A la tercera…

Gran columna la de Andrés Marín (‘Calle Puerto’) comparando a Valderas con el muerto chileno que resultó que estaba vivo. En ella se dice, con razón, que IU fue maltratada una vez más por esta ley electoral que, de hecho, constituye una auténtica estafa al permitir que un voto de Álava ‘valga’ por seis de Madrid, por ejemplo. Y sin razón, sostiene que fueron sus compañeros quienes trataron de confinarlo en Huelva –donde ya había perdido dos veces– justamente para que se estrellara por tercera vez. Lo cual no es así. Valderas fue a Huelva una vez que le resultó imposible presentarse por Sevilla e, incluso, cuando le negaron la posibilidad de ir por otra provincia, o sea, en última instancia, lo cual no excluye la eventual inquina de sus conmilitones pero varía no poco de la versión ingenua. ¡Hubiera tenido guasa que un coordinador general fuera rechazado por tercera vez por los electores! No ha sido así, felizmente, pero no porque él eligiera plaza para esa corrida.

Dos Españas y pico

No se le puede negar a ZP haber simplificado el mapa político eliminando de él a los minoritarios que se prestaron a figurar de comparsas en su impreciso proyecto. Ha logrado, en definitiva, algo por lo que venía clamando buena parte de la opinión, a saber, que esos grupos minúsculos pesaran tanto en la vida pública representando a tan pocos ciudadanos, pero no lo ha conseguido por derecho, o sea, modificando una ley electoral perfectamemte injusta –Rosa Díez con 300.000 votos tiene un escaño y el BNG con 100.000 menos tiene dos, los mismos que logra CC con 150.000 menos- sino por simple fagocitación de su electorado. Oyendo a Llamazares repetir esa ocurrencia del “tsunami bipartista” se le ocurre a cualquiera que lo que ha ocurrido no es ni más ni menos que sus votantes, sabedores de que el voto a IU acabaría en el PSOE, han decidido ir sin rodeos acudir directamente a fábrica y liquidar la sucursal, lo mismo que la debacle del andalucismo de partido se remonta al pacto leonino que en su día salvó a Chaves de una quema que resultaba inminente. El problema, sin embargo, no es el bipartidismo en sí, un régimen alternativo clásico en España, sino la creciente sectarización del país, la fractura en dos de mitades (y pico) de una nación amenazada, por lo demás, de una eventual disgregación territorial al menos tres comunidades. La corresponsal del Financial Times, Leslie Crawford, denunciaba ese envilecedor proceso no hace mucho denunciando la instalación del sectarismo en los partidos y en la prensa, dando lugar a una situación en que “ni se concibe ni se te perdona el afán de independencia”, y dejando claro que la víctima principal de esta gangrena es la Verdad. Perop más clara todavía resultaba la observación de Francesc de Carreras al definir el sectarismo como la disposición a considerar que los tuyos siempre tienen razón hagan lo que hagan y digan lo que digan”. Falta añadir: y la voluntad de destruir al rival. La noche del domingo, a las puestas del PSOE o a las del PP, los irreductibles –foto fija de la mayoría invisible– celebraban su triunfo tanto o menos que se ensañaban con el Otro. ¿España bipartista? Más bien España sectaria.

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Como no podemos pasarnos la vida mirando a la guerra civil habrá que convenir que este sectarismo es de nuevo cuño, el producto de una estrategia deliberada por parte del zapaterismo de asegurarse una imagen genuina de demócratas a costa de la satanización de un nuevo conservadurismo que tiene que ver con los desmanes de la dictadura lo mismo que él con la tragedia de las checas. Se han abierto nuevas brechas en lugar de cerrar las que había y el resultado ha sido la polarización radical de la sociedad en dos mitades inquietantemente próximas. ¿No ha habido un separatista insensato que ha amenazado con una nueva guerra civil si se lograba imponer el bilingüismo en Cataluña? Claro que la nueva situación puede permitir a ZP ejercer el poder más sosegadamente, con menos tendencia al espectáculo, con mayor atención a la crisis real que vive España (que la viva medio mundo no arregla nada), con un respeto por las minorías que se compagine con el debido a una mayoría comparable a la suya, dejar a la cual fuera de juego –y ese fue el objetivo en la legislatura anterior– resultaría sencillamente suicida. No es el tsunami de la aritmética electoral –esa ciencia tan tramposa– sino el vendaval de la pasión, lo que debe preocuparnos como demócratas, el hecho de que la Verdad importe cada día menos y que cada día más el fin justifique maquiavélicamente los medios. Bipartidismo hay en USA, en Francia, en Alemania, en Inglaterra…, y ninguna de esas naciones se ha venido abajo. El sectarismo, en cambio, aparte de nuestra triste experiencia, ha balcanizado, más pronto que tarde, a todo el que ha pillado por medio. A ver por qué España iba a ser una excepción.

El ‘régimen’ de mármol

Si estará bien agarrado el “régimen” en Andalucía que, perdiendo 5 escaños el PSOE, ganado 10 el PP y desapareciendo el andalucismo de partido (que en el pecado lleva la penitencia) todo se queda y permanece igual. Si el trabajo de un político se entiende que es conquistar y conservar el poder a cualquier precio, no se le puede negar a Chaves ese dudoso mérito que, por lo demás, nunca corrió verdadero peligro pues contaba de antemano con el servilismo que ha dejado a IU de fuerza decorativa y ha borrado del mapa a PA/CA. Con el presupuesto en la mano, el control de los ‘medios’, y la enorme y creciente ‘dependencia’ clientelar, es probable que el papel de Chaves pudiera hacerlo cualquiera sin la menor dificultad. En esos términos hay que valorar el papel de una alternativa que, con las manos vacías y contra viento y marea, ha conseguido un resultado más que apreciable. En la vida hay que estar en el sitio justo en el momento apropiado. Que se lo cuenten a Chaves.

