El ‘régimen’ de mármol

Si estará bien agarrado el “régimen” en Andalucía que, perdiendo 5 escaños el PSOE, ganado 10 el PP y desapareciendo el andalucismo de partido (que en el pecado lleva la penitencia) todo se queda y permanece igual. Si el trabajo de un político se entiende que es conquistar y conservar el poder a cualquier precio, no se le puede negar a Chaves ese dudoso mérito que, por lo demás, nunca corrió verdadero peligro pues contaba de antemano con el servilismo que ha dejado a IU de fuerza decorativa y ha borrado del mapa a PA/CA. Con el presupuesto en la mano, el control de los ‘medios’, y la enorme y creciente ‘dependencia’ clientelar, es probable que el papel de Chaves pudiera hacerlo cualquiera sin la menor dificultad. En esos términos hay que valorar el papel de una alternativa que, con las manos vacías y contra viento y marea, ha conseguido un resultado más que apreciable. En la vida hay que estar en el sitio justo en el momento apropiado. Que se lo cuenten a Chaves.

La ciudad y el campo

Nada menos que 24.000 votos ha perdido el PSOE en la provincia a pesar de su triunfo en las autonómicas. En la capital, sin embargo, se ha quedado a unos centenares de votos del PP, lo que supone un éxito nada despreciable del Pedro Rodríguez, que controla su municipio y ha sido capaz de darle un buen bocado a un partido que sigue enrocado, sobre todo, salvo excepciones, en las zonas rurales y su feudo serrano. La dificultad que tiene el PP para penetrar en esos feudos tiene mucho que ver con el vigoroso montaje clientelar que su adversario mantiene en pie desde el comienzo de la autonomía. Ambas fuerzas deben reflexionar, una, sobre el por qué de su fracaso en el campo, la otra, sobre la causa de su declive progresivo en la ciudad. Los votos valen todos iguales pero también es cierto que, bien interrogados, hablan por sí solos.

Cierre de campaña

El ganador de unas elecciones da siempre por bien empleado lo ocurrido durante la campaña, incluso si en ella se ha lastimado la imagen de la democracia, hasta en el caso de que resulte obvio el hastío de los ciudadanos enfrentados al dilema maniqueo. También en esta ocasión, por supuesto, a pesar de que hemos vivido escenas denigrantes en perjuicio de la política misma, de las que le va a costar reponerse a nuestra averiada democracia. La guerra de las encuestas, sin ir más lejos, no se ha conformado con la manipulación calculada y el camelo sistemático, sino que, más allá y por encima de la norma, se ha prologado, incluso en el periodo de silencio que establece la ley, por el sencillo procedimiento de colgar en Andorra una página que cualquiera ha podido consultar por su ordenador. Es verdad que la Justicia española no está para virguerías como lo es que a los transgresores de esta novedad los ampara el principio de territorialidad de la ley junto a una opinión no poco difundida que defiende el mantenimiento de los sondeos –es decir, el forcejeo manipulador– hasta el último momento, a tal punto está resultando adictiva la sociología dedicada al augurio. ¿Se debe o no permitir encuestas durante el día de reflexión, está puesta en razón o no lo está la decisión de suspender la campaña desbaratada por los cinco tiros a bocajarro del terrorista? Una campaña da para mucho –y malo– desde mucho antes de iniciarse y hasta que se cuadra el recuento, pero esta vez nada tan envilecedor como las cábalas que hemos podido escuchar en algunos medios cada cual escurriendo el bulto o arrimando el ascua a su sardina, porque nada puede ser más envilecedor, en efecto, que manipular la opinión cuando es patente que ésta camina desconcertada. Se podrá alegar, en fin, como se ha hecho, que hubo muchas irrupciones terroristas en periodo electoral, aunque sin dejar de reconocer que el atentado del 14-M –curioso: el único que no perpetró ETA…– marcó un antes y un después en el manual de estrategia.
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Si algo está claro, en todo caso, es que los terroristas –esos que ZP dice que están vencidos– se ha erigido en árbitros de nuestra convivencia, determinando a voluntad los periodos de calma y hasta la liturgia electoral. A uno, sin embargo, no le preocupa tanto esa capacidad que, más pronto que tarde (si queremos) estará de nuevo contra las cuerdas, como el fanatismo logrero con que se ha intentado capitalizar el atentado. ¿Quién debe pagar en votos las balas del terrorista? Esa miserable pregunta se ha paseado por España desde el viernes, unas veces encubierta y a media voz ladina, otras clamorosa y hasta en alguna ocasión mitinera. El espectáculo dado por nuestros prohombres en el Congreso, con la sangre del caído aún caliente sobre el asfalto, ha sido despreciable hasta el punto de autorizar la malicia de que a esta tropa profesional le interesa poco todo lo que no conduzca a su objetivo único, que es conquistar, como sea, el poder. ¿No se ha llegado al punto de dar instrucciones a los apoderados de las mesas para “barrer” en lo posible votos influyendo a los electores? ¿No se difundió la misma mañana del atentado un ‘sms’ anunciando temerariamente que ETA entregaría las armas? Salimos políticamente tocados de estos comicios, como era previsible tras una legislatura cainita, como podía esperarse de un país que ha asistido a los debates entre sus líderes no como quien escucha en el aula sino como quien jalea frente a un ring. Si fuera verdad todo lo que unos y otros se han arrojado a la cara durante la campaña sería para borrarse de la próxima, pero desde ya, desde hoy mismo. Y encima el cadáver de la víctima profanado dialécticamente en pleno Congreso o en su velatorio mientras los impacientes viajaban por la Red hasta Andorra como quien va a Delfos. Otro triunfo de la democracia, dirán. Lo que tendríamos que preguntarnos es si no es para llorar.

Papeles perdidos

La insolvencia dialéctica de la candidata frustrada, Manuela Parralo, no precisa más demostraciones, pero ella se empeña en manifestarla hasta el límite miserable en que lo hizo el sábado (¡el día de reflexión!) dejando oír su voz disonante contra el alcalde en medio del desconsuelo popular. Eso sí que es usar a los muertos en política, eso sí que es arrojarle la tragedia al adversario como si fuera un ariete, justo cuando un pueblo en masa se arremolina junto a su representante legítimo para llorar una desdicha que afecta a todos. A Parralo le importa mucho más el daño de Pedro Rodríguez que el duelo por Mari Luz, a la vista está. Es más que probable que los onubenses que la hayan escuchado no han de olvidar esas lamentables palabras.

La mujer fuerte

ETA no suele matar mujeres. Destroza sus vidas –madres, hijas, viudas, hermanas–, pero evita descerrajarles cinco tiros a bocajarro. Es el edipismo inmemorial, que ya contemplaba Estrabón al describir el sistema social primitivo de los vascos, según Caro Baroja, como uno de los más exageradamente matriarcales que puedan conocerse, pues en él las mujeres no sólo trasmitían el linaje sino que eran las propietarias en el marco de un derecho materno estudiado muchas veces. Edipo puro: la fuerte Yocasta frente a un Layo segundón. Por eso ETA no mata mujeres directamente, prefiere matar hombres. Y sin embargo, o quizá por eso mismo, en esa falsa guerra, las mujeres juegan un papel decisivo. Antier dos de ellas trataban de mantener vivo a su hombre, tapando con sus manos el caudal de la sangre, inútilmente, desoladoramente. Pero antes y ahora, otras muchas pelean en primera línea contra esa bestialidad asesina. Me acuerdo de Pilar Elías, cruzándose con el verdugo de su marido, el vecino de abajo. De María San Gil asistiendo incrédula a la ejecución del amigo, tantas veces perseguida. De las diez mujeres de “Corazones de hielo”, el documental que produjo Martínez Reverte. De la alcaldesa de Lizarra, izando sola –con dos cojones– la bandera de su Ayuntamiento. De Maite Pagazaurtundúa, mano de hierro en guante de seda, luchando por la memoria de su hermano, vendido a los terroristas por el “poder vasco”. De Edurne Uriarte, de Gotzone Mora, de tantas mujeres como mantienen el tipo en una universidad que titula por correspondencia a los criminales mientras niega la libertad de expresión a sus profesores. De Rosa Díez pidiendo unidad para que nuestros hijos no tengan que terminar un trabajo que nos corresponde rematar a los padres, acabar con ETA con la Ley en la mano pero sin contemplaciones. Faltan muchas, pero valgan sus ejemplos para confirmar el valor femenino, tan distinto de la audacia cobarde de las hembras pistoleras o de la cobardía a secas de la alcaldesa de Mondragón quitándose de en medio un par de días para librarse del duelo. ETA no suele matar mujeres. Edipo tiene sus reglas.
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Habría que dejar de representarse a esas mujeres destrozadas como víctimas pasivas, incorporarlas al paisaje de la violencia, considerarlas tan combatientes como el primer militante amenazado o el primer guardia civil, tan encañonadas por los cobardes como sus hombres. Y habría que reconocerles el papel de vanguardia que juegan desde hace muchos años, firmes en sus convicciones, abandonadas hasta por los Gobiernos cuando no vituperadas por el fanatismo partidista. María San Gil me dijo una vez que ella no tenía miedo pero que sentía impotencia ante esta pelea desigual en la que, encima, hemos tenido que soportar el espectáculo entreguista de un Gobierno liberando asesinos en serie o negociando con malhechores como el que antier ordenó la muerte del exconcejal de Mondragón. Pero ahí sigue, reclamando lo obvio, lo que a punto estuvo de conseguirse hasta que se invirtió la estrategia, como siguen todas, en su desafiante exilio interior, ofreciendo una espléndida lección de energía y una visión inédita del patriotismo reservado a los machos, ellas que fueron las amas del caserío, las matriarcas que conservaron viva la tradición que los bandidos pretenden reivindicar, mostrando infatigables a Edipo el camino de la paz imprescindible. Un emboscado que mata de cinco tiros a un hombre es un cobarde además de una alimaña. El héroe es la víctima, el amenazado desde la alevosía, el ciudadano indefenso que en tantas ocasiones presintió su muerte sin retroceder ante esas bestias. Y tras él, junto a él, detrás y a veces delante de él, están ellas, las mujeres vascas, las heroínas a las que el ciego y loco Edipo ha preferido –de momento– esperar a que se ahorque desesperada como Yocasta. La mujer fuerte. La Historia tiene que reservarle un sitio preferente.

La inmensa mayoría

No hay otra respuesta. A pesar de las diferencias, de las críticas, de los defectos de nuestro sistema de libertades, la única respuesta posible y necesaria es el voto. La inmensa mayoría cívica contra una exigua minoría de malhechores: esa es la imagen que hemos de dar hoy todos los españoles, por encima del miedo, por encima de la tentación del aislamiento. Este sistema que con todo derecho cuestionamos exigiendo su perfeccionamiento es incomparablemente mejor que cualquier otro basado en el arbitrio y la violencia. La voluntad de la mayoría –acierte o no– es el único instrumento de que disponemos para proteger nuestras libertades. Hay que ir a votar –en rojo, en azul, en verde, incluso en blanco– como respuesta al desafío y a la amenaza de los bárbaros. Una mayoría aplastante sobre una cuadrilla de bandidos que en las urnas pueden hallar el principio de su fin.