La comida de las fieras

Triste, más bien de vergüenza ajena, el número montado en el Ayuntamiento de Cartaya por el nuevo grupo gobernante del PSOE, que tiene ya hasta su tránsfuga y todo, además de haber dado lugar a que desde la oposición se le calificara nada menos que como “una banda repartiéndose el botín”. Es tan descarada la pelea por el poder que cuesta entender cómo el partido no adopta medidas para evitar situaciones como las que se van conociendo reveladas por sus protagonistas, con sus pactos y contrapactos, ofertas tentadoras y acusaciones de lo menos respetables. No es posible mantener un modelo de vida pública de apariencia tan rapaz y del que la razón moral parece haber desaparecido bajo el aluvión de pragmatismo. Ni siquiera un político experimentado como el alcalde Cartaya parece ya capaz de detener esta degradación progresiva que aleja a los ciudadanos de la política y presenta ésta como un mero oficio de pícaros.

El mayor de los secretos

Hemos querido abrir las veraniegas “Charlas en El Mundo” proponiendo, a la vera de “el contemplado mar del Suroeste”, una reflexión sobre el misterio más recóndito que acosa desde siempre la imaginación del hombre, a saber, el origen de la Vida. Cómo surgió la vida que conocemos y nos constituye, qué circunstancias la propiciaron, en qué mecanismos se fundó ese milagro superlativo que nos coloca, de momento, en el centro de la Creación (del Universo, vaya) como protagonistas y, a un tiempo, como dramaturgos de esta tragicomedia breve e intensa que es la Vida. Traernos con nosotros a Juan Pérez Mercader – casi un onubense, si es cierta la aserción de Rilke de que “la verdadera patria del hombre es su infancia”– era, en este sentido, la mejor opción, no sólo por esta cercanía sentimental sino porque en nuestro personaje se juntan una rara estatura científica con una inusual capacidad pedagógica. A quienes nutrimos nuestras juveniles inquietudes científicas en mi generación, nos quedó claro que el envite de entender la Vida era, además de un problema empírico reservado a los científicos, una cuestión de rancio abolengo filosófico, que cualquier bachiller anterior a la demoledora LOGSE podría orientar, mejor o peor, bandeándose entre sus recuerdos de Aristóteles, Descartes o los filósofos naturales del XIX, aquellos ingenuos entre los que, en ocasión memorable, se alzaba la voz de Shelley preguntando con énfasis cual era el misterio de la Vida. Hubo en aquella generación –que es la de Mercader y la mía– un cierto apasionamiento por ese tema oscuro, para aclarar el cual la verdad es que tuvimos a manos no pocas genialidades –las de Bernal, Oparin, Monod, François Jacob, Smith, Watson y Crack, Orgel entre tantas– sin olvidar las tentadoras sugestiones de Fred Hoyle o las impagables divulgaciones de Asimov, hoy seguramente caducadas o en vías de obsolescencia, no lo sé.

 

Ahora bien, el desafío intelectual estaba ahí, el reto que planteaba a la Razón el origen de la vida constituía una piedra miliar sobre la que trataban de levantar su edificio conceptual tanto los buscadores del idealismo como los materialistas que se les oponían en aquel mundo bipolar. ¿Qué era la Vida, cómo surgía, en qué momento y por qué razón la famosa molécula endergónica abría la senda de la existencia orgánica, el milagro de las moléculas replicantes ligado a los enigmas de los enlances fosfáticos ricos en energía y siempre en relación con la solución darviniana? Como la Ciencia adelanta que es una barbaridad, según decía la zarzuela de nuestros padres, hoy estas perspectivas habrán de parecerle ingenuas tal vez a sabios como Juan Pérez Mercader, especialistas mucho más finos e incomparablemente mejor situados de cara al misterio, que nuestros viejos maestros. Instalados en nuevas perspectivas que van desde la biología a la astrofísica cuando no las integran, nuestros sabios actuales estrechan día a día el cerco a aquel enigma que de sobra sabemos ya que no es más que la sombra de un saber rudimentario hoy, por fortuna, en liquidación.

