Reto universitario

Cuatro Universidades “de primera” –las Autónomas de Barcelona, la Pompeu Fabra y la Carlos III– se han puesto de acuerdo para apostar por el modelo universitario europeo y alejarse del que llaman “modelo provinciano”. Y lo han hecho con las bendiciones de la ministra del ramo, Mercedes Cabrera, que ve con buenos ojos que haya universidades con vocación internacionalista y que apuesten por la excelencia, junto a otras –digamos que algo así como “primas pobres”– que “podrán ser provincianas si así lo deciden” o que, como ha dicho otra responsable, que “aquellas universidades que deseen distanciarse y quedarse atrás, que lo hagan”. Habrá más y mejor financiación para las “de primera”, obviamente, y calderilla para las otras. La Onubense no debería pasar por alto este proyecto del Gobierno que la condena, como a otras tantas, a languidecer en la “segunda división”.

A vueltas con españa

Ignacio Sotelo viene hoy a hablar a estas “Charlas en El Mundo” de los problemas de España. Él pertenece a una cohorte inmediatamente anterior a la mía, dentro de una generación marcada por el debate esencialista e histórico sobre lo que se llamó el “ser de España”. La gente nueva no sabe lo que fue educarse con el ruido de fondo del 98 bajo la propaganda wagneriana de la dictadura, aprender a leer intelectualmente, como quien dice, a dos columnas, entre la “España como problema” de Laín y la “España sin problema” de Calvo Serer, es decir, entre la protesta por el averamiento cultural de nuestra nación histórica –sobre todo desde el XVIII y la aventura fallida de nuestra precaria Ilustración– que ocultaba un profundo conflicto de valores; y la ilusión que logró hibridar el ilusionismo orteguiano con la fantasmagoría fascista. Pero así fueron las cosas, y en ellas aprendimos a entender que nuestro auténtico problema colectivo no podía ser otro que el múltiple que el franquismo nos legaba bajo las tres especies de la vieja cuestión territorial –ese invento y pulsión centrífuga de las burguesías regionales–; la no menos vieja cuestión militar, herencia lógica de la tradición timocrática del “pronunciamiento”; y, en fin, la cuestión religiosa, como aún la llamaban Clarín o Pérez de Ayala, tres problemas de compleja solución que la crisis inicial del siglo XX y el desastre de la guerra civil habían exacerbado hasta un punto que nos parecía sin retorno.

Quienes han seguido el trabajo crítico de Ignacio Sotelo –a mi juicio, y sin reservas, el primer científico de la política desde la postguerra y uno de los pocos intelectuales indiscutibles en este desierto– saben bien que esas tres cuestiones son también para él las claves de nuestro “problema” y, desde luego, las de este presente tenso que vivimos. Franco dejó abiertos tras de sí esos agujeros negros en torno a los cuales la democracia ha debido vivir procurando no acercarse fatalmente a su “horizonte de suceso”, es decir, a ese punto en que el enigma engulle fatalmente toda presencia. Pero si es verdad que la democracia solventó alguno de esos problemas de manera admirable –el militar, sobre todo–, también lo es que tanto el problema territorial como el religioso siguen ahí, no abiertos, sino reabiertos, en parte por la ingenuidad y en parte por la estúpida ambición de tanto irresponsable. La fórmula autonómica, que conjuró provisionalmente el problema territorial heredado, es evidente que ha fracasado, en buena medida, sobre todo por la ingenuidad constitucional que supuso dejar abierto el capítulo de las competencias de cada región a merced de los eventuales Estatutos, una circunstancias que la estrategia de supervivencia del todavía Gobierno –socio y rehén de las minorías nacionalistas e incluso separatistas– ha acabado de desquiciar. Y en cuanto a la cuestión religiosa, cautamente superada en un primer momento, no es ningún secreto que vuelve a ser utilizada políticamente, es cierto que con la responsabilidad de quienes gobiernan, pero también que con el concurso irresponsable de quienes quizá no se han percatado del cambio fundamental que ha hecho de España una sociedad plural, en la que millones de inmigrantes sin ir más lejos, fuerzan –como en tantos otros países europeos, por otra parte– a replantear la convivencia religiosa que ya difícilmente volverá a ser uniconfesional.

La gran preocupación de Sotelo –un universitario de dedicación ejemplar– es, sin embargo y sobre todo, la educación, el instrumento de socialización del que el país depende y que representa, por supuesto, como un reflejo fiel, las anfractuosidades del propio sistema social así como sus contradicciones. Me parece que, en resumen, él cree que hay un desfase grave entre nuestro desarrollo económico y el cultural, y que comprende la gravedad del hecho autonómico así como la actual crisis universitaria. Y todo ello es necesario contemplarlo en este momento desde la perspectiva nueva que han abierto las pasadas elecciones, sin duda decisivas para la suerte de las minorías nacionalistas y ya veremos si también para que desde el Poder central se recupere el sentido común tan afrentosamente dilapidado durante cuatro años.

