La hipótesis real

La “hipótesis” en que, según la consejera de Medio Ambiente, consistía aún el proyecto petrolero del grupo Gallardo resulta que es más real que la mar, pues, de momento, sabemos ya que alguien –se supone que esa misma consejería—ha solicitado el preceptivo estudio de impacto ambiental a donde hay que solicitarlo, esto es, a Madrid. O sea, que de “hipótesis”, nada: lo que hay es un plan en marcha y mucho me temo que la consejera lleve en el cargo el encargo de resolver ese proyecto por el que tan evidente interés vienen mostrando la Junta y el PSOE. ¿Qué el trazado se llevaría por delante lo que no está escrito? Bueno, esas son cosas que se arreglan y van a ver enseguida como, en efecto, quedan arregladas por más que se levanten voces y lamentos.

La identidad de plástico

No cabe duda de que uno de los símbolos más elocuentes de esta era es el “dinero de plástico”. Creo que el papel moneda, al margen de aportar evidentes ventajas logísticas, vino también a remediar el viejo problema de la sisa del metal, es decir, del raspado que, por parte de los desaprensivos, se hacía a las monedas de oro y plata antes de devolverlas a la circulación. Ahora mismo en Argentina tienen planteado un grave problema con la escasez de moneda fragmentarias de  cobre y niquel (las de 50, 25,10 y 5 pesos), desaparecidas de la circulación al descubrirse, como tantas veces, que su valor nominal era inferior al material, negocio que inmediatamente ha pasado a ser controlado por una mafia específica que utiliza a cobradores de autobús o mendigos para recaudarlas a diario. El miedo a los piratas y otras vicisitudes originó la carta de crédito medieval en la que los mercantilistas ven el antecedente remoto de la letra de cambio, y sabido es que los templarios ganaron lo suyo haciendo de banca segura con el comercio viajero al que facilitaba dinero en tierras peligrosas con la debida acreditación. Pero ha sido la vertiginosa revolución de la vida presente la que ha dado lugar a la más sofisticada forma de pago imaginable (por el momento) en ese “dinero de plástico” que se obtiene mediante el uso de la tarjeta de crédito en cualquier rincón de la aldea global. Cualquiera posee hoy dos o más tarjetas –muchas veces sin solicitarlas siquiera—válidas en todos los continentes y discretamente competitivas entre sí, lo que según los expertos contribuye no poco a la inflación por más que facilite la vida cotidiana, pero no es inverosímil que en el futuro acabemos teniendo una sola que venga a ser como nuestra seña de identidad o nuestra enseña pecuniaria. Ya tienen “visas”, en efecto, muchos colectivos importantes, entre ellos clubs de fútbol famosos como el Manchester o el Ajax, el Anderlecht o el Madrid y la mayoría de los destacados en la liga española, y ahora la tiene también la COPE, que no sólo ofrece a sus fieles descuentos y prebendas sino que los tienta en su identidad hablándoles de “la gente COPE”, es decir, dando por sentado que esa enorme audiencia se atiene a un patrón de personalidad perfectamente identificable tanto desde el sentimiento religioso como desde la opinión política. Por sus “visas” los conoceréis.

 

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 Como a uno lo trae en un sinvivir esta demediación radical de España, cada vez que escucho ese anuncio “copero” me asalta cierto alipori porque percibo en él la definitiva concreción de un bando –ni más ni menos parcial y agresivo, por descontado, que el de la acera de enfrente—que se propone ya la homologación de su clientela incluso en el mercado, dentro del cual actuaría como un apreciable factor de la demanda, a cambio de petrificar una división maniquea en la que “la gente COPE” ocuparía un imaginario lugar de excelencia frente al resto de los españoles, estigmatizados por la simple posición de su dial radiofónico. En cierto modo, el invento incluso recuerda la disparatada ocurrencia del “dinero revolucionario” que imprimieron e hicieron circular en los momentos más confusos de la República algunas formaciones y ciertas centrales sindicales colectivistas, aquellos “bonos” o “vales” – a veces de emisión local—con que ingenuamente se trataba de suplantar el imperio monetario. Pero más que nada me resulta preocupante la apelación a la identidad en esa fórmula de “la gente COPE”, inevitablemente autoexcluyente y, en consecuencia, elitista, frente a cuantos por hache o por be no caben ni a tiros en esa denominación. No me tranquiliza ese largo y accidentado viaje desde los fundamentos de la creencia hasta el mostrador del súper o la cabina de la gasolinera, qué quieren que les diga. Pocas cosas me suenan menos evangélicas que una tarjeta de crédito y menos atractivas que fiar la identidad a un pedazo de plástico.

Tiro por la culata

Los miembros del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) han solicitado amparo al Parlamento autonómico por sentirse ultrajados por la actitud de su presidente que, hasta antier, era uno de ellos. El problema es que, hagan lo que hagan, en esta situación parece que el tiro le ha salido por la culata a los ideólogos de las “cuotas”, puesto que ese organismo censor, hasta ahora tan considerado con los ‘medios’ oficiales o afines al Poder, ha quedado en situación de actuar libremente y, en consecuencia, de hacer todo lo contrario que pretendía la mayoría sociata que lo inventó copiándolo de Cataluña, a saber, funcionar como un permanente legitimador de la “opinión oficial” que esos ‘medios’ vienen reflejando por sistema. Valga que ese Presidente se haya caído súbitamente del caballo en el camino de su particular Damasco, pero el problema que le ha creado a la Presidencia es morrocotudo. Podríamos ver a Canal Sur en la picota, por poner un soplo ejemplo, durante dos años y medio. Es de celebrar que el truco de las “cuotas” falle por una vez.

Más sobre Beas

Se comprende que la mejor defensa es un buen ataque y que un autodidacta como Mario Jiménez degüelle en público al mensajero del mangazo operado en el Ayuntamiento y del que el Tribunal de Cuentas (no un espontáneo cualquiera) imputa a la ex-alcaldesa del pueblo. No habría ni rastro de las veintitantas denuncias/avisos del actual alcalde, entonces militante del PSOE, a su ejecutiva, porque es natural que ese tipo de denuncias internas se hagan sin dejar rastro, pero parece inverosímil que si el concejal de Hacienda y actual regidor hubiera sido el mandante, la alcaldesa de entonces no se hubiera enterado siquiera. No hay modo de tragar con esta bola que, por cierto, deja en muy mal lugar al Tribunal de Cuentas, y por eso mismo, el alcalde debería replicar ofreciendo la contabilidad, no a Jiménez, sino a ese Tribunal. En alguna parte debe de estar ese dinero. Decirle al acusador que lo tiene él resulta demasiado fácil.

Comer o no comer

El ministro de Sanidad, Bernat Soria, tratará de explicar en el Congreso el síncope provocado por su prohibición de venta del aceite de girasol, prohibición levantada en seguida, la misma noche del domingo, una vez que ya, por un lado, el daño era irreparable para el sector, y por otra, poca gente con sentido crítico tomaba en serio una medida que países como Francia, Inglaterra o Italia evitaron al limitarse a retirar las partidas importadas de Ucrania, que eran las sospechosas. Su curiosa coincidencia en el tiempo, ha hecho notar a más de un observador, y no sólo a este e diario, la posibilidad de que se haya tratado de una medida estratégica del Gobierno para difuminar ante la opinión pública la tremenda estadística del paro galopante que, al margen de juegos de palabras, padece realmente el país. Puede ser. En cualquier caso, pocas dudas caben de que este estreno crítico del ministro es de esos que contribuyen a dilapidar la confianza instintiva de la gente en la autoridad, porque a cualquiera se le ocurre que si de verdad el riesgo anunciado fuera tan insignificante, la medida adoptada resultaría excesiva. No se retira del mercado un producto básico que consume el 70 por ciento de los hogares así como así, y desde luego, carece por completo de sentido que si el ministro tuvo alguna vez una información realmente alarmante, dos días después estuviera ya en condiciones de dar marcha atrás. Una de dos, o nos apuntamos a la tesis del despiste (lo del paro) o habrá que asumir que esta decisión no es sino un efecto de la bisoñez política de un ministro ciertamente improvisado. Es muy peligroso, en todo caso, jugar con la confianza pública, porque así como no tiene mayor trascendencia el hecho de que dos de cada tres españoles estén convencidos de que el Presidente ha mentido, sí que la tiene que un pueblo confíe a pies juntilla en sus responsables sanitarios. Soria se ha columpiado a modo o nos ha engañado a sabiendas, una de dos. Un fastidioso pecado original en un ministro novato.

 

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 En España hizo falta que la adulteración por anilinas del aceite de colza matara a 3.000 desdichados y afectara a otros 20.000 para que el Gobierno aceptara la necesidad de organizar seriamente la epidemiología y homologarnos en lo posible con la UE, y fue necesaria la mediatizada crisis de las vacas locas y las dioxinas –que llevaron a poner en cuarentena nada menos que las aves, huevos, leche y derivados, cerdo y ganado vacuno—para medio tomar en serio una facultad a la que, según sus propios expertos, le queda no poco por recorrer. Aunque, claro está, ese avance forzado se hizo al precio de un espectacular momento de histeria colectiva cuya afortunada solución espontánea no logró más que aumentar la desconfianza. ¿Cómo se puede ordenar la inmovilización del girasol (o del orujo, como hizo la ministra Villalobos) mientras los demás países de la Unión se limitan, en lugar de dar tres cuartos al pregonero, a adoptar la providencia lógica de localizar los lotes sospechosos y retirarlos del mercado? No sé, naturalmente, lo que Soria explicará a los congresistas, pero una vez más comprobamos que en el terreno epidemiológico nuestros ministros (desde el que dijo lo del “bichito” a la que propuso a las amas de casa el “caldito” famoso, pasando por otros varios) no llegan al cargo sobrados de preparación para cargar con semejante responsabilidad. Y nada digo si acabamos convenciéndonos de que la alarma desatada por Soria –que, para colmo, puede que le cueste una pasta al contribuyente como ya le costó la maniobra de Villalobos—no era más que una cortina de humo o un quite al ministro de Trabajo. Aún sin reponerse de la inconcebible trola de su currículo amañado, el ministro ha dado un cante especialmente descalificador. Ojalá no se le aplique la moraleja del pastor y el lobo, porque nada dispersa tanto el rebaño como esa fábula tan realista.

La izquierda posible

Suele no se más que una ilusión la que nos muestra las modas como corrientes definitivas. Hoy no hay una izquierda digna de tal nombre y todo abruma hasta forzar la idea de que sólo la visión liberal es acorde la naturaleza social. Ya veremos: repasen la Historia y verán qué clase de “yenka” mueva a las ideas. Por eso la epifanía de Julio Anguita constituye una esperanza para mucha gente de ese bando que asiste consternada a la liquidación de la utopía y al triunfo del pragmatismo. Desde que él se fue, IU es un corralillo con mucha gallina y pocos huevos, una oficinilla de colocación para muchos sin mejor oficio, un proyecto sin principìos ni fines, una hueste mercenaria disponible para el PSOE. Quizá él traiga mucho pensado de su retiro azacán y de su larga experiencia. No es a la izquierda sólo, es a Andalucía y a España entera a quienes beneficiaría el regreso de la Razón.