 

Como en su día se descubriera en las fosas abisales del océano, junto a los misteriosos surtidores submarinos de sulfuros o metano en sus aguas de altas temperaturas, Mercader ha entrevisto en la mítica orilla de nuestro río Tinto –el Iber de Plinio y los viejos viajeros– una posible solución al enigma de la Vida que, eventualmente, sería aplicable a las circunstancias de Marte para servir de fundamento, en definitiva, a una explicación aplicable a la totalidad. Este hombre que ha resuelto, por lo que yo sé, cuestiones estrictamente físicas que Einstein dejó planteadas, sin abandonar un talante proteico que le ha permitido anudar los saberes hasta ahora separados o entregar al mercado algún disco con canciones propias, ingeniárselas entre los sabios y ‘manitas’ de la NASA o volcar su esfuerzo en el progreso de la ciencia española, viene hoy a contarnos cómo ve él ese milagro diario que protagonizan en la roñosa orilla del viejo río tarteso esos microorganismos prodigiosos capaces de demostrar lo que hace casi dos siglos intuyó la astucia de Wöhler, moviéndose aún en la perspectiva de la química prebiótica, a saber, que entre la química de lo no viviente y la de los organismos vivos no mediaba un muro infranqueable sino que existía una potencial continuidad. Mercader, nuestro onubense pródigo, va a descubrirnos hoy ese arcano junto a esta mítica orilla en la que tal vez imaginó sus quimeras primerizas., porque es evidente que en aquel niño tan nuestro se agazapaba ya el sabio futuro. Goethe fiaba mucho en la intuición temprana. Me gusta imaginar, en este atardecer, cómo bulliría entonces la imaginación de aquel niño que acabaría siendo el sabio que es hoy.

La vía regia

Hay una memorable anécdota clásica que nos han trasmitido, entre otros, que yo sepa, además de Proclo y de un par de doxógrafos, ese admirable divulgador científico que fue Isaac Asimov. Cuenta el caso que el rey Tolomeo el Grande, el sucesor de Alejandro, abrumado por los razonamientos con que Euclides trataba de demostrarle sus teoremas, le preguntó con cierta insolencia si no existía alguna forma más liviana y llevadera para trasmitir ese saber, cuestión a la que el sabio geómetra, encogiéndose de hombros, parece que respondió en estos términos: “Pues no, Tolomeo, no existe una vía regia al aprendizaje”. He recordado la afirmación de Euclides coincidiendo con los clásicos plantos de final de curso sobre los progresos de la ignorancia y las quejas de no pocos educadores sobre la decadencia de un sistema docente que ha creído hallar en la tolerancia ese atajo imaginario que no existe, por supuesto, ni para los reyes ni para el último siervo, por la razón elemental de que no es posible aprendizaje alguno sin el correspondiente esfuerzo. Estos días, precisamente, encuentro en el periódico el testimonio de un grupo de alumnos distinguidos en el acceso a la universidad, unánimes en el reconocimiento de que un buen bachillerato constituye una garantía a la hora de pasar esas extravagantes pruebas y –convendría añadir– para cualquier progreso posterior que se pretenda intentar. Un docente amigo me asegura, por su parte, que ni uno solo de sus alumnos de ese mismo nivel fue capaz, en un ejercicio reciente, de escribirle una humilde holandesa sobre la obra de Rembrandt, y otro me dice que sólo menos de un cinco por ciento de los suyos tiene una idea medianamente aceptable sobre los reinos medievales que acabaron constituyendo España. No cabe duda de que la ‘deconstrucción’ logsiana del saber ha dado generosamente sus frutos.

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Parece que germina, en cualquier caso, la idea de que resulta inaplazable la vuelta al modelo clásico, es decir, a la idea de que la transmisión del saber no es un ejercicio gratuito sino un empeño que requiere, sobre la forzosa aceptación de la autoridad del enseñante, el denuedo del aprendiz. Ni hay “via regia” al aprendizaje ni hay trocha cómoda para nadie en ese planeta exigente que gira en la órbita de la socialización, como tal vez ha pretendido con buena fe un desnortado progresismo que todavía domina, en medida excesiva, nuestro tinglado educador. Como no hay “democracia del aprendizaje” que valga, a no ser que por ella entendamos el protagonismo escolar del estudiante que tanto gustaba a un autodidacta satisfecho como el divulgador antes citado. Hasta en España se oyen ya voces clamando por la restauración de la disciplina escolar que en la Francia de Sarkozy ha sido recibida como agua de mayo por una sociedad que no acertaba a decir sin complejos lo que pensaba masivamente, a saber, que un alumno no puede ser un déspota ni un educador el sirviente de su pupilo. Leibnitz decía que la educación hace bailar al oso pero pasaba por alto el largo proceso que consigue ese milagro. Y hoy sabemos el poco tiempo que es preciso para demoler el edificio centenario de cualquier pedagogía, lo fácil de resulta descerrajar la puerta de la escuela, como nos proponía hace unas décadas Ivan Illich, pero lo enojoso que puede resultar volver a cerrarlas razonablemente. Hacen falta maestros que como Euclides digan con la misma insolencia al monarca exigente que no hay saber sin esfuerzo, una vez desechada la teoría profundamente reaccionaria que ve en la disciplina una fusta y una solución en la utopía del saber espontáneo. La vida se ha encargado de probar que esa “vía regia” hacia el saber no se encuentra más que en la imaginación de los temerarios. El problema que se plantea ahora es que volver hacia atrás por el viejo camino pedregoso va a costar Dios y ayuda.

