Palabras mayores

En el estreno parlamentario un consejero insultó al jefe de la oposición con una expresión patibularia que la presidenta de la Cámara ordenó que no constara en acta. Mal principio. En el pleno del jueves, la candidata frustradísima a la alcaldía, Manuela Parralo, llamó “golfo” al portavoz del PP que le había recordado, ante sus exigencias de transparencia, el penumbroso asunto de la colocación de hija. A este paso vamos que nos matamos por una pendiente de degradación que no habrá quien detenga y de cuyos efectos no se podrá quejar, quien como Parralo y otros, insultan con palabras intolerables a sus adversarios políticos. Espero que conste en acta esa expresión tabernaria y soez, impropia especialmente en una dama tan distinguida y piripí, y si acaso que pida excusas por el exabrupto. De otra forma, habrá de admitir en el futuro que le digan en su cara lo que seguro que no le gusta oír.

La religión americana

No comparto el optimismo de los balances eclesiásticos del viaje del papa Ratzinger a los Estados Unidos. El éxito de los viajes papales sólo está garantizado ya en la Europa mediterránea y en ese Tercer Mundo donde las multitudes acuden a su llamada igual que lo hacen al camión de la Coca-Cola, es decir, entre fascinadas y ajenas, muy lejos, naturalmente, de la adhesión religiosa profunda. En el planeta secularizado la cosa varía. En los EEUU, sin ir más lejos, la feligresía decrece a ojos vista quizá porque como explica en un inquietante libro Harold Bloom, los yanquis no practican, en el fondo, más que la “religión americana”, es decir, un sistema de creencias refundado de hecho en lo que este mismo autor llama “postpragmatismo” nacional, y en el que las otras ramas/sectas se disputan a cara de perro la parroquia, pero siempre sobre la base de un Cristo asumido como norteamericano, un mesías indígena y presente en la vida hasta el punto de que ha podido decirse que el amor que le profesan allá es una moda. Es curioso: así como en hacia el Sur, de México para abajo, el avance de las sectas tiende al eclecticismo, a fórmulas sincréticas que incorporan las creencias culturales del ambiente, en esta Babilonia del norte la característica es el fundamentalismo integrista –en este momento tan imbricado en el Poder político– de tal modo que el pentacostalismo venera más al Paráclito que al propio Mesías, un baptista sureño es fácilmente identificable y el mormón y afines extreman hasta la histeria un milenarismo que no cumple ya los dos mil años. El papa ha ido a EEUU, para qué engañarnos, a pedir perdón por el lío de los curas pederastas aparte de cumplimentar el ritual neoyorkino de la oración de la Zona Cero, pero la verdad es que sus mayores aforos cabían siete o diez veces en la Plaza de Colón y eran, además, masivamente hispanos. No pasa nada. A Pablo lo apedrearon hasta dejarlo por muerto y siguió en sus trece. Me temo que Ratzinger seguirá también aunque sin bajarse del “papamóvl”.

 

