Estar en la luna

Llevamos una temporada en que los millonetis interplanetarios no nos dan tregua. Desde que a principios del milenio un californiano pagó veinte millones de dólares por pasar diez días en la Estación Espacial no cesan las noticias de nuevos viajeros privilegiados que se apuntan a esa aventura cenital. Un joven millonario chino –¡vaya símbolo de época!– será el primero de su raza en volar al espacio como ya hicieran otros potentados yanquis o sudafricanos o hace bien poco ese fundador de Microsoft, Charles Simonyi, que parece que ha picado a Bill Gates hasta embarcarlo en un proyecto similar. Hay una agencia americana que se dedica a organizar excursiones espaciales y una organización rusa, Rosaviakosmos,  que ofrece incluso ‘lunas de miel’ en órbita, siempre a precios prohibitivos. La antigua ilusión de echarse a volar, el sueño de una noche de verano que todos tuvimos alguna vez, parece haberse convertido en una realidad que no sería extraño que acabe siendo trivial, sobre todo en manos de esos privilegiados ávidos de emociones inéditas. La irónica nave de Luciano de Samósata, en pleno siglo II, el hipógrafo en que Ariosto hace volar a ‘Orlando’, las máquinas flotantes de Cirano, el ingenio tirado por gansos del delicioso Francis Godwin, las disquisiciones cortesanas de Fontenelle, “el gigante de ocho leguas” que Voltaire bautizó como ‘Micromegas’, incluso el debatido “Viaje a Laputa” de Swift, se adelantaron en siglos a estos figurones que hoy acaparan titulares millonarios en un mundo hambriento que es, por lo demás, que se sepa, el único verdadero. Sólo que sin poesía, no hará falta decirlo, por la sencilla razón de que debe de resultar difícil, incluso para esos todopoderosos,  poetizar a bordo de un ‘Soyuz’, sobre todo después de agotado el tema en ese poema descomunal que es el “2001” de Kubrick.
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No se suele hablar tanto del pleito subyacente a estos impulsos bajo o tras los cuales subyace, evidentemente, la ambición. Hoy se cuestiona no poco el tratado de 1967 que establecía la condición inapropiable de la Luna “y los demás cuerpos celestes”, entre otras cosas porque no todos los miembros de la ONU lo firmaron (menos aún, lo ratificaron), pero además porque desde entonces acá ha crecido por doquier la mala yerba reglamentaria en torno a satélites y tripulantes, sondas errantes y estaciones fijas, hasta constituir una madeja difícil de devanar incluso para los juristas más expertos. Y menos se sabe aún que si aquel tratado está, en definitiva, vigente, por ahí anda otro suscrito en 1979 que aborda ya por derecho la posible explotación de esos imaginarios recursos prodigiosos que son el oro de los asteroides, el agua lunar, el helio-3 de ciertos yacimientos selenitas, el magnesio, el uranio o el cobalto que, por lo visto, aguardan resignados, en medio del concierto espacial, la llegada de los pioneros. Un majareta que ya ya, Dennis Hope, dice presidir el ‘Gobierno Galáctico’ –algo que recuerda a contrapelo la vieja “democracia cósmica” sobre la que se las trajeron tiesas el mentado Fontenelle y el protestante Huygens– y se dedica, ¡con éxito!, a vender parcelas en la Luna a través de una sociedad que creo recordar que cotiza en bolsa. Por su parte, la llamada “Lunar Republic” afirma, a su vez, ser la propietaria legítima del satélite terrestre al que un porcentaje increíble de americanos sigue creyendo que nunca llegó el hombre si no que todo lo de Cabo Cañaveral fue, a pesar del testimonio de Hermida y de Raúl del Pozo, un puro montaje vacilón de los cachondos de la NASA. La ambición echa a andar casi siempre simulando un paso vacilante que, en su momento y de repente, acaba convirtiéndose en una carrera sin freno, por más que la acuidad futurista de los genios intuyera con siglos de antelación la aventura del futuro. Estos millonetis no van de vacaciones. Son, en realidad, la avanzadilla del negocio estelar.

