La Junta compite

Las denuncias contra la empresa pública Desarrollo Agrario y Pesquero (DAPSA), perteneciente a la consejería de Agricultura de la Junta, en relación con la competencia desigual que viene practicando incluso en terrenos muy alejados de sus competencias teóricas, devuelve a la actualidad el problema que esos montajes de que la Junta se vale, a modo de Administración paralela, para “agilizar” la gestión eludiendo las fiscalizaciones establecidas por la Ley, suponen en la medida en que se comportan como auténticos competidores ventajistas al conseguir que instituciones públicas controladas por la Junta y su partido les adjudiquen contratos de obras a dedo en perjuicio de la empresa privada. La Junta no sólo tiene en ellas una vía de escape para burlar el control legal sino que contribuye a arruinar a esos sectores con sus arreglos partidistas. DAPSA, en todo caso, no es la única arruinadora de que dispone un gobierno autónomo que ha conseguido duplicar la Administración aunque haya sido a ese doble y privativo precio.

El Defensor que no llega

Que Huelva iba a contar con un Defensor del Ciudadano fue anunciado antes de las elecciones de mayo. Que el designado ‘in pectore’ sería Manolo Rodríguez no fue precisamente el secreto mejor guardado por el equipo gobernante. Pero pasan los meses y el Defensor no llega. Lo último fue la aprobación en pleno de que ese cargo sería de libre designación del alcalde, propuesta apoyada por la mayoría ‘popula’ a la que se sumó IU, contra el parecer de un PSOE al que adopta va a resultar que la designación de cargos a dedo le resulta ajena y rara. Total, que ese Defensor nonnato viene ya con un retraso que a no tardar cumplirá un año. Si de verdad es necesario crear la figura del Defensor, ¿por qué no lo nombran de una vez? Si no lo tienen claro, ¿a qué viene tanto ruido? Manolo Rodríguez es hombre de paciencia pero seguro que se estará preguntando lo mismo.

El Dios de los sabios

A un cura y científico polaco le han dado un millón de euros por proponer la teoría de que la existencia de Dios es demostrable desde las matemáticas. Por su parte, en la universidad de Oxford van a emplearse dos millones y medio de dólares en averiguar –con el concurso de neurólogos, biólogos, lingüistas y sociólogos– de qué modo las estructuras cognitivas del ser humano generan las creencias y los motivos por los que aquel tiende a creer en un ser superior al que llama Dios. Es probable que esta corriente demostracionista no sea sino una reacción a la insistente militancia atea que se esfuerza en muchos países, incluido el nuestro, en ese ejercicio racionalista que a uno se le antoja tan gratuito e impracticable como su contrario, es decir, en solucionar la vieja cuestión de la existencia o inexistencia de Dios, antigua aporía que Kant, si mal no recuerdo, tuvo el sentido común de desacreditar al sostener que de nada valen en esta porfía los argumentos racionales puesto que eso que entendemos inmemorialmente por ‘Dios’ es, en todo caso, un postulado de la “razón práctica”, es decir, una ‘creencia’ en el sentido de Ortega, ante la que el pensamiento debe dejar campo libre a la fe. Siempre recuerdo en este punto que Pascal invocaba al Dios de nuestros padres y “no al de los filósofos y los sabios”, sugerente opción que expresa su convencimiento de la absoluta inutilidad de los esfuerzos metafísicos o científicos en este terreno. Lo que ha habido que oír, a este respecto, en la larga vida de la historia del pensamiento es, desde luego, para desanimar a cualquier persona sensata, pero no me digan que no son igual de insensatos los argumentos que hemos debido escucharle a la otra parte. Nadie ha probado nunca nada, ni a favor ni en contra, tocante al “mysterium fascinans” o al “mysterium tremendum”, y cuando digo ‘nada’ no pretendo decir nada que no interese a un cofrade fervoroso del Gran Poder o a un kamikace fanático, sino ‘nada’ que pueda ser recibido como definitivamente lógico por cualquier mente racional. Hegel ponía como condición para acercarse a su ‘Idea’ nada menos que “la humildad de conocer”. Eso se llama tentarse la ropa.                                                                xxxxx

