Cuestión de palabras

Dicen desde el PSOE barrerista que el posible fichaje como asesor del todavía concejal de IU, Manuel Rodríguez, constituye un caso de transfuguismo. Pues no señor, de trasnfuguismo no, porque, caso de ser contratado, Manuel Rodríguez –que ha demostrado una capacidad de trabajo y una honradez notables como edil– no trabajaría como político (no dispondría de voto, para entendernos) sino como asesor. Es decir, lo mismo –exactamente– que Enrique Múgica, ese gran “histórico” del PSOE y ex-ministro de González, luego y hasta ahora Defensor del Pueblo a propuesta de Aznar. ¿O no? El que sí es un tránsfuga es el otro Rodríguez, o sea Donaire, el salvador valverdeño de Cejudo, que anuncia su candidatura sociata en Valverde mientras sigue cobrando con carné de IU en la Diputación. O los “expulsados/recuperados” de Gibraleón, o las concejalas afanadas al PP, o los fugados de la docena larga de pueblos en que la larga mano del partido hegemónico se ha dejado caer. Cuestión de palabras. Al PSOE le va divinamente con ellas mientras que con los hechos podría irle fatal. 

El misterio egipcio

He visto en los últimos tiempos en la digital diversos documentales dispuestos a contribuir a agravar el enigma de las pirámides egipcias. Se trata básicamente en ellos de demostrar la imposibilidad práctica de proceder a esas construcciones, incluso con los medios de que hoy disponemos, una tesis que, llevada al límite psicodélico, acaba por remitirnos a los marcianos y santas pascuas. Un ingeniero anglosajón, por ejemplo, hubo de abandonar hace poco tiempo, tras un  prolongado intento de subir bloques idénticos a los empleados por los arquitectos faraónicos, siguiendo el famoso procedimiento descrito por Heródoto (“Historia”, l. II, ‘Euterpe’, 124 y ss.), es decir, la teoría de que el método de aquellos alarifes de hace 4.500 años consistió en levantar de abajo arriba, mediante el uso de rampas, depósitos de enormes piedras (alguna de la cámara real pesaría 60 toneladas) hasta alcanzar el vértice que, según él, era lo primero en ser rematado, siempre bajo la atenta mirada del pérfido faraón que puso a los sacerdotes a currelar, igualándolos con una legión de obreros alimentada a base de rábanos, ajos y cebollas, y hasta exigió a su propia hija que afanase en un prostíbulo su correspondiente contribución. Hace mucho, en todo caso, que sabemos que esos monumentos son un compendio matemático, no poco misterioso, y al parecer regido por relaciones tan estrictas como las que posibilitan el número pi y la sección áurea, como hace años que explicó Matila Ghyka, pero es el caso que nadie da con el tranquillo que permita reproducir el prodigio que fue y sigue siendo esa maravilla del mundo. J.-P. Houdin ha abordado el problema desde la representación virtual (ésa que hoy permite a nuestros arquitectos construir una torre o una urbanización sin acordarse siquiera de la regla de cálculo) hasta concluir que la pirámide se construyó, efectivamente, con esas rampas herodotianas pero sólo hasta los cuarenta metros, porque a partir de ahí el medio elegido fue la construcción de una rampa interior, que debió medir cosa de un kilómetro y medio, y sobre la cual se irían desplazando sobre trineos los famosos bloques. La proyección tridimensional ha dado al traste, pues, con la fantasmagoría alienígena.
                                                                    xxxxx
En un de los libros más sugestivos que conoce la historia de la técnica, “Hombres, máquinas e historia”, Samuel Lilley se admiraba del fabuloso resultado que la arquitectura primitiva podía alcanzar con medios tan elementales y decía que, si bien las pirámides no constituyeron una sensible aportación al progreso, sí que producirían efectos perdurables y profundos en las técnicas de construcción. Como ahora el arquitecto Houdin, Lilley se plantó en la superioridad de la inteligencia sobre la fantasía, aceptando sin estrépito el escándalo tecnológico que supone que unos artesanos ajenos a cualquier sofisticación fueran capaces de realizar esos prodigios que hoy resultan irreproducibles. Calcular mirando a las estrellas, avíarselas con cuñas de madera para calcular bloques con una precisión que hoy resulta increíble o nivelar las obras a base de canales adjuntos a las construcciones asombra a un hombre que tal vez ni es consciente de su nivel de dependencia tecnológica aunque valido de esa tecnología sea capaz de “reinventar”, como ha hecho Houdin, el secreto de Keops. ¿Quién colocaría hoy a huevo –y a cien metros de altura– un bloque de dos toneladas y media, quién gobernaría un ejército de cien mil hombres durante veinte años, quién sería capaz de ensamblar tan enormes piezas con un error máximo de dos centésimas de pulgada? Cuando se dice que un simple apagón pulverizaría sin remedio nuestra civilización se está sugiriendo la precariedad de un progreso que no ha sabido hacer compatible su avance con la tradición. Hoy no hay un dios que haga una pirámide como las de hace varios milenios si no es con un ordenador. Ellos convertían palos en serpientes y se quedaban tan tranquilos.

