Lamer la mano

En el mitin del 1º de Mayo se dieron cita entre los personajes públicos de primer nivel –contando condenados, imputados y querellados– al menos cuatro relacionados/as con el ‘mobbing’ o maltrato a los trabajadores. Por eso extraña escuchar al peón de confianza que desde al UGT trabaja en la campaña municipal del PSOE la denuncia de que en el Ayuntamiento de la capital “se ‘agrede’ (lo de los verbos defectivos mejor lo dejamos) a los trabajadores”, es decir, justamente lo que sus compañeros de CCOO dicen y repiten desde hace años que viene ocurriendo en la Diputación y algún fiscal ha corroborado alguna vez, y justo lo que los jueces han sentenciado que ha ocurrido en dos delegaciones provinciales de la Junta. Se explica que haya quien lame la mano que le da de comer, pero no tanto que intente morder aquella a la que su bocado parece poco probable que alcance ni antes ni después de las elecciones. 

El tabú del barbero

La natural tendencia femenina a aliviar la indumentaria con la llegada del buen tiempo ha recrudecido en Irán las medidas represivas contra cuanto signifique la occidentalización de las costumbres. En su virtud, trescientas mujeres han sido detenidas por la policía bien por llevar ropa ajustada en exceso, bien por llevar ‘demasiado’ cabello fuera del velo obligatorio, es decir, por practicar el “mal velo” contra el que anda empeñado el régimen islamista. Los varones tampoco se han librado de la furia del integrismo, como lo demuestra la circular policíaca recibida en las peluquerías de caballero en las que se prohíbe a rajatabla el corte de cabello “a la occidental”, así como otras perversiones abominables tales como el cuidado de las cejas, el maquillaje del rostro o el uso de corbatas o pajaritas, cada día más difundidos, a pesar de los celos rituales, en el androceo de ese país productor de uranio enriquecido. Se disuelve como un azucarillo, pues, la ilusión de la apertura promovida por Kathami, el inspirador de ZP, es decir, el proyecto de una evolución controlada en la que las llamadas “civilizaciones” –¡como si existiera más de una!– podrían ir acercándose hasta alcanzar una distancia crítica en la que estabilizar el entendimiento entre ellas. Es inmemorial y, en consecuencia, primitiva, la obsesión reglamentista de las religiones del Libro sobre el cabello y la barba, como sabe el lector de la Biblia que se haya detenido un momento siquiera en el Levítico o en el Deuteronomio, pongo por caso, o el de esos textos islámicos que lo mismo prohíben el apretón de mano de una mujer ajena que el ajedrez, la música frívola o el suicidio, pasando por la posibilidad de afeitarse la barba para conseguir trabajo en un mundo ajeno que mira con recelo las barbas intonsas. ¿Una “alianza de civilizaciones”? No parece verosímil que sus profetas logren alguna vez ponerse de acuerdo con un universo semejante de países que hace siglos que superaron el tabú del barbero.
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Desde luego no puede olvidarse que ese tabú no es ajeno al cristianismo primitivo, en términos que han hecho cavilar a algunos psicoanalistas (Freud, Kerenczi, entre otros) sobre el alcance simbólico del vello en sus diversas modalidades. Los mismos mitógrafos clásicos intuyeron la cuestión, como bien sabe quien conozca el episodio en que Medusa seduce nada menos que a Neptuno enamorándole con su cabellera. Y no olvidemos al apóstol Pablo cuando a amonesta a las cristianas por dejarse crecer el cabello hasta hacer un velo de él (Corintios, 11-15) o prohíbe a las fieles rizarse el cabello por razones que han sugerido alguna vez interpretaciones banales al psicologismo barato pero que no dejan de ser sugerentes. No ha faltado quien viera en los mimos que el Cid dedicaba a su luenga barba un símbolo de su honor –“juro por esta barba/ que nadie me mesó…”)– pero también, de paso, una seña distintiva que proclamaba su oposición a las prohibiciones rituales de la morisma. Ahora bien, todo eso es agua pasada, mientras que los trescientos arrestos femeninos de Teherán y la circular de su policía a los peluqueros es actualidad pura y dura, mal que les pese a Kofi Anan y demás imitadores de Kathami, incluido ZP, algo que podría ser considerado, sin duda, de menor cuantía si se tratara de un país menor o marginal, pero que no puede menos que  resultar inquietante en grado sumo cuando se produce en uno que se dispone, contra viento y marea, a incorporarse al club atómico y a “borrar del mapa”, según la expresión de su primer ministro, a otro clásico del tabú capilar como es Israel. Cortar el pelo es controlar: Sansón (Jueces,16) pierde la fuerza divina del “nazir” al perder la cabellera, el rey Wamba debe meterse monje cuando es rapado también mientras dormía. El vello tiene su pegada simbólica. Los fundamentalistas saben lo que hacen.

Administración de partido

Los tránsfugas del PSOE en el poder en el pueblo onubense de Gibraleón han dejado en mantillas al ex-presidente Borbolla cuando proclamó en el Parlamento que los funcionarios no debían ser imparciales sino partidarios de quien en cada momento gobernara. Han dicho, en efecto, esos tránsfugas que cualquier funcionario municipal “pillado” hablando siquiera con alguien del PP “irá a la calle”, en función de lo cual están haciendo revisar las llamadas telefónicas dispuestos a despedir –“sin ningún miramiento” y aunque los jueces digan que se trata de despidos improcedentes– a cualquiera que ose dirigirse a un edil ajeno a esa mayoría artificial. Dicen los inquisidores que lo harán “aunque se le tenga que poner una cámara en el culo” a cada funcionario, lo que da una imagen de ese soviet de lo más deplorable. Los culpables no son, en cualquier caso, los pardillos que en su taifa hacen y deshacen sino los dirigentes que desde Huelva, Sevilla o Madrid consienten semejantes tropelías.

IU hace campaña

El prepósito de IU, Pedro Jiménez, ha pedido públicamente que Parralo apee de su lista municipal a los dos candidatos que se presentarán a las elecciones  municipales con una condena por ‘mobbing’ a sus espaldas, a los que llama sin ambages “acosadores”. No dice nada Pedro Jiménez del presidente de la Diputación imputado por el mismo delito –y para el que la fiscalía solicita graves penas, incluida, por supuesto, la de inhabilitación– ni de la propia candidata, que no lo está hoy por hoy pero que podría estarlo mañana por tener pendiente una querella por la misma causa. IU sabe lo que hace y con quien se juega los cuartos (sic), y sabe que no es cosa de descalificar a quien tras las elecciones pudieran ser, como ya lo fueron en la legislatura que ahora acaba, socios y protectores. La lista de Parralo, eso sí, hace agua por todas partes y cada día más. Si Pedro Rodríguez tuviera en su mano sabotearla no podría hacerlo mejor.

El cordón Real

Los dimes y diretes oídos a propósito del destino del cordón umbilical de la nueva Infanta han vuelto a ponerme por delante el romántico paralelismo con el “toison d’or”, ese otro cordón con vellocino que es para la caballería moderna, más o menos, lo que fue el Grial para la empeñadísima y más que sublimada que alumbró el ciclo normando. Ambos cordones, el umbilical y el caballeresco, pertenecen al más rabioso pasado, es decir, al presente imaginario, que es el que pita en este ámbito simbólico de las monarquías, como se encargan tercamente de poner de relieve los detractores de Letizia Rocasolano, hoy, lo quieran ellos o no, Princesa de Asturias. Escuchar que los cordones de las infantas del Reino se depositan en Bancos como si fueran títulos al portador o joyas de la corona, tras haberles extraído las correspondientes bolsas de sangre que eventualmente podrían salvar alguna vez la vida a sus dueños, fuerza a admitir la ironía de que entre los imprevistos méritos de la institución monárquica se incluía éste de contribuir a la saludable secularización generalizada cortando por lo sano el debate ideológico que hasta ahora maniataba a los poderes públicos a la hora de aceptar la evidencia del progreso. A ver quién discute –y cómo– en adelante el derecho a conservar ese recurso flamante de la Ciencia en el que tantas esperanzas están depositas, no sé yo si un poco antes de tiempo, pero depositadas al fin y al cabo. La monarquía ha aterrizado en la realidad tras describir la inmensa parábola que va desde el derecho divino de los reyes al papel cívico que hoy le asignan las Constituciones y en el que, como demuestra este hecho entre tantos otros, el quid está en reconvertir el simbolismo aristocrático en convención burguesa, es decir, hoy por hoy, en popular. Eligiendo a Letizia, el futuro Felipe VI no sólo ha conseguido que Peñafiel se ponga las botas sino que ha segado la yerba bajo los pies a los ingenuos del republicanismo voluntarista.
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A  ver quién y cómo, insisto, discute en adelante si es ético o no, si procede o deja de proceder, conservar el cordón del nene –ese vellocino de células-madre que ilumina en rosa el alba del futuro– por lo que pueda ocurrir. Ahora bien, el tajo principesco dado a ese debate conduce en línea recta a otro, el del derecho que tiene todo súbdito a replicar en su vida la excelencia que observa en las alturas, y en este caso, a exigir del Estado que le proporcione las mismas garantías que los príncipes y ‘omes ricos’ pueden costearse a sí mismo. No tendría sentido moral ni jurídico (profundo) que el Estado (al fin y al cabo, el dinero monárquico es dinero del pueblo) permita a los príncipes salvaguardar a su prole de cara al futuro mientras la ‘gentecilla del común’ se queda sin garantías que valgan. Habría que crear, pues, por la vía rápida una nueva orden universal, en plan Felipe Le Bon, que como el ‘Toison’ en los días de la corte borgoñona, acercara a los hombres en general, sin distinción de clase ni condición, la posibilidad de conquistar lo (hasta antier) imposible, a saber, esa utopía científica de la regeneración, inimaginable cuando nacieron los príncipes hoy en sazón, a los que salvaguardar a sus hijos les ha costado nada y menos comparado con lo que les costó a los argonautas de Jasón ir hasta la Cólquide para agenciarse su tesoro. Que el cordón de las infantas se custodie en un banco de Arizona me parece una magnífica noticia, no sólo para esa Real Familia, sino para la inmensa mayoría olvidada de los mitógrafos, que son quienes, en definitiva, escribieron esta historia desigual que es la vida de los hombres. Noticia que, más pronto que tarde, se convertirá en una reivindicación pero que desde ahora mismo debería ir germinando en forma de exigencia en los paritorios que pagamos entre todos. El problema no es ya si hay que hacerse o no con esas células milagrosas, sino el que plantea al Poder el derecho de todos a proteger a sus hijos como si fueran príncipes.

Nuevos tiempos

El ex-delegado de Urbanismo de un pueblo sevillano, comentando la audaz maniobra de sustitución del disco duro de una empresa pública para hacer desaparecer su contabilidad, le decía ayer aquí al periodista: “Hombre, tal como está la cosa, no meto yo la meno en la candela ni por mi padre que venga del cielo”. Ya ven qué situación, qué procedimientos mafiosos (sustitución de los soportes informáticos), que maniobras para encubrir ellos sabrán qué barbaridades. Pero sobre todo, ya ven qué silencio de las instancias superiores, qué extremada discreción por parte del chavismo, cuyo partido gobierna el Ayuntamiento en cuestión, ante un embrollo tan cutre como ése. “No meto yo la mano en la candela ni por mi padre que venga del cielo”. Verdaderamente mucho han debido cavilar hasta alcanzar este grado de solvencia para la trampa, pero mucho más habría que hacerlo para restituir a la democracia la imprescindible confianza de los ciudadanos.