El voto no condona

El presidente Chaves parece cada día más empeñado en que su “caso” se parezca más al viejo “caso Guerra” y para conseguirlo nada mejor que el recurso a la teoría de que el triunfo electoral condonaría las posibles responsabilidades derivadas de ellos. Si Guerra dijo en su día (y me parece muy improbable que hoy lo repitiera) que “el pueblo había condonado” su responsabilidad al otorgarle el triunfo en los comicios andaluces, Chaves alardeaba la noche del domingo ironizando sobre el papel jugado por El Mundo en su caso, que no ha sido otro sino el de demostrar que el tinglado de sus hermanos alrededor de la empresa Climocubierta ahí estuvo y ahí sigue. Los votos legitiman el gobierno pero no condonan nada al gobernante y menos a sus parientes. Aquí quien condona –al propio Chaves, para empezar– son algunas Cajas al dejar de cobrar sus préstamos. Los ciudadanos, por suerte para muchos, no son jueces ni deben serlo.

El calambrazo

Vuelve el tema y problema del “caso Parralo”, es decir, del presunto ‘enchufe’ de una hija suya como profesora de un Instituto, por el que está demandado el ex-delegado de Educación. De momento ahí está la opinión del juez de que los hechos denunciados “presentan características que hacen presumir la posible existencia de una infracción penal”, razón por la que traslada el caso a la Fiscalía. Un lenguaje medido, como debe ser, pero inquietante si se tienen en cuenta las circunstancias verdaderamente insólitas que rodearon la convocatoria y adjudicación de la plaza cuestionada a la hija de la entonces candidata a la alcaldía y portavoz del PSOE municipal, que no es cosa de recordar ahora. Una mala solución para este “caso” pondría al descubierto la irresponsabilidad patrimonialista de unos políticos sin el menor sentido común. Una buena razón para que éstos hubieran procurado liquidarlo antes de exponerse a un riesgo tan alto.

La estafa electoral

Cuando la democracia llegó a España había registrados en el Ministerio del Interior más de doscientos partidos políticos. Una situación inquietante –se la conocía como “sopa de letras”– porque sugería la posibilidad de una fragmentación tan alta que hiciera ingobernable el sistema, lo que llevó a pensar en un procedimiento de atribución de escaños que favoreciera la formación de mayorías, y con ello proporcionara estabilidad al sistema. Se optó por un complicado mecanismo –la ley D´Hont y la atribución de dos diputados como mínimo por provincia– que, en definitiva, favorecía de entrada a los grandes partidos, pero también primaba a las provincias pequeñas respecto de las mayores, doble circunstancia que jugaba a favor de las formaciones nacionalistas, mayoritarias en sus feudos, cuyo resultado ha sido la auténtica estafa electoral que mantuvo la pasada legislatura y que acabamos comprobar una vez más el 9-M. Cuentas disparatadas, evidentemente, que permiten que CiU, con 745.000 votos obtenga 10 escaños o el PNV con 302.000 consiga 6, mientras que el flamante UPyD, no consiga con sus 300.000 más que uno solo. Un cálculo elemental demuestra la inverosímil falacia que entraña este sistema de todos denostados pero por todos admitido, y es éste: con un sistema equitativo, si Rosa Díez logra un diputado con sus 300.000 apoyos, ZP necesitaría para conseguir sus 169 nada menos que 50.700.000 votos y, sin embargo, se las avía, de momento, con sólo 10.700.000. Es verdad que la solución no es sencilla, descartado por todos el sistema proporcional puro (que no haría variar gran cosa los resultados)  y mientras no se modifique la Constitución que es la que consagra a la provincia como circunscripción, pero no lo es menos que mantener el actual dispositivo legitima una injusticia supina como la que supone que el millón de votos de IU no le suponga más que dos diputados en tanto que 62.000 le conceden uno a NA-BAI. Una estafa, hablando claro y pronto. Un autoengaño que, insisto, todos repudian pero nadie se decide a corregir.                                                                xxxxxCon este paradójico sistema el pez grande se come al chico o viceversa, y eso es lo peor porque, entre otras cosas, como consecuencia de la atribución  de “restos” en el reparto, nadie puede estar seguro de que su voto vaya finalmente al partido de su libre elección o sea adjudicado precisamente al rival. ¿La culpa? Pues parece evidente que hay que atribuírsela a los dos partidos mayoritarios en la medida en que ambos se saben beneficiarios por las razones expuestas pero, además, en razón de que ambos se han aprovechado, a su turno, para mantenerse en el poder, de la alianza con esos partidos nacionalistas tan desproporcionadamente tratados por la ley Electoral, aparte de que sus éxitos electorales le han proporcionado un trato financiero de excepción (las condonaciones de créditos a partidos insolventes están a la orden del día) lo que supone una injusticia añadida respecto a los partidos menores. Mientras no se reforme esa Ley no tendremos una auténtica democracia sino un simulacro de autogobierno legitimado por un montaje que constituye una verdadera estafa. Aquí, en este momento, ni los grandes ni los chicos tienen la estatura real que aparentan, y ya me dirán cómo explicar a los votantes de IU, por ejemplo, que su voto vale, en la práctica, 85 veces menos que el del PSOE… si hubiera una circunscripción nacional que ahora mismo no existe. No tiene sentido seguir manteniendo, a estas alturas, cuando ya el bipartidismo aconseja casi lo contrario, que un voto de Álava equivalga a seis votos madrileños, como acaba de suceder otra vez. Veremos que ocurre cuando UPyD plantee esa reforma imprescindible pero, en cualquier caso, ahí van a resultar tan elocuentes los discursos como los silencios.

Esto se anima

No lo va a tener Chaves tan fácil en el Parlamento durante la legislatura que empezará ahora, como se viene repitiendo, no sólo porque la distancia respecto del PP haya encogido hasta quince escaños (5 que él pierde, diez que Arenas gana) sino porque éste último, dicho sea sin ánimo de comparar, será, sin duda, un oponente muchísimo más difícil de tratar que su antecesora. En cierto modo, sea como prólogo de un futuro cambio o no, es seguro que esta autonomía mortecina y ese Parlamento sumiso han de cambiar de manera radical, que era algo que resultaba ya imprescindible desde hace mucho tiempo. Arenas conoce como pocos andaluces nuestra realidad, se sabe Andalucía de cerca no desde un despacho y tiene una experiencia política y una capacidad dialéctica que, como demostró en el último “cara a cara”, consigue sacar a Chaves de sus casillas con suma facilidad. Probablemente se acabó la era del autobombo y el optimismo por decreto. Malo para más de uno, para Andalucía, no cabe dudar de que será decisivo.

A la tercera…

Gran columna la de Andrés Marín (‘Calle Puerto’) comparando a Valderas con el muerto chileno que resultó que estaba vivo. En ella se dice, con razón, que IU fue maltratada una vez más por esta ley electoral que, de hecho, constituye una auténtica estafa al permitir que un voto de Álava ‘valga’ por seis de Madrid, por ejemplo. Y sin razón, sostiene que fueron sus compañeros quienes trataron de confinarlo en Huelva –donde ya había perdido dos veces– justamente para que se estrellara por tercera vez. Lo cual no es así. Valderas fue a Huelva una vez que le resultó imposible presentarse por Sevilla e, incluso, cuando le negaron la posibilidad de ir por otra provincia, o sea, en última instancia, lo cual no excluye la eventual inquina de sus conmilitones pero varía no poco de la versión ingenua. ¡Hubiera tenido guasa que un coordinador general fuera rechazado por tercera vez por los electores! No ha sido así, felizmente, pero no porque él eligiera plaza para esa corrida.

Dos Españas y pico

No se le puede negar a ZP haber simplificado el mapa político eliminando de él a los minoritarios que se prestaron a figurar de comparsas en su impreciso proyecto. Ha logrado, en definitiva, algo por lo que venía clamando buena parte de la opinión, a saber, que esos grupos minúsculos pesaran tanto en la vida pública representando a tan pocos ciudadanos, pero no lo ha conseguido por derecho, o sea, modificando una ley electoral perfectamemte injusta –Rosa Díez con 300.000 votos tiene un escaño y el BNG con 100.000 menos tiene dos, los mismos que logra CC con 150.000 menos- sino por simple fagocitación de su electorado. Oyendo a Llamazares repetir esa ocurrencia del “tsunami bipartista” se le ocurre a cualquiera que lo que ha ocurrido no es ni más ni menos que sus votantes, sabedores de que el voto a IU acabaría en el PSOE, han decidido ir sin rodeos acudir directamente a fábrica y liquidar la sucursal, lo mismo que la debacle del andalucismo de partido se remonta al pacto leonino que en su día salvó a Chaves de una quema que resultaba inminente. El problema, sin embargo, no es el bipartidismo en sí, un régimen alternativo clásico en España, sino la creciente sectarización del país, la fractura en dos de mitades (y pico) de una nación amenazada, por lo demás, de una eventual disgregación territorial al menos tres comunidades. La corresponsal del Financial Times, Leslie Crawford, denunciaba ese envilecedor proceso no hace mucho denunciando la instalación del sectarismo en los partidos y en la prensa, dando lugar a una situación en que “ni se concibe ni se te perdona el afán de independencia”, y dejando claro que la víctima principal de esta gangrena es la Verdad. Perop más clara todavía resultaba la observación de Francesc de Carreras al definir el sectarismo como la disposición a considerar que los tuyos siempre tienen razón hagan lo que hagan y digan lo que digan”. Falta añadir: y la voluntad de destruir al rival. La noche del domingo, a las puestas del PSOE o a las del PP, los irreductibles –foto fija de la mayoría invisible– celebraban su triunfo tanto o menos que se ensañaban con el Otro. ¿España bipartista? Más bien España sectaria.

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Como no podemos pasarnos la vida mirando a la guerra civil habrá que convenir que este sectarismo es de nuevo cuño, el producto de una estrategia deliberada por parte del zapaterismo de asegurarse una imagen genuina de demócratas a costa de la satanización de un nuevo conservadurismo que tiene que ver con los desmanes de la dictadura lo mismo que él con la tragedia de las checas. Se han abierto nuevas brechas en lugar de cerrar las que había y el resultado ha sido la polarización radical de la sociedad en dos mitades inquietantemente próximas. ¿No ha habido un separatista insensato que ha amenazado con una nueva guerra civil si se lograba imponer el bilingüismo en Cataluña? Claro que la nueva situación puede permitir a ZP ejercer el poder más sosegadamente, con menos tendencia al espectáculo, con mayor atención a la crisis real que vive España (que la viva medio mundo no arregla nada), con un respeto por las minorías que se compagine con el debido a una mayoría comparable a la suya, dejar a la cual fuera de juego –y ese fue el objetivo en la legislatura anterior– resultaría sencillamente suicida. No es el tsunami de la aritmética electoral –esa ciencia tan tramposa– sino el vendaval de la pasión, lo que debe preocuparnos como demócratas, el hecho de que la Verdad importe cada día menos y que cada día más el fin justifique maquiavélicamente los medios. Bipartidismo hay en USA, en Francia, en Alemania, en Inglaterra…, y ninguna de esas naciones se ha venido abajo. El sectarismo, en cambio, aparte de nuestra triste experiencia, ha balcanizado, más pronto que tarde, a todo el que ha pillado por medio. A ver por qué España iba a ser una excepción.