La mujer fuerte

ETA no suele matar mujeres. Destroza sus vidas –madres, hijas, viudas, hermanas–, pero evita descerrajarles cinco tiros a bocajarro. Es el edipismo inmemorial, que ya contemplaba Estrabón al describir el sistema social primitivo de los vascos, según Caro Baroja, como uno de los más exageradamente matriarcales que puedan conocerse, pues en él las mujeres no sólo trasmitían el linaje sino que eran las propietarias en el marco de un derecho materno estudiado muchas veces. Edipo puro: la fuerte Yocasta frente a un Layo segundón. Por eso ETA no mata mujeres directamente, prefiere matar hombres. Y sin embargo, o quizá por eso mismo, en esa falsa guerra, las mujeres juegan un papel decisivo. Antier dos de ellas trataban de mantener vivo a su hombre, tapando con sus manos el caudal de la sangre, inútilmente, desoladoramente. Pero antes y ahora, otras muchas pelean en primera línea contra esa bestialidad asesina. Me acuerdo de Pilar Elías, cruzándose con el verdugo de su marido, el vecino de abajo. De María San Gil asistiendo incrédula a la ejecución del amigo, tantas veces perseguida. De las diez mujeres de “Corazones de hielo”, el documental que produjo Martínez Reverte. De la alcaldesa de Lizarra, izando sola –con dos cojones– la bandera de su Ayuntamiento. De Maite Pagazaurtundúa, mano de hierro en guante de seda, luchando por la memoria de su hermano, vendido a los terroristas por el “poder vasco”. De Edurne Uriarte, de Gotzone Mora, de tantas mujeres como mantienen el tipo en una universidad que titula por correspondencia a los criminales mientras niega la libertad de expresión a sus profesores. De Rosa Díez pidiendo unidad para que nuestros hijos no tengan que terminar un trabajo que nos corresponde rematar a los padres, acabar con ETA con la Ley en la mano pero sin contemplaciones. Faltan muchas, pero valgan sus ejemplos para confirmar el valor femenino, tan distinto de la audacia cobarde de las hembras pistoleras o de la cobardía a secas de la alcaldesa de Mondragón quitándose de en medio un par de días para librarse del duelo. ETA no suele matar mujeres. Edipo tiene sus reglas.
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Habría que dejar de representarse a esas mujeres destrozadas como víctimas pasivas, incorporarlas al paisaje de la violencia, considerarlas tan combatientes como el primer militante amenazado o el primer guardia civil, tan encañonadas por los cobardes como sus hombres. Y habría que reconocerles el papel de vanguardia que juegan desde hace muchos años, firmes en sus convicciones, abandonadas hasta por los Gobiernos cuando no vituperadas por el fanatismo partidista. María San Gil me dijo una vez que ella no tenía miedo pero que sentía impotencia ante esta pelea desigual en la que, encima, hemos tenido que soportar el espectáculo entreguista de un Gobierno liberando asesinos en serie o negociando con malhechores como el que antier ordenó la muerte del exconcejal de Mondragón. Pero ahí sigue, reclamando lo obvio, lo que a punto estuvo de conseguirse hasta que se invirtió la estrategia, como siguen todas, en su desafiante exilio interior, ofreciendo una espléndida lección de energía y una visión inédita del patriotismo reservado a los machos, ellas que fueron las amas del caserío, las matriarcas que conservaron viva la tradición que los bandidos pretenden reivindicar, mostrando infatigables a Edipo el camino de la paz imprescindible. Un emboscado que mata de cinco tiros a un hombre es un cobarde además de una alimaña. El héroe es la víctima, el amenazado desde la alevosía, el ciudadano indefenso que en tantas ocasiones presintió su muerte sin retroceder ante esas bestias. Y tras él, junto a él, detrás y a veces delante de él, están ellas, las mujeres vascas, las heroínas a las que el ciego y loco Edipo ha preferido –de momento– esperar a que se ahorque desesperada como Yocasta. La mujer fuerte. La Historia tiene que reservarle un sitio preferente.

La inmensa mayoría

No hay otra respuesta. A pesar de las diferencias, de las críticas, de los defectos de nuestro sistema de libertades, la única respuesta posible y necesaria es el voto. La inmensa mayoría cívica contra una exigua minoría de malhechores: esa es la imagen que hemos de dar hoy todos los españoles, por encima del miedo, por encima de la tentación del aislamiento. Este sistema que con todo derecho cuestionamos exigiendo su perfeccionamiento es incomparablemente mejor que cualquier otro basado en el arbitrio y la violencia. La voluntad de la mayoría –acierte o no– es el único instrumento de que disponemos para proteger nuestras libertades. Hay que ir a votar –en rojo, en azul, en verde, incluso en blanco– como respuesta al desafío y a la amenaza de los bárbaros. Una mayoría aplastante sobre una cuadrilla de bandidos que en las urnas pueden hallar el principio de su fin. 

Doble crespón negro

Dos tragedias para un día de fiesta popular y democrática, es cierto, pero ese doblete debe duplicar la determinación de una sociedad libre. Hay que ir a votar, sin cálculos ni temores, conscientes de que un régimen de libertades no debe arrugarse ante una banda terrorista ni ante un eventual asesino, por más que el dolor nos prive de la legítima satisfacción de ejercer nuestro derecho al autogobierno. Huelva suma a la tragedia de España la propia de la niña muerta, pero ello no debe abrumarla sino prestarle vigor para fortalecer la seguridad y la libertad de todos. Y el voto, la elección libre, es nuestro único instrumento. Ni los bandidos ni los asesinos pueden, al final, contra todo un pueblo que se mantenga unido. Hoy es día de demostrar ese convencimiento, en silencio, tragándose las lágrimas si es preciso, cada uno en su urna electoral.

El ojo de la aguja

La revista Forbes acaba de revelar el ránking de las grandes fortunas del mundo correspondiente al año en curso. Bill Gates ha perdido, al parecer, su corona al ser superado sus 58.000 millones de dólares por los 62.000 que posee Warren Buffet, pero hay que hacer notar que estos cambios en la cabeza  de la clasificación anual son cualquier cosa menos definitivos, pues en varias ocasiones anteriores habíamos visto ya morder el polvo al magnate de la informática superado por otros tiburones. El propio Carlos Slim –para quien trabaja, al parecer, el ex-presidente González– aparece esta vez en el tercer puesto habiendo estado en el primero, lo que sugiere que el orden de la opulencia debe de regirse por alguna imprevisible aleatoriedad inseparable del tráfago financiero. Va habiendo ya tantos ricos en el planeta que el criterio de considerar tal al poseedor de más de un millón de dólares (excluidos los bienes de uso) se ha abandonado para sustituirlo por otro que sólo considera ricos a quienes acumulan fortunas por encima de los mil millones, un tipo, digamos, intermedio entre la gran fortuna y el ‘buen pasar’, del que los contables han registrado ya unos mil casos, incluidos los 179 consagrados durante el 2007. Parece ser que la vanguardia millonaria la constituyen ya unos 1.200 afortunados entre los cuales reúnen 4’4 billones de dólares, aunque cualquiera puede imaginar, habido cuenta del agujero abierto en los paraísos fiscales por la ingeniería financiera, que esa cifra conocida ha de ser sensiblemente inferior a la real, en especial tras la incorporación fulminante del negocio indio y chino al ámbito occidental y sin despreciar el impacto del ‘milagro ruso’. Nuestros ricos –de Amancio Ortega a Florentino Pérez pasando por Del Pino o las Koplowitz– andan por el momento no poco alejados de ese exclusivo club que los supera multiplicados por diez. El agresivo capitalismo hispano sigue siendo a escala mundial, a pesar de todo, un mero segundón.
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Es probable que la evolución del tráfico económico, contando con el efecto de la globalización, haya dinamitado la estimativa económica inmemorial para sustituirla por una nueva dotada de un mecanismo de valoración, hasta ahora desconocido, con capacidad para manejar adecuadamente los proyectos de una ambición inédita cuya unidad de cuenta serían los miles de millones y no ya los millones a secas. Y claro que este exponencial ascenso de la riqueza ahonda la brecha entre pobres y ricos de manera inevitable, como evidencian los ejemplos de los dos gigantes asiáticos antes aludidos pero también, por qué no, el creciente diferencial que, a pesar de la propaganda oficialista, registran sociedades como la española. El mismo hecho de que la opinión comience a contemplar ese panorama privilegiado con creciente conformidad demuestra que no sólo ha evolucionado el negocio en sí mismo sino la axiología desde la que venía siendo contemplado, todo hay que decirlo, con bastante pesimismo cuando  no hostilidad. La cultura postmoderna ha superado el ancestral criterio pesimista que veía en la riqueza –y no sólo en el ámbito cristiano– una realidad cuestionable o, simplemente, un obstáculo para la felicidad. Es estupenda la antología de reproches acumulados por los grandes espíritus romanos (Cicerón, Horacio, Juvenal, Plauto, Suetonio…) entre los que un millonario como Séneca destaca predicando la renuncia sobre la ambición. Y otro tanto, por supuesto, encontramos en las edades siguientes hasta desembocar en la nuestra en una condena directa. “La propiedad es un robo” se ha llegado a decir aquí. Hoy esa idea subyace probablemente en la estimativa a la hora de mirar hacia el gran capitalismo pero nadie osaría repetirla sin atarse los machos. Si ahora preocupa la caída de Hill Gates es porque el dinero ha conseguido vender esa aventura desmesurada como si se tratara simplemente de una gran competición.

Árbitros inútiles

Resulta realmente una broma la decisión de Canal Sur de recurrir la cuarta sanción que le endosa la Junta Electoral Andaluza, en esta ocasión por negarse a difundir una nota de rectificación de Ana Mato sobre unas declaraciones propias sobradamente utilizadas en la discusión electoralista por parte de Chaves y su partido. Es más, lo que parece evidente es que la función de esos órganos judiciales no garantizan ni lo más mínimo la buena marcha del proceso electoral, dado que los sancionados (Canal Sur hoy como la Junta tantas veces) se pasan por el arco esos recados e, incluso, las sanciones que pueden llegar, como han llegado alguna vez, con años de retraso. En Andalucía, al menos, la Junta pinta más bien poco, casi nada, y los partidos lo saben, en especial el que manda. La pregunta obligada, en consecuencia, es para qué sirven, de hecho, estos organismos inermes. 

El espontáneo y el jefe

Hace muchos años, en Sevilla, Reales Alcáceres. Una voz grita durante el discurso de Franco: “¡Franco, haz la revolución!”. Y Franco contesta sin variar el tono, como automático: “¡Ya la estamos haciendo, hace veinte años que la estamos haciendo…!”. Antier en Huelva, una voz mitinera le pide a Chaves que hable de la niña de Rajoy, y Chaves contesta que el drama de Rajoy es que esa niña, de mayor, votará al PSOE. Hummm. ¡Demasiada velocidad para Chaves! Ese lance tiene toda la pinta del viejo recurso que le pone en bandeja al jefe lo que el jefe sabe de antemano que le van a poner, el balón muerto para que lo remate a puerta vacía. Como ocurría en el régimen de Franco, dicho sea sin ánimo de comparar. Como diría González, uno se limita a “constatar”…