos en qué medida reparable, a su propia Administración, y un daño impagable a miles de ciudadanos. Una victoria pírrica que le valdrá, tal vez, la confirmación pero no en virtud de ninguna lógica política sino porque estamos en Jauja y, por lo visto, encantados de estarlo. Me parece que esta huelga marcará un antes y un después en el ejercicio de ese derecho fundamental. Unos funcionarios poniendo a caer de un burro a su ministro no permiten esperar otra cosa.

‘Full Monty’ 1808

Pase lo de la exhibición de los bomberos, lo de los policías municipales y las amas de casa, incluso lo de los seminaristas y curillas vaticanos: el calendario erótico es una moda imparable. Ahora bien, concelebrar la batalla de Bailén exponiendo en un cartel a dos chicas desnudas envueltas en una enseña patriótica, da una idea de por dónde van los tiros de esa conmemoración que hace temer lo peor por más de un concepto. Ya verán como no dice nada tampoco en esta ocasión la legión feminista que cobra en nuestras instituciones y que protestaría, seguro, si el del infumable cartel fuera alguien de otra cuerda política. Ni un garrochista ni un coracero ni un dragón: tías en pelota. Parece claro que, ya de entrada, desde el propio cartel anunciador, la conmemoración de aquella guerra decisiva no anda en manos muy solventes.

Patrimonio en Almoneda

El cuidado y vigilancia de nuestro patrimonio histórico es uno de los fracasos consagrados de Cultura. La ruta dolménica está para verla, solitaria como la una, y no en una sino en varias ocasiones un tractor cualquiera ha echado abajo un monumento megalítico como quien no quiere la cosa y ante la más absoluta impunidad. Lo último es lo de Ayamonte, el abandono del yacimiento fenicio saqueado o simplemente destrozado desde hace meses (la última vez hace días), sin que la autoridad –ni la Junta, ni el ayuntamiento, ni los agentes gubernativos– hagan nada por protegerlo. Claro que en este caso, como en otros muchos anteriores, el yacimiento está en una zona edificable y eso complica las cosas o puede complicarlas, no sé si me explico. Lo que está claro es que enviar al Seprona una vez perpetrado el vandalismo no conduce a nada. Y una pregunta: ¿por qué se inhiben las demás autoridades?

La receta del perfumista

No acabo de entender la escandalera organizada por la ocurrencia de un psicólogo cognitivo de la Universidad Hebrea de Jerusalem, Benny Shanon, de que la aventura de Moisés en el Sinaí se explica solamente por el uso de psicótropos, concretamente por la eventual ingestión, por parte del profeta, de corteza de acacia, árbol frecuente en la zona y de conocidas propiedades alucinógenas. El argumento psicodélico ha resonado muchas veces sin gran éxito en torno a los grandes espirituales, empezando por el autor del Apocalipsis, del que se aventuró que habría escrito su obra bajo los efectos del lisérgico presente en cierta avena loca pródiga en Patmos, pero sin olvidar al propio Cristo, del que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, como es natural, hubo una temporada en que se anduvo insistiendo en que habría utilizado ungüentos narcóticos para lograr sus prodigios. En cuanto al “hallazgo” de Shanon, tampoco es gran novedad porque es bien conocido de toda la vida el famoso pasaje de “Éxodo” (30, 22 y ss.) en el que Dios revela a Moisés la famosa “receta del perfumista” para hacer la unción sagrada y en la que, en efecto, se incluyen como ingredientes la acacia y la “caña de olor”, tradicionalmente identificada por algunos autores con el ‘cannabis’ de nuestros días. Es la vieja tentación materialista que propone alegremente “explicar” (Goldmann distinguía claramente entre “explicar” y “comprender”, no se olvide) la tradición sobrenatural en claves ordinarias, que poco tiene que ver con el esfuerzo deductivo de otros científicos por dar sentido material a ciertos contenidos míticos, tales como reducir la lluvia de fuego de Sodoma a la caída de un meteorito o el diluvio universal que recuerdan tantas mitologías al simple efecto de una desglaciación. Hace poco escuché en la ‘digital’ a un ufólogo convencido de que el carro de fuego que arrebató al profeta Elías no era más que un ovni y su subida al cielo una abducción corriente y moliente. Cualquier cosa, a este paso. El envés inconveniente de la sociedad medial acoge cualquier improvisación aventurera sin mayor preocupación hermenéutica.

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Nadie duda que en los misterios de Eléusis el milagro de la iluminación colectiva de los asistentes se debía a la bebida del “kykeón”, cuya virtud alucinante produciría la “epopteia” o visión suprema, como la llama Eliade, del mismo modo que, por descontado, la orgía dionisiaca debía ser el producto de fuertes estimulantes. Shanon reduce ahora a alucionaciones nada menos que la imagen de la Zarza Ardiente o la visión de Dios, quizá olvidando que en la Antigüedad ese tipo de prodigios cabe holgadamente en el imaginario colectivo. No hay más que seguir el ánimo de Eurípides cuando descubre la frenética orgía de las ménades –que hay que suponer potenciada por algo más que por el vino ritual–, recordar la fuente inagotable de vino que testimonia Diodoro, o los odres vacíos que, encerrados a cal y canto durante la noche, aparecen rebosantes por la mañana, según  cuenta Pausanias. Por lo demás, no encuentro justificada la razón de que el uso de drogas era habitual en los rituales hebreos, aunque ciertamente lo fue en otros muchos. A uno le da igual, no hay ni que decirlo, pero la verdad es que da la impresión que tenemos encima una tormenta iconoclasta, empeñada en echar abajo el complejo mitologema de los viejos tiempos a base de argumentaciones casi siempre improvisadas e indefectiblemente surgidas de la sugestión neomaterialista que contribuye a la desacralización del mundo propia de las sociedades industriales, que fura vaticinada por Weber y desarrollada por una impresionante nómina de fenomenólogos posteriores, con Paul Berger y Thomas Luckmann a la cabeza. Poco tiene que ver la inspiración científica con la ocurrencia oportunista, sin embargo. Hacer de Moisés un “narconauta”, como dice Escohotado, lo demuestra de sobra.