El canto del cisne

Para Marthe Sicard 

Opiniones en torno a la “revolución” del 68, que cumple ahora su cuarentena. Negativas, en general, nostálgicas con frecuencia. Más en Francia, como es natural, pero también en EEUU hasta donde llegó su larga onda. Durante años ha habido mucha guasa a propósito en la Sorbona, en  Nanterre, entre los “normalistas” y los sabios dedicados a los “altos estudios”. También contumaces, sobre todo prochinos y troskistas, como Alain Badiou, en la estela de Derrida, que ahora sale proponiendo a san Pablo, ¡sí, al Apóstol!, como un modelo interesante de universalismo: “el Lenin de un Marx equívoco”, imagínense. B-H Lévy explica esta fijación en clave psicológica, yo diría que psicoanalítica, que no es lo mismo, pero la discusión está ahí: por algo será. Aquí mismo, mi admirado Alfonso Lazo lo pinta como “un enorme tumulto” organizado por aburridos “hijos de papá”, lo cual es tan cierto como que a aquel movimiento no tardaron en llegar importantes contingentes obreros, en especial jóvenes inmigrantes que venían de la Francia profunda o de la inmigración. Lleva razón Lazo en valorar el fracaso de aquel “movimiento” que hermanó los campus de California con la basca de Odéon y a los “rojos germanos” con muchos universitarios japoneses, aunque quizá desprecie sus efectos secundarios, y no exageraré incluyendo entre ellos el final del gaullismo y el anuncio de la catástrofe comunista. Rossana Rossanda –¡ay, nuestras discusiones sobre ‘Il Manifesto’!–  lo acaba de decir en este periódico: la izquierda cometió entonces dos errores, uno, asustarse ante el riesgo de un ‘revival’ fascista; y dos, despistarse y entregar la cuchara al juego neoliberal. Pero hay que añadir que después del 68, para bien y para mal, muchas cosas no volvieron a ser iguales en el plano axiológico: ni la familia, ni las relaciones sexuales, ni la docencia, ni desde luego, la autoridad. El 68 fue un fracaso con consecuencias de largo alcance. Las nuevas generaciones no saben que sus libertades –las buenas y las peores—, por activa o por pasiva, se las deben a sus padres. ‘Nostra culpa’, querido Alfonso.

 

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 No todas las revoluciones acaban tomando el Palacio de Invierno ni decapitando a los reyes. Menos mal. Las hay que cambian el mundo haciendo imposible el “regreso” a la situación anterior, y ello con independencia de la calidad y condición de sus actores. El Cristianismo, desde la perspectiva no creyente, fue una aventura que acabó como el rosario de la aurora, pero sólo los incultos discuten hoy el papel crucial que, junto con la herencia griega, jugó en el cambio más decisivo de la Historia y en la constitución de la cultura de Occidente. Nada fue del todo igual tras él como no lo fue, salvadas las distancias, tras la conmoción que supuso el tumulto de Mayo: ni los rigores patriarcales, ni el folclore nacionalista (salvo como folclore, precisamente), ni el prestigio de la autoridad, ni la relación docente, ni el sexo… ni la política. La última utopía, eso es lo que fue, el canto de un cisne tan viejo como el sentimiento justiciero, como el afán de cambio, como el anhelo de perfección. Por supuesto, hay mucha gente que se enteró de la revolución que hizo tentarse la ropa a De Gaulle, a toro pasado, cuando ya su imagen estaba mineralizada en el mito. Pero nuestros hijos viven hoy –para bien y para mal, repito—de aquella hazaña imaginaria, a ver si Zerolo se cree que el ‘matrimonio’ gay lo ha conseguido él. El 68 fue un susto monumental que logró, aún perdiendo la batalla, que el orden se restituyera victorioso pero herido de gravedad. Otra cosa es que el tiro le saliera por la culata a aquel utopismo. Hoy Cohn-Bendit y hasta Rudy el Rojo andan con sus manguitos buscándose la vida en la burocracia de Bruselas, pero sus hijos vivaquean en otra galaxia. “Prohibido prohibir”: aquello era imposible. Lo que no sabíamos es que, pasados los años, acabaría pesando tanto.

