Trampa y ley

En Andalucía, al menos, el problema de las urbanizaciones ilegales ha dejado de ser un coco municipal. ¿Qué hay en algún lugar unos miles de viviendas ilegales o locales construidos sin licencia? Pues se legalizan y a otra cosa. ¿Qué resulta caro, tal vez prohibitivo, para muchos de los afectados? Pues la Junta los compensa por su compensación al Ayuntamiento y santas pascuas. No hay problema: ni en Marbella, ni en Chiclana, ni en Córdoba: no hay más que legalizar lo ilegal, por más que con eso se esté consagrando la trampa urbanística que habrá forrado a unos cuantos a costa de todos. Hay quien pregunta qué se podría hacer si no ante casos como los citados. Lo lógico y riguroso sería preguntar si los infractores y sus cómplices no habrían contado ya con esta solución futura, quién sabe si incluso acordándole bajo cuerda. Porque en adelante será poco equitativo sancionar a quienes repitan operaciones como las ahora subsanadas. Y porque el Poder debe mantenerse en lo posible absolutamente a salvo de este tipo de corrosivas pero lógicas sospechas.

Más violencia escolar

De nada sirve mirar para otro lado, funcionar oficialmente con el cuento de los “hechos puntuales” y demás. La violencia escolar, en mayor o menor grado, es un fenómeno que tiene ya mucho de generalizado, incluyendo todas sus variantes, hasta el punto de que acaba de dictarse la primera sentencia que castiga a los agresores juveniles. Pero el problema de la inseguridad del profesorado está ahí también, como lo demuestra el destrozo del coche de una profesora del Instituto de Enseñanza Secundaria “El Galeón” que ya había sufrido frecuentes amenazas, ocurrido en Isla Cristina. Los directores de centros educativos del pueblo se manifestarán ahora en protesta contra el nuevo ataque y evalúan la posibilidad de organizar una huelga general para el próximo miércoles, convencidos de que, en efecto, no se trata “de hechos aislados” sino de un eslabón más en esta absurda cadena de indisciplina que la Junta consiente o disimula desde hace años.

