Pelotazos impunes

Insólito, el “caso Pérez Ruiz”: compra de una finca en 900 millones y venta en más de cuatro mil sin salir de la notaría. Estupendo que nadie se de por aludido de que la causa de la aventura es que, al parecer, existía un protocolo de intenciones de la entonces alcaldesa de Camas (PSOE) de recalificar los terrenos, ni se extrañe siquiera ante la ‘amable’ actitud de las instituciones financieras tras el fracaso provocado por la negativa de la sucesora en la alcaldía a perpetrar el cambio privilegiado. Habitual resulta, en cambio, si bien se mira, que ese “emprendedor” se llevara la pasta a un paraíso fiscal, y de traca total que descuelgue, encima, con el descaradísimo, cínico argumento de que se trataba de hacerle un gran beneficio a los sevillanos construyéndoles un acuario. Ni el PSOE, ni la Caja correspondiente, ni los cruzados de la causa “tolerancia cero” han dicho ni pío. Si es amigo del Poder, sírvase usted mismo, cucharada y paso atrás. Y vaya tranquilo por la vida, seguro de que nadie ha de decirle esta boca es mía. 

Candidato con la negra

Lo del “número 4” de la “lista Parralo” se cuenta y no se cree: tras el escándalo del presunto enchufe de la hija de la candidata (el archivo de la acción penal en nada cuestiona el presunto mal uso del poder administrativo), le cae, al hombre, la condena por ‘mobbing’ a un trabajador minusválido y, tras ésta, el fallo en contra de lo Contencioso-Administrativo por el emperre autocrático de nombrar a dedo, como coordinador provincial de Formación, a un coleguita del partido. Con ese fardo  no iría a las elecciones ni loco un candidato en ningún país civilizado, y lo que es, por supuesto, más importante: nadie lo llevaría subido en la chepa electoral. En Huelva irá. Aquí todo es posible, desde que en Gibraleón le pongan cámaras en el culo a los trabajadores municipales hasta que quien pide el voto no pueda con el peso de tanta reprobación judicial. ¡Pues como para estar tranquilos en un Ayuntamiento donde ése señor fuera el número 4! Se comprende que es tarde para dar marcha atrás y sustituirlo pero la papeleta que tiene Parralo es de las que no entran en urna.

El tema inevitable

He escuchado con el natural escepticismo la consideración del portavoz de PSOE federal calificando las sugerencias de que la detención de Pantoja ha servido de cortina de humo al coladero de Batasuna en las instituciones. También las insinuaciones o proclamas, según, de quienes se han lanzado a afirmar justo lo contrario, a saber, que si esa detención estaba prevista desde hace dos semanas –¡y en la misma comisaría visitada por ZP en la misma mañana de la detención!– la hipótesis de que el ‘pantojazo’ haya sido utilizado como cortina de humo cobra una consistencia evidente. Una tv privada daba el jueves un resumen/calendario de lo más ilustrativo al hacer coincidir cada bastinazo gordo del Gobierno en el llamado “proceso de paz” con un escándalo de órdago, casi siempre relacionado con el inagotable vivero de sustos que es Marbella. Un lío, ya digo, una espiral laberíntica por la que se arrastra hacia adentro la confianza pública que, por muy distraída que resulte ser, no es tonta ni mucho menos sino capaz y capataz de hacerse cargo de las cosas que saltan a la vista. Una detención en condiciones de la artista, su internamiento en la cárcel o, simplemente, la imposición de una fianza de cuidado –y ha habido unas cuatas en los últimos años, algunas escandalosas– habría prestado al caso una pátina de credibilidad que, ciertamente, las circunstancias en que se ha producido no producen ni de lejos. Demasiados indicios sugieren que la Pantoja ha sido víctima de un oportunismo jurídicamente irreprochable, seguro, pero más claro que el agua: hasta un idiota sabría que su imagen bajando del furgón policial eclipsaría el notición de la semana que, sin duda posible, es el estudiado truco que va a permitir a una organización terrorista (Batasuna figura como tal en la lista de la UE) volver a los Ayuntamientos y, con ello, no sólo recuperar la presencia política sino la solvencia financiera. Que no hay quien se crea ya eso de que la Justicia es ciega, vamos, pero repartamos culpas entre los espectadores. No pocos entre quienes afirman que la injusticia es inevitable olvidan que lo es precisamente por lo mucho que se parece a ellos.
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Entre tantos indicios sospechosos el más inquietante va implícito en la alusión de ZP en su discurso marbellí a los famosos que sucumbirán, caiga quien caiga, dada la rectitud y la energía moral de unos Gobiernos que –resulta imprescindible repetirlo– han presenciado impávidos el saqueo de la ciudad. ¿No ha dicho el juez instructor –el mismo que ha detenido a Pantoja –respetemos, pues, la independencia judicial– que la Junta no es una perjudicada sino una beneficiaria de ese saqueo en la medida en que ha cobrado miles de millones, vía impuesto, de las obras ilegales? ¿No probó Gil ante el juez que el propio PSOE trincó un pelotazo cienmillonario (caso Montaner) a cambio de determinada recalificación urbanística? Detener a la Pantoja es mucho más fácil que explicar el caso que acabo de mencionar o el hecho, nada despreciable, de que ni siquiera fue devuelto nunca por el partido ese dinero negrísimo que le endilgó el propio Gil. Y una operación que, fatalmente, eclipsaría el contencioso batasuno, sustituyendo la imagen renqueante de un  Gobierno rehén de un miserable como De Juana o de sus pactos con los pistoleros, fomentando la “salsa rosa” que ya va siendo hora de que comencemos a comprender que no es sólo un deplorable gazpachón alcahuete sino un fabuloso instrumento de alienación que le puede venir a un Gobierno en apuros como anillo al dedo. Carlos Herrera ha calificado a Pantoja como “la linchable carnaza” de unos cuantos desalmados/as que viven del “tomate” nacional. Yo creo que los linchadores no han sido sólo esos miserables sino instancias mucho más altas y excelentísimas. A poco que nos descuidemos, Marbella puede acabar siendo un auténtico Trafalgar de la moralidad pública.

El poder y el silencio

A las mujeres de Delphi no las dejaron aplaudir las intervenciones de la oposición en el debate parlamentario celebrado antesdeayer. Normal, dadas las circunstancias. La oposición, por su lado, exigió medidas concretas (¡como si existieran!) y no sólo palabras, mientras que Chaves les devolvía el pelotazo reclamando ciega y silenciosa confianza en él. Llegó a decir, incluso, que todas las empresas andaluzas con  problemas habían salido adelante gracias a la Junta sin que nadie le pidiera el detalle de ese milagro. Y en consecuencia, reclamó confianza en él con el compromiso de que no se olvidará de la situación tras las elecciones. Es decir, lo de siempre y dos huevos duros: el camelo de que se están buscando soluciones donde hasta el más optimista sabe que no las hay. Con el silencio de los sindicatos, con el oportunismo de la oposición y con la absurda estrategia dilatoria de la Junta. La única solución para Delphi es organizarle el futuro no entretenerla con el pasado.

El puente de nunca acabar

Antes el PP, ahora IU, todo el mundo en la oposición (más o menos relativa, se entiende, reclama ahora “el tercer puente” sobre el Odiel, si es posible –según la coalición en campaña– dotado con carriles para todo: autobuses, taxis, trenes de cercanía (¡) o tranvías, servicios de ambulancias, bomberos y ángeles de la guarda, dulce compañía. Y digo yo que si tan claro lo tiene ahora IU por qué no ha dado la vara en la Dipu, para empezar, donde ha mantenido un pacto de hierro (más bien de oro) con el PSOE, en vez de dejar el tema para estos tiempos del cólera electoral. Hace falta ese puente, como hace falta resolver el acceso a la costa en general –de la occidental y de la oriental– para que no sólo el turismo sino la vida ciudadana se normalice en lo posible. Empezando por ese puente, que todo el que llega al poder promete (como el AVE, como el aeropuerto) aunque ninguno acometa. 