Pelotazos impunes

Insólito, el “caso Pérez Ruiz”: compra de una finca en 900 millones y venta en más de cuatro mil sin salir de la notaría. Estupendo que nadie se de por aludido de que la causa de la aventura es que, al parecer, existía un protocolo de intenciones de la entonces alcaldesa de Camas (PSOE) de recalificar los terrenos, ni se extrañe siquiera ante la ‘amable’ actitud de las instituciones financieras tras el fracaso provocado por la negativa de la sucesora en la alcaldía a perpetrar el cambio privilegiado. Habitual resulta, en cambio, si bien se mira, que ese “emprendedor” se llevara la pasta a un paraíso fiscal, y de traca total que descuelgue, encima, con el descaradísimo, cínico argumento de que se trataba de hacerle un gran beneficio a los sevillanos construyéndoles un acuario. Ni el PSOE, ni la Caja correspondiente, ni los cruzados de la causa “tolerancia cero” han dicho ni pío. Si es amigo del Poder, sírvase usted mismo, cucharada y paso atrás. Y vaya tranquilo por la vida, seguro de que nadie ha de decirle esta boca es mía. 

Candidato con la negra

Lo del “número 4” de la “lista Parralo” se cuenta y no se cree: tras el escándalo del presunto enchufe de la hija de la candidata (el archivo de la acción penal en nada cuestiona el presunto mal uso del poder administrativo), le cae, al hombre, la condena por ‘mobbing’ a un trabajador minusválido y, tras ésta, el fallo en contra de lo Contencioso-Administrativo por el emperre autocrático de nombrar a dedo, como coordinador provincial de Formación, a un coleguita del partido. Con ese fardo  no iría a las elecciones ni loco un candidato en ningún país civilizado, y lo que es, por supuesto, más importante: nadie lo llevaría subido en la chepa electoral. En Huelva irá. Aquí todo es posible, desde que en Gibraleón le pongan cámaras en el culo a los trabajadores municipales hasta que quien pide el voto no pueda con el peso de tanta reprobación judicial. ¡Pues como para estar tranquilos en un Ayuntamiento donde ése señor fuera el número 4! Se comprende que es tarde para dar marcha atrás y sustituirlo pero la papeleta que tiene Parralo es de las que no entran en urna.

