Juegos y derechos

La tesis oficial china de que los sangrientos disturbios del Tibet obedecen a una estrategia del Dalai Lama para fomentar el boicot a los JJOO que han de celebrarse en Pekín no parece descabellada. Ha sido una penosa constante en la historia de esos juegos el recurso a la politización del acontecimiento, al menos desde que, tras la primera Gran Guerra, Bélgica vetara a los países que habían sido sus recientes enemigos. Boicots más o menos exitosos hubo en Melburne con motivo de la invasión de Hungría o en Corea como consecuencia de la partición del país, en Moscú a causa de la invasión de Afganistán promovido por los EEUU y, claro está, en Los Ángeles, ésta vez a cargo de la URRS, sin olvidarnos del plante africano en los de Montreal. La cuestión es que los Richard Gere o los Spielberg, los Jack Lang o los B.H. Lévy que ahora se plantan cerrados frente a la reconocida barbarie del régimen chino, han tenido mucho tiempo para protestar y parece que hasta ahora, casi en vísperas de los Juegos, no han caído en la cuenta de la necesidad del boicot. ¿O es que no habían visto nunca en el telediario a esas cuerdas de presos arrodillados ante sus verdugos para mejor recibir el tiro en la nuca, ni se habían enterado hasta antier de la implacable prohibición de la natalidad o del trato feroz dispensado a los niños sin padres en las infames guarderías del régimen? EEUU acaba de borrar a China de la lista negra de países que no respetan los derechos humanos y la Unión Europea se ha pronunciado sin demora contra cualquier intento de entorpecer la buena marcha del proyecto olímpico, lo que no demuestra que aquel país haya suavizado su barbarie sino, simplemente, que se ha enriquecido hasta un nivel en que ya no es aconsejable ni quizá posible provocar al tigre. Dicen que la inversión china tiene trincada por mala parte a la economía yanqui y cuentan y no acaban de ese milagro global que está atiborrando a muchos logreros occidentales con pan de hoy que muy probablemente sea hambre para mañana. Habrá Juegos, pues, en Pekín. Después de todo la “tregua olímpica” era esencial a los juegos primitivos.

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 Otras veces he confesado aquí mi estupor ante la afición olímpica, es decir, el hecho de que muchedumbres ajenas por completo al deporte se apasionen durante unos días contemplando con frenesí las proezas de atletas sobre cuyas disciplinas lo ignoran casi todo. Y siempre para llegar a la conclusión de que los JJOO actuales no son más que un producto televisivo y, en consecuencia, de la publicidad, aparte de un fabuloso negocio que no se reduce al país que los celebra sino en el que participa la inmensa mayoría. Se comprende que hay que pastorear al personal, entretenerlo con guepardos que arañan centésimas de segundo sobre la pista sintética y gacelas que mejoran el salto aupadas sobre sus pértigas de fibra de vidrio, para luego colocarles a los mirones zapatillas y camisetas, gorrillas y refrescos. ¡Pero vender unos JJOO invocando los derechos humanos, vamos, hombre, por Dios! China tendrá sus juegos y seguirá aplicando el suplicio como siempre, algo que, ni qué decir tiene, preocupa poco al pragmatismo de un Samaranch convertido, al parecer, en gurú de la legión de nuevos mercaderes que empiezan a mirar a Occidente como a una eventual colonia. Aparte de que no ha de faltarles en su momento el estro bujarrón de su Baquílides o su Píndaro, ya lo verán, escribiendo epinicios con los ojos cerrados mientras enjambres de niños se hacinan en pudrideros o los futuros desnucados aguardan en la celda el tiro de gracia. No hay derechos humanos que valgan si andan por medio los “derechos” de la tele y los montajes del negocio. Ni Samaranch debe su predicamento al deporte sino al mercadeo, ni los tiempos que corren permiten fantasear con ilusiones sobre la paz auténtica. En el Olimpo –ya lo dije alguna vez– no queda nadie a estas alturas. Lo sé porque yo he estado allí.

900 euritos

Tras cuatro “avisos” inútiles, la Junta Electoral de Andalucía ha decidido echar al corral del expediente sancionador al director de Canal Sur, es decir, al ex-portavoz de Chaves, Rafael Camacho, por considerar que ha podido haber (¡) infracción de la normativa, es decir, parcialidad en la información durante la campaña. Ya me dirán para qué puede servir este paripé que, en el caso concreto que nos ocupa, implica una propuesta de sanción de 901’52 euros, pena escandalosamente ridícula para quien es considerado responsable de manipular una televisión pública con clara intención de favorecer a su partido y grave ofensa del rival y determinadas instituciones como la Iglesia o el Ejército. Entre las cosas que urge reformar destaca la competencia y medios de esas Junta Electorales convertidas, de hecho, a pesar incluso de la voluntad de sus miembros, en legitimadores de las más burdas vulneraciones de la transparencia electoral.

Los malos tratos

Datos oficiales aseguran que durante el año pasado los servicios de policía recibieron en Huelva más de novecientas denuncias de malos tratos presentadas por mujeres y que el Instituto de la Mujer atendió otros 865 casos relacionados con la violencia de género. Tres casos diarios, mal contados, una calamidad creciente para la que, con toda evidencia, la normativa actual, y en especial la ley de Medidas contra la Violencia contra la Mujer, resultan inadecuadas e insuficientes. Un fracaso, en suma, que requiere la colaboración social en apoyo de la tarea de las Administraciones, y también un baldón intolerable que habría que borrar cuanto antes reforzando las medidas de seguridad disponibles –la policía denuncia que sus efectivos disponibles para ello sin ridículos– además de entretenerse echando proclamas.