En mi opinión lo que faltaba en esta crónica del despropósito multisecular era la actual tendencia a meter por medio el saber de los neurofisiólogos, tan tentados últimamente en no pocos casos, es verdad, a derivar por la extravagancia de localizar en el cerebro sentimientos y emociones, así como a los genetistas empeñados en identificar a los genes responsables de lo humano y lo divino, lo que no deja de ser una suerte de neomaterialismo pasado de maracas. Las “fórmulas” del cura matemático no tienen por qué resultar menos ingenuas que el propio empeño ateísta aunque estén alineadas, en definitiva, con el rancio argumentario que va desde el irracionalismo atraillado de san Agustín al ontologismo de san Anselmo (que, por cierto, aprovecharon a su manera Leibnitz, Descartes o Malebranche) pasando por la pretendida lógica de las ‘vías’ tomistas que nos enseñaron en bachiller sin decirnos, por supuesto, que el santo acabaría propugnando, como única salida, la vía mística. Un metafísico tan intrincado como Zubiri dice algo en extremo sugerente: que negadores y afirmadores de la divinidad se mueven, sin sospecharlo, en un mismo plano. Y sin embargo, seguimos despilfarrando millones –¡como si nos sobraran!– en cazar a pie enjuto ese gambuzino inasible en el que cree a pies juntilla una muchedumbre silenciosa que no reconoce fronteras ni en el espacio ni en el tiempo. Razón y Fe son funciones paralelas que para unos se bifurcan sin remedio y para otros se juntan en una asíntota que puede ser cualquier cosa menos localizable. En ella caben holgadamente el dios de Abraham y el dios de Spinoza, aparezcan o no en el microscopio y cuadren en las ecuaciones o no.

Justicia atascada

El juez decano de Sevilla, Federico Jiménez Ballester, ha admitido que, de continuar la Administración de Justicia con los medios actuales, se produzca “un colapso que transforme las resoluciones judiciales en ineficaces”. El problema aprieta en materia de lo Contencioso-Administrativo, donde hay provincias que sólo disponen de la mitad de los juzgados que el propio Consejo General del Poder Judicial estimó imprescindibles. Los juzgados de Sevilla en esa especialidad están emplazando para el año 2010 los juicios correspondientes, lo que supone tanto como decir que la Justicia llegará tarde e inútilmente en muchos casos en perjuicio de los administrados. Se confirma que el traspaso de competencias de Justicia a la Junta, cerrado de prisa y corriendo, ha resultado poco menos que catastrófico para el servicio y para los ciudadanos. La autonomía mal gestionada puede ser peor si cabe que el centralismo tradicional. Que se lo pregunten a esos pleiteantes y luego hablamos.

El precio del pacto

El PP ganó las elecciones en Aljaraque, pero quien gobierna es el PSOE apoyado por IU. ¿A cambio de qué? Pues a ver de qué va a ser, ¡de urbanismo! En eso no hay diferencias: cuando un partido/bisagra tiene la llave del Gobierno da la vara al otro a cambio de esa gallina de los huevos de oro, claro está, que con el argumento de que nadie mejor que él garantizará la transparencia en la gestión. Y sin embargo, ya empezamos. El Colegio de Arquitectos –cuyo decano es arquitecto municipal de ese pueblo– ha denunciado que la adjudicación del PGOU a un grupo profesional determinado viola al menos cinco artículos de la Ley de Contratos de las Administraciones Públicas, o sea, que habrá qué ver por qué IU se salta la ley y que eventuales intereses hay por medio para que se ejecute ese salto. Mal comienzo también en este resbaladizo terreno. El pacto de Aljaraque estará bajo sospecha en tanto no se explique esa adjudicación.

