Respiro judicial

Si es cierto que la jueza sustituta de Mercedes Alaya mandó a sus funcionarios no tocar siquiera, desde junio, un papel de los nuevos y graves “casos” que pesan sobre la Junta al objeto de “presionar” a ésta para conseguir refuerzos, no faltará quien se pregunte por qué no presiona ella misma al consejero de Justicia, íntimo suyo al parecer, que es quien parte y reparte ese auxilio. Y si resulta serlo que pondrá las macrocausas en manos de los nuevos interinos, apaga y vámonos. Lo que parece confirmarse es que la jueza Núñez está dando un impagable respiro judicial al “régimen” amenazado por las corrupciones, aunque no haya que olvidar que es el Consejo General del Poder Judicial el que tiene en las manos todo este quilombo.

La “Rentrée”

Antes no existía el síndrome post-vacacional o al menos yo no tenía de él la menor noticia. La gente vivía como instalada en un “continuum” en el que se incrustaban, como remansos previstos, los días del “otium”, que son lo verdaderamente humano de le existencia, y tras los que volvían inexorables y sin solución de continuidad, los trabajos y los días. El concepto de “vacación” es moderno, pertenece a la galaxia psíquica del trabajador contemporáneo, único ser de la especie laboriosa que escapa al castigo divino del trabajo, pero ciertamente se ha convertido ya en un derecho y en un rito reconocido incluso por el subconsciente. ¡A buenas horas iba un propio a reclamar a nuestros abuelos del “Ancien Régime” unos salarios gratuitos impuestos por la ley tanto como por la razón! He vivido estos días aislado del trajín, acogido a amistoso sagrado en mi asilo gallego –brumas matinales, amables rachas de chirimiri, senderos inacabables del jardín, últimas camelias, laberintos de boj, breves rosaledas, otoñados macizos de hortensias, parterres de zinias y dalias, agapantos y lirios hermanados con paños de hortalizas, de frutales, de hierbas olorosas…– sin plena conciencia de lo que es la libertad, esa condición suprema que sólo se echa de menos cuando se carece de ella. El viejo ocio, creador o contemplativo, inmemorial privilegio de casta reducido ya demóticamente a simple y paradójico derecho colectivo. Ese recreo del ocioso –neurosis aparte– devuelve al hombre a su condición primordial.

Lo que no comprendo es el “élan” multitudinario que hace preferir a la mayoría urbana las atorrantes bullas a la soledad sonora. Mañana me levantaré temprano, habré perdido la mena feliz para reencontrarme con la inevitable ganga cotidiana –el evangelio de la vida según el telediario–, las citas y compromisos, las malas nuevas de nuestra humanidad desnortada, el ansia otra vez en lugar del paladar delicado de la pausa. Aún llevo enredadas en los ojos, en su memoria visual, los doseles de tilos, los sotos de mirto, la elemental fragancia de la tierra húmeda, la imagen casi irreal del cisne deslizándose mágicamente sobre la lámina plateada del estanque. ¡Qué se le va a hacer! Hesíodo creía que el trabajo lo decidía Zeus y que al hombre no le quedaba otra opción que la labor intensa. Tantos siglos después, tanto progreso acumulado, y no concibo siquiera la posibilidad de contradecir esa mítica lejana que mantiene enhebradas las cuentas de nuestra razón de ser.

¿Despierta el Parlamento?

Como no ocurría desde tiempo inmemorial, la Oposición, incluido Ciudadanos, ha actuado unida frente al Gobiernillo que todo lo puede: habrá, en consecuencia, comisión para investigar el saqueo de los fondos de Formación solicitada por unanimidad, pues el PSOE, siempre contrario a esa investigación, ha comprendido que sería peor aún quedarse solo a la hora de exigir luz y taquígrafos. ¡Ya ven, una cosa tan normal que resulta novedosa y sorprendente! Ahora sólo resta aguardar para ver cómo actúa cada cual en el proceso investigador. Podemos e IU, además del “socio” C’S, votando junto al PP constituyen una importante novedad y abren un portillo, siquiera mínimo, a la esperanza de regeneración.

Realidad y leyenda

He aprovechado la reclusión bajo la solanera para empaparme gozosamente la espléndida y monumental biografía de Valle-Inclán –casi ochocientas páginas– escrita por el profesor malagueño Manuel Alberca en la que, por cierto, veo tácitamente desautorizado, con no poca razón, mi libro sobre el maestro. Tampoco yo comparto por completo la visión de Alberca, pero ello no me impide, antes me obliga, a festejar que, por fin, se haga la luz distinguiendo entre la realidad y la leyenda de esa vida famosa –en buena medida mediatizada por la imaginación del propio Valle– no tanto esgrimiendo teorías como mamándose la amplísima noticia que del escritor tenemos en los archivos además de en la prensa. Reconforta, incluso más que la laboriosidad del biógrafo, su muy valleinclaniana displicencia ante los tópicos corrientes –incluidos los míos–, recuperar al personaje en su humanidad desnudada de leyendas propias y ajenas, seguirle los pasos por su intrincada senda, observarlo en familia y en público “reinventando su vida con la imaginación!” –“¿Por qué iba a someterse a la triste verdad?”, siendo capaz de fabricarse “un mundo paralelo”, razona Alberca–, asistir al desmontaje de sus geniales e hidalguescos camelos, los fantásticos lances de su vida imaginaria. No es frecuente toparse con un azacán inteligente como Alberca que hace trizas el tinglado de la antigua farsa aunque, curiosamente, uno –yo mismo—encuentre confirmadas en su novedoso retrato rasgos que en la intimidad le escuchó en su día ya lejano a Fernández Almagro o a Zamora Vicente.

Creo que “la espada y la palabra” –que éste es el título de esta obra soberbia—será durante mucho tiempo, si no para siempre, el gran referente del fabuloso escritor y, por supuesto, de toda una época, dicho sea, repito, con la imprescindible humildad de quien, desde la discrepancia, reconoce los excesos propios. Mi maestro Maravall estaba más cerca de Alberca y de la objetividad que los jóvenes que escribíamos más contra Franco que a favor de la verdad: como ven no puedo encarecer más el trabajo de Manuel Alberca. Un trabajo denso, minucioso, objetivo, independiente, exhaustivo que, a mi juicio, marca un antes y un después en el chafarrinón fantasmagórico de aquel controvertido genio. ¡Divinas palabras!, las de Alberca, más allá de los desencuentros ideológicos que lo separan de un ingenuo no poco desengañado como yo o del brillante Umbral que escribió “Los botines blancos de piqué”.

Querido diamantino

Hace 20 años que murió el cura Diamantino, gran santo secreto (a voces), fiel revolucionario. Casi vencido ya por su enfermedad me contó con cuántas fatiguitas hubo de arrancar espárragos en Francia por última vez. Y lo recuerdo al enterarme de que tres de cada cuatro temporeros de los van a Francia a deslomarse son andaluces y uno de cada cuatro, jóvenes universitarios, en muchos casos incluso licenciados. Casi peor que en tiempos de Diamantino, ¿no? y tras más de 30 años de “régimen socialista obrero”. Algo no ha funcionado, desde luego. Aquel cura jornalero no ganó en toda su vida laboriosa lo que cualquiera de estos barandas trincan en unos pocos años. Andalucía es así, Señora, qué quiere que le diga.

Deber de ingerencia

La bárbara mutilación genital en Mali de cuatro niñas residentes en el País Vasco ha conmovido las conciencias y, a juzgar por el eco despertado en la prensa europea, no sólo en España. La noticia me recuerda dos discusiones ya viejas en las que, por defender el derecho a la injerencia que asiste a los países civilizados, fui criticado duramente. La primera me ocurrió cenando en una embajada española cuando, al mostrar mi conformidad con una dura medida recién adoptada por el Gobierno francés, me sorprendió la réplica casi iracunda que me dio un personaje ilustre –a quien tenía y tengo por uno de los mejores prosistas del siglo pasado—para quien nadie tenía derecho a inmiscuirse en los asuntos ajenos por salvajes que pudieran parecernos, en nombre de un multiculturalismo radical. La segunda se repitió una y otra vez en una tertulia radiofónica cuando Europa miraba perpleja e indiferente el genocidio perpetrado en la vieja Yugoeslavia, como quien desde el balcón de su casa contempla impertérrito la tortura infligida a un niño por el vecino de enfrente. Mi idea era que cualquiera tiene no sólo el derecho sino el deber de intervenir, en la medida de sus fuerzas, para tratar de impedir la barbarie en cualquiera de sus formas, frente a la opinión profundamente patrimonialista de que la injerencia debe ser rechazada en nombre del ilimitado derecho de cada cual.

¿Se debe sancionar a los responsables de la ablación de esas infelices o cerrar los ojos para no ver la cara satánica de un primitivismo que ofende de plano a la sensibilidad moral? Hay dificultades jurídicas, ya lo sé, y los fiscales así lo han hecho notar, a pesar de lo cual somos legión quienes pensamos que ante las agresiones feroces, en la guerra o en la paz, deben ser evitadas y, en su caso, perseguidas en nombre de ese principio de jurisdicción universal que, al menos en el mundo civilizado, va abriéndose paso a trancas y barrancas. No es razonable pretender la integración de bárbaros y primitivos en la axiología ajena, pero sí lo es imponer los “minima moralia” de que hablaba Adorno desde su “ciencia melancólica”. Un nuevo humanismo debe imponer aquel derecho a la injerencia cuando se ofende a la Humanidad. Rehuir esa incómoda obligación convierte al civilizado en cómplice del salvaje, muchas veces desde el equívoco que supone una neutralidad que, en el fondo, no es más que inhibición.