Justicia y morbo

Se puede defender la Transición que permitió en España pasar de la dictadura a la democracia sin perjuicio de discrepar de algunas, incluso de muchas de sus instituciones. Hubo que vivir aquello, en directo y sin anestesia, para entender la flexibilidad con que unos y otros fueron cediendo hasta encontrar un terreno común que permitiera erigir una Constitución. Las Constituciones no son eternas –la actual es la más longeva de nuestra Historia—y reclaman las reformas que ellas mismas prevén para adaptar su espíritu a los tiempos cambiantes, entre otros motivos porque el tiempo es una lima sorda que a todos nos va ahormando a la novedad sin la que la norma quedaría pronto rígida si no obsoleta. Desde la Izquierda se hicieron concesiones a la Derecha y viceversa, y ese acuerdo hizo posible treinta años largos de relativa paz política. Pero ahora hay que reformar esa Constitución, no sólo porque clamen al cielo anacronismos como el de la discriminación sexual del heredero, sino por el demostrado fracaso de instituciones como el jurado popular, que puede ser, como es, muy tradicional, pero no por ello intocable. Los juicios más famosos de estos decenios han recurrido al jurado, es decir, a la sustitución de la justicia técnica por la justicia subjetiva, en nombre de un utópico derecho a la participación del pueblo en la administración de la Justicia. Siempre hubo jueces buenos y malos, pero el Jurado supone un suplemento pasional en absoluto apropiado a la delicada función de juzgar.

Comentaba aquí el asunto el juez Fernández-Viagas con afirmaciones tan duras como que los padres de Asunta no han tenido hasta ahora un proceso con garantías sino que “han sido arrojados a la morbosa curiosidad de una opinión” incompatible con una Justicia que aparece día tras día en el telediario. Los juicios públicos –y también los “paralelos”– del “caso Alcácer”, del de Rocío Wanninkhof o ahora el de Asunta, malamente admiten la objetividad en la medida en que dependen de un grupo de ciudadanos irremediablemente influidos por los medios y por la propia opinión pública. ¿Quién condena en el País Vasco a un etarra, cómo garantizar la independencia del órgano popular en los presuntos supuestos abominables de pederastia, violación u otras abyecciones? Todo reo tiene derecho a ser encausado por expertos y no por personas incapaces de penetrar el laberinto jurídico actual. Habrá jueces impropios; lo que dudo es que, en una sociedad medial, haya Jurados inmunes.

Se veía venir

A leguas se venía venir que a la juez Alaya, tarde o temprano, la decapitarían poniendo punto final al soponcio de la Junta y su partido. La vista se hizo más patente en cuanto apareció en escena su sustituta del brazo astuto del consejero del ramo, cuya animosidad a Alaya esta requetebién probada. Y ahora a esperar, porque nunca se sabe, aunque lo previsible es que el gran globo se desinfle poco a poco y acabe en poco o casi nada el que ha sido el mayor escándalo mangante de la historia de la autonomía. En España se puede robar un monte pero no se puede robar un pan, dijo Valle-Inclán sin haber visto este esperpento. La Justicia puede con lo que le echen menos con el Poder.

La otra cruzada

Últimas noticias nos informan que los bombardeos franceses sobre Siria han acabado con la vida de un buen número de voluntarios franceses que luchaban a favor del IE. Se ha hecho público también que los voluntarios rusos en ese ejército fantasma y fanatizado suman no menos de nueve mil, un dato que, teóricamente, habría precipitado la intervención aérea decretada por Putin. Hay millares de británicos o de franceses, cientos de españoles (y españolas) que han acudido a ese banderín de enganche a jugarse la vida no se sabe muy bien en nombre de qué principios, en un territorio por completo ajeno a sus vidas y circunstancias, inconcebible hace bien poco. ¿Qué puede explicar esta “contracruzada” de los jóvenes europeos a los que, ciertamente, en sus propios países no les faltarían causas en las que enrolarse, por qué una juventud criada en el ámbito de la libertad –y también, de la injusticia, hay que decirlo—lo deja todo en su vida para entregarse a una aventura tan incierta como ajena al imaginario occidental, cómo es posible que muchachas europeas libres están siendo captadas en condición de esclavas sexuales de unos combatientes que tienen demostrada su barbarie? Algo no funciona, evidentemente, en este paraíso, cuando una recluta como la comentada no encuentra mayores dificultades a la hora de captar adeptos dispuestos a contribuir a una causa oscura que ha hecho dejación de los derechos humanos más elementales. ¿Tendría razón Runciman al postular el atractivo de toda cruzada, habrá que dársela a Amín Maalouf y a su idea de que, gane o pierda, Occidente saldrá fortalecido hasta en su eventual derrota?

