Cambiar la hora

Ayer cambiamos el reloj. Esta vez para adelantar una hora y ganarle luz al día, es decir, para ahorrarnos el gasto de la otra luz. Pocas atribuciones del Poder como ésta de parar o acelerar el Tiempo a voluntad, el viejo sueño del hombre que entraña acaso uno de sus más intrincados problemas. Lean el apasionante libro de Éttienne Klein, “Las tácticas de Cronos”, verán cómo es posible mirar al sol sin deslumbrarse, hasta qué punto y hora lo es retroceder al pasado o viajar el futuro, cuáles son las oscuras razones por las que el Tiempo pasa entre nosotros abismándonos en la ambigüedad. Kant decía aquello de “Yo soy el tiempo y yo estoy ‘también’ en el tiempo”. ¡Tomen del frasco! Pero todo tiene su explicación. Grecia desvelaba a los niños contándoles la pavorosa aventura de Faetón despavorido a bordo de su carro solar, Josué mandaba parar el sol y la luna en la batalla feroz contra los amorreos, en Gabaón, tras haber derribado a trompetazos las murallas de Jericó. El Hombre, con mayúscula, ha hecho luego otros prodigios, como lograr que una partícula desaparezca antes de aparecer, al menos sobre la bola mágica de sus complejas ecuaciones. Pero ninguno como el de detener al Sol en su camino extendiendo el brazo en nombre de su Dios, es decir, como parar el Tiempo a voluntad para contemplarlo desde fuera como se contempla un instante aislado del ocaso. Hoy día el milagro secularizado no detiene el Tiempo sino que se limita a cambiar el horario, no opera sobre los cielos sino sobre el reloj, esa terca víscera de cuarzo que nos marca en la muñeca el tiempo psicológico, no el físico. En realidad es un truco político, como sabemos, en lo que poco se diferencia de los demás del oficio, una providencia sin misterio para ajustar el presupuesto. El mundo nuevo, mecánico y desacralizado, no resiste la comparación con la antigua fábula.

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 Sobre lo que hay división de opiniones es sobre la utilidad de la medida, más simbólica (¿rutinaria?) que otra cosa, según unos, imprescindible según la superstición conservacionista, que ve en ella un  saludable ejercicio de disciplina ecológica. Ni idea. En España supondrá, al parecer, un ahorro familiar de seis euros anuales, siempre que el personal la secunde con buena voluntad, aunque dicen que habrá de producir sobre las criaturas un pasajero “jet lag”, como si cada cual acabara de llegar de una estrella próxima. No tengo ni idea, ya digo, ni soy capaz de valorar qué puede suponer ese cinco por ciento de ahorro energético que anuncian los contables. Lo que sí aprecio es la distancia entre los mundos, esa diferencia insalvable de mentalidades que vuelve al hombre mítico ininteligible a los ojos desacralizados del pragmático que ayer noche, de madrugada, nos ordenó adelantar la manecilla del reloj, fingiendo un brinco inverosímil del tiempo, para corregirle la plana a la cronología universal. Tiempo abolido de un plumazo en el BOE con una caligrafía que sólo  muy vagamente recuerda ya el garabato mágico del ‘Génesis’, espléndido autoengaño que no hará que los gallos canten con antelación pero que movilizará al hormiguero humano antes de diana para sisarle la calderilla al curso de nuestras vidas. ¡Hacen con nosotros lo que quieren! ¿Y qué es el Tiempo, en fin de cuentas? San Agustín responde en sus Confesiones: “¿Qué qué es el Tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo, ya no lo sé”. Lógico. Dejemos que nos trajinen, pues, mientras no sea más que en la muñeca, que hagan lo que les plazca con esa rousseauniana imagen móvil de la inmóvil eternidad, que crean ingenuamente que somos capaces de arruinar la lógica implacable de esa dimensión que, aunque no lo parezca, no nos es externa ni ajena sino que nos constituye. Seis euros. Hoy ya no vencemos a los amorreos, nos conformamos con sentir en el bolsillo el tintineo de ese tesorillo inútil arañado a nuestra propia existencia.

Rebajas malayas

Curioso cálculo judicial el que ha determinado la fianza del presunto cerebro del “caso Malaya”, Juan Antonio Roca, un millón de euros que se antoja una propina a poco que se tenga en cuenta el fortunón que se ha ido aireando como desaparecido de las arcas públicas. En todo caso, cabe presumir que ni un solo duro defraudado va a volver a Marbella, y más si se les ofrece a esos expertos defraudadores la ocasión de andar enredando libres quién sabe si haciendo mangas de capirotes con las posibles pruebas que pudiera haber por ahí. ¿Qué puede importarle un millón de euros a un tipo que tenía un Miró en el cuarto de baño? Verdaderamente, si todo este terremoto de Marbella acaba sin recuperar lo afanado, constituirá uno de los mayores estímulos jamás proporcionados a la corrupción.

La paz debe volver

Lo dijeron ayer en estas páginas, el editorial, Lucía Méndez, quien firma este breve: la paz debe volver a la ciudad conmocionada, cortados a rajatabla los comprensibles pero intolerables conatos de venganza, a pesar incluso de la no muy avispada actitud de las autoridades concernidas. Mucha gente subraya el contraste ante estas emociones y la serenidad del padre de la desdichada niña, ese hombre tranquilo que remata sus intervenciones con vitola religiosa. Volver a la paz no supone olvidar ni dejar de exigir responsabilidades, pero para eso existen cauces adecuados y exclusivos de la autoridad. Por más que lo ocurrido desborde la capacidad moral de la gente, por más que el horror dispare los instintos. Huelva tiene que recuperar la calma tras esta infame tempestad. Como ese padre. Nadie tiene derecho a destacarse por encima de su ejemplar actitud.