Pero es mejor que lo explique él mismo, con esa envidiable independencia de criterio que lo ha encumbrado para muchos sin dejar de costarle bien cara. Hay quien ha lamentado en público la ausencia política de Ignacio Sotelo como una de las más penosas claves de la decadencia de la izquierda española. Estoy seguro de que cualquier español –de izquierdas o de derechas– coincidirá en ese lamento a poco que conozca su obra y el ejemplo de su propia biografía, tan raro y admirable, ciertamente, en medio de un paisaje intelectual, político y ético como el que nos ha tocado convivir.

Solos y colgados

Hubo una teoría en los años 50, muy acorde con la que se avecinaba, que postulaba la radical soledad del hombre en las sociedades contemporáneas. La lanzó David Riesmann en un libro memorable, “La muchedumbre solitaria”, sobre cuya tesis de la fatal atomización del individuo ha vuelto mucho después Richard Sennet en un duro alegato sobre las consecuencias organizativas de nuestro modelo social. El individuo –usted y yo– se habría, nos habríamos quedado solos sin advertirlo, aislados del vecino desconocido con el que nos cruzamos en el rellano, despojados de nuestra categorías sociales en el marco de un sistema más flexible que la antigua “jaula de hierro” del capitalismo clásico. Una tesis tentadora, que expresa la nostalgia por una “comunidad” que tal vez nunca existió pero que felizmente opera como paradigma en el subconsciente de muchos solitarios. Y sin embargo… Una noticia cazada al azar en la radio me deja estupefacto: ¿será verdad que en el mes de enero del año en curso se produjeron en Internet ¡9.000 millones de visitas! a ‘sitios’ como Youtube, Google o Yahoo? ¿Lo sería que sólo en el primero de los citados se habría registrado la friolera de 3.000 millones de curioseos? Lo primero que se me ocurre es pensar en que la población total del planeta no pasaba de 6’5 millones a principios de este mes, lo que quiere decir que hay más ‘visitas’ que habitantes en ésta que Manuel Castell ha llamado “La sociedad Red”, a pesar de que más de la mitad de ese personal humano no es que sea iletrado y carezca de ordenador sino que vegeta hambriento con su corta esperanza de vida. Pero luego he pensado en la profundidad de esta revolución que estamos viviendo en silencio, habituados ya al prodigio, como si fuera normal que una chorrada de Britney Spears provoque que se conecten para verla 24 millones de fans. No sé si igual de solos o más que antes, el milagro informático está consiguiendo potenciar la interacción hasta perfilar una imagen global que habrá que superponer a nuestra visión de la sociedad atomizada para hacer balance. Así se cruza de una era a otra: sin hacer ruido.                                                                    xxxxx

Hay que advertir enseguida que las cosas pueden ir a mejor o a peor, según se miren. En enero del año anterior, por ejemplo, no fueron 9.000 las visitas registradas, sino más de 10.000, aunque quizá este tipo de datos no tenga demasiada importancia dada la vertiginosidad y la autonomía con que evoluciona este proceso al parecer sin fin que experimenta una relación virtual en la que casi nada es previsible. Una desconocida ‘Tigresa de Oriente’ cuelga su video y recibe de sopetón 3 millones de contactos curiosos, Michael Jakcson hace lo propio y es visitado por más de dos millones y medio de partidarios, y un corto español alcanza los 60 millones como empeñado en dejar en evidencia a la industria patria del cine subvencionado. Raro milagro, autogestionado por unos protagonistas que tal vez no se percaten de que están manejando un hallazgo tecnológico sin precedentes desde que se inventó la imprenta pero, con toda probabilidad, de mucho mayor alcance. Seguimos solos y aislados, muchos aún incluso confinados en la “jaula de hierro”, vapuleados de acá para allá por la imprevisible corriente de una tecnología cada vez más accesible, abiertos por primera vez en la Historia al mundo en su totalidad aunque sigamos recluidos voluntariamente en la leonera desde la que nuestros hijos se timan temerariamente con desconocidos y los plagiarios saquean el saber disecado en las memorias de silicio, aunque al cruzarnos en el descansillo sigamos desconociendo al vecino que quien sabe si, como nosotros mismos, acaba de regresar imaginariamente él también del confín más lejano, navegando a ciegas entre el bien y el mal, jugándose el tipo como un nuevo Ulises de vuelta de esa guerra suprema que es la soledad.

El líder vitalicio

Nunca fue bueno para la democracia el liderato prolongado y menos el vitalicio. Ni siquiera cuando ese liderato conseguía, por lo que fuera, el refrendo popular, porque hay muchas maneras de atraillar las voluntades legalmente aparte de que el pueblo soberano puede equivocarse e instaurar una dictadura. Y más si no se ven por ninguna parte en el líder las señas del carisma o las prendas del talento. Chaves, por ejemplo, puede autopostularse candidato para el 2012 lo mismo que para el 2016, pero eso no puede entenderlo nadie en Andalucía, incluyendo a mucho personal de su propio partido, en el que su decisión implica que no tiene relevo posible. No hay líder bueno si se eterniza en el puesto. Eso vale para los tiranos, pero también para Fraga o para Chaves.

