Sordos sospechosos

Otro caso de anulación de “escuchas”, es decir, de intervenciones telefónicas autorizadas por los jueces para apoyar la investigación por la policía judicial de presuntos delitos. Volvemos a la parodia del “caso Ollero”, al pitorreo del “caso Farruquito” para entrar en el “caso Fara” que trataba de poner en claro lo ocurrido en torno a las subvenciones millonarias percibidas o desviadas desde la Junta a esa organización gitana. Uno de sus portavoces dice, incluso, que ahora es cuando vamos a ver los gatos encerrados que hay en esa jaula, pero mucho me temo que estemos ante un caso más de huidas hacia delante que luego se quedan en nada. Pero, sobre todo, lo que interesa es la desmoralización pública que producen incidentes como éste, el desconcierto de unos ciudadanos que no se explican cómo es posible que las “escuchas” de la policía controladas por un juez se hagan tan malamente que resulte tan fácil anularlas al menos cuando el caso que en las manos como patata caliente. 

Memoria histórica

El candidato de la coalición IU, Pedro Jiménez, anda promoviendo la idea de reforestar los cabezos del Conquero para evitar, entre otras cosas, el barrizal que los temporales de lluvia provocan desde que Huelva está donde está. Y dice, ya de paso, que entra en el proyecto restaurar “Villa Rosa”, la vieja venta más bien lupanaria de nuestros mayores (de los que fueran) que él dice que fue poco menos que un emblema de la capital. Hombre, emblema lo que se dice emblema… Tengo razones para sostener que hay un hermoso y desolado poema de Cernuda –“Yo creí en ti, gitanillo…”– que rememora alguna frustrada aventura amorosa en aquella venta, pero por lo que mi memoria alcanza, esas ruinas más son templo juerguista y monumento al lenocinio que otra cosa. Desde luego, como toda la  “memoria histórica” ésa que reclama IU tenga la misma solvencia, aviados vamos. Ni siquiera parece saber ese líder que “Villa Rosa” sirvió, en su momento, de reposo del guerrero, cuando los asesinos del Parque Moret daban de mano.