La democracia telegénica

Las elecciones españolas y francesas están dando lugar a muchas cábalas, unas muy puestas en razón y otras bastante menos. El súbito liderato de Sarkozy había hecho concebir unas esperanzas de hegemonía conservadora que se han visto contradichas por unas municipales en las que, con toda evidencia, la abstención de los propios sarkozistas (en todo caso, la más baja registrada en este tipo de comicios durante la V República), desoyendo la vehemente llamada a la participación que ha atronado el país, ha determinado este fracaso, quizá prematuro, de quien hace tan poco arrasaba a una de las candidaturas más festejadas por la izquierda gala, la de Ségolène Royal. Sobre ese fracaso –que sería prematuro, a mi juicio, proyectar sobre unas generales para las que queda un buen trecho– ha debido gravitar considerablemente la altanería de un líder que parece deslumbrado por su propio éxito y la exhibición de cuya vida privada, rayana en lo ridículo, no parece haber gustado a quienes esperaban de él una seriedad a tono con su carácter enérgico y severo. El electorado francés, a diferencia de otros, suele mostrarse más reflexivo que fiel y más racionalista que sentimental, lo que explica los diversos vuelcos registrados en las últimas décadas, pero en todo caso, parece indiscutible que la democracia evoluciona a un ritmo rápido hacia un modelo ‘mediatizado’ en el que el liderazgo depende más de la imagen que de la razón de los candidatos. No estamos ya, evidentemente, en una democracia como la primitiva griega o la romana en las que el voto se decidía atraído por el talento y la palabra (lo que no excluye fallos célebres) sino ante un sistema de formación de la voluntad colectiva que pivota sobre la seducción, en buena medida hipnótica, de los medios audiovisuales sobre el electorado. Es la “democracia telegénica”, esa modalidad del autogobierno basada en la fascinación y no en el juicio, y que permite que haya de soportarse, como si fuera normal, el comentario de que un buen candidato nunca ganará a otro eventualmente inferior porque la cámara “lo quiere más”. Schwarzenegger, gobernando California. Quizá hoy todo un Jefferson perdería frente a “míster Universo”.

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Ya digo que Sarkozy no me parece desahuciado ni nada que se le parezca, entre otras cosas porque en un PSF roto en veinte facciones no brilla ningún astro ascendente. Su ejemplo resulta bien útil, en cambio, para entrever los límites del poder y, sobre todo, su incompatibilidad –a corto o medio plazo– con las actitudes arbitrarias o provocativas. Poca gente da ni quita el voto en un país como Francia porque un presidente sea bígamo, como lo fue Mitterrand; mucha puede retirarlo, por el contrario, ante exhibiciones estelares como las que ha prodigado el presidente francés  con esa modelo que, para colmo, ya ha adelantado que la fidelidad no cuenta gran cosa entre sus objetivos vitales. Claro que el tema y problema no es ése sino el deslizamiento efectivo de la democracia hacia un  sistema crecientemente irracional en el que el voto obedece a la atracción audiovisual del personaje mucho más que a su capacidad dialéctica o, incluso, a su ejemplo señero. Eso es justamente lo que uno de los “sabios” invitado por ZP advirtió antes de las elecciones y eso es, en buena medida, lo que ocurrido en ellas: que se ha confundido inextricablemente ‘convencimiento’ con ‘atracción’, que se ha votado más por el talante que por el talento, más por embeleco que por convicción. El ‘carisma’ apenas es ya ‘simpatía’ y no es necesario recordar la desconfianza que, a partir de Weber, muestra la mayoría de los expertos en lo que Lidholm, en su espléndido ensayo, llamó “el sirviente poseído”. Alemania aparcó un día su razón y acabó construyendo crematorios. No digo yo que ése sea el término de la comparación pero sí digo que por algo se empieza.

Turbulencias que ahogan

No habrá ‘crisis’ sino ‘turbulencias’, puesto que lo garantiza el Gobierno, pero el ciudadano real, no el imaginario que manejan los políticos, siente cada vez mayor el peso del encarecimiento de la vida y de la subida de las hipotecas. Valga el ejemplo de Sevilla, donde el número de familias que han renegociado sus hipotecas al resultarles imposible atender al pago mensual, ha crecido en un 64 por ciento respecto del año anterior, situándose en una cifra cercana a las 10.600. A la queja soterrada del empresario, lógicamente más discreto, se une un coro creciente de entrampados que sabe que el trato comprensivo de la banca no ha de ser duradero, sobre todo si las cosas van a peor, que parece lo previsible. Suele decirse que la primera condición para enfrentarse a la crisis es reconocerla en su dimensión real. Veremos si nuestros barandas reaccionan o mantienen esa postura suicida que, naturalmente, a ellos no los afecta tanto como al pagano de a pie.

Munífica Junta

El delegado de Empleo de la Junta, Juan Márquez, ha subvencionado un curso para 10 desempleados valverdeños con 230.000 euros que irán derechos a la patronal del calzado, Apical, en el marco del programa “fomento a la empleabilidad”. Debe de ser un buen curso, sin duda, puesto que sale nada menos que por 23.000 euros por barba, aparte de que los cursillistas percibirán el 150 por cien del salario mínimo interprofesional, además del compromiso de esa patronal de emplear, una vez superado el ejercicio, al menos a la mitad de ellos. Una ayuda generosa, a ver quién lo discute, que debería ir precedida de la garantía de que el empleo sumergido practicado en ese pueblo laborioso (¿se acuerdan del pobre ‘Wenceslao’?), y que el PSOE prometió erradicar hace años, no existe ya, a pesar de los indicios en contra.