Otra pifia

Nuevo palo en las costillas morales (y políticas, por supuesto) de la familia Chaves. Tras el pleito perdido del propio Presidente contra El Mundo, ahora el archivo de la querella interpuesta por uno de sus hermano contra la práctica totalidad de los que hacen este periódico. Dice la jueza que, siendo manifiesto el interés de lo publicado, se aprecia, además, que los periodistas actuaron con veracidad y nunca imputaron al querellante delito alguno. Se limitaron a estimar lo impropio que resultaba y resulta que un hermano haga el Presupuesto de Andalucía, y otro se lo adjudique a un tercero. No había, pues, ningún “montaje” –palabra talismán de los sorprendidos o apurados– ni otra intención que la muy legítima de que los contribuyentes andaluces conozcan cómo se administra su dinero y qué evidentes ventajas tiene el que parte y reparte. Buena lección, desde luego. Chaves haría bien en asumirla y cambiar su inútil estrategia del tapabocas.

Coste solidario

Resulta impresentable la estrategia de evasivas e incluso de mentiras empleada desde la alcaldía de Cartaya para ocultar la instalación de internamiento de menores en el pueblo, a pesar de que el proyecto ya ha sido aprobado por el consistorio. No se da cuenta ese alcalde de que con su ocultación propicia la oposición a unas instalaciones que, bien organizadas, no tienen por qué plantear problemas, pero sobre todo, mal ejemplo da con sus camelos porque –aparte de que al político ha de exigírsele siempre la verdad– hace entre sus vecinos la peor de las pedagogías. Esta sociedad precisa de esos centros y aún de otros mucho menos deseables, y la experiencia demuestra que, por electoralismo o por lo que sea, los políticos tienen la tendencia a rechazarlos en vez de procurar contrapartidas compensatorias. Algo impropio de un alcalde pero, en especial, de uno tan curtido como ése.

El fuego sagrado

El traslado de la antorcha olímpica desde Olimpia hasta Pekín está resultando más complicado de lo previsto. La imagen de un cordón de policías-patinadores protegiendo al atleta portador ya es suficientemente ilustrativa, pero las movilizaciones cívicas han forzado decisiones más graves, como la duda planteada ya en USA sobre la posible ausencia del Presidente en la ceremonia inaugural o la condición impuesta por Sarkozy al país anfitrión. Tampoco es moco de pavo la escena de la fuerte escolta del antorchista apagando el fuego y trasladando a la comitiva en autobús hasta la meta siguiente, algo que se le ha antojado sacrílego a más de un observador purista entre tantos como ignoran que ese ritual fue un invento desarrollado por la propaganda nazi para la Olimpiada de Berlín. ¡El fuego de Hera viajando en autobús siendo él el símbolo de la “tregua sagrada” entre los pueblos y entre las gentes! Francamente, a uno le parece que el conflicto del Tibet, con ser intolerable con o sin Olimpiadas, resulta débil como excusa a la hora de exigir respeto a los derechos humanos a un país como China que no se corta un pelo al emitir por televisión sus ejecuciones públicas colectivas ni en divulgar la norma de que la familia del desnucado pague la bala del suplicio. Lo de menos es que ese conflicto haya sido manipulado con deliberación, como parece evidente, puesto que a la hora de considerar si China reúne las condiciones establecidas (no sé dónde, por cierto) por el llamado mundo libre, maldita la falta que hacía añadir un motivo más entre tantos como ese país gigante no se preocupa siquiera de disimular. No tiene sentido rasgarse las vestiduras por la represión en Tibet conociendo la realidad brutal que nos llega intrascendente y con frecuencia en el telediario. No cabe duda, en consecuencia, que este choque de civilizaciones, como diría Huntington, tiene mucho de artificial, con independencia de su sobrada justificación.

 

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 La situación actual del Tibet es un pretexto. Lo prueba que nadie se había preocupado de ella (como nadie se preocupa estos días de lo que puede hacer Mugabe en Zimbawe ni se ocupó antes de tantos conflictos africanos), al margen de la injusticia que supone la ocupación. Y en cuanto a China, es evidente que la Olimpiada significa para sus dirigentes un atajo hacia la integración simbólica en la cultura occidental, un signo de normalización, de homogeneización, tan necesario para equilibrar su ya invasora presencia económica. Se ha dicho que el ‘milagro’ chino es el fenómeno de crecimiento económico más notable de todos los tiempos y, probablemente, no se han quedado cortos. Y China necesita incorporarse a ese Occidente –con el que tuvo históricamente relaciones tan ásperas– especialmente en el nivel simbólico, que es en el que se funden las gentes de modo más eficaz. Por eso los chinos compran hoy camisetas del Barça o del Madrid, son masivos consumidores de chupachús, gastan zapatillas americanas y chatean en Internet, a pesar de la censura, con una presencia apabullante. Participar en la Olimpiada es un gesto mayor, una estrategia decisiva para demoler de un golpe popular la vieja muralla psíquica cuyas causas explicaron hace mucho Needham o Granet. ¿Abrirán esos Juegos la rancia mentalidad, serán capaces de dulcificar un sistema tradicionalmente ajeno al objetivo occidental del respeto de los derechos de cada hombre? Bueno, a saber: a Hitler le resbaló el acontecimiento aunque no se puede decir que no le sirviera de activa propaganda. Y aparte de todo, a ver qué país de este exigente ‘mundo libre’ está en condiciones –salvadas las distancias– de tirar la primera piedra. Están muy cerca las tragedias de Irak y la de Costa de Marfil o la de Chad, para que USA o Francia puedan alzar la voz. Pero ¿sería mejor cerrarse en banda ante la oferta china? Eso debe responderlo cada cual en su conciencia antes de lanzarse contra la antorcha.

