Primer asalto

La imputación masiva de medio centenar de los más altos cargos de la Junta, presididos por dos presidentes, en el “caso ERE”, ha sido un golpe duro para el “régimen autonómico” que, como ahora sabemos, viene funcionando al margen de la Ley desde hace casi un cuarto de siglo. Me dirán que a ninguno de ellos –de momento—los acusan de malversación, que el dinero no va a recuperarse ni a tiros y que el procedimiento de la nueva juez hará más largo todavía este calvario. Y es cierto todo ello, pero no cabe duda de que la juez ha puesto el dedo donde debía: apuntando a la cabeza, que es donde se ha gestado el desmán. Mal final para unas carreras políticas. Peor para una autonomía en la que nadie cree ya fuera de sus propios clientes.

Vacunar al niño

Tengo entendido que alguien ha enviado al Fiscal el caso del niño de Olot que falleció enfermo de difteria contra la que no había sido vacunado por voluntad de sus padres. No es mala idea, por poco que a uno le gusten las imposiciones, pero en esta coyuntura cultural, en la que proliferan tantos prejuicios ideológicos, a veces alentados por ciertos sectores de la llamada medicina alternativa, no está de más que, al menos, se reflexione sobre los límites de la patria potestad a la hora de interferir en la práctica médica. Creo que no es discutible que esta minoritaria tendencia que rechaza la vacunación, fracasada plenamente en Europa, deriva del mismo caudal irracionalista que inerva tantos aspectos de nuestra convivencia, como reacción a una práctica médica generalizada a la que, desde la ignorancia o el fanatismo, se ve como una suerte de atentado contra la naturaleza. Padres de niños que fuerzan al juez a ordenar la imprescindible trasfusión sanguínea rechazada por la religión de sus padres, colectivos gitanos que, por las mismas razones, se oponen a la vacunación de su prole, constituyen una realidad difícil de entender. Desde la ciencia se desaconseja, en todo caso, forzar legalmente la vacunación, entre otras cosas porque esas experiencias han probado que, con obligatoriedad o sin ella, la inmensa mayoría acaba decidiéndose por la prevención sin la cual el riesgo epidémico está comprobado.

Asombra comprobar este fracaso de la razón que implica, como es obvio, inevitablemente, un “regreso” al pasado, aunque entiendo que no debe tratarse el caso de los padres reacios a los remedios clínicos como un fenómeno extravagante sino como una conquista más del irracionalismo que, acaso como reacción a cierto cientificismo impertinente, ha conquistado a amplios sectores de la población contemporánea, como demuestra el éxito de la superchería, incluso temeraria, difundida por algunos medios. Que en España la vacunación no sea obligatoria salvo en situaciones de riesgo patente de epidemia –y algún caso se ha dado ya—tiene no poco que ver, hay que decirlo también, con la desconfianza política de una población que ha sido ya testigo de repetidas pifias de la autoridad sanitaria. Pero más si cabe, a mi entender, con el curioso aumento del rechazo a la Razón y el auge de las ideologías contrarias. No toda la culpa concierne a esa autoridad sino que hay que buscarla también en el eclipse cultural de unas ciudadanías confundidas.

Delfines y tiburones

Por lo que se entrevé en las solapas difundidas por los “medios”, el libro de ese periodista de Canal Sur que lleva este sugerente título y en el que su autor parece descubrir la sordidez de la lucha intestina que anima a los partidos, pretende ser el libro-regalo de las próximas Navidades. ¡A ver si se cree ese crítico audaz que las que le ha dado doña Susana a Chaves y Griñán son las únicas puñalaítas que se han repartido en ese partido, como en los demás!¡O que Chaves y Griñán no saben nada de puñalaítas, incluso traperas, después de tantos años de vivaquear en pleno zafarrancho! La crónica de Díaz asegura que su cuneta tiene muchos muertos y su armario otros tantos cadáveres. Pero no es ella sola la que sacrifica a los rivales. La Junta ha sido un degolladero desde que se estrenó como lo ha sido su partido. Lo raro es no haberse enterado hasta ahora, trabajando en Canal Sur.

La soledad de fondo

No cabe duda de que vivimos en una era de mascotas, que se han multiplicado en los hogares a pesar de perder el sentido utilitario que tuvieron en un principio –es decir, hace más de 30.000 años para los perros pero sólo algo menos de 10.000 para los gatos– y se les nota a ambos. Pero hoy el animal “doméstico” ha perdido su papel original, o sea que ya no es un aliado del Hombre frente a otras especies nocivas, sino un “familiar”, un “hijo” acaso, algo que hubiera desbordado sin duda al místico y dulce Francisco de Asís, al que los peces escuchaban y el lobo feroz le tendía amistoso su pata. Hay hoy, en efecto, todo un subsector comercial, ilegal por supuesto, que se dedica a traer al país animales y bestias de tierras lejanas, desde el tigre hasta la boa constrictor, y por descontado, ese gran amigo del hombre que es el perro (más de 300.000 controlados en España… ¡pero 150.000 abandonados en un año!) y ese minino rorro de la mujer que es el gato, a los que se dispensan atenciones mayores, en muchos casos, que a los propios humanos, y a los que, según descubre una encuesta creíble y reciente (palabra), se aprecia más y se antepone incluso a los familiares. La humanización del animal no debería sorprendernos sabiendo cuanto sabemos de la propia reificación humana, pero así son las cosas: hay quien, conservando plena y aparentemente su cordura, lleva el can al psiquiatra, no les digo más.

