Contra Andalucía

Leo en un diario catalán que, en la discusión sobre el modelo de financiación autonómica, la Generalitat teme que Andalucía resulte beneficiada lo que, a su juicio, sólo permite al gobierno autónomo catalán dos opciones: o alcanzar un acuerdo de mínimos con la Junta andaluza –al que se estaría oponiendo con razón el consejero Griñán– a aliarse con las comunidades madrileña y valenciana, ambas del PP, pero cuyos intereses coinciden con los suyos. Lo de menos son los principios cuando lo que interesan son los finales, aunque está por ver qué contestaría el PP, llegado el caso, a esa sugestión interesada que, evidentemente, le pondría las cosas muy cuesta arriba en Andalucía a la formación que encabeza Javier Arenas. El soduku de Solbes se va a complicar con la necesidad de ZP de premiar a las comunidades que más han aportado a su triunfo. Está claro que los intereses espurios son los únicos que interesan.

“Gobiernos amigos”

La Dipu lo tiene claro a la hora de invertir en los pues los de la provincia el dinero público: los amigos son los amigos ya los demás que les vayan dando. Vean el último reparto de pasta, los 207.000 euros destinados a combatir el absentismo escolar, esa lacra tan extendida y que tanto pesa sobre el fracaso de nuestro sistema público de enseñanza, que han ido íntegros a seis Ayuntamientos “propios” –San Juan del Puerto, Ayamonte, Gibraleón, Paterna, Villalba y Manzanilla–, como debe ser, y ni un duro a los ajenos. Al sectarismo del Gobierno y de la Junta se une el de nuestra institución provincial que, con excusas como la presente, financia por debajo de la mesa a los suyos y, de paso, queda bien. Y el PP callado. Ni siquiera se le ha ocurrido preguntar por qué hacen falta 207.000 euros para una operación que se resolvería sin problemas con un parte diario de los centros a la Delegación.

Vida y muerte

Dos acontecimientos simultáneamente acaecidos han reabierto en Europa el debate sobre la eutanasia. El martes moría en Amberes el emblemático escritor flamenco Hugo Claus, el autor del inolvidable “Le chagrin des Belges”, viejo discípulo de Artaud y autor de un centenar de obras de varios géneros, me temo que más bien poco conocidas entre nosotros, que eligió poner fin a su vida una vez que el mal de Alzheimer acabó por reducirlo a la práctica inactividad. Al día siguiente fue encontrado sin vida el cuerpo de Chantal Sébire, la mujer afectada de un terrible tumor deformante a la que acababa de serle denegado por la Justicia francesa su solicitud de eutanasia. La legalización de la “buena muerte” en los Países Bajos, permitió que el deseo de Claus fuera atendido en la fecha elegida por él mismo, mientras que se ignoran, por el momento, las circunstancias de la muerte de Sébire, dado que en Francia no está permitida la muerte asistida, pero ambos casos han disparado un aluvión de críticas y comentarios que de nuevo replantean la cuestión de la libertad del individuo para elegir su fin, al menos en ciertas condiciones de vida que no resulta difícil estimar inaceptables. No es preciso insistir en la componente estrictamente ideológica que informa la oposición a esa libertad supina y, menos aún, en su origen cristiano que algunos autores han explicado como mera reacción a la cultura pagana en la que el suicidio en cualquiera de sus formas (Séneca desangrado por su médico o Nerón atravesado por su pretoriano son dos ejemplos claros de eutanasia activa), pero la realidad es que la discusión actual se distancia de la idea de suicidio al plantear como un derecho el que asiste al ser humano condenado irreversiblemente a un sufrimiento y a una degradación ciertamente inhumanas. El rostro sereno de Claus o la monstruosa cara atormentada de la pobre Chantal dejan escaso margen de discusión a un moralismo limitado por su propia índole metafísica.                                                                  xxxxxNo hay forma moralmente lógica de oponerse al deseo de morir con dignidad porque si se dice que nadie es dueño de su vida más cierto es, sin duda posible, que nadie puede serlo de la ajena, lo que reduce la porfía a un círculo estrictamente confesional que no parece que tenga mucho ni poco que ver con la moral y menos con la ética. Es verdad, eso sí, que casos como el último mencionado, sólo con reproducir la espantosa imagen de la solicitante, valen en este pulso más que cien mil discusiones y serán aprovechados, en consecuencia, por la militancia de esa causa, pero entiendo que la razón no debería apoyarse en la truculencia atroz de un rostro destruido o en el espectáculo de un sufrimiento infrahumano para atender a un deseo realengo que, descartados los supuestos gratuitos o patológicos, debería ser reconocido de una vez por la ley. No me parece que sea necesaria la literatura –hablar, como los románticos, del “sublime coraje del vencido” y demás– para reconocer un derecho contra el que nadie es capaz de argumentar una sola razón que no sea metafísica. Y no entiendo por qué tienen tan buena prensa entre nosotros la escena de Séneca en la bañera –no hay escolar al que no le hayan mostrado esa imagen– o el salto de Ganivet desde el acantilado que tanto recuerda a cierto conocido cuadro de Alenza. Voltaire se escandalizaba de que respetemos más a los muertos que los vivos, y me parece que estos dos luctuosos sucesos que hoy dividen otra vez a la opinión europea, le dan la razón de plano, a no ser que alguien logre argüir por qué hubiera sido mejor aguardar a que un vitalista señero como Hugo Claus quedara reducido a su versión vegetal o a que la desdichada Chantal Sébire acabara convertida en una repugnante masa informe. Hay sobrado espacio moral entre el abuso y la necesidad. Me parece que nadie ha expresado esto mejor que Malraux cuando escribió que nadie se mata si no es para existir.