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 Se ha repetido mucho la frase de Mark Twain sobre la Biblia cristiana que a mí me parece que encaja como un guante en la religión actual: el problema es que el mensaje es una farmacia cuyo contenido sigue siendo el mismo aunque la práctica cambie. Gran verdad. La honorable humillación del pontífice por los pecados ajenos podrá regenerar tal vez esa extraña realidad que ha afligido a aquella Iglesia, pero me temo que poco pueda, a mayor profundidad, esto es a la hora de competir con esa “religión americana” que, entre otras cosas, tiene apenas una vaga idea de donde está Roma y para qué hablar de la que debe de tener sobre por dónde cae Jerusalén. Aparte, por supuesto, de que no hablamos ya del modelo wojtiliano, de aquellos espectáculos de luz y color en que el papa no se cortaba a la hora de promocionar las canciones de su propio disco o de tararear unas sevillanas. Un sociólogo de la religión, con preferencia, un fenomenólogo como Berger o Luckmann, comentarían que normal, que eso es lo suyo, que ninguna otra posibilidad cabe esperar en una sociedad post-industrial en la que la resistencia íntima de lo religioso surge de la duramadre integrista, y en la que el patriotismo (incluso el ‘constitucional’ ése de que habla Häbermas) no tragaría nunca con un poder extraño y lejano, con una hegemonía ajena. En cierto modo hay que darle la razón a Bloom pensando en que la evolución de la religión americana va que se mata, aunque en circunstancias bien diferentes, hacia un plante a lo Tudor, o sea, hacia el establecimiento de un sistema religioso propio, nacionalizado, en el que Jesús de Nazaret no andaría ya por sus andurriales genuinos sino entre rascacielos y campos de béisbol, mascando chicle entre parábola y parábola. Ratzinger ha tenido un gesto de gran dignidad. Lo que no tiene sentido es ocultar que su viaje no tenía la menor posibilidad de ser un éxito.

Aznalcóllar

Desde la Junta se lanza el mensaje de que los terrenos devastados por el vertido tóxico de Boliden en la mina de Aznalcóllar ha sido, a la postre, bueno, porque ha dejado la zona en “mejores condiciones”, más limpia que estaba antes de la avenida de inmundicia, con una fauna más rica y diversa. Pues nada, enhorabuena, felicidades, sobre todo a Bolidén, que se ha ido de rositas y llevándose el taco de las subvenciones, así como a los mineros que han visto sus vidas hechas trizas y, en el mejor de los casos, recompuestas de mala manera. La Junta oculta su responsabilidad en la catástrofe –“la mayor ocurrida en Europa”, según dijeron entonces en Bruselas–, como oculta sus maniobras que han permitido la impunidad de la multinacional causante del estropicio. Pero así es la estrategia optimista, así resuena Manolo el del Bombo, así nos va. Nada mejor que un desastre para mejorar el paisaje. No me digan que la filosofía juntera no tiene su mérito.

Consejera hegeliana

Dice la consejera onubense (o sea, calañesa/almonteña) que el oleoducto ése que Barrero confunde con un gaseoducto no es nada real todavía sino es apenas una ‘hipótesis’. Habrá que esperar hasta conocer la ‘tesis’ y ver, en fin de cuentas, que ‘síntesis’ acuña ella, pero va lo que quieran a que acaba ajustándose al proyecto de Gallardo. Mientras tanto, y ya en la política real y no en el plano dialéctico, hay que exigirle a la Junta que se pronuncie sobre lo que se propone hacer ese grupo inversor, de cuáles son sus previsiones al respecto y si, en definitiva, va a dejarlo construir sobre tantos terrenos protegidos o no. No hay por qué oponerse a ciegas a una obra en la provincia, pero menos aún esperar sentados el momento en que la reacción sea ya inútil. En eso lleva razón IU y no la consejera que lo que puede hacer es exponer sin ambages la famosa “hipótesis” para que cada cual sepa a qué atenerse.