Llegó el debate

Una multitud enfurecida trató el jueves de linchar al presunto secuestrador y asesino de la niña Mari Luz. Se oyeron voces reclamando la justicia espontánea y hasta se reprochó a la policía impedir el linchamiento.  Es normal, en vista de este inconcebible desconcierto. La pena fue un derecho de la parte ofendida mientras las sociedades carecieron de un Estado fuerte, porque fue precisamente el monopolio del derecho penal lo que dio entidad real al Estado. Cuando el Estado flaquea, cuando la sociedad comprueba el fracaso de esa justicia civilizada, la marcha atrás es tan lógica como inevitable y de nuevo planea la sombra de la venganza de la parte ofendida. Desde el propio Consejo General del Poder Judicial –que tampoco es manco– se propone incluso abrir el debate sobre la cadena perpetua cuya reclamación había sido despectivamente tildada hasta ahora de reaccionaria, como si nuestra perjudicada democracia hubiera de empeñarse en ser vanguardia experimental de un mundo libre en el que naciones como Francia, Alemania o Gran Bretaña –por no hablar de unos EEUU en el que hasta la ominosa la pena de muerte se prodiga a discreción– la mantienen en sus ordenamientos. Incluso el cumplimiento íntegro de las penas, que nos hubiera evitado tantos bochornos y paradojas, se niega con vehemencia alegando la angélica pretensión constitucional de que las penas “estén orientadas hacia la reeducación y reinserción social” incluso en los casos en que los reos se afirmen contumaces en su postura criminal. ¿Que en España hay mayor número de presos que en los demás países europeos? Ésa no es sino la consecuencia de una lenidad que hace de nuestra legislación la más benigna y la menos disuasoria del entorno. Aprieten las tuercas a ese Código de pacotilla, renuncien al absurdo de la famosa ‘clasificación’ penitenciaria de los condenados y luego hablaremos. Es ridículo proponer un debate social sobre un tema en el que la inmensa mayoría es unánime. Es en el Parlamento donde hay que cambiar lo preciso para que en España deje de ser cierto que se puede robar un monte pero no se puede robar un pan.                                                               

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Ahora bien, no sólo el ordenamiento es la causa ni los jueces abúlicos los responsables. Los Juzgados son hoy almacenes de papel servidos por un personal que, paradójicamente, no depende del juez sino del gobierno regional, y el público que protesta suele tener poca idea de lo que en ellos ocurre. Que un juzgado de lo Penal deba solventar 600 ejecutorias al año aparte de 450 juicios propios, para empezar. Que el plazo de convocatoria de audiencia en violencia doméstica pueda ser de 6 meses. Que en lo Contencioso-Administrativo se estén señalando juicios para el 2010. Eso también hay que tenerlo en cuenta. No hay medios porque la inversión en Justicia es poco rentable electoralmente, y cuando los jueces reclaman exasperados esos medios la consejera del ramo responde castiza: “Ésas son cosas del Juez Decano…”. Tira millas. Me dice un magistrado que en España es muy barato matar, que se pena igual un robo que un homicidio: miren que sencillo. Pero probablemente estemos tocando fondo en muchos aspectos sumamente sensibles y pronto no habrá Gobierno que pueda –como los que ha habido hasta ahora, sin excepción– resistir el descontento unánime. Un repugnante menorero, condenado dos veces, detenido varias, exhibido en la tele pública, campa por sus respetos hasta que ocurre lo que ha ocurrido. No se trata, pues, evidentemente, de un abrir un debate sino de potenciar una Justicia reconsiderando el sistema penal y el penitenciario y disuadiendo a los tentados por delitos terribles a base de condenas drásticas. ¡Para debates está el patio! Los linchadores de antier no son más que el revés de la trama de un Estado fracasado.

Escándalo y silencios

Apenas se oyen pronunciamientos de quien corresponde sobre la crisis judicial abierta por el secuestro y asesinato de la niña onubense. Despiste total en la autoridad gubernativa, inexplicable silencio de la autoridad judicial, la Junta –de la que depende la Administración de Justicia, la responsable de su dramática infradotación–, callada como una momia. Todos mirando para otro lado, que para eso hay un juez a quien colgarle el muerto, con razón, por supuesto. Se habla por todas partes de instituir la perpetua, de la leña al mono, un debate más que pasará en cuanto el tema caiga de los titulares. La Audiencia de Sevilla, el TSJA, el Ministerio, como Bono: ni mu. Y la gente por las nubes, pidiendo garrotes y reclamando la justicia por su mano. Es probable que la crisis de la Justicia esté tocando fondo. Lo confirma el silencio de sus grandes responsables.

Dolor y locura

No es tolerable el espectáculo de antesdeayer a la llegada del pederasta, menos aún el enfrentamiento con la policía que cumplía con su indeclinable deber. Se explica el dolor, se comparte, pero no es posible retroceder en el tiempo y sustituir la aplicación del derecho por la venganza privada. Es verdad que semejantes canallas no merecen más piedad que la que implica separarlos de sus semejantes y habría que exigir a la Justicia que ese aislamiento se lleva a cabo realmente, con la mayor dureza posible que, desgraciadamente, no bastará a remediar lo pasado ni a prevenir el porvenir. El daño que sucesos como éste causan a la sociedad no se limita al producido a la víctima y a la parte ofendida, sino en el ultraje que supone su autodegradación con manifestaciones salvajes como al del jueves. Y no puede decirse tampoco, por desgracia, que la autoridad haya estado a la altura de las circunstancias. Será el propio pueblo el que, por su cuenta, deba volver a sus cabales.