Homo parlans

Pocas personas se resistirán a admitir que muchas entre nuestras más perentorias necesidades son, de hecho, necesidades creadas. Nadie echaba de menos el agua corriente, hace medio siglo, en muchos pueblos de España, ni durante mucho tiempo después tuvo la ocurrencia de instalar un teléfono en casa pudiendo recurrir eventualmente a la hospitalidad del vecino. Los dos tercios de nuestra población tomarían hoy a título de inventario la descripción de un país sin tv en el que el tiempo discurría arrastrado sobre un horario calmo dividido por los boletines de noticias oficiales, como antiguamente por el toque de ‘ángelus’ o el de ‘vísperas’. ¿Cómo podría imaginar esa España actual una nación sin coches y en la que el excepcional viajero aéreo constituía una celebridad local? La sociedad que vivimos hoy es, por el contrario, un grupo organizado sobre la más compleja red de necesidades, un hecho trascendental porque si es cierto que la satisfacción adecuada (tecnológica) de esas necesidades libera al hombre, no lo es menos que su dependencia lo encadena a aquella fatalmente. El caso del teléfono móvil es paradigmático y contra su boga invasiva poco ha podido la sospecha propagada de sus altos riesgos sanitarios, como lo prueba que haya en este instante en nuestro país más teléfonos que habitantes, concretamente unos doscientos mil más. El olvido del móvil, el extravío del cargador, el fallo de la cobertura son vividos por este usuario reciente con un dramatismo digno de mejor  causa, tantas veces rayano en la dependencia enfermiza que los psicólogos ha roto a hablar sin disimulos de “adicción sin substancia” para referirse a esa necesidad compulsiva e incontrolable (sic) de controlar el telefonillo cualquiera que sea la ocupación circunstancial del adicto. Hace tiempo leí que en Argentina consta el uso frecuente del “celular” en el cuarto de baño y en USA a alguien que añoraba un Bukowski capaz de meterlo en el tálamo como los romanos metían el puñal mientras holgaban con sus amantes. Todo se andará.
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Lo curioso del caso es que muchos damnificados aceptan el daño que les produce la satisfacción del deseo. Una encuesta de la BBC sobre más de cuatro mil usuarios averiguó que el 17 por ciento de ellos tenía al móvil por el segundo peor invento de la Humanidad y en otra reciente la cadena comprobó, en una prueba de abstinencia voluntaria suscrita por siete periodistas, que la renuncia al móvil casi nunca era soportable. En la universidad de Straffordshire sus sabios han puesto en claro que a quienes renuncian al teléfono o se ven privados de él les baja inquietantemente la presión sanguínea, mientras que en la de Navarra sostienen que los jóvenes del primer tramo son adictos en su práctica totalidad y el Defensor del Menor madrileño que cuatro de cada diez muchachos está lo que se dice “enganchado” al adminículo. Hemos entrado en una era incontinente que ha convertido la comunicación en un hábito continuo, desdeñando casi en absoluto los llamados “espacios de silencio” y haciendo de la experiencia personal un diálogo constante, ininterrumpido, tan fecundo como alienante, tan utilitario como patológico. La industria del ramo británica ha multiplicado por diez su valor sólo en el año pasado y ello a pesar de la discreta recomendación gubernamental de limitar el uso inmoderado, en especial por parte de los más jóvenes. La civilización nos hace libres, ya digo, al tiempo que nos encadena. No tienen más que fijarse en esos zombies que, sin duda, se cruzan con cualquiera por la calle, más ajenos que presentes, aunque menos ubicuos que controlados, viviendo como enajenados hertzianos esta culminación de lo social que ha hecho, por fin, del habla el rasgo decisivo de nuestra evolución como especie.