Confesión general

Reclaman desde el PSOE e IU al PP que aclare las circunstancias de lo ocurrido con la gestión municipal en su antigua alcaldía de Aljaraque. Y llevan toda la razón. Lo malo es que, en este momento, en Huelva no se escapa nadie de la necesidad de dar explicaciones a los ciudadanos en relación con sucesos y situaciones más o menos tremendos. IU, si ir más lejos, haría bien en andarse con pies de plomo a la hora de referirse al brote racista surgido en su día en ‘su’ Ayuntamiento de Cortegana. El PSOE, por su parte, debería explicar –dada la gravedad insólita del hecho, por boca de propio Chaves– qué responsabilidad tiene la Junta en el sangrante e irreparable caso de Mari Luz, una vez reconocido hasta por el lucero del alba el estado calamitoso en que la consejería del ramo mantiene a la Administración de Justicia. Confesión general, pues, que de nada serviría sin dolor de corazón ni propósito de enmienda, pero que resulta imprescindible ante el desconcierto reinante.

La jungla de asfalto

Motivada por la petición de un grupo de personalidades galardonadas con el Premio Nobel, la Asamblea General de la ONU acaba de llamar la atención a la comunidad internacional sobre la sangría registrada en las carreteras del mundo, un auténtico “problema global de salud”, que supone anualmente la pérdida de 1’2 millones de vidas y unos 50 millones de discapacitados. En el debate se ha puesto de relieve que el daño infligido por el tráfico constituye una epidemia mundial equivalente a las del SIDA, la tuberculosis o la malaria, a pesar, incluso, del recrudecimiento de esas tres lacras cuyo avance parece imparable en las circunstancias actuales. Curiosamente parece que el riesgo de accidente es mucho mayor en los países pobres o en vías de desarrollo, en los que el coste económico equivale a un insostenible porcentaje del PIB –por lo general, mayor que la partida dedicada a asistencia al desarrollo–, razón por la que en algunos de ellos la lucha contra esa epidemia planetaria se considera al mismo nivel que los esfuerzos por mantener la paz en su región. Hay datos escalofriantes en el informe de los próceres, entre ellos el que afirma que cada minuto que pasa muere un menor de 15 años en accidente de tráfico y que, en todo caso, los accidentes de esa naturaleza constituyen la primera causa de muerte en la población comprendida entre los 10 y los 24 años. En los tres primeros lustros del siglo, entre 2000 y 2015, están previstos 20 millones de accidentes mortales, tasa intolerable que, sin embargo, de no adoptarse medidas enérgicas, se habrá duplicado para el año 2030. Desmond Tutu, el ex-presidente Carter y otras celebridades han coincidido en esa vehemente petición de energía exhortando a la inmediata adopción de medidas de cooperación financiera y técnica, mientras Rusia, por su parte, ha respondido convocando la primera conferencia ministerial para tratar del tráfico como problema colectivo. Probablemente nunca ha sido preciso tanto quebranto para que la Humanidad tomara conciencia de un riesgo en buena medida controlable.

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En Europa la tendencia parece invertirse, en todo caso, como ilustra la esperanzadora estadística registrada en el último de los grandes éxodos estacionales, el de Semana Santa, cuya importante reducción de accidentes mortales se está atribuyendo provisionalmente al efecto combinado de las medidas disciplinarias recientemente establecidas (carné por puntos, eventual pena de cárcel para ciertos infractores y otras) con el efecto expreso o subliminal de la insistente propaganda disuasoria financiada oficialmente sobre los conductores. Lo que supone, como ha sido señalado por algunos delegados en la Asamblea, que la brecha entre países ricos y pobres, lejos de reducirse, aumentará su tamaño también en este negocio hasta límites tal vez insostenibles que contribuirán a agravar las penalidades del Tercer Mundo. Se viene a la cabeza la reflexión tremendista que hace bastante más de un siglo hizo aquel espíritu penetrante que fue Hipólito Taine, cuyo escepticismo lo condujo a la idea de que, en realidad, el hombre no es más que un loco en cerrado en un cuerpo enfermo en el que la salud no sería más que un éxito pasajero o un bello accidente. Hoy ese loco, derrapando en las curvas o adelantando en prohibido, tal vez con su capacidad de atención perjudicada irresponsablemente, protagoniza esta peste contemporánea que amenaza con escapar a toda previsión y a las medidas más rigurosas, contagiado de un morbo invisible y ubicuo cuyas consecuencias empiezan a resultar insostenibles. El Estado se felicita hoy de no registrar más que un par de decenas de muerto en un fin de semana y se pone de gala para anunciarnos esa reducción del funeral. Quizá Taine no andaba tan alejado de la realidad como los ingenuos de la ONU.

Más crónica negra

Otra vez salta a la actualidad de la crónica negra la provincia de Huelva, ahora con motivo del juicio seguido contra trece vecinos de Cortesana, incluido su alcalde, acusados por los incidentes racistas que se produjeron en la localidad en enero del 2005. Otro caso claro de confusionismo evitable, pues sobran datos para comprender que el alcalde procesado no hizo sino, con motivo de la muerte de un vecino, autorizar una manifestación en demanda de seguridad y justicia como las que a diario, por desgracia, se autorizan en cien lugares, con independencia de que, posteriormente, grupos exaltados protagonizaran episodios que, en efecto, cuesta no calificar de racistas. La gravedad de aquellos incidentes hace imprescindible un juicio ejemplar, distinguiendo entre manifestantes y alborotadores debidamente identificados. El racismo no es disimulable en una sociedad libre, en la que tampoco encaja una Justicia confusa.

Estado de escándalo

Pasamos sin transición de un escándalo a otro, pura crónica negra para una provincia pacífica y laboriosa que no se merece este espectáculo. Primero el secuestro y asesinato de Mari Luz, luego el juicio por racismo de Cortesana y ahora el presunto caso de corrupción  urbanística del anterior equipo municipal de Aljaraque, con su alcalde a la cabeza, por denuncia de un constructor que lo acusa de haberse enriquecido cobrando por las licencias de obra. El rival político se ha lanzado sin pensárselo a la lapidación, como si alguien es ese patio pudiera tirar la primera piedra, y sin conceder la menor oportunidad a la presunción de inocencia. Habrá que aguardar hasta ver qué ocurrió de verdad, sin embargo, y en su caso, plantearnos cómo exigirle al ciudadano probidad y decencia ante semejante ejemplo.

Elogio de la templanza

Los políticos están acostumbrados a conjurar las crisis con una frase talismán. Una reciente afirmaba que no había crisis sino “turbulencias” y tachaba de antipatriota al que osara sostener lo contrario. Hay muchas, aunque hoy destaque la última, ésa que ha lanzado la Vicepresidenta apoyada en el sofisma de que sí, que lo que ha ocurrido con la niña asesinada es terrible, pero que no conviene hacer las cosas “en caliente”. Ya tienen ahí el talismán: “en caliente”, fórmula puramente disuasoria, evasiva, que de modo deliberado no distingue entre ‘caliente’ y ‘acalorado’, que en absoluto son la misma cosa. Nada debe hacerse “en caliente” si por ello se entiende falta de reflexión, vía libre a la emotividad y, con ella, al disparate pasional, por supuesto, pero ¿qué tiene eso que ver con ponerse a la tarea sobre la marcha cuando la realidad nos descubre abruptamente algún fallo intolerable del sistema? Pues nada. En Bélgica la odisea negra de Dutroux conmovió a media Europa y rompió penalmente en la instauración de la cadena perpetua para los convictos de abusos sexuales con violencia. En Francia, durante el ministerio de Sarkozy, se reformó la normativa endureciendo las penas, las circunstancias penitenciarias y los derechos a reducción de condena de los reincidentes en esos delitos y hasta se previó el uso de un brazalete obligatorio para tener localizados en todo momento a esos peligrosos canallas. En varios países de Europa se ha reaccionado contra esta plaga estableciendo sin contemplaciones ese Registro que aquí discuten todavía los estupendos a los que quién sabe si en su día les pareció bien que al ‘pringao’ que no pagaba una letra lo expusieran en la picota de un Registro de Efectos Impagados, especie de purgatorio perpetuo en muchas ocasiones para ánimas inocentes. En Alemania también aguarda “la perpetua” al abusador que cause la muerte del menor y, en su defecto, una grave condena efectiva, no teórica, como aquí. Y todos y cada uno de esos países han reaccionado “en caliente”, como es natural, impresionados por algún crimen horrendo y, lógicamente, presionados por la opinión pública. ‘Caliente’ no significa ‘acalorado’, insisto, y el Gobierno lo sabe. Si emplea el término es para ganar tiempo.

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 Esa abulia legislativa explica muchas cosas que ocurren entre nosotros. Ante cualquier sobresalto se improvisa un proyecto de norma que luego dormirá el sueño de los justos olvidado en alguna gabeta ministerial, o que con frecuencia decaerá al finalizar la legislatura antes de su aprobación. Al Gobierno lo ha traicionado el subconsciente porque esa expresión revela hasta qué punto le quema en las manos su grave responsabilidad al haber fragmentado la Justicia y su Administración en diecisiete modelos, uno para cada taifa autónoma. ¿Y saben por qué le quema? Porque invierte poco en el negocio judicial, e invierte poco en ese negocio porque ese tipo de inversión no es “visualizada”, como ahora se dice, por el elector medio y, en consecuencia, no resulta electoralmente rentable. Hay que decir la verdad: con los medios actuales, los jueces no pueden impartir una Justicia razonable y mucho menos, por supuesto, rápida, y quítense de la cabeza que la triste suerte de Mari Luz vaya a cambiar esta regla. La Junta de Andalucía gasta diariamente en publicidad electoralista bastante más de lo que bastaría para dotar a nuestros Juzgados, pero obviamente ese capítulo es mucho más interesante para ella que un servicio judicial que ha llegado al extremo de aviarse con un fax para trece juzgados de lo Penal. ¿Cómo extrañarse de la “invisibilidad” de ese monstruo en estas circunstancias? Es fácil –y a veces, inevitable– cargar la suerte sobre los jueces y fiscales. Pero la gente debería conocer las causas por las que actúan como actúan. Lo de la publicidad de la Junta, por ejemplo, habría que divulgarlo a los cuatro vientos.

Chaves, ni mu

Reclamado por la prensa, presionado por el padre de la víctima, ZP se ha dignado llamar, tropecientos días después, a la afligida familia para prometerle justicia. Vale, ya veremos. Pero ¿y Chaves, cómo es que el presidente de la Junta de la que depende la consejería de Justicia no ha dicho ni mu? ¿Acaso no le consta más que a nadie cual es la situación menesterosa de los Juzgados, cómo van los jueces por la vida pisándose la toga, qué absurdos procedimientos existen para enviar un sustituto a un Juzgado? ¿Y la alarma social, no se da en este caso la famosa alarma social de la que echan mano los políticos a la primera cuando les conviene? El distanciamiento de Chaves no implica tanto desdén como torpeza y, por descontado, insensiblidad para los asuntos humanos, incluso cuando éstos emocionan a la sociedad en masa. ¿No podría haberse acercado a la casa de ese hombre destrozado o, en todo caso, llamarlo por teléfono? ZP, igual de distanciado, esta vez, por lo menos, se lo ha saltado a la torera.