Ruido de cadenas

El maestro Gómez Arboleya –ese andaluz olvidado por esta patria ignara–, que era tan sabio como anglófobo, nos contaba en los años felices una anécdota preciosa. Se refería a un inglés que llevó hasta las más altas instancias de la Justicia británica al aristócrata que le alquiló un castillo con fantasma, en vista de que en la histórica fortaleza, por más desafíos y conjuros que se le echara a la aventura, no había ni rastro de aquel hamletiano hectoplasma del que vivía el castellano tronado, pretensión a la que esa Justicia de puñetas y pelucones contestó, con su habitual buen sentido, que si era cosa de beocio creer en fantasmas, más lo era, sin duda posible, tragarse la oferta de un lord apremiado por los acreedores. He recordado el caso al ver, por enésima vez, la reivindicación islamista de que Bin Laden vive, un anuncio recurrente que probablemente carecería de sentido si, de verdad, ese bárbaro viviera, como asegura la propaganda, dirigiendo desde la sombra la amenaza universal, pues no hay cosa más fácil que probar la vida hoy por hoy que retratarse sin más con el periódico del día en la mano. Desde ‘Fu-Man-Chu’ al ‘Doctor No’ nunca ha faltado en Occidente una leyenda terrorífica vinculada a la mala fama de Oriente en nuestro imaginario de occidentales, quizá porque la forma más económica de mantener vivo el dualismo que nos mantiene atrapados sin remedio, es fomentar ese tipo de miedos confirmados por su propia insustancialidad. El Sistema –el nuestro– necesita para mantener su equilibrio esas dos patas que le ofrece la fractura maniquea de la realidad pero en absoluto necesita probar lo que funciona divinamente sin necesidad de demostraciones. Da lo mismo que Bin Laden viva o lleve años criando malvas porque de lo único que de él necesita el terrorismo es el mito mismo, y la eficacia del mito no precisa de pruebas. En Portugal hubo siempre crédulos empeñados en la supervivencia de don Sebastián lo mismo que en USA sigue habiendo fans que aguardan empestillados la parusía de Elvis Presley, doble irrealidad sobre la que el negocio ha funcionado siempre, sin embargo, sobre ruedas.
                                                                 xxxxx
A eso debía referirse el que dijo que la fe mueve montañas. Aunque en el mito de Bin Laden –en realidad, hay que hablar de leyenda, por supuesto, y no de mito– contribuya no poco a su éxito el argumento fascinador que siempre fue el dinero, la idea generalizada entre poblaciones miserables y desesperadas de que en alguna parte anda escondido el todopoderoso guardián de sus derechos que un día no lejano las liberará al fin. Aunque, ciertamente, nada ha contribuido tanto a esa esperanza como la propaganda imperial, con sus ‘wanted’ y sus soflamas, sus ‘guerras preventivas’ y su fracaso práctico. Bin Laden vive, en efecto, encarnado hipostáticamente en millones de ingenuos que creen, desde el fanatismo, en la posibilidad de sacudirse el yugo de la vida redimidos por la virtud de ese mesías sobrevenido que ni siquiera necesita existir para movilizar a sus apóstoles. Ya digo que no creo hace tiempo en que el terrosita millonario siga con vida pero sostengo que esa circunstancia no hace que varíen los efectos de su leyenda ni que aminore el peligro que él supo desencadenar. Porque el meollo de ese mito no es un personaje ni un evangelio sino la simple evidencia de que el terror suicida, aunque con escasas posibilidades de ganar ni la guerra santa ni la pérfida, tiene capacidad, eso sí, de mantener en vilo a un planeta que no sabe que hacer con ese fantasma encadenado que se pasea inasible por el castillo que creía inexpugnable. Ni la fe necesita pruebas ni la verdad es condición de la eficacia mítica. Basta con la sugestión de Bin Laden, con la idea prerrafaelita de que un trasgo trajina por las galerías bajo las panoplias inútiles y los retratos añosos de los antepasados. La fe mueve montañas. Junta con el dinero, ni se sabe.