La ciudad y el campo

Nada menos que 24.000 votos ha perdido el PSOE en la provincia a pesar de su triunfo en las autonómicas. En la capital, sin embargo, se ha quedado a unos centenares de votos del PP, lo que supone un éxito nada despreciable del Pedro Rodríguez, que controla su municipio y ha sido capaz de darle un buen bocado a un partido que sigue enrocado, sobre todo, salvo excepciones, en las zonas rurales y su feudo serrano. La dificultad que tiene el PP para penetrar en esos feudos tiene mucho que ver con el vigoroso montaje clientelar que su adversario mantiene en pie desde el comienzo de la autonomía. Ambas fuerzas deben reflexionar, una, sobre el por qué de su fracaso en el campo, la otra, sobre la causa de su declive progresivo en la ciudad. Los votos valen todos iguales pero también es cierto que, bien interrogados, hablan por sí solos.

Cierre de campaña

El ganador de unas elecciones da siempre por bien empleado lo ocurrido durante la campaña, incluso si en ella se ha lastimado la imagen de la democracia, hasta en el caso de que resulte obvio el hastío de los ciudadanos enfrentados al dilema maniqueo. También en esta ocasión, por supuesto, a pesar de que hemos vivido escenas denigrantes en perjuicio de la política misma, de las que le va a costar reponerse a nuestra averiada democracia. La guerra de las encuestas, sin ir más lejos, no se ha conformado con la manipulación calculada y el camelo sistemático, sino que, más allá y por encima de la norma, se ha prologado, incluso en el periodo de silencio que establece la ley, por el sencillo procedimiento de colgar en Andorra una página que cualquiera ha podido consultar por su ordenador. Es verdad que la Justicia española no está para virguerías como lo es que a los transgresores de esta novedad los ampara el principio de territorialidad de la ley junto a una opinión no poco difundida que defiende el mantenimiento de los sondeos –es decir, el forcejeo manipulador– hasta el último momento, a tal punto está resultando adictiva la sociología dedicada al augurio. ¿Se debe o no permitir encuestas durante el día de reflexión, está puesta en razón o no lo está la decisión de suspender la campaña desbaratada por los cinco tiros a bocajarro del terrorista? Una campaña da para mucho –y malo– desde mucho antes de iniciarse y hasta que se cuadra el recuento, pero esta vez nada tan envilecedor como las cábalas que hemos podido escuchar en algunos medios cada cual escurriendo el bulto o arrimando el ascua a su sardina, porque nada puede ser más envilecedor, en efecto, que manipular la opinión cuando es patente que ésta camina desconcertada. Se podrá alegar, en fin, como se ha hecho, que hubo muchas irrupciones terroristas en periodo electoral, aunque sin dejar de reconocer que el atentado del 14-M –curioso: el único que no perpetró ETA…– marcó un antes y un después en el manual de estrategia.
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Si algo está claro, en todo caso, es que los terroristas –esos que ZP dice que están vencidos– se ha erigido en árbitros de nuestra convivencia, determinando a voluntad los periodos de calma y hasta la liturgia electoral. A uno, sin embargo, no le preocupa tanto esa capacidad que, más pronto que tarde (si queremos) estará de nuevo contra las cuerdas, como el fanatismo logrero con que se ha intentado capitalizar el atentado. ¿Quién debe pagar en votos las balas del terrorista? Esa miserable pregunta se ha paseado por España desde el viernes, unas veces encubierta y a media voz ladina, otras clamorosa y hasta en alguna ocasión mitinera. El espectáculo dado por nuestros prohombres en el Congreso, con la sangre del caído aún caliente sobre el asfalto, ha sido despreciable hasta el punto de autorizar la malicia de que a esta tropa profesional le interesa poco todo lo que no conduzca a su objetivo único, que es conquistar, como sea, el poder. ¿No se ha llegado al punto de dar instrucciones a los apoderados de las mesas para “barrer” en lo posible votos influyendo a los electores? ¿No se difundió la misma mañana del atentado un ‘sms’ anunciando temerariamente que ETA entregaría las armas? Salimos políticamente tocados de estos comicios, como era previsible tras una legislatura cainita, como podía esperarse de un país que ha asistido a los debates entre sus líderes no como quien escucha en el aula sino como quien jalea frente a un ring. Si fuera verdad todo lo que unos y otros se han arrojado a la cara durante la campaña sería para borrarse de la próxima, pero desde ya, desde hoy mismo. Y encima el cadáver de la víctima profanado dialécticamente en pleno Congreso o en su velatorio mientras los impacientes viajaban por la Red hasta Andorra como quien va a Delfos. Otro triunfo de la democracia, dirán. Lo que tendríamos que preguntarnos es si no es para llorar.

Papeles perdidos

La insolvencia dialéctica de la candidata frustrada, Manuela Parralo, no precisa más demostraciones, pero ella se empeña en manifestarla hasta el límite miserable en que lo hizo el sábado (¡el día de reflexión!) dejando oír su voz disonante contra el alcalde en medio del desconsuelo popular. Eso sí que es usar a los muertos en política, eso sí que es arrojarle la tragedia al adversario como si fuera un ariete, justo cuando un pueblo en masa se arremolina junto a su representante legítimo para llorar una desdicha que afecta a todos. A Parralo le importa mucho más el daño de Pedro Rodríguez que el duelo por Mari Luz, a la vista está. Es más que probable que los onubenses que la hayan escuchado no han de olvidar esas lamentables palabras.