Desde la barrera

Hay cosas que no me quitan el sueño pero cuya grave significación, como a muchos lectores, probablemente, no se me escapa. Por ejemplo, el pleito entre el cardenal Rouco y una modesta parroquia madrileña, la de Entrevías, con su despliegue de cánones y anatemas frente a un pacífico ejército de indigentes, “sin techo”, madres abrumadas por la tragedia de la droga, parados sin horizonte, enfermos y abandonados, que pretende, sencillamente, llevar su vida como Dios le da a entender, es decir, de manera inevitable, al margen de las disciplinas eclesiásticas y apoyada en esa teología de la liberación que sigue ganando batallas después de muerta tantas veces. O la foto del Sevilla C.F. ante la Virgen de los Reyes con el cardenal-arzobispo sosteniendo la Copa a medias con el capitán rojiblanco, y el presidente y el entrenador posando para la posteridad. ¡Qué puñetas querrán que hagan la Virgen de los Reyes -“Per me reges regnant”– con una copa del Rey o con una copa de la UEFA, lo mismo da, qué ridícula teología abre a Del Nido las puertas que le cierra a Leonardo Boff! Esta excrecencia de la religión popular que son los ofrecimientos de trofeos a las patronas debería producirse, cuando menos, como un acto simbólico de menor cuantía y nunca como un ejercicio litúrgico que, en fin de cuentas, está demostrando sin proponérselo la continuidad básica de las clásicas creencias que un día consagraron a Apolo o al dios de turno el certamen o la olimpiada. En cambio, los portazos propinados en las narices a la libertad religiosa allí donde ésta intenta siquiera asomarlas no hacen sino confirmar la continuidad de las inquisiciones que persiguieron a uña de caballo el desarrollo espiritual del cristianismo histórico desde sus mismos inicios. Fue la Inquisición actual la que –con Ratzinger en su papel de inquisidor todavía– le leyó la cartilla hace un cuarto de siglo a este mismo Boff que vendrá a confortar a los proscritos de Entrevías, que yo no sé si podrían llamarse con rigor “el resto” evangélico, pero que seguro que forman parte del núcleo duro del cristianismo fundamental de estos Madriles enfrentados y del de todos los tiempos. ¿Una herejía lo de esa parroquia? Se ha dicho que la herejía es la vida de la religión. Una religión sin disidentes es una religión muerta.
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Resuenan extrañamente en esta sociedad secularizada estos baculazos lo mismo que rechinan aquellas ceremonias cívico-papanatas que escandalizan incluso a quienes contemplan desde la barrera ese espectáculo desolador por partida doble. Aparte de que resulta extraño que la jerarquía no se percate siquiera de lo absurdo que resulta ponerle puertas a campo tan abonado por la propia energía evangélica y, en consecuencia, no vea lo inverosímil que sería que su disciplina fuera capaz de ahogar un movimiento que nada en absoluto tiene que perder mientras que aspira a ganar nada menos que la promesa del Reino. Y mientras, insisto, todo un cardenal posa para la posteridad futbolera como oficiante de una ridícula liturgia que ofrece a la diosa, como si de un supremo holocausto se tratara, un trofeo deportivo que, por cierto, y para mayor inri, simboliza el dualismo irredento de una ciudad dividida cada una de cuyas mitades cifra su ideal en el abatimiento del adversario. Parece un epinicio de Píndaro contrastando con una tragedia de Ésquilo, no me digan que no, pero resulta que no es más que el videoclip de unos espirituales sin fronteras frente a la foto fija de una iglesia oficial, rica, inmovilista y autocrática. ¿Cómo se puede cuestionar una liturgia participativa mientras se autorizan esperpentos como el de una ofrenda futbolera? Cuando el lío de este Boff libertario con los dicasterios romanos, Ratzinger le apretó bien fuerte una mordaza para obligarlo al silencio. Al cardenal de Sevilla sólo lo ha forzado a callar el himno del Arrebato.

Botellona en campaña

Cualquiera sabe la verdad del cuento de la supuesta convocatoria para la botellona a celebrar en Granada el día de reflexión, pero sobran lo que ya han dicho los políticos, con su habitual brusquedad, para comprender que algo debe de estarse moviendo bajo la mesa. Esa convocatoria, en cualquier caso, constituiría, aparte de una temeridad, un atentado contra las reglas democráticas y es la propia izquierda –ya que de la derecha, gobernante y con mejores pronósticos, no cabe esperar semejante absurdo– la que debería hacer lo posible y lo imposible para impedir que sobre el proceso electoral caigan sombras que luego, cualquiera que fuera el resultado, difícilmente podrían levantarse. La maniobra, en todo caso, es miserable y peligrosa, pero ningún partido podrá alegar que no ha conocido el riesgo con tiempo sobrado para impedirlo. Y en cuanto a los jóvenes, de ellos debería salir la reflexión de que quien los convoca los está manejando como borregos de la manera más innoble. 

Que no cuela

No cuela: ni los alcalde concernidos, ni los grupos ecologistas incluídos Los Verdes, tragan con esa súbita promesa de los “tres puentes” que Chaves se sacó de la manga –mal debió de ver la cosa–en el último mitin. Se dice con evidente razón que un puente (y no digamos tres) no es cualquier cosa, que no se hace así como así, que el proyecto del que nos ocupa no cabe en el POTA y, en fin, que saltar por encima de la Ría desde Huelva hasta Punta se llevaría por delante el Plan que protege la Marisma del Odiel. Cómo será la cosa de camalísitca que mientras la consejería de Obras Públicas anunciaba ayer en la prensa la obra prometida, la de Medio Ambiente echaba agua al fuego en Granada diciendo que, bueno, que lo del nuevo puente son sólo palabras, de momento, ideas que habrá que estudiar. Me da que esta vez, a pesar de las proclamas de algunos, la promesa del mitin se va a quedar en puro camelo. Verán que poco se habla de esa improvisación al día siguiente de las elecciones. 