La mano y el ojo

En la radio de madrugada oigo perorar a un experto informático que asegura que la difusión del libro en la Red no afectará, durante mucho tiempo todavía, al consumo del libro impreso. El experto justifica su vaticinio en que el lector no sólo valora la vista sino también el tacto, un sentido capital cuya vigencia puede que tenga mucho que ver, probablemente, con el instinto de propiedad, pero que también concierne más íntimamente al repertorio psíquico que asiste a quien maneja el libro. Hay un texto viejo de Azorín, que acaso cité ya alguna vez aquí, en que el maestro cuenta cómo vagaba por la Cuesta de Moyano hasta dar con algún ejemplar apetecible que, luego de adquirido, se llevaba hasta casa –vivía cerca de allí, por cierto– palpándolo en el bolsillo del gabán, reconociendo los accidentes de su superficie y hasta averiguando curioso el olor de sus páginas, alguna vez intonsas, antes de asignarle definitivamente su sitio cabal en la biblioteca. La relación del hombre con el libro es inmemorial y está hecha, desde luego, de estas sutilidades afectivas al margen de que en las distintas épocas, esa relación haya estado inspirada en un concepto distinto. En las concepciones aristocráticas el libro fue usado como instrumento de poder en la medida en que su posesión proporcionaba a los tiranos de Pérgamo o a Felipe II esa curiosa ilusión de que el “saber es poder” –que hoy día versa más bien (y con mayor verosimilitud) sobre la información– mientras que en las burguesas pasó a ser eso que los funcionalistas llamaban un “indicador de posición”, es decir, una señal incontestable de cualificación social, para acabar siendo reducida por las clases medias a un mero utensilio ornamental que ilustra el recurso decorativo. Nada de eso sobrevivirá a la revolución cibernética que almacenará en Internet, disponibles para todos, la mayor biblioteca jamás imaginada, pero dicen los expertos, como se ve, que ni esa sublimación de la materia libresca logrará dar al traste con el poder del tacto. Por muchos años aún, al parecer, el invento renacentista del libro –aquella pionera democratización del saber– resistirá a la llamada del libro virtual que descontextualiza ese saber desencarnándolo, como quien dice, en su existencia fantasmal y privando al sujeto de constatar con la mano el hallazgo del ojo. Hay veces en que la sensación de cambio va mucho más allá de su alcance verdadero y ésta es, con toda seguridad, una de ellas.
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Habrá que contar, en todo caso, con la capacidad de determinación que la materia tiene sobre la vida en general. Las vírgenes góticas cimbrean graciosamente sus cuerpos gloriosos hacia un lado, no por gracia inspirada del escultor sino por imposición del cuerno marfileño sobre el que comenzaron labrándose. Los programas decorativos se plegaron hasta encajar en el breve espacio que ofrecía a la escena el capitel o a la figura la gárgola o el canecillo. Como, seguramente, las bibliotecas de toda la vida acabarán adaptándose al territorio vital cada vez más limitado, que ha hecho de muchos de nosotros auténticos nómadas, hasta encajar al fin en el anaquel invisible que está en todas partes aunque no esté en ninguna. No ha sido Internet quien ha quitado clientela a los libreros a los que se dispone a ayudar con sus prótesis la nueva ley del Libro, sino ese dragón llamado “grandes superficies” frente al que tan pocas posibilidades van a tener lo mismo san Jorge que la Doncella. Como no será la Red la que acabe con las librerías domésticas sino el precio del metro cuadrado en este implacable mercado inmobiliario. Pero incluso cuando esto ocurra, sospecho que el tacto resistirá invencible al despotado de la vista y el libro impreso conservará su función y su prestigio. Me ha gustado ese elogio del tacto, tan poco azoriniano ya, pero tan esparenzador. Una violetas olvidadas dentro de un volumen constituyen un privilegio que, por una vez, prima al pasado y no al futuro.

Paletos universales

Hay por ahí almas en pena lamentando que la maravilla granadina de la Alambra y sus jardines del Generalife no consigan votos telefónicos suficientes para verse incluidos en la mascarada postmoderna organizada por un millonario y un político gagá de elegir las actuales “siete maravillas” del planeta, idea idiota que, de momento, arroja como resultado la mezcla de la Estatua de la Libertad con la Acrópolis y de la Gran Muralla con la Torre Eiffel. Paletería universal, se llama eso, y ofende ver a nuestras instituciones –a las consejerías de Cultura y Turismo, al Ayuntamiento y al Patronato del ramo–dilapidando el dinero público en el invento como si fueran el padre de un “triunfito”. ¡Pero si el problema en Granada es regular debidamente el acceso razonable a ese monumento prodigioso y no reclamar la atención de más turistas! Sólo en plan cateto total se puede entrar a ese trapo con el que, encima, le van a dar a esas instituciones una larga cambiada de no te menees.

Cautivo y desarmado

La coalición IU, especialmente en Huelva, tiene poca fuerza y muchas facturas que pagar, empezando por la nómina de los que la dirigen. Y el PSOE lo sabe divinamente aparte de que ya lo ha comprobado en varas ocasiones, por lo que se aprovecha para sacarle los tuétanos a cambio de lo menos posible, aprovechando eso sí –como se ha escrito aquí cerca en “Calle Puerto”– que el lobo feroz comunista es ahora un perrillo faldero. Mírenlo saltar ante el jefe, disimulando el varetazo de Ayamonte, el lío de Bollullos, la humillación sistemática que se permite aplicarle un partido dominante que sabe que juega con las cosas de comer de quien tiene enfrente. Los votantes de IU estarán desconcertados –por decir algo– ante tanta sumisión gratuita, ante tanto trágala, ante tantísimo desprecio. Algo que a los jefes de fila les da lo mismo porque siempre les quedará, siquiera por la puerta de atrás, la “casa común” que les ofrece el PSOE. Donaire simboliza en Valverde las consecuencias del desastre, pero las causas no las representan más que Pedro Jiménez y ese perdedor con suerte que el Valderas.