El viejo oficio

Ayer al mediodía la plaza de Pigalle, el viejo caíz prostibulario y artístico de la bohemia clásíca, se llenó de profesionales de la prostitución o, como exige decir la corrección política, de ‘trabajadoras y trabajadores del sexo”, que exigían, una vez más, la liberalización del viejo oficio y un razonable estatuto capaz de garantizar su dignidad. Están hartos esos profesionales de ambos “géneros” de soportar el estigma que, por un lado, transforma a los putos (permítanme en adelante el masculino genérico) en mercancía, y por el otro, los contempla como víctimas a redimir por los buenos oficios de la solidaridad organizada. No quieren miserabilismo, nada de Zolas ni Baudelaires, si acaso un toque de Toulouse-Lautrec, el recuerdo fósil pero vivo de ‘la Goulue’, la libertad, siquiera imaginaria, de una relación emancipada, y que le vayan dando a los represores y a las feministas “cathos”. La “Pute Pride”, esto es “el orgullo puto”, desfilando descarado por los bulevares y con el objetivo de llegar a Matignon para cantarle las cuarenta a un Sarkozy recién vapuleado en las urnas. Los franceses pasan mucho de broncas y manifestaciones, mientras no irrumpan los ‘flics’, y contemplan con cierta indiferencia la exhibición de esos rebeldes marginados que gritan enronquecidos que llevan a gala su condición y explican que ellos no venden su cuerpo –como propone la doctrina sempiterna– sino que “ofrecen servicios sexuales”, que se limitan a cobrar a cambio de dar placer y que, desde luego, hay profesiones mucho peores que ésa. Nada mejor para evitar la explotación y desarmar a las mafias que dotar a los putos de derechos laborales completos, jubilación a su debido tiempo, paro como todo el mundo, seguridad social y, en resumen, igualdad de derechos con los demás trabajadores de la nación. Francamente, no había escuchado en mi vida nada tan profundamente “republicano” como esta demanda.                                                                   xxxxxLa protesta se dirige contra la vigencia de la ley de Seguridad Interior con que Sarkozy, en su época de ministro, inició el paquete de medidas contra el creciente desorden social que percibía la sociedad francesa y no sólo sus votantes. Una ley contra putos, pero también contra ‘okupas’, traficantes de armas, ‘hoolingans’, mendigos y homófobos, que según los primeros ha tenido consecuencias temibles sobre la profesión, en especial de orden sanitario pero también por lo que se refiere a su seguridad, al calificar como delito la prostitución callejera. ¡Suena lejana la cínica sentencia de Agustín sobre las ‘cloacas de la ciudad’ en medio de este griterío que rechaza igualmente el prohibicionismo conservador y el abolicionismo de las izquierdas! “Estamos orgullosos y hay peores oficios”: a ver quien discute eso. El Senado romano desterró a una roca perdida en el mar a una matrona confesa de haberse prostituido, prohibió casarse y testar a las putas, les limitó el horario y les impuso un atuendo, pero todo ello no impidió que Mesalina destacara en el oficio. Tampoco sirvieron para gran cosa los “picos pardos” que se les impusieron en la España carolina –tal vez porque tratar de impedir ese tráfico voluntario viene a ser como ponerle puertas al campo– como de nada sirvieron las “regulaciones” que hicieron tanto la República como Franco cuando se dice que en un Madrid hambriento una de cada veinticinco mujeres ejercía el oficio. Pero ellos lo tienen claro: “Hay muchas almas buenas que creen saber mejor que nosotros lo que nos conviene. ¡Eso no es más que putofobia!”. Alguien, desde la acera, interpela a una manifestante: “¡Nadie nace con vocación de puta!”. Y le responden desde la calle: “¡Toma, ni de cajera de supermercado!”. Baudelaire sostuvo que el amor no era más que el gusto por la prostitución y que no existía placer noble fuera de ella. Quizá derechas e izquierdas deberían leer más poesía.