El fuero íntimo

La campaña se encrespa hasta límites grotescos. Los candidatos, los mitineros, todo el planeta profesional de la política, extrema sus recursos hasta límites intolerables. Se insulta, pero el insulto parece diluido, como pseudolegitimado, por la circunstancia electoral. Se acusa sin necesidad de pruebas, seguro que por aquello de “calumnia que algo queda”. Es verdad que la política española fue sucia por tradición, proclive al ataque personal, al argumento “ad hominem”. Un diputado ingenuo increpó un día en el Congreso a don José María Gil Robles con una metáfora quizá dudosa pero inequívoca: “Todos sabemos que el señor Gil Robles duerme en camisón”. A lo que respondió de repente el aludido: “¡Que indiscreta es la esposa de su Señoría!”. Insulto por insulto, navajazo y sal en la herida a ser posible. Al historiador Ovejero, probable ‘negro’ de Romanones, se atribuye esta confidencia del prócer: “Dejadlos que me llamen cojo. Mientras se entretengan en eso…”. Una mala tradición, que ni siquiera la propia izquierda fundante, tan moralista en sus inicios, tan severa y caballerosa, fue capaz de superar, heredera, al cabo, de una tradición que acusaba a los frailes de dar a los niños caramelos envenenados. No sé si será cierto pero a Valera se atribuye una máxima relativista suprema para despejar la duda sobre una infamia: “No sé ni me importa si será cierto, pero mientras haga sangre al adversario, quede ahí. Tenemos toda una vida para ser caballeros”. Tremendo. Y en esas seguimos. No hay mitin sin insulto ni debate parlamentario sin descalificación. Sobre esta campaña, por ejemplo, sobrevuela una consigna ubicua de obligada repetición: “las mentiras del PP”. Ruido, estruendo narcótico. El disparate de la CNMV lo liquida un tío tan serio como Solbes diciendo que lo que quiere el PP es la ruina de España, la legalización ‘de facto’ de Batasuna la resuelve ZP increpando a Rajoy, la confirmación de la autenticidad de la factura falsa del Ayuntamiento de Sevilla se responde acusando de delinquir a quien denuncia. Se rifan pisos para asistentes a mítines pero habría que rifarlos para quien consiga escuchar un argumento sólido a un candidato. Un albañal. El distanciamiento de los ciudadanos se explica por razones de pura higiene o de estética quizá. Lo único seguro, en todo caso, es que todo empeorará en días sucesivos.
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Lo más miserable, hasta ahora y en mi concepto, ha sido la alcahuetada del candidato de ZP en Madrid, Sebastián, dirigida contra Gallardón. ¿Una sílfides en su vida? Menos mal que éste no le ha repreguntado si hay un cabo primera en la suya, que hubiera sido el colmo, pero el daño ya está hecho y la basura servida. ¿Es que esta tropa no tiene límites a la insolencia ni bardas para la temeridad? Bueno, pues todavía puede oírse a la tertulia porfiando sobre los límites de vida privada como si tuviera sentido que una sociedad que protege el secreto de los datos bancarios o los de la seguridad social hubiera de tolerar como legítima la exhibición miserable de un presunto secreto de alcoba? A Suárez, a González, también les endosaron leyendas galantes pero, al menos, no hubo un malnacido que se las espetara ante millones de espectadores. Gallardón –virtual laureado en los próximos comicios– puede permitirse la elegancia del desdén. Los ciudadanos, pienso que no. A nosotros nos toca clamar contra una canallesca invasión del fuero íntimo incluso si, como en el caso presente, el tiro le sale por la culata al canalla. La convivencia en esta democracia tiene un irresistible agujero negro en la impunidad de los alcahuetes. En campaña, cuando se supone que lo que se dilucida es el orden de los mejores, escuchar semejante ruindad mueve directamente a escándalo. La democracia no merecería la pena si esa intimidad no quedara garantizada, no sólo por al Constitución y alguna ley orgánica, sino por el propio uso común.