La ropa interior

Dos incidentes banales relacionados con la ropa interior de nuestros personajes han estallado como granadas, el primero en plena campaña de acoso y derribo del presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, y el segundo durante la reciente de las municipales y en la persona del líder conservador, Mariano Rajoy. En ambos casos se trató del descubrimiento periodístico de sendos ‘tomates’ en sus calcetines, que aquel dejó ver al descalzarse ritualmente en una mezquita turca y éste en una descuidada pose que adoptó en Barcelona durante los fastos del Godó, y de ambos se ha hecho una oscura mercancía crítica de la que cada cual ha tratado de extraer lo que ha querido con desigual resultado. Tratando de relativizar el deslumbrante universo de Choderlos de Laclos, decía algún crítico del erotismo dieciochesco, que pocas empresas serían tan demoledoras como la de averiguar la realidad escondida bajo la cuidada indumentaria, una sugestión que alguna vez rondó también, al parecer, por la cabeza de Valle-Inclán, pero es lo cierto que nadie se habría metido tal vez en ese berenjenal a no ser por la ocurrente fortuna de un objetivo indiscreto. Si en la ejecución de María Estuardo hubieran espiado los paparazzi como hoy lo hacen por doquier, la imagen del verdugo sorprendido con la peluca pelirroja de la real víctima en la mano habría quedado inmortalizada no sólo en la leyenda, y nada digo si alguno hubiera tenido ocasión de retratar la camisa granadina de la Reina Católica o los calzones forrados de piel que es fama que usaba su hija demente. Hoy que hasta el ejército canadiense estudia la posibilidad de contar con ropa mimética para sus huestes (no es coña) y que la propaganda publicita cierta wellsiana ropa invisible, no me parece que esté muy justificado parar el mundo en seco porque a Wolfowitz o a Rajoy le hayan descubierto en las calzas unos ‘tomates’ que unos aparatos de prensa más ágiles podrían haber explotado en línea con la ética de la sobriedad o con la estética de la renuncia.
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No es difícil ver en la explotación de esa doble anécdota una imagen cabal de la insustancialidad de la crítica y, lo que seguro que es peor aún, de la inevitabilidad del escándalo en torno a ellas. A una bien valiosa mujer de la política española trataron de crucificarla en cierta ocasión cuando uno de esos argos periodísticos descubrió con sus mil ojos que la dama subía descuidada y sin bragas una escalera propicia, cosa que no entendí en su momento, sabedor de que la mitad de los británicos sale con frecuencia de casa sin ropa bajo que la que se ve, sin contar con la demoledora estadística que poseemos sobre el sobreuso de esa indumentaria secreta en la mayoría de los países de nuestra vecindad. ¿O tiene sentido que un agujero en el calcetín ponga en la picota a un personaje mientras una condena por secuestro o una estafa con facturas falsas apenas logren conmover a la opinión más allá de un primer momento? El cineasta Arturo Ripstein, tan cercano al submundo estético de la miseria más degradada, ha dicho con un cinismo elogiable, que a él le gusta esa cercanía con sus derrotados personajes pero que jamás los invitaría a cenar con su miserable traza. ¿Ven? Eso se llama distinguir, eso es poner a un lado el personaje y a otro la persona, para bien y para mal, mientras que encarnizarse como tobilleros en los zancajos raídos de una celebridad no es sino un tic canino del que cierta prensa calcetera no acabará de distanciarse probablemente nunca. El presidente de los calceteros turcos ha terciado en el asunto Wolfowitz diciendo que tales cosas le ocurren por usar calcetines chinos y que podría haberlas evitado utilizando productos de la industria otomana. A Rajoy están han tratado de freírle sus ‘tomates’ sin darle tregua, los mismos que callan ante el precio exorbitante que algunos sastres halconeros le colocan a los maniquís de nuestra izquierda.