“La nuestra” y “la suya”

No deja de ser ingenua la insistencias de la oposición en que el PSOE apedree su propio tejado de vidrio consensuando el nombramiento del responsable de la televisión pública, Canal Sur, ni siquiera ante la clamorosa evidencia del abuso que certifican las sanciones y expedientes abiertos por la Junta Electoral con motivo de las recientes elecciones. Canal Sur es el gran instrumento de propaganda y adoctrinamiento de que dispone la hegemonía del PSOE, sin duda el más eficaz fidelizador a la hora de garantizar el voto de la Andalucía profunda y cultural y políticamente más indefensa. Pretender que renuncie a esa ventaja estupenda es, desde luego, una exigencia democrática más que justificada pero Chaves aprendió hace mucho que más vale una vez colorado que ciento amarillo.

Barrero premiado

Si se confirma la designación de Barrero como secretario general del Grupo Socialista en el Congreso (no confundir con el portavoz, a quien estaría supeditado) la verdad es que pinta mal la nueva legislatura ya que su labor en Huelva ha hecho del PSOE onubense uno de los más agresivos y crispadotes de España. Claro que la gente cambia y que el hábito hace al monje más de lo que se dice, pero en todo caso, habrá que pensar también en Huelva, donde su ausencia (aunque es verdad que él ya dilataba al máximo su estancia en Madrid) habrá de ser sustituida, presumiblemente en virtud del famoso principio de Peter, aquel que dice que toda situación, por mala que sea, es empeorable. Barrero recoge el premio a sus resultados provinciales a pesar de reiterado fracaso en el principal objetivo, que desde hace cuatro legislaturas es la alcaldía de la capital. Confiemos en que la suplencia, siquiera por una vez, desmienta a ese principio pesimista.

El problema del niño

Si durante la reciente campaña electoral dio lugar a un encendido debate la propuesta conservadora de rebajar la edad penal hasta el umbral de los 12 años, llega ahora la noticia de que Scotland Yard ha solicitado al gobierno británico que incluya en su banco de datos de DNA la información genética de los alumnos de primaria –es decir, entre los 12 y los 5 años– a poco que su comportamiento permita intuir al ojo escrutador del adulto un futuro díscolo y eventualmente delincuente. No ha faltado, desde luego, en ese país libre quien  levante su voz contra una medida que remite sin dificultad a la mentalidad autocrática propia del estado policiaco, pero tampoco la solicitud de algunos responsables discretos que piden un debate abierto sobre los límites razonables de un control policial que, como garantía de seguridad colectiva, permita seguir el rastro desde lejos a los futuros delincuentes, tanto para asegurar su identificación precoz como para prevenir su desviación con medidas apropiadas. No cabe duda de que la simple enunciación de ese propósito –controlar genéticamente a los menores desde la misma infancia– sugiere una medrosa inquisición que remiten a la mala memoria de las prácticas lombrosianas y, más cerca de nosotros, a las desacreditadas teorías del “gen asesino”, que tienen en común con la propuesta de la policía inglesa una temerosa fe en ese determinismo biológico que ha tentado, en épocas muy diferentes, a regímenes bien diferentes. Más de un cuitado acabó en el garrote porque algún sabio determinó que su ángulo facial o el perímetro de su cráneo acreditaban su condición criminal, pero nunca hasta ahora se le había ocurrido a nadie llevar esos controles hasta el brumoso territorio de la santa infancia. Hemos criado una generación no poco indómita, ésa es la verdad y, en vista de que ahora no sabemos cómo sujetarle las riendas, hay quien propone frenarla con esos latigazos legales que son más nuestros que de ella.                                                                  xxxxxPor lo que nosotros respecta, en un país en el que hallar una plaza escolar decorosa constituye, con frecuencia, una odisea para los padres, nos encontramos con casos como el de ese matrimonio al que la fiscalía imputa un delito de abandono por haber decidido –en uso de un derecho cuyo ejercicio estamos hartos de contemplar en las familias ricas y que, aunque no legislado en España, está reconocido por la Constitución– educar a su hijo de diez años en régimen doméstico, es decir, ni más ni menos que cómo toda la vida se han educado y se siguen educando muchos próceres de este mundo, a saber, con un preceptor personal y exclusivo. No damos con el justo medio, como se ve, sino que nos debatimos entre la tentación de la permisividad más deplorable y el proyecto de penalizar a los críos en su tierna infancia pasando por el celo de imponerle una enseñanza escolar que, aparte de su tremendo fracaso en el sector público, plantea hoy situaciones reales alejadas de toda disciplina. Y no damos, por supuesto, porque no asumimos que la disfunción deriva de nuestra propia responsabilidad y que estos lodos anómicos proceden de aquellos alegres polvos libertarios que en su día exhibimos como la seña más elocuente de una generación que se creyó liberadora, reinona tal vez en “el mundo feliz de los tiempos finales”. El ADN por el que tendrían que interesarse las inquisiciones policiales debería ser, en todo caso, el nuestro, que seríamos, en todo caso, los trasmisores del gen correspondiente además de sus fallidos “socializadores”. Esta sociedad que clama, con razón, ante ciertas barbaries juveniles que espantan a cualquiera, no debería limitarse a exigir dureza sino empezar por entender las causas que han disparado los estragos de la conducta. Fichar a un niño de cinco años, como quiere Scotland Yard, es de suyo un atentado no sé si peor o igual que dejarlo campar a sus anchas. Miro a mi nieto ensimismado en “Barrio Sésamo” y siento imperiosa la nostalgia de Robinson Crusoe.