Quien no se consuela . . .

Estupenda, por aguda, la tesis de la delegada de Turismo de la Junta, Rosario Ballester, que postula el beneficio que para nuestra provincia va a suponer la “crisis” (¿qué “crisis”, habría que preguntarle, puesto que se había quedado en que existía tal?), dado que los turistas tenderán a fragmentar sus vacaciones y elegir destinos más cercanos, lo que, según ella, constituye una oportunidad. En fin, quien no se consuela es porque no quiere, y más vale conservar el optimismo que rasgarse las vestiduras, pero también es cierto que toparse con excesos teóricos como ése en personas que tampoco es que sean grandes expertas en el ramo, produce cierta inquietud. Estamos viviendo una crisis y las crisis son malas, salvo para ciertos especuladores. Viviríamos mucho más tranquilos viendo a nuestros responsables instalados en la realidad en lugar de levitar en el deseo.

Memorias y comisarios

Es absolutamente necesario, cada vez más, insistir en que la operación  de rescate de la “memoria histórica” de la guerra civil y el franquismo –baza demagógica del anterior Gobierno– no va por buen camino. En uno de sus sensatos y brillantes artículos, el historiador Alfonso Lazo –a quien nadie discutirá su doble legitimidad de progresista militante y de hijo de represaliado por la República en Paracuellos– advertía sobre la bizarra ocurrencia de colocar a un sindicalista al frente de una “Comisaría” (el término es elocuente) en vez de poner esa tarea memorialística en manos de un historiador, es decir, de un científico imparcial y no militante. Y antier mismo, el honorable Pujol se ha dejado cae en Cataluña con unas declaraciones, que no excluyen el ‘mea culpa’, en las que la que califica de ‘sectaria’ a la Generalitat actual por su ley de la Memoria Histórica que, en todo caso, si no ando muy equivocado, proponía una investigación completa, es decir, atenta a lo ocurrido en los dos bandos. “En Cataluña –ha dicho Pujol– teníamos la suerte macabra de haber sido a un tiempo verdugos y mártires”, una “doble vergüenza” de todos que requeriría pedir perdón, no sólo a la Iglesia, como se ha reclamado desde ciertas instancias radicales, sino a la propia Generalitat por cuya negligencia o incapacidad fueron victimados en la región “5.500 curas, monjas, democristianos, carlistas o falangistas”. Una consideración justiciera que pone de relieve los riesgos que implica hurgar en las heridas de un conflicto civil y tratar de revivirlo cuando las nuevas generaciones distan ya de él tres cuartos de siglo. Y un caso definitivo: la mismísima Comisión Permanente del Consejo Escolar del Estado ha aprobado una propuesta del Sindicato de Estudiantes en la que se pedía la retirada del nombre al Colegio ‘Diecinueve de Julio’ que conmemora en Bailén la hoy discutida hazaña de los garrochistas contra Napoleón en 1808, al confundirlo con una alusión a la sublevación  franquista que se produjo un siglo después aunque un día antes. Así se escribe la Historia en estos tiempos del cólera.

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Mala cosa, poner la memoria en manos de ‘comisarios’, garantía absoluta de parcialidad frente al necesario carácter objetivo de la Historia, pero sobre todo, insidiosa operación de rencor a la que ha de resultar imposible mantener un criterio imparcial. Es verdad que el asunto es más sencillo, pues toda esta movida no responde más que a una elemental estrategia de Zapatero dirigida a radicalizar la oposición al PP identíficándolo arbitrariamente con uno de los bandos en liza, pero no cabe duda de que la operación está reabriendo, al menos a niveles locales, una dialéctica más que superada a medias por el tiempo transcurrido y el designio de concordia que animó a la única izquierda activa bajo la dictadura desde los primeros años de la postguerra, y que se impuso entre todos durante la Transición. Dice Pujol que él mismo debió pedir perdón su día, como debió pedirlo su antecesor Tarradellas, pero una anécdota como la protagonizada por esos activistas estudiantiles y respaldada por tan alta institución pone de manifiesto que ni siquiera se trata ya de poner las cosas en su sitio sino de revolver el patio de cualquier manera. La Historia ha de reservarse a los historiadores, a ser posible a los que tengan ya probada su suficiencia y no a los espontáneos, y la memoria ha de ser manejada como un elemento de identidad y no como un canto arrojadizo para descalabrar al rival salvando la propia cabeza. Significativamente, los más conspicuos conocedores de esa Historia, varios de ellos extranjeros, se han pronunciado contra este goyesco ajuste de cuentas que, por supuesto, podría rebotar como un boomerang sobre sus propios promotores. Es por los hijos y nietos, no por los padres y abuelos, por quienes debería velar esta legión de fosores.

Consejo de partido

El Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) es, desde su concepción, un órgano expletivo cuya única eventual utilidad estriba en la legitimación de la Junta y su partido que son quienes designan su mayoría suficiente. La última hazaña del órgano ha sido rechazar un informe de los representantes de la oposición que manifestaba la manifiesta  parcialidad de Canal Sur sancionada por las Juntas Electorales a propósito de su actuación partidista durante al campaña reciente, decisión que  me justifican desde dentro diciendo que eso que se le pedía no procede puesto que la LOREG asigna esa función a las mencionadas Juntas y que, en definitiva, ninguna de esas sanciones son aún firmes. Entonces, ¿para qué sirve el CAA, oficina de “arrecogíos” de todos los partidos? Si la Junta prescindiese de cincuenta Consejos eso que nos ahorrábamos sin el menor quebranto.