La montaña de papel

No habrá, a lo que parece, reacción enérgica y proporcionada del Gobierno ni de la Junta para enfrentar el auténtico colapso judicial que, de vez en cuando, produce barbaridades como las que recientemente hemos debido la mentar. Y no lo habrá porque la inversión que se precisa, tras tantos años de abandono, es grande pero, sobre todo, porque tanto ZP como Chaves están convencidos de que el gasto de Justicia no es rentable políticamente. El ministro puede decir lo que quiera pero es evidente que cientos de miles de sentencias criminales pendientes de ejecución equivalen a una Justicia fracasada, aunque no menos que la insoportable tardanza de una Administración  que los políticos, por la cuenta que les tiene, se resisten a dejar en manos de los jueces. Dice el ministro que esa situación es “endémica”. Como lo oiga el padre de Mari Luz se va a enterar.

Patas cortas

La mentira tiene las patas cortas, incluso con los zancos que gastan los políticos. Ya ven que, por ejemplo, ese oleoducto que dice la consejera calañesa de Medio Ambiente que no es más que una “hipótesis” era una realidad cplena cuando el mismísimo ZP se lo prometió al presidente de Extremadura en un mitin de la reciente campaña: “Sabes que cuentas con mi apoyo para poner en marcha la refinería”: más claro, el agua. O sea que el compromiso con el Grupo Gallardo no es sólo del PSOE onubense sino también del propio Gobierno y, claro está, del PSOE de Extremadura, por más que sigamos sin conocer –fuera de lo que conocemos de sobra– cual es la causa de ese compromiso. No más mentiras, pues: el oleoducto que puede arrasar nueve parajes protegidos en Huelva es un compromiso del Presidente del Gobierno. Me temo que la consejera Castillo pinta tanto en este cuento como su bedel.

Deber de ingerencia

No sabemos bien (ni mal) lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Birmania. El antiguo régimen militar que hace poco masacraba a los monjes protestatarios ha cerrado ahora las puertas para aislarse del mundo. Se ha hablado de 24.000 muertos, luego de 43.000, finalmente (por ahora) un comisionado sugiere que la cifra  de víctimas  puede elevarse hasta las cien mil, aunque su dispersión por el territorio afectado, en buena parte bajo las aguas todavía, convierte en imposible no sólo su rescate sino su mera cuantificación. Nada se sabe con certeza, fuera de que la Junta Militar pidió ayuda internacional para luego negarse a recibirla, hasta el punto, ridículo, de designar un ministro especial para estudiar las solicitudes de visado de las ONGs internacionales. En Tailandia y otros parajes próximos aguarda la ayuda enviada en aviones y helicópteros, pero las noticias del interior que logran romper el círculo de hierro de la censura hablan de hambruna y desamparo por doquier. No se puede decir que Occidente (USA, Gran Bretaña, Francia, la UE)  haya permanecido pasivo en esta ocasión sino todo lo contrario, pero es más que probable que el régimen dictatorial vea en esa avalancha de ayuda un riesgo para su aislamiento y en el contacto con una presencia masiva de extranjeros un estímulo para la subversión, en especial una eventual intervención de los oficiales jóvenes educados bajo el férreo cliché de la maldad de nuestro mundo. La situación puede ser extrema en poco tiempo a causa de la misma presencia de la muerte y de la indefensión total de la población, pero los dictadores se enrocan en su feudo por completo ajenos a la tragedia del pueblo. No habrá cosecha de arroz, además, lo que supone condenar al hambre a la práctica totalidad de la población aparte de las de los pueblos vecinos importadores de ese alimento, aunque lo más urgente puede que sea evitar el desencadenamiento de epidemias exterminadoras. Un puñado de sátrapas poniendo a prueba un pueblo que los expertos temen que pueda desaparecer como tal si las previsiones son justas y no se ponen a tiempo remedios adecuados. Una vez más. ¿Tiene el llamado “orden internacional” derecho a la ingerencia dadas las circunstancias? Una vez más hemos de formularnos esta decisiva pregunta.