El tema inevitable

He escuchado con el natural escepticismo la consideración del portavoz de PSOE federal calificando las sugerencias de que la detención de Pantoja ha servido de cortina de humo al coladero de Batasuna en las instituciones. También las insinuaciones o proclamas, según, de quienes se han lanzado a afirmar justo lo contrario, a saber, que si esa detención estaba prevista desde hace dos semanas –¡y en la misma comisaría visitada por ZP en la misma mañana de la detención!– la hipótesis de que el ‘pantojazo’ haya sido utilizado como cortina de humo cobra una consistencia evidente. Una tv privada daba el jueves un resumen/calendario de lo más ilustrativo al hacer coincidir cada bastinazo gordo del Gobierno en el llamado “proceso de paz” con un escándalo de órdago, casi siempre relacionado con el inagotable vivero de sustos que es Marbella. Un lío, ya digo, una espiral laberíntica por la que se arrastra hacia adentro la confianza pública que, por muy distraída que resulte ser, no es tonta ni mucho menos sino capaz y capataz de hacerse cargo de las cosas que saltan a la vista. Una detención en condiciones de la artista, su internamiento en la cárcel o, simplemente, la imposición de una fianza de cuidado –y ha habido unas cuatas en los últimos años, algunas escandalosas– habría prestado al caso una pátina de credibilidad que, ciertamente, las circunstancias en que se ha producido no producen ni de lejos. Demasiados indicios sugieren que la Pantoja ha sido víctima de un oportunismo jurídicamente irreprochable, seguro, pero más claro que el agua: hasta un idiota sabría que su imagen bajando del furgón policial eclipsaría el notición de la semana que, sin duda posible, es el estudiado truco que va a permitir a una organización terrorista (Batasuna figura como tal en la lista de la UE) volver a los Ayuntamientos y, con ello, no sólo recuperar la presencia política sino la solvencia financiera. Que no hay quien se crea ya eso de que la Justicia es ciega, vamos, pero repartamos culpas entre los espectadores. No pocos entre quienes afirman que la injusticia es inevitable olvidan que lo es precisamente por lo mucho que se parece a ellos.
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Entre tantos indicios sospechosos el más inquietante va implícito en la alusión de ZP en su discurso marbellí a los famosos que sucumbirán, caiga quien caiga, dada la rectitud y la energía moral de unos Gobiernos que –resulta imprescindible repetirlo– han presenciado impávidos el saqueo de la ciudad. ¿No ha dicho el juez instructor –el mismo que ha detenido a Pantoja –respetemos, pues, la independencia judicial– que la Junta no es una perjudicada sino una beneficiaria de ese saqueo en la medida en que ha cobrado miles de millones, vía impuesto, de las obras ilegales? ¿No probó Gil ante el juez que el propio PSOE trincó un pelotazo cienmillonario (caso Montaner) a cambio de determinada recalificación urbanística? Detener a la Pantoja es mucho más fácil que explicar el caso que acabo de mencionar o el hecho, nada despreciable, de que ni siquiera fue devuelto nunca por el partido ese dinero negrísimo que le endilgó el propio Gil. Y una operación que, fatalmente, eclipsaría el contencioso batasuno, sustituyendo la imagen renqueante de un  Gobierno rehén de un miserable como De Juana o de sus pactos con los pistoleros, fomentando la “salsa rosa” que ya va siendo hora de que comencemos a comprender que no es sólo un deplorable gazpachón alcahuete sino un fabuloso instrumento de alienación que le puede venir a un Gobierno en apuros como anillo al dedo. Carlos Herrera ha calificado a Pantoja como “la linchable carnaza” de unos cuantos desalmados/as que viven del “tomate” nacional. Yo creo que los linchadores no han sido sólo esos miserables sino instancias mucho más altas y excelentísimas. A poco que nos descuidemos, Marbella puede acabar siendo un auténtico Trafalgar de la moralidad pública.

El poder y el silencio

A las mujeres de Delphi no las dejaron aplaudir las intervenciones de la oposición en el debate parlamentario celebrado antesdeayer. Normal, dadas las circunstancias. La oposición, por su lado, exigió medidas concretas (¡como si existieran!) y no sólo palabras, mientras que Chaves les devolvía el pelotazo reclamando ciega y silenciosa confianza en él. Llegó a decir, incluso, que todas las empresas andaluzas con  problemas habían salido adelante gracias a la Junta sin que nadie le pidiera el detalle de ese milagro. Y en consecuencia, reclamó confianza en él con el compromiso de que no se olvidará de la situación tras las elecciones. Es decir, lo de siempre y dos huevos duros: el camelo de que se están buscando soluciones donde hasta el más optimista sabe que no las hay. Con el silencio de los sindicatos, con el oportunismo de la oposición y con la absurda estrategia dilatoria de la Junta. La única solución para Delphi es organizarle el futuro no entretenerla con el pasado.

El puente de nunca acabar

Antes el PP, ahora IU, todo el mundo en la oposición (más o menos relativa, se entiende, reclama ahora “el tercer puente” sobre el Odiel, si es posible –según la coalición en campaña– dotado con carriles para todo: autobuses, taxis, trenes de cercanía (¡) o tranvías, servicios de ambulancias, bomberos y ángeles de la guarda, dulce compañía. Y digo yo que si tan claro lo tiene ahora IU por qué no ha dado la vara en la Dipu, para empezar, donde ha mantenido un pacto de hierro (más bien de oro) con el PSOE, en vez de dejar el tema para estos tiempos del cólera electoral. Hace falta ese puente, como hace falta resolver el acceso a la costa en general –de la occidental y de la oriental– para que no sólo el turismo sino la vida ciudadana se normalice en lo posible. Empezando por ese puente, que todo el que llega al poder promete (como el AVE, como el aeropuerto) aunque ninguno acometa.