Varas de medir

Lo que es bueno para la Cuenca Minera no lo es para el Condado. El PSOE sostiene ese doble rasero a la hora de exigir al alcalde de Nerva que los vecinos afectados por el incidente tercermundista del agua no potable en sus grifos, no paguen en su factura por el periodo que duró el disparate. Es justamente lo contrario de lo que defendió en el Condado al obligar a pagar a los consumidores hasta el último céntimo a pesar de haber estado durante más de cuarenta días tragando agua no apta para el consumo, según la propia Junta de Andalucía. Dos criterios diferentes, dos varas de medir distintas, que constituyen, además de una manifiesta incoherencia, un agravio para los ciudadanos maltratados y forzados luego a pagar por el maltrato. Anteponer el interés de partido al de la gente es intolerable pero ésa es la única razón que explica este ridículo contrasentido que la dirección del partido consiente como si ese desafuero no fuera con ella.

Otra de perros

Siempre hemos sabido que los chinos comen carne de perro. Somerset Maugham contaba una anécdota estremecedora que él presenció, por lo visto, cuando con uno de sus selectos grupos de ‘vips’ visitaba el todavía “continente prohibido” y fueron a cenar a un restaurante en el que el propio cocinero se ofreció obsequioso a custodiar al faldero que mimaba una de las damas para acabar sirviéndolo luego en salsa agridulce. Ahora, en el marco de la campaña contra los JJOO de Pekín, una organización inglesa ha mostrado la terrible práctica de los restaurantes de la especialidad, puestos al descubierto por la cámara oculta de unos investigadores suyos que hubieron de ingerir, para garantizar su coartada, un horrendo surtido de pulmones, pene y corazón caninos, pero sobre todo, las intolerables condiciones de esa práctica culinaria que no excluye el sangrado lento ni el despellejamiento por inmersión en agua hirviente de los desdichados animales. Hay que recordar que la misma acusación sirvió a los activistas del animalismo para oponerse, como es natural sin éxito, a la celebración de la Olimpiada en Corea del Sur, país que, como Filipinas o Vietnam entre otros del sudeste asiático, incluyen en su dieta tradicional al presunto mejor amigo del hombre. Aún recuerdo la alarma provocada en Madrid en los años 60 cuando un periódico difundió la inverosímil nueva de que en los “asadores” de Coslada y San Fernando de Henares lo que se ofrecía al cliente dominguero no era precisamente cordero lechal sino perro común, alarma que el novelista Martínez-Menchén desmontaba esgrimiendo la razón práctica de que la cría de corderos habría de resultar al mesonero incomparablemente más fácil y cómoda que organizar una ganadería perruna. Leyendas del cambiazo ha habido siempre hasta el punto de no hubo venta caminera que escapara a leyenda campesina del gato por liebre y aún de otras sustituciones que preferimos olvidar. Otra cosa es confundir el fraude con tradiciones legítimas en las que –seguramente por falta de reses convencionales para nosotros– el perro tiene asignada su contribución a la dieta en proteínas cárnicas. No hay canibalismo si sobran vacas, decían con sorna los antropólogos franceses que colonizaron culturalmente México. Antes que ellos, Las Casas vio comer allí aquellos “perrillos que no ladran” y que a Cortés le parecieron “asaz buenos”.

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 Nada hay que objetar a la denuncia de malos tratos a los animales, que hace poco traíamos aquí a propósito del desalmado que hizo pasar por escultura viviente a un perro atado a la pared de cierta Bienal hasta que el animal murió de hambre y de sed. Otra cosa es no ver en ésta de los perros chinos una estrategia poco original que, además, resulta casi indignante teniendo en cuenta la débil respuesta del mundo llamado libre a la crudelísima situación por la que, ante su silencio, atraviesan los derechos del hombre en ese gigante en alza. Meterse en las cocinas de un país que no se recata ante la exhibición de ejecuciones masivas o que proclama su decisión de aplastar por las bravas la rebeldía del Tibet, para acosarlo con el sin duda cruel comportamiento de sus cocineros resulta, me parece a mí, no poco absurdo o incluso ingenuo, sobre todo por parte de un mundo que presenció entre curioso e indiferente la tragedia de la “revolución cultural” o las escabechinas del tardomaoísmo. Es horroroso el relato de esos debeladores, con sus canes cazados a lazo y desollados sin piedad, no cabe la menor duda, pero inquieta comprobar que la imagen de ese sadismo funcional que se produce entre los fogones acabe conmoviendo más al demócrata lejano que las sevicias tal vez no inferiores soportadas entre nosotros por otros animales destinados a alimentarnos. Aparte de que en China hay un animal tradicionalmente maltratado y ese animal no es otro que el pobre. Ése sí que sería un buen argumento para objetar sus JJOO.