La veda del ropón

El linchamiento al que, por unas cosas y otras, está siendo sometida la judicatura me parece uno de los sucesos más peligrosos que han ocurrido en nuestra sociedad hace tiempo. La Justicia se administra en Andalucía, desde siempre pero, en especial, después de su transferencia, en régimen de precariedad escandaloso, como han denunciado los jueces, fiscales o tros funcionarios en repetidas ocasiones sin obtener la menor respuesta de la Junta que, nadie niega que haya hecho un esfuerzo económico en el sector (que podría haberse ahorrado difiriendo el traspaso de competencias hasta estar en condiciones de atenderlas debidamente), pero la realidad es que un Juzgado, es decir, en definitiva, un juez, no puede atender más de mil asuntos por año sin que se produzcan despropósitos como los que lamentamos. La Junta está echando leña a ese fuego insensato en lugar de plantearse en serio un plan de choque que adecente ese servicio público esencial como el que más.

Quien no se consuela . . .

Estupenda, por aguda, la tesis de la delegada de Turismo de la Junta, Rosario Ballester, que postula el beneficio que para nuestra provincia va a suponer la “crisis” (¿qué “crisis”, habría que preguntarle, puesto que se había quedado en que existía tal?), dado que los turistas tenderán a fragmentar sus vacaciones y elegir destinos más cercanos, lo que, según ella, constituye una oportunidad. En fin, quien no se consuela es porque no quiere, y más vale conservar el optimismo que rasgarse las vestiduras, pero también es cierto que toparse con excesos teóricos como ése en personas que tampoco es que sean grandes expertas en el ramo, produce cierta inquietud. Estamos viviendo una crisis y las crisis son malas, salvo para ciertos especuladores. Viviríamos mucho más tranquilos viendo a nuestros responsables instalados en la realidad en lugar de levitar en el deseo.

Memorias y comisarios

Es absolutamente necesario, cada vez más, insistir en que la operación  de rescate de la “memoria histórica” de la guerra civil y el franquismo –baza demagógica del anterior Gobierno– no va por buen camino. En uno de sus sensatos y brillantes artículos, el historiador Alfonso Lazo –a quien nadie discutirá su doble legitimidad de progresista militante y de hijo de represaliado por la República en Paracuellos– advertía sobre la bizarra ocurrencia de colocar a un sindicalista al frente de una “Comisaría” (el término es elocuente) en vez de poner esa tarea memorialística en manos de un historiador, es decir, de un científico imparcial y no militante. Y antier mismo, el honorable Pujol se ha dejado cae en Cataluña con unas declaraciones, que no excluyen el ‘mea culpa’, en las que la que califica de ‘sectaria’ a la Generalitat actual por su ley de la Memoria Histórica que, en todo caso, si no ando muy equivocado, proponía una investigación completa, es decir, atenta a lo ocurrido en los dos bandos. “En Cataluña –ha dicho Pujol– teníamos la suerte macabra de haber sido a un tiempo verdugos y mártires”, una “doble vergüenza” de todos que requeriría pedir perdón, no sólo a la Iglesia, como se ha reclamado desde ciertas instancias radicales, sino a la propia Generalitat por cuya negligencia o incapacidad fueron victimados en la región “5.500 curas, monjas, democristianos, carlistas o falangistas”. Una consideración justiciera que pone de relieve los riesgos que implica hurgar en las heridas de un conflicto civil y tratar de revivirlo cuando las nuevas generaciones distan ya de él tres cuartos de siglo. Y un caso definitivo: la mismísima Comisión Permanente del Consejo Escolar del Estado ha aprobado una propuesta del Sindicato de Estudiantes en la que se pedía la retirada del nombre al Colegio ‘Diecinueve de Julio’ que conmemora en Bailén la hoy discutida hazaña de los garrochistas contra Napoleón en 1808, al confundirlo con una alusión a la sublevación  franquista que se produjo un siglo después aunque un día antes. Así se escribe la Historia en estos tiempos del cólera.

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Mala cosa, poner la memoria en manos de ‘comisarios’, garantía absoluta de parcialidad frente al necesario carácter objetivo de la Historia, pero sobre todo, insidiosa operación de rencor a la que ha de resultar imposible mantener un criterio imparcial. Es verdad que el asunto es más sencillo, pues toda esta movida no responde más que a una elemental estrategia de Zapatero dirigida a radicalizar la oposición al PP identíficándolo arbitrariamente con uno de los bandos en liza, pero no cabe duda de que la operación está reabriendo, al menos a niveles locales, una dialéctica más que superada a medias por el tiempo transcurrido y el designio de concordia que animó a la única izquierda activa bajo la dictadura desde los primeros años de la postguerra, y que se impuso entre todos durante la Transición. Dice Pujol que él mismo debió pedir perdón su día, como debió pedirlo su antecesor Tarradellas, pero una anécdota como la protagonizada por esos activistas estudiantiles y respaldada por tan alta institución pone de manifiesto que ni siquiera se trata ya de poner las cosas en su sitio sino de revolver el patio de cualquier manera. La Historia ha de reservarse a los historiadores, a ser posible a los que tengan ya probada su suficiencia y no a los espontáneos, y la memoria ha de ser manejada como un elemento de identidad y no como un canto arrojadizo para descalabrar al rival salvando la propia cabeza. Significativamente, los más conspicuos conocedores de esa Historia, varios de ellos extranjeros, se han pronunciado contra este goyesco ajuste de cuentas que, por supuesto, podría rebotar como un boomerang sobre sus propios promotores. Es por los hijos y nietos, no por los padres y abuelos, por quienes debería velar esta legión de fosores.