Ni más, ni menos

El presidente Chaves, como si los andaluces no estuviéramos más o menos al tanto de la que está cayendo, ha ejercido salomónicamente –en medio de la trifulca con el PP para ver cual de los dos partidos tiene más responsabilidad en la corrupción urbanística– diciendo que ésta, la corrupción urbanística, se da en Andalucía de la misma manera que las demás comunidades españolas. Parvo consuelo, como ven, aparte de que hay que cerrar los ojos y los oídos con decisión para no ver en los escándalos andaluces una singularidad manifiesta, un volumen intolerable y una relación institucional nada tranquilizadora. A Chaves le parece poco, por lo visto, el marbellazo, el chiclanazo, el esteponazo y otros batacazos políticos y morales registrados entre nosotros, y busca consuelo en la mala comparación con lo ajeno. Se comprende la tranquilidad con que actúan los corruptos, pues. Si  juicio del primer mandatario de la autonomía, lo que ha ha ocurrido ene ella no es todavía suficiente para hacer que el poder andaluz estalle, los corruptos puede, ciertamente, dormir tranquilos.

Lágrimas y crisis

No es realista hablar de crisis en un partido como el PSOE de Huelva, tan fortificado en su trama clientelar, pero tampoco deben pasar desapercibidas esas emotivas lágrimas de la frustrada candidata a la alcaldía, Manuela Parralo, en la reciente asamblea de la capital, en la que se cuestión a fondo tanto su candidatura como el funcionamiento electoral del partido. Parece evidente que no se puede aguantar en política con la lágrima fácil y menos durante una legislatura añadida en la que todo apunta a que el gobierno municipal va a echar el resto. Y también que, por encima o por debajo, de las relaciones formales que rigen el partido, algo se mueve, al menos en la capital, y se deja oír en esas voces discrepantes que, a estas alturas, resultan verdaderamente insólitas. Las lágrimas de Parralo son tan respetables como elocuentes. Es a sus compañeros a quienes concierne valorarlas. Sus rivales no tienen más que verlas.

La jaula de oro

El reciente episodio de la prisión de Ruiz Mateos ha levantado muchos comentarios, incluidos los de quienes, ignorantes de su circunstancia, se han limitado a concelebrar la conocida liturgia del rico entre rejas. El viejo financiero conoció otras ergástulas con anterioridad, primero en Alemania y luego en España (Tarragona, Huelva, Carabanchel, Alcalá-Meco) a pesar de haberle planteado al Estado unos cientos (cientos digo) de pleitos civiles y ganárselos todos sin excepción. Desde el pedestal de la fama, se puede ir a la cárcel, en todo caso, de muchas maneras, y por supuesto, la estancia carcelaria del famoso será muy diferente según qué casos, qué abogados y qué relaciones con el Poder y, como acaba de recordar un curioso libre de Rosa de la Vega, muy distintos pueden ser también los tratos y las experiencias. Estos días acaparan titulares entusiastas la imbécil de Paris Hilton, una heredera rica sin más ( ni menos) que se permitió calificar de “patético” al juez que la envió por primera vez a la trena por haber maltratado a una sirviente, junto a las portadas de la Winona Ryder -ya saben, la de ‘Eduardo Mano Tijeras’– confiándonos en voz baja que, si robó en unos almacenes, a nadie hizo daño, y que tanta emoción le ha servido al cabo para valorar más adecuadamente el valor de la vida, de la familia y todos eso que ya saben. Lola Flores se libró de las inquisiciones de Borrell pero anduvo con un pie en el trullo durante meses y Franco hubo de indultar a Antonio el Bailarín, reo de blasfemia, justo cuando según el genio empezaba a caérsele el pelo a puñados, imaginen la tragedia comparada con la que Sofía Loren padeció en su ergástula napolitana. La odisea de Farruquito ha provocado el penúltimo debate masivo en torno a las prisiones del famoso, un género que incluye desde Sinatra a Hugh Grant pasando por le torero Paula, el ‘milloneti’ Bