Tiempo de campaña

“Chaves deberá dimitir cuando se sepa todo lo que ha pasado en Marbella”, Javier Arenas, presidente regional del PP. “El PP es el partido de la especulación y de la corrupción mientras que el PSOE utiliza un doble lenguaje”, Gaspar Llamazares, coordinador general de IU. “Zapatero y Chaves mienten cuando dicen que defienden un urbanismo racional y han acabado siendo permisivos con la especulación”, Diego Valderas, coordinador regional de IU. “Vengo a Málaga a traerle a los candidatos del PSOE el espíritu del Getafe para ganarle 4 a 0 De la Torre”, Diego López Garrido, portavoz del PSOE en el Congreso. “Con las obras realizadas por el Ayuntamiento en Sevilla estamos consiguiendo la emblematización de la centralidad”, Antonio Rodriho Torrijos, candidato de IU a la alcaldía de Sevilla. “Para fomentar la sociabilidad prometo un cine de verano en cada distrito municipal”, el mismo. “Con un transexual se puede contar para cualquier cosa”, Kim Pérez, presidenta de la Asociación de Identidad de Género y candidata del IU al Ayuntamiento de Granada. 

Florilegio electoral

“Voy a embellecer el aspecto cateto        que tiene el centro de Huelva”, Manuela Parralo, candidata a la alcaldía de Huelva por el PSOE. “La coincidencia de las elecciones con El Rocío no es buena pero la concienciación llevará a muchos votantes a ejercer por correo su derecho al voto”, Pedro Rodríguez, alcalde Huelva y candidato a la cuarta reelección. “Lepe quiere se la segunda capital de Huelva”, Manuel Antonio González, alcalde de Lepe. “Manuela Parralo es una de las compañeras de partido que menos conocía”, Carmen Calvo, ministra de Cultura. “Los jueces del TSJA que concedieron (¿) la licencia a Endesa para construir la central de ciclo combinado deben de estar ciegos”, José Luis López Peña, candidato a la alcaldía por el grupo Los Verdes. “Prometo parques infantiles en todos los barrios de Huelva”, Pedro Rodríguez Calero, candidato a la alcaldía por el PSA. (Continuará).

Divino tesoro

Nos cuentan los corresponsales que los jóvenes italianos andan encandilados con una  nueva estrella que ni pertenece al firmamento mediático ni juega al balompié. Admiran y copian como modelo, según dicen, a un gran empresario como Sergio Marcchione, el hombre que ha sido capaz de darle la vuelta a la Fiat y enderezar su curva de caída hasta convertirla en un sugestivo vector emergente, a base, por si fuera poco, de hacer añicos las viejas estructuras basadas en el mérito y la antigüedad para sustituirlas por otras en que la juventud prima sobre cualquier otra virtud. Los jóvenes afirman muchas veces su modernidad sobre la mímesis de la madurez pero, en cualquier caso, no es dudoso que sus pulsiones preferenciales se rigen por una ley elemental que tiene que ver más que nada con el éxito. En los últimos 70 y primeros 80 las encuestas descubrieron que un porcentaje altísimo de muchachos tomaba por modelo a un González recién aparecido en el que sus propias madres veían –como pudo comprobarse en el 82– la imagen del justo equilibrio que garantizaba el salto limpio sobre el “gap” generacional. Claro que si entonces la estimativa funcionaba aún tras un argumentario de naturaleza estética y, en menor medida ética, poco después, ya en pleno ‘gonzalato’, el modelo derivó hacia Mario Conde cuya imagen repeinada y arrolladora resultó irresistible para toda aquella cohorte generacional que veía en el éxito económico, con humor calvinista, el signo de lo deseable y la confirmación de la excelencia. No hay juventud sin ídolos, no hay generación  sin modelo y, en definitiva, no hay actitud ante la vida que no se sostenga sobre un entramado de atracciones fatales. La experiencia nos demuestra, eso sí, que hay mucho de infundada leyenda en esa idea rousseauniana de la juventud que viene presentándonosla desde hace siglos como el paradigma de la generosidad cuando la realidad es que en sus motivaciones pesa y ha pesado siempre, más que cualquier otro factor, el deseo de éxito social. Menos mal que en la vida no tarda en llegar el tío Paco con la rebaja. El maestro Goethe decía condescendiente que si fuera cierto que la juventud es un defecto, la cosa no tendría mayor importancia dado que la vida se encarga de curarlo pronto.
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Se ha dicho que es ventaja y rémora de la gente nueva el hecho de que, por lo general, tiene capacidad para admirar sin comprender, o lo que es lo mismo, que la madurez vendría a consistir en el desencanto infeliz de esa inopia primera, en el equilibrio recuperado precisamente a fuerza de desarrollar el sentido crítico. A uno, sin embargo, no le parece que estén claras, para empezar, las fronteras psíquicas de ambos “estados” vitales. Si leo, por ejemplo, en un sondeo reciente que el 70’2 por ciento (y no se pierdan el decimal) de los jóvenes españoles muestra poco o ningún interés por los temas relacionados con la campaña electoral que estamos viviendo, pienso en seguida que esa cifra no debe apartarse mucho de la que refleje el desinterés de los adultos, y si no díganme por qué la reaparición de la Pantoja en Valladolid ha ahogado literalmente el ruido de la campaña, o por qué mientras para ver a esa atribulada tonadillera se paga hasta un kilo de pesetas por un balcón, para lograr que la “carrocería” asista a un mitin hay por ahí quien rifa un piso o un dormitorio de caoba entre los eventuales asistentes. Al mito de la juventud celeste conviene contraponer tanto la evidencia del pragmatismo juvenil como la que nos confirma la inconsciencia adulta. Porque tan difícil resulta explicar por qué una generación se entregó a la gomina de Conde como encontrarle explicación razonable a que quinientos periodistas se acrediten despepitados para no perderse la vuelta a los escenarios de esa atormentada amazona tan castigada por la vida. Ser joven no es ninguna bicoca. Paul Nizan decía, más o menos, que es un contradiós decir que la juventud es la época más bella de la vida.

Trolas de campaña

No hay quien se crea ese anuncio de la Junta a los trabajadores de Delphi de que tiene “cerrado” un acuerdo con una empresa y “abiertas” conversaciones con otras dos para garantizar el relevo de la actividad en el caso de que el cierre anunciado por la multinacional se consume. Ni es de recibo jugar, a estas alturas, a los acertijos, tratando, evidentemente, de entretener la situación mientras pasa y no la campaña electoral y se reducen en lo posible los daños en las urnas, y no lo es porque es injusto además de absurdo trajinarse a esos millares de familias angustiadas con promesas inverificables y compromisos fantasmas. Se comprende el mal trago que supone para la Junta este traspiés en un momento tan delicado del calendario político, pero hay que insistir en que la dramática necesidad de las familias no admite estos trapicheos inexplicablemente consentidos por los propios sindicatos. Si hay acuerdos y soluciones, que se compartan siquiera con los agentes sociales. Mientras no se trate más que de palabras en el aire lo discreto es pensar que estamos ante meras trolas electorales. 

Pólvora ajena

Los ecologistas han roto, finalmente, con los “conservadores” de Doñana. Hasta el fiscal de Medio Ambiente de la Audiencia sevillana han hecho llegar un informe en el que califican de desacertados los planes hasta ahora aplicados por la consejería de de la Junta en favor de la conservación del águila imperial y del lince ibérico, anunciando incluso acciones penales que, por lo que dicen, vendrán en su momento. Ya veremos, pero, de momento, hablan de despilfarro, de inmensas cantidades de dinero público invertidas a mayor gloria de unos cuantos especialistas ávidos de engordar el “currículum”. ¿Pláticas de familia, peleas gremiales? No lo parece, al menos en principio, aunque habrá que aguardar a que se conozcan en detalle las acusaciones y, en última instancia, a que se pronuncie la Justicia si es que el agua llega al río. Lo de la pasta para linces y águilas circula hace años por ahí, en todo caos, como un mal chiste. Habrá que ver si hay algo más en ese negocio. 

El error Real

No entiendo las protestas maximalistas contra la libertad de opinión del Rey, es decir, del Jefe del Estado. Nadie debería negarle que opine a quien la Constitución encarga que arbitre y modere el funcionamiento de las instituciones porque si no opina ya me dirán como ejercer esas funciones. Ahora bien, lo que no es discutible es que la Constitución no otorga al Rey ninguna posibilidad de hacer política y hacer política en una democracia es intervenir a favor o en contra de un partido o de otro. El Rey puede opinar lo que tenga a bien pero, a tenor de la Constitución, no puede expresar esa opinión sino que ha de guardarla para sí. Y eso es lo que ha hecho ahora al pronunciarse a favor de una determinada estrategia antiterrorista cuya titularidad concierne en exclusiva al Gobierno y su crítica a la oposición. Al grano: decir que “hay que intentar” un logro como el irlandés es, obviamente, optar por una política que mantiene dividida a España no porque haya quien rechaza la paz, sino porque el atajo seguido por el Gobierno repugna a la mayoría de los españoles y compromete de modo fatal a la magistratura, dicho sea de pasada para evitar detenernos en esa tautología real que justifica el intento con el increíble argumento de que “si sale, sale”. En España no puede lograrse una foto como la irlandesa del otro día porque, en efecto, las cosas son completamente distintas. No hubo aquí como allá una historia terrible, cargada de excesos, ni una “metrópoli” déspota, ni un pueblo sometido. Ni hubo aquí, como allí, dos bandos irreconciliables, dos terrorismos simétricos, sino una banda montaraz enfrentada a todo un pueblo y, como ella diría, a su Estado legítimo. ¿Intentar qué, Señor? ¿Un gobierno de concentración presidido a dos manos por Otegui y Vera? Pues ésa y no otra es la realidad que traduciría la foto irlandesa: dos capos del terrorismo cainita al fin reconciliados en la poltrona del poder. No creo, francamente, que el Rey esté por mantener su opinión en estos términos.
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El proceso irlandés encara su recta final el día en que Clinton, sin previo aviso, suelta en Irlanda el rapapolvo exigiendo el final de la absurda guerra de clanes. A cambio ofrecía el Imperio convertir a la vieja y decrépita Irlanda –la famosa “Irlanda patatera”– en lo que la ha convertido, a saber, en una potencia europea –¡sólo en 20 años!–, en un portaviones de la industria puntera de los EEUU frente a la costa de la UE. En bien poco se parece la Irlanda que hoy prospera a ojos vista tras los capos de la foto a aquella en que surgió y se perpetuó esa tragedia que tuvo tanto de guerra de clanes como de conflicto de clases. Una burguesía media emergente –véase la evolución de la renta del país, o la revolución del mercado inmobiliario– quiere hoy, si no es que exige, la paz a unos fundamentalismos que ya no disponen de un pueblo hambriento al que enfrentrar consigo mismo. Y en todo caso, son esos mismos capos –ni siquiera son sus sucesores– quienes han cedido finalmente, tras una epopeya sangrienta como pocas, y han posado para la posteridad. ¿Qué tiene todo ello que ver –mitos aparte–con la situación del País Vasco en España, que tiene de común el logro irlandés con un eventual “intento” español que, insisto, tendría que terminar en una foto compartida por Otegui y Vera o, si lo prefieren, por González y Ternera? El Rey no puede estar mal informado y menos arriesgar sugerencias que nada tienen de reales, sobre todo sabiendo que si las hace esta apoyando a un partido en plena campaña electoral. ¿Intentar la paz? Pues, claro, a ver quién se opone a ese objetivo elemental que poco tiene que ver con las calculadas propuestas de unos negociadores que exigen desde la tolerancia del Gobierno hasta la sumisión de los jueces. El Rey se ha equivocado. Cualquier otra hipótesis sobre la declaración famosa pondría las cosas constitucionalmente peor.