Difícil de creer

No acabo de tragarme ese supuesto error administrativo de la Junta de Andalucía –enviar a una dirección equivocada el requerimiento de reembolso a UGT– que ha merecido, incluso, el rapapolvo del Consejo Consultivo, que ya es recibir. Más dispuesto estoy a ver en esa ocurrencia la dificultad en que se hallan la Junta y su partido a la hora de reclamar a “sus” sindicatos concertados la pasta que se han llevado ilegalmente. ¿Cómo no va a saber la Junta dónde está una federación de la UGT, el “sindicato hermano”, en la misma Sevilla? Sólo los ilusos pueden creerse a estas alturas eso de que la Junta va a recuperar hasta el último euro de la fortuna mangada por los agentes sociales.

Vivir de espaldas

La secta anabaptista de los amish vive en Minnesota y Ohio aunque también en Canadá, en Ontario. Se les puede ver raramente en sus carretas tiradas por percherones, con sus discretos atuendos sin botones, tocados con sus sombreros cortos, como un “resto” teológico que busca la salvación en el anacronismo. El amish vive a gusto en el mundo del XIX y rechaza de plano el arsenal de las tecnologías, nuevas y no tan nuevas, incluidos la electricidad y el teléfono, el automóvil y, ni que decir tiene, también los nuevos trebejos de comunicación, los ordenatas y las tabletas, todo, en fin, cuanto signifique modernidad o cambio. Pero en cambio, fíjense lo que son las cosas, están enganchados a la prensa, al periódico para el propio consumo que distribuyen a buen precio entre los trescientos mil fieles de sus comunidades. El rechazo de la modernidad, es decir, de la novedad, es una vieja respuesta, una utopía (casi una distopía, quizá) en la que sus fieles creen encontrar la salvación en medio de un mundo no poco enloquecido. Varios periódicos los mantienen informados de lo único que a ese colectivo importa, a saber, lo que en la jerga periodística rancia se titulaba “ecos de sociedad”, quién dio a luz un hijo, quién falleció, quién cambió de residencia, quien casó con quién y en ese plan, una información que funciona como una muralla frente al exterior, donde reside el Mal, al afirmar el autismo del grupo aislado por principio. No les afecta la crisis, según dicen, en razón de su autosuficiencia, y puede que sean los únicos en el mundo en mantener e incluso fomentar la prensa escrita –The Budget tiene casi un siglo y cuarto de vida, pero han surgido otra media docena de publicaciones—como medio de comunicación. Se puede vivir de espaldas a la vida, pues, aunque, eso sí, renunciando a lo que por vida entendemos los demás mortales para abrazar algo así como un ascetismo pacifista y ecológico.

La pulsión adánica tampoco es ninguna novedad, por supuesto, como lo demuestra la experiencia de ciertos grupos “progresistas” desencantados del proyecto común que han creído ver en la renuncia a la electricidad y a la caja tonta –y hablo de España, ojo—una salida de emergencia a un modelo de vida ciertamente fantástico y majareta. Veo sus imágenes en el New York Times y no puedo evitar la nostalgia de mis mitos infantiles, Robinson o Tarzán, ese ideal de autosuficiencia que parece inextinguible en la crónica de la Humanidad.

El maestro armero

Ha dicho Chaves en la revista “Vanity Fair” –¡qué hubiera dicho Pablo Iglesias si lo ve posar bajo ese título!—que los controles en la Administración son inútiles porque “si un director general quiere robar, roba”. Hombre, tampoco es eso, pero lo que sí es cierto –porque lo hemos comprobado– es que si un presidente quiere modificar una ley para poder largar una subvención milmillonaria a la empresa que apodera su propia hija, la modifica y si te vi no me acuerdo. Otra cosa es que él se considere incapaz de garantizar un orden administrativo y no vea otra salida que jugarse el resto a la dudosa carta de un modelo que ha hecho posible un saqueo como el de los ERE. Ningún director general maneja por su cuenta miles de millones si no le han dado luz verde en la planta de arriba.

¡Que nos salimos!