El bloqueo del ensanche

El bloqueo al que la Junta de Andalucía tiene sometido el plan del Ensanche Sur, a pesar de la promesa en contrario de l propio presidente Chaves, no tiene más objetivo político que obstaculizar la labor del alcalde Pedro Rodríguez, con lo que se convierte en una sanción a la capital motivada en razones electorales. Ahora, con la crisis ésa que dicen que no existe pero que aprieta cada día más, parece que el proyecto puede sufrir retrasos y perder importancia, penoso efecto que habría que imputar a quienes, incluso faltando a su palabra dada, se han opuesto en todos los frentes a su realización. Pocos ejemplos de partidismo electoralista tan ilustrativos como éste del Ensanche, y pocos tan lesivos para el urbanismo de la ciudad. La malicia partidista propicia estos desmanes. Los ciudadanos deberían ser informados con detalle del largo enredo.

Derecho de huelga

La estudiada demolición del movimiento obrero no ha evitado que muchos de sus objetivos históricos hayan sido sabiamente asimilados por el sistema productivo. El derecho del trabajador a la huelga, por ejemplo, era algo tan obvio que lo llegó a defender, con las lógicas limitaciones, hasta Fernando Suárez cuando era ministro del ramo, pero puede decirse que nadie ha hecho tanto en contra de él como la insensatez sindicalera de unos y de otros. En ciudades marcadas por fechas cruciales no falta ningún año la huelga de basuras o la de transportes que, casi fatalmente son resueltas al cabo de un mes de sufrimiento ciudadano, como si no fuera posible conceder al tercer día del conflicto lo que se acaba concediendo en la víspera del acontecimiento. ¿Por qué prolongar esos lesivos pulsos para acabar entregando la cuchara? Hay quien dice que por designio sindical tendente a revalorizar su papel mediador, quien opina que por inercia de las instituciones políticas o económicas a resistir cualquier provocación confiando en el chalaneo. No sé, no sé, la verdad, aunque tengo por cierto que la mayoría de las huelgas llevan gato encerrado desde que rige el “pacto de concertación” que ha convertido en uña y carne a síndicos y políticos (éstos ya se encargan de representar a los empresarios) a base de una millonaria derrama que, año tras año, compra la paz social como si se tratara de una mercancía cualquiera. Los ciudadanos, claro está, lo que se preguntan es por que han de soportar tanto quebranto si cualquiera que no sea incapaz de sacramento sabe que, al final, llegará la solución, acaso por aquello de que entre calé y calé no cabe la buenaventura. Acabamos de comprobarlo en la interminable huelga de los trabajadores de Justicia dependientes del Estado que reclamaban su lógica equiparación con los colegas autonómicos. Pues si el ministro de Justicia actúa del modo en que ha actuado, calculen.

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Lo que no se dice por lo general, es que la huelga, toda huelga, tiene un coste que, como va dicho, paga primero el ciudadano (en esa dudosa especie que es el trastorno del orden normal) y luego el erario público. Un precio, además, en el que hay que incluir, junto al montante económico, el perjuicio causado y su eventual reparación, y que, ni qué decir tiene, tampoco pagan los malos negociadores causantes del daño sino, nuevamente, usted y un servidor. La huelga de Justicia, por ejemplo, ha causado un estropicio de difícil arreglo sencillamente porque el capricho o, quien sabe si el calculado designio del ministro, han decidido prolongarla contra toda lógica. Pero ha contribuido, por si fuera poco, a desacreditar a unos sindicatos divididos verticalmente, a los que los huelguistas –a pesar de haber ganado la batalla en toda la línea– han tildado de traidores y vendidos sin atenuantes, y a evidenciar que no hay mejor momento para cualquier reclamación que la hora delicada para el Poder. Supongo que los funcionarios andaluces que cobran menos que los catalanes, o los guardias civiles y policías con salario inferior al de los Mossos y otros cuerpos de taifa, andarán preparando su espectáculo para las vísperas de los próximos comicios, un hallazgo que le deben a muchos malos negociadores anteriores pero a ninguno como a ese grotesco ministro de Justicia que se felicita de haberse rendido sin condiciones a sus trabajadores tras haber causado un quebranto, ya veremos en qué medida reparable, a su propia Administración, y un daño impagable a miles de ciudadanos. Una victoria pírrica que le valdrá, tal vez, la confirmación pero no en virtud de ninguna lógica política sino porque estamos en Jauja y, por lo visto, encantados de estarlo. Me parece que esta huelga marcará un antes y un después en el ejercicio de ese derecho fundamental. Unos funcionarios poniendo a caer de un burro a su ministro no permiten esperar otra cosa.

‘Full Monty’ 1808

Pase lo de la exhibición de los bomberos, lo de los policías municipales y las amas de casa, incluso lo de los seminaristas y curillas vaticanos: el calendario erótico es una moda imparable. Ahora bien, concelebrar la batalla de Bailén exponiendo en un cartel a dos chicas desnudas envueltas en una enseña patriótica, da una idea de por dónde van los tiros de esa conmemoración que hace temer lo peor por más de un concepto. Ya verán como no dice nada tampoco en esta ocasión la legión feminista que cobra en nuestras instituciones y que protestaría, seguro, si el del infumable cartel fuera alguien de otra cuerda política. Ni un garrochista ni un coracero ni un dragón: tías en pelota. Parece claro que, ya de entrada, desde el propio cartel anunciador, la conmemoración de aquella guerra decisiva no anda en manos muy solventes.