El oro que reluce

Leí hace unos años un libro que me encontré en París cuando había superado ya las veinte ediciones, circunstancia que me llamó la atención tratándose de una obra sobre el neoliberalismo. No tenía ni idea de cómo se las habría arreglado aquella joven canadiense para lograr semejante éxito editorial pero en cuando le eché la vista encima comprendí que no había más truco que un vehemente alegato contra la economía de mercado, es decir, que era un libro a contracorriente, y ya se sabe que Camus auguraba lo mejor a esa clase de literatura. Naomí Klein, que así se llama la autora, acaba de publicar ahora otro (entre tanto he oído rumores pero sólo lejanos) titulado “La doctrina del shock” que es un encendido argumentario contra el libre mercado al que la autora no considera, ni mucho menos, un inocente fenómeno acaecido en democracia sino el resultado de una estudiada estrategia de estafa y violencia que le ha salido bien al Sistema desde Chile a Rusia y desde Sudáfrica a China. ¿Cómo se las avía el capitalismo para introducirse y apalancarse en esas áreas nuevas a las que somete con rigor? Pues según Klein aprovechando las crisis hasta convertirlas en francos accesos para unas “medidas de choque” (¿les suena?) en las que es preciso incluir, según ella, junto a las apacibles y burocráticas, las más drásticas y violentas. El neoliberalismo no ha descubierto nada pero ha extremado el recurso a la crisis y, en especial, al desastre, para colarse de rondón en la vida de las sociedades a base de un modelo que la autora denomina “la economía del shock”. Polonia lo mismo que China, la inmensa mayoría de la región hispanoamericana, la guerra de Irak o el huracán ‘Katrina’, la crisis y el desastre en suma, ha sido utilizados para aplicar el antiguo truco de convertirlos en oportunidades de negocio. El desastre, incluida la propia guerra, son el combustible que necesita la insaciable máquina de ese modelo económico, global por otra parte, hoy casi incontestado en todo el planeta. Se pueden decir cosas muy duras, pero quizá no más concluyentes que esta ristra de alegatos contra la ortodoxia vigente. El evangelio de Chicago no trae la paz sino la guerra y el desastre es su mejor baza. Aviados vamos.

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Es verdad que esta temporada los propios norteamericanos están comprobando por sí mismos la falacia de la transparencia neoliberal pero, frente a esta evidencia, que tardará en hacer su efecto profundo, cierta izquierda ingenua o desnortada ve en la crisis de los mercados una señal de bonanza y futuro, algo así como el signo celeste que confirmara su reticencia y su oposición. Sobran ejemplos, en todo caso, para apuntalar la tesis de Klein, si pensamos, entre tantos otros casos, en la privatización de la guerra y el negocio mercenario destapado en Irak, el saqueo legal de Nueva Orleáns tras su catástrofe o el festival de compra “a la baja” que se prevé en el mercado inmobiliario europeo (en el español, para qué hablar) por parte de un capitalismo en penumbra en el que la enorme masa de dinero negro no sería la única ventaja a la hora de competir con la sociedad en apuros. Me gusta esa flor negra de Naomí Klein, la observación de que el capitalismo no es una moral (a salvo Calvino y su prole) sino una práctica implacable que ha sabido sacar provecho incluso de la desgracia. Ya veremos en qué consisten las “medidas de choque” que nos aguardan a la vuelta de la esquina optimista, en especial las que nos vengan desde Bruselas o, a su través, desde la mismísima Babilonia yanqui. Me disgusta en esta autora cierto sonsonete “piquetero”, su idea de que la llamada “reconstrucción popular” (se nota que ha vivido en Argentina)  o la oposición masiva a las políticas liberales son la única salida al laberinto de la recesión que no viene pero que cabalga sin freno. Pero reconozco en su desafío dialéctico una fuerza casi olvidada a estas alturas. ¡Hacer el agosto con el desastre! Esa idea bien merece una reflexión profunda.

Canal Sur se rebela

El director de Canal Sur debe de creer (y desde luego no le faltan algunas razones) que el personal es tonto de remate cuando protesta porque un órgano tan demostradamente partidista y permisivo como el Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) se haya visto forzado a darle un toque por su actitud durante las elecciones. Argumentan desde en Ente que no está probada su parcialidad por no ser firmes las resoluciones y estar pendientes de recurso, como si hiciera falta que se pronuncie el cadí para percatarse que “La nuestra” es sencillamente “la de Ellos” desde que se fundó pero tal vez ahora más que nunca. En lo que no hay más remedio que estar con ese director es en el hecho de que le den el toque por lo hecho durante la campaña electoral, como si su actuación cotidiana no fuera elocuente. Si quiere podríamos facilitarle la relación de “asuntos” de interés públicos silenciados junto a la lista de sus autobombos.