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Probablemente no. O sí, no lo sé, entre otras cosas porque la paráfrasis de Klausewitz sobre la guerra y los militares también puede aplicarse en este asunto para sugerir que la justicia internacional es algo demasiado importante para dejarla en manos de los leguleyos por no hablar de los políticos. No habrá intervención, en todo caso, así muera el país entero, por la razón elemental de que Birmania sería una carga más que un negocio: nadie invade un país productor de arroz (casi la mitad de su PIB) con una población similar a la de Francia, en el que el régimen utiliza la violación en su estrategia del miedo y comete matanzas masivas de verificación prácticamente imposible. Birmania no es Irak y, en consecuencia, liberar a su pueblo de una dictadura mortífera no se plantea siquiera, aunque Francia haya sugerido a la ONU que imponga como sea menester el paso obligado de la ayuda. Da igual. Las catástrofes se olvidan pronto (¿alguien se pregunta hoy por la región asolada por el anterior tsunami?) y pronto, en unas semanas, la noticia caerá de titulares mientras en la ciénaga se pudren las víctimas a las que ni siquiera se contó, y el pueblo reemprende renqueante su camino de ninguna parte a ninguna parte bajo la férula de los mismos tiranos o, quién sabe si, tal vez,  de otro nuevos. Birmania no existe, en fin de cuentas, y la buena conciencia de las potencias libres se colma fácilmente sólo con amagar un gesto de ayuda. La intervención no es nunca gratis y los birmanos no tiene con qué pagarla.

Crisis de la justicia

La Junta y el TSJA están, al fin, de acuerdo ante la evidencia: el sistema de Justicia que tenemos en Andalucía “no sirve”. Lo han puesto de relieve el horroroso crimen de Mari Luz, la libertad por desidia del narco, la conciencia creciente de que no es descartable un colapso de esa Administración si se mantiene la cicatería actual de la Junta. No hay que precipitarse, eso sí, habrá que buscar antes que nada un “diagnóstico” para saber qué medidas son las que hay que tomar –dicen los responsables. Ya. ¿Y qué pasa, que en todos estos años no han tenido tiempo de “diagnosticarlas”, aunque sólo fuera atendiendo a la constante demanda de los jueces? Pues no, por lo visto, pero la consejera anda muy reconfortada porque, según el informe de CGPJ, haya diez autonomías que todavía van peor que la nuestra. Habrá que aguardar, pues, y confiar en la suerte. Después de todo, cientos de miles de asuntos –el fruto de todos estos años de desidia– no se liquidan en un pis pas.

La otra “pinza”

Todas las fuerzas políticas de la provincia se oponen al proyecto del oleoducto auspiciado por la Junta y el PSOE, ellos sabrán por qué. En la Diputación han hecho bloque, por una vez, y han dejado sólo a los auspiciadores a quienes acusan –devolviéndoles la metáfora—de “formar una ‘pinza’ política y económica” con el Grupo Gallardo y saltarse a la torera el medio ambiente y el otro medio autorizando el poco razonable proyecto de esa peligrosa conducción para abastecer a una refinería construida tantos kilómetros tierra adentro. ¿Qué le deben el PSOE y la Junta a Gallardo, qué favores han recibido o esperan recibir de ese Grupo millonario que justifiquen enfrentarse a todos por sacar adelante el objetivo empresarial? No lo sé pero, desde luego, debe de tratarse de algo importante: nueve espacios protegidos no se arriesgan así como así, ni siquiera por parte del PSOE.