Hemos escuchado perplejos a Botín cuando ha roto, sin tentarse la ropa y encantado de la vida, el acuerdo convencional de hablar de la mejoría de la crisis con suma cautela para no despertar euforias infundadas. ¿Brotes verdes? Lo que ve el primer banquero de España, el hombre más acreditado de este corral de cabras, no son meros síntomas de mejora sino un auténtico vendaval, un tsunami de prosperidades abalanzándose sobre nuestros páramos económicos, que a él personalmente, es decir, a su banco, le va a proporcionar el mejor resultado de su historia. ¡Coño, hablan de nuestra recuperación como quien camina sobre el filo de la navaja y, de pronto, sin transición, sale el gran gurú y nos dice que en España estamos viviendo “un cambio drástico” porque “la confianza en el país ha cambiado de una manera que no os podéis ni imaginar”, es más, que tendremos los parados que queramos pero que “es el momento de la cuenta de resultados” porque “tenemos más capital que nunca, más liquidez que nunca” y porque “está llegando dinero por todas partes”! ¿Por qué no nos dan estas alegrías quienes tienen en su mano el Poder y la responsabilidad, es que son los bancos los verdaderos oráculos de una crisis que, desde luego, provocaron ellos más que nadie? Cuando el secretario de Defensa de Eisenhower acuñó aquello de que “lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos de América” estaba haciendo una reflexión típicamente capitalista muy parecida a la que ahora hace entre nosotros un Botín entusiasta que va a confiar la propaganda de su tinglado americano nada menos que a la voz convincente de Robert de Niro.

Lo malo es que yo no me creo esa frase de Ch. E. Wilson, como no trago con esa matraca del “patriotismo de empresa” con que se arenga a los trabajadores cuando hay que recortarles la soldada y apretarles las tuercas. ¿Es verdad o no lo es que estamos saliendo de la crisis como por un cañonazo? Porque si no lo es, éste banquero es un insensato, y si lo fuera, ojalá, nuestros políticos en el poder serían unos papanatas y los de la oposición unos derrotistas cabrones. O puede que ese relanzamiento– tal como los maremotos no afectan más que la superficie– no alcance a los bajos fondos del desastre nacional, ese pudridero de desesperados. Lo que es bueno para el Santander no va a dar de comer, de momento, a esta España gimiente que ya no sabe a qué carta quedarse.

Aurora roja

Una cosa es que Valderas, el copresidente, defienda a los acosadores de la juez Alaya y otra, igual de grave por lo menos, que el nuevo coordinador regional, Antonio Maíllo, propugne la teoría de que al Gobierno legítimo de la nación, al que salió de las urnas con mayoría absoluta, no hay que hacerle oposición democrática, parlamentaria, sino que hay que “tumbarlo en la calle”. La cabra tira al monte, a la vista está, pero hace falta tener poco sentido de la realidad para proponer esa estrategia en estos delicados momentos. La calle está muy bien cuando no hay libertad, cuando falta democracia, nunca mientras el sistema de libertades funcione. Hay gente que ha leído a John Reed y confunde la literatura con la realidad.

Juegos de guerra

A finales del ferragosto ha tenido lugar en Suiza un simulacro de invasión del país por parte de Francia. Se trataba de un ejercicio, nominado “Duplex Barbara” provocado por una hipotética situación política que habría llevado a Francia a la división en múltiples regiones provocando la reacción de una paramilitar Brigada de Dijon que, desde tierras del Jura, planteó a Suiza una alternativa radical: o se hacía cargo de la deuda de Saonia (nuevo nombre del Jura) o sufriría un ataque inmediato a base de mercenarios que tenían decidida incluso una estrategia concreta: entrar por Neuchâtel, Lausana y Ginebra. No es la primera vez que un asalto imaginario es imaginado en Francia como respuesta a situaciones críticas, ya que anteriormente la operación “Stabilo Due” habría respondido al caos social originado por la hipotética caída del euro y la avalancha de refugiados. No habrá que insistir en que se trata de supuestos imaginarios, pero tampoco en que semejantes ocurrencias transparentan un clima de inseguridad notable al tiempo que ponen de relieve algunos de esos miedos que Occidente está viviendo con los ojos y la boca cerrada, como silenciosa respuesta a ciertas alarmas más o menos subliminales, propias de un ambiente marcado por la inseguridad de la crisis económica pero también social y política que viven nuestras sociedades. Hay miedo, y cuando el miedo perturba el sueño ciudadano, incluso sobre un país que, como Suiza, que carece de ejército formal porque sus ciudadanos guardan el fusil en casa, puede llegar a cernirse la amenaza, siquiera teórica, de verse envuelto en un conflicto armado. Fíjense, una Francia arruinada que ve como se rompe la vieja unidad nacional, o un crak monetario como sería la crisis del euro, bastan para despertar en el personal el cerebro reptiliano y echar instintivamente la mano a la pistola. Hasta la paz menos dudosa resulta potencialmente quebradiza.

¿Ven cómo es imprescindible lograr que fragüe de una vez por todas la idea de una Europa fuerte en la que la perspectiva de vida en común pueda normalizarse dejando de estar sujeta a las inevitables pesadillas qua atormentan el sueño localista? No basta con una moneda única sino que es preciso unificar también la decisión política si se pretende asentar la vieja ilusión en que se fundaba, desde su concepción, la unión continental. Porque no hay que despreciar estas guerras imaginarias que pudieran llevar dentro de sí el germen de la violencia real.