Un hermano mío, que es gran científico, regala a su fiel canino con helados de tres gustos, conozco gente que dispone para ellos sus vestuarios de temporada, y hasta una amiga del alma me preguntó un día muy preocupada qué se podría hacer para contrarrestar el celo doméstico de su minino, pregunta a la que, naturalmente, no quise contestar, aun comprendiendo que la represión del animal la pagaba el tresillo a gañafada limpia. Vamos, que el Gobierno, al que tanto ha costado plantarse ante la insurgencia catalana, anda pensando en prohibir la publicidad de las mascotas, una vez comprobada la limitadísima vida hogareña que les esperaba como entenados. Y claro que hay perros más fieles que algún hijo o algún marido, y gatos más enrollados que algunas esposas, pero lo que de verdad subyace al “mascotismo” galopante, es la soledad de fondo del urbanita medio, macho o hembra. Más solos que la una, unos y otras buscan un “genérico” más fiable y barato que el cónyuge, en la vitrinas de la pajarería nacional.

La mirada de la sierpe

Por lo visto, ya no se va Javier Pérez Royo a las listas de Podemos. Se irá, en cambio, Luis Carlos Rejón. ¿Ustedes comprenden algo de cuanto está pasando? Un servidor, no, aunque me tiente la tesis de que todo político que ha dejado der serlo echa de menos los galones perdidos y quiere volver al desfile (o al “frente”). Rejón ha dado un ejemplo mayúsculo de coherencia política, volviéndose a su escuela y su casa rural sin perder ni por asomo su libertad de crítica. Por eso me extraña tanto verle ahora en ese montaje antisistema, populista, bolivariano o como quieran, que, a mi modo de ver las cosas, no le pega ni con cola. Ahora, eso sí, no tienen ni idea los podemitas de a quien han metido en la banda. Si se consuma el disparate –que tanto lamento por el camarada Rejón—se va a enterar más pronto que tarde.

La guerra de las galias

Aterrados por la catástrofe ocurrida en París la noche del viernes, llamamos a los amigos de allá, pero ellos saben más o menos lo mismo que nosotros: que aún no consta si son sesenta, cien o más los muertos, ni cuántos cientos los heridos en estado crítico. Todos, sin embargo, dicen no estar del todo sorprendidos por la barbarie que se veía venir hace mucho. En la sociedad de la información la noticia es básicamente única y planetaria aunque incapaz, como se ve, para abrir los ojos a los poderes y decidirlos con energía frente a una amenaza anunciada. Recuerdo que hace muchos años, Fraga nos explicaba que la futura guerra atómica (futura, entonces, sugería actual), a diferencia de la convencional, debería dispersar sus efectivos en lugar de concentrarlos, lo que quiere decir que ni se le pasaba por la imaginación una estrategia universal y no “frentista”, planeada desde la sombra, cuyo largo brazo alcanzaría al mundo en bloque. Pues ya la tienen ahí. Lo que ocurrió la noche del viernes en París no es sólo terrorismo –el terrorismo responde más bien a una lógica (“la propaganda por el hecho”) individualista y a un objetivo concreto—sino una guerra en toda la línea, ya ensayada, por lo demás, en Madrid o en Londres. La agresión islamista no es una simple estrategia del terror sino una guerra, cierto que novedosa en la medida en que –seamos realistas–se ignora casi todo sobre el enemigo.

Una guerra es una locura organizada desde el exterior no un epiléptico plan de acción destructiva e intestina, lo cual exige, como es lógico, una respuesta distinta que dudo que conozcan aún siquiera los estrategas concernidos. El islamismo, digan lo que quieran sus justificadores, es hoy un enemigo declarado de Occidente que no gasta ejércitos regulares sino fanáticas legiones de sicarios suicidas que ni siquiera renuncian a la guerra civil entre sus sectas. Y esa estrategia nueva ha pillado por sorpresa a una civilización que no reconoce el conflicto más que en la estampa del pueblo perseguido por los carros de Faraón y, por eso mismo, no sabe cómo enfrentarlo. ¿Se han dado ustedes una vuelta por la “banlieu” parisina, conocen ese territorio regido por un poder secreto lo mismo en París que en Londres o que en nuestro barrio de Lavapiés? Tenemos el enemigo dentro: o lo asumimos –y damos la respuesta adecuada– o seguiremos en el limbo aguardando la próxima. París, desde antier, somos todos. Como no lo asumamos a tiempo, nos lo demostrarán.