Canallesca realidad

Cuesta aceptar las cifras ofrecidas por la propia Policía en relación con el operativo que ha logrado desarticular una macroorganización delictiva dedicada a chulear a mujeres inmigrantes/esclavas: eran 2.000 las prostituidas a la fuerza. Y en Almería, es decir, en un ámbito relativamente reducido donde la existencia de semejante red prostibularia no tenía más remedio que constituir un  secreto a voces. ¿Cuántas similares habrá en Andalucía, quién pueed afirmar que no las haya? Da pena escuchar el testimonio de los propios investigadores cuando descubren que las mujeres liberadas vivían como auténticas esclavas y sometida aun control férreo, porque uno se pregunta cuándo se enteró la autoridad de esa circunstancia tremenda y cómo es posible que, incluso con anuncios de néon en la fachada, semejantes crímenes pasen desapercibidos. No vale aquí lo de “bien está lo que bien acaba”. En un país civilizado debería garantizarse que no ocurren salvajadas semejantes y menos a la vista de todos.

Condena por ‘mobbing’

Esta vez no hablamos de imputación (caso Cejudo) ni de denuncia (caso Cejudo/Parralo) sino de condena del TSJA, bien que actualmente recurrida, Los condenados vuelven a ser un ex-delegata de Empleo de la Junta, Manuel Alfonso Jiménez, y el actual responsable de Educación, Manuel Gutiérrez, vaya por Dios, que parece que a este hombre lo persiguen los líos judiciales. Un caso, además, triste y vergonzoso: la burla y el sarcasmo continuado contra un trabajador disminuido psíquico que ha acabado con una minusvalía del 66 por ciento. ¡Y son los números 2 y 4 de la lista de la candidata Parralo! Verdaderamente alguien está haciendo las cosas con los pies en este negocio que es la cuarta intentona del PSOE onubense por reconquistar la alcaldía perdida. 

La pata quebrada

En Valencia se está celebrando un congreso para dilucidar qué está ocurriendo en la tragedia de los malos tratos, qué podría hacerse en su remedio y hasta qué punto debe considerarse fracasada la normativa vigente en la materia, en especial, la famosa ley que fue, en su día, el parto de los montes. Es lo menos que puede hacer la sociedad ante la evidencia de que el problema se le ha ido de las manos a las autoridades y que aquí, aparte de aguardar junto al teléfono la denuncia de un nuevo atropello, poco se puede hacer y menos se está haciendo. Es cierto que puede que en el fondo de esa barbarie latan ideas ancestrales, materiales psíquicos fósiles pero de uso corriente, entre ellos la colección de prejuicios machorros que no dejan de sospechar que tras la ola de parricidios que estamos viviendo subyace algún género de culpa por parte de las víctimas. Lo prueba que antier mismo otro juez –a medio minuto mental, sólo que con estos graves años encima, de aquel otro que disculpó una agresión porque la agredida llevaba minifalda– ha absuelto a un marido maltratador que durante años torturó a su pareja, según parece, de palabra y obra, con el argumento triste y desconcertante de que no es imaginable ese calvario tratándose de una universitaria a la que se le supone caletre sobrado para sacudírselo de encima. Echen cuentas, en cualquier caso, y comprobarán que la frecuencia de mujeres asesinadas constituye un hecho previsible y consolidado sobre el que para nada ha incidido la cacareada ley de protección que iba a salvar a las hembras de estos bestias primitivos. Conforme con el PP en que esa ley vigente no ha servido para maldita la cosa, pero no puedo compartir su comentario de que las medidas del actual Gobierno resultan insuficientes porque tampoco el anterior, es decir, el suyo, adoptó las precisas y adecuadas. No se le puede hacer peor servicio a esta causa sangrante que politizarla, mejor dicho, partidizarla, y eso es justamente lo que viene haciendo nuestro providente Congreso desde que tuvo a bien hacerse cargo del problema.
                                                               xxxxx
Conviene repetir que esta calamidad no es española sino europea, incluso que las cifras de la tragedia española son menores que las que afligen a los cultos y civilizados países de por ahí arriba, incluidos algunos escandinavos. También, que el desafío de los parricidas expresa, sobre todo, su íntimo sentido de la impunidad, el convencimiento de que, con el actual sistema penal y penitenciario, esos crímenes abyectos salen “baratos” a los bárbaros que en unos pocos años –como hace semanas decía uno de ellos en público– andarán campando de sus respetos mientras sus mujeres crían malvas. Sí, ya sé, este argumento no es sino un insolente ‘reflejo de orden’ propio de espíritus reaccionarios, como el mío, sin ir más lejos. Pues vale, pero ahí tienen sus Señorías los datos, una mujer avasallada cada tres o cuatro días, cruentos modos de matar, indiferencia de los asesinos, incluso cierta tibieza de la sociedad frente a ese tipo de situaciones temibles que han llegado a ser habituales. No tengo ni idea de que nuevas pueden discutir los sabios en ese congreso valenciano ni en qué medidas piensa un Gobierno fracasado de plano contra este desafío ante el que no ha sido capaz ni de articular un sistema de control mínimamente fiable de los maltratadores. Claro que esta vez el fracaso no es exclusivo del Gobierno sino participado por la insolvencia parlamentaria y un trabajo judicial que, entre otras cosas, no acepta –con razón– una ley absurdamente discriminatoria. Y por la sociedad, por este pueblo mansueto que traga lo que le vayan echando, hasta aceptar que le maten sus mujeres a tan módico precio penal. Como uno no es penalista debe andarse con pies de plomo en este tremedal pero anoten la sugerencia de la cadena perpetua para el parricida como remedio no ensayado. De haberse establecido a tiempo, muchas de las ausentes quizá pudieran leer ahora estas líneas y hasta darme la razón.

Engaño masivo

¡A buenas horas va a intervenir la abogacía del Estado en el mangazo de Delpho! Un Gobierno puede navega ante una catástrofe como ésta (es lo habitual) esperando, como decía González, a que escampe y salga de nuevo el sol. Unos sindicatos pueden vivaquear a la sombra del Poder munífico que les larga ayudas milmillonarias anuales y luego apuntarse al bombardeo por un día. Lo que no tiene un pase es que se camele a sabiendas a miles de trabajadores desesperados, que se les diga que el Gobierno “no les va a fallar” desde el convencimiento claro de que poco o nada tiene que hacer, a estas alturas, el Gobierno. De hecho, el Gobierno y la Junta, junto a los sindicatos mayoritarios, les han fallado ya de plano al no enterarse (¿) del plan de esa multinacional que, durante años, han venido poniendo en evidencia sus turbios manejos. Y ya el colmo es que ZP se saque da la chistera el ectoplasma de Santana o la gestión de la crisis naval porque eso suena directamente a tomadura de pelo. Están engañando masivamente a los despedidos de Deplhi. Hasta empieza a escucharse por ahí cierta campaña contra ellos que no hay que ser un lince para ver de dónde viene.