Nadie ha podido explicar, hasta ahora al menos, esta deserción de unos jóvenes occidentales en favor de un enemigo declarado de su mundo. Los efectos morales devastadores de la crisis económica, la visión neorromántica que implica negar el modelo propio para apoyar al ajeno, el simple aventurerismo de una generación probablemente perdida y deslumbrada por el prestigio de lo primitivo y el atractivo de la desmesura, cualquiera sabe. Nunca hasta ahora había visto Occidente a los suyos enrolarse bajo la bandera enemiga. Como no lo vio Oriente hasta los tiempos de Saladino. Urge repensar que es lo que no va bien en nuestro modelo y comprobar si se está a tiempo aún de ponerle remedio. No serán las bombas ciegas las que arreglen un conflicto en el que la civilización se juega su propia existencia.

Vivir del tópico

Sobre tantas pamplinas como ha permitido la celebración del día de la Fiesta Nacional, sobresale la audacia ignara del alcalde de Cádiz, un tal “Kichi”, quien junto a la matrioska de Barcelona, han renovado en las llamadas redes sociales los tópicos más añejos e incultos sobre el Descubrimiento y la presencia de España en América. No es preciso molestarse en descubrir la estatura mental de estos insensatos: se descubren ellos solos y lo hacen, además, encantados de haberse conocido. Pero no me digan que no es una desgracia ver a una ciudad tan americanista como Cádiz en manos de un ceporro que nos viene una vez más, en plan Evo Morales, con lo del genocidio colonialista. Ciudades como Cádiz o Barcelona, que han jugado un papel tan importante en la colosal empresa americana, no se merecen ese oprobio, última demostración de que en política no existen atajos que no resulten peligrosos.

La Historia europea

Bien sabían de lo que hablaban el otro día la señora Merkel y monsieur Hollande al equiparar los nacionalismos con la guerra. Le oigo de cerca a Carlos Herrera preguntarse qué plantos y rasgaduras de túnica hubiéramos tenido que escuchar si quien predica desde en el balcón europeo no hubieran sido ellos sino este impecable Rey de España que sabe estirar su discurso justo hasta el límite que le permite su condición de monarca constitucional y ni un centímetro más. La historia europea es la crónica de una guerra de nunca acabar, un descalabro insensato de todos contra todos, desde la lejana Rusia hasta Inglaterra pasando por la potencias del imperio central y este sur magnífico que conformaron siempre –sin dejar por ello de tener sus agarradas—Francia, Italia y España. Y la Unión Europea no es sino la respuesta imaginada por unos estadistas de gran talla que vieron en ella una garantía, siquiera relativa, de paz continental. El Rey lo ha dicho bien claro con la fórmula más económica: “Soy europeo porque soy español”. Ni más ni menos. El antieuropeísmo es no es ya más que un argumento reaccionario, una xenofobia fósil o un prurito narcisista, como lo fue el confederalismo sureño en los orígenes de los Estados Unidos, porque lo que resulta evidente es que cada occidental sostiene a pulso la razón colectivista de nuestra civilización, ojo, que es la única existente. Los de las banderas inactuales o inventadas que ofrecieron a la Cámara continental el numerito de su protesta son unos pringaos que no han visto ni por el forro la historia de sus mayores.

Para los europeos no hay otro futuro que Europa. Incluso para la legión de ciudadanos a los que la crisis les ha apretado el cinto casi hasta ahogarlos. Salirse del diseño histórico es quedar fuera de tiesto, apostar por el “soberanismo” localista no es más que un “sprint” en un callejón sin salida. Europa es el futuro, lo demás son cuentos, una lección gratuita de solidaridad estratégica que a los americanos le costó un río de sangre asumir hasta terminar convirtiéndose en primera potencia. Lo contrario, quedarse fuera, es apostar por la tradición belicosa, plantarse en un mapa del conflicto continuo, por la competencia desintegradora. ¡La que se hubiera armado si Felipe V llega a decir lo que dijeron la Merkel u Holande! Era más sencillo argumentar el gentilicio –“Soy europeo porque soy español”—incluyendo a los ridículos disidentes que agitaron sus banderas inactuales.

Pagar más por menos

Nuevo palo del Observatorio Económico de Andalucía a los trampantojos del gobiernillo autónomo. Bajar dos puntos en el IRPF del tramo autonómico es una ridiculez además de un oportunismo, porque de lo que se trata es que Andalucía sigue siendo la región que paga más impuestos de España. Los más afortunados se están empadronando en Madrid para escapar a la rapacidad de la Junta, a la que los expertos recuerdan que no se trata sólo de subir las cargas sobre los ciudadanos sino de eliminar los organismos inútiles y recortar el “aparato desmesurado” sobre el que se sostiene el “régimen”. Menos servicios y más impuestos: el electorado andaluz es el sueño de todo oligarca.