Anacronismo ingenuo

A unos descerebrados de la pedanía granadina de Híjar no se les ha ocurrido nada mejor que pintar con tinta azul –ojo al símbolo– la fachada de la sede granadina del PSOE con un letrero/eslogan que no sé si, a estas alturas, es más ingenuo que anacrónico: “Rojos al paredón”. Ya sé que vuelve a estar de moda ese lenguaje fusilero por ambas partes, pero lo menos que se les podría pedir a estos/as majaretas es que apunten bien. Ya sé que ZP proclama que es “rojo”, pero eso es algo que, naturalmente, no se tragan ya más que cuatro viejas noveneras. A un amiguete mío que puso un famoso bar de copas madrileño trató de atracarlo un presunto drogota con una jeringa pidiéndole incontinnete cuarenta duros para heroína, pero mi amigo, sin despeinarse, se limitó a decirle: “Anda, tío, date una vuelta por el barrio y cuando te enteres de lo que vale el ‘caballo’ vuelves por aquí”. ¡Mira que llamarle “rojos” a esas criaturas sociatas! Afortunadamente estos brigadistas del amanecer no saben ya ni a quien darle el paseo. 

Esta tierra es mía

No hay quien pueda con el complejo patrimonialista de las instituciones y sus medios que padece el PSOE de Huelva. Si antier eran los camiones de la Diputación Provincial los que, sin molestarse siquiera disimular, arrimaban el hombro a la candidatura del PSOE en Punta, al día siguiente era la delegata de Igualdad la que intentaba abusar de esas instituciones convirtiendo un encuentro de alcaldes de la Costa en un acto de propaganda de “sus” candidatos”. Menos mal que a los alcaldes no les tembló la mano para darle un portazo y, sobre todo, menos mal que el alcalde de Ayamonte –que será lo que sea pero que se viste por los pies– demostró que se puede ser militante del PSOE y conservar el sentido de la equidad. Total, otro espectáculo de abuso electoralista y otro silencio de la Junta Electoral que ya podría aplicar a las instituciones onubenses los mismos criterios que la de Sevilla aplica a rajatabla a las suyas, comenzando por el Ayuntamiento, la Diputación y la propia Junta. 

El saber peligroso

Hay que andarse con pies de plomo en el ciberespacio. Hace nada y menos un correo que recibió medio mundo avisaba sobre el riesgo que representaba beber agua del grifo al haber sido ésta envenenada por grupos terroristas, de paso que invitaba a ampliar la información conectándose a un ‘link’ que, lejos de informar al curioso, lo que hacía era deslizarle un ‘troyano’ en el disco duro. Las primeras noticias posteriores eran cataclismáticas pero, por fortuna, una evaluación más fundada del ataque acabó estableciendo que los daños probablemente debían de haber sido mínimos y no colosales ni irreparables como primero se dijo. Una vez más se comprobaba que no es oro todo lo que reluce en esa que Manuel Castell llama “La Sociedad Red” ni fiables muchas especies que pululan universales e instantáneas por ese ciberespacio ante el que, queramos o no, todavía vamos de pardillos la mayoría de los usuarios, expuestos a la implacable trampa (‘hoax’ dicen los expertos) que ha prestado alas a una leyenda urbana que, ciertamente, no es más que el efecto inevitable de la difusión sobre un tópico preexistente, pero que no me dirán que no constituye una jodienda. Cuando la Agencia EFE publicó recientemente la información falsa de que Bush era el presidente americano con menor ‘CI’ (cociente intelectual) del último medio siglo y quién sabe si de todos los tiempos, picaron el anzuelo la mayoría de los grandes medios españoles y muchos de por ahí, ninguno de los cuales se paró a verificar un hecho que los guasistas atribuían cucamente a un ‘Instituto Lovenstein’ que resultó ser más falso que la papisa Juana. Carece de importancia la peripecia informativa, los desmentidos posteriores y el pitorreo generalizado porque, entre otras cosas, de lo que se trataba era de difundir una idea, un estereotipo más que generalizado y que, como tal, había de tener el éxito que tuvo. Hoy por ti mañana por mí, la verdad, estas cosas deberían inquietarnos más que de lo que nos han inquietado hasta ahora.
                                                                 xxxxx
La posibilidad de una difusión universal e instantánea del conocimiento, en cualquiera de sus niveles, resulta, seguramente, tan atractiva como arriesgada. Pero esa conclusión no me interesa tanto, sin embargo, en esta historia como la comprobación de ciertos fracasos éticos de la banda progresista (ya me entienden) que encuentra justificado, al parecer, difundir un bulo descalificador contra un personaje con la sola condición de que el perjudicado sea un adversario incuestionable. En USA republicanos y demócratas mantienen una antigua competición de bulos que van desde los inverosímiles amantes de lady Reagan convertida en una Mesalina hasta la inacabable saga de despropósitos de los Bush, como en Francia llevan un año echándose basura mutuamente los partisanos de los dos grandes candidatos clasificados antier para la segunda vuelta. Sin control posible, sin el menor recurso ante la acuidad del mensaje informático, la velocidad de su difusión y la práctica impunidad que le ofrece el disfraz cibernético, Internet es una herramienta que abre una nueva era, no vayamos a confundirnos, pero también un polvorín de libre acceso en el que cualquiera puede meter o sacar los materiales más alarmantes. Por lo que, a mi vez –me informan de buena tinta– es probable que al menos seis de cada diez entre quienes se enteraran en su momento del “hoax” sobre la torpeza de Bush conservarán fatalmente esa información incorporada a sus convicciones por la única pero poderosa razón de que aquel estereotipo circulaba ya entre ellos. La competición política encuentra así un nuevo plano posibilitante de alcance incalculable por el que deslizar bulos lo mismo fatales para el rival que estupendos para los propios. Por cierto, Bush tiene un ‘CI’ bastante superior a la media. Que no lo parezca no hace más que facilitarle el juego a los desaprensivos.

Tratos diferentes

Hay que ver la que ha armado un juez en el Ayuntamiento de Ayamonte, al parecer por el solo hecho de que la institución hubiera pagado, a título de adelanto, la multa con que fue sancionado un edil que, ejerciendo de alcalde en funciones, habría injuriado a un policía local: “hombres de Harrelson”, secretaria, orden de registro y precinto de los ordenatas. Hombre, y uno se para a considerar qué impropia diferencia de trato el recibido por ese concejo si se le compara con el guante de seda con que ha sido tratado el de Sevilla, por ejemplo, nada menos que en la investigación de una presunta trama de facturas falsas, o tantos otros que hay por ahí, sin mentar, para qué al de Marbella, que hizo y deshizo a la vista del universo mundo sin que la Justicia pareciera enterarse más que en casos extremos y la Junta o el Gobierno ni en esos. Si el juez de Ayamonte no encuentra nada mejor (peor, quiero decir) que esos 300 euros adelantados a un concejal tieso de solemnidad, debería recibir, a su vez, la visita de la Justicia. 

Un caso sangrante

Ya verán como no falta quien diga que la ‘manifa’ organizada ante la delegación provincial de Salud –¡en buena parte han ido a poner la era, esas criaturas!– de los 60 discapacitados a los que el hospital “de referencia” ‘Juan Ramón Jiménez’ está obligado a prestar la atención correspondiente. Pero a esos padres no los mueve más que su derecho estricto, es decir, el que tienen sus hijos a ser atendidos por un Sistema Público de Salud (el SAS) que gasta lo que no tiene en más o menos fantasmagóricas medicinas de escaparate (células-madre, retrasmisión de intervenciones y demás) en detrimento, por lo que se ve, de la atención básica. Mil veces ha dicho esos padres antes de manifestarse que el servicio hospitalario carece de medios personales y materiales, como bien saben sus facultativos, pero sólo han recibido la callada por respuesta. Son pocos votos, no merece la pena que un ZP baje a Huelva en plan rey mago como bajó para prometer el AVE. Si fueran muchos (votos) otra gallo les cantaba. Es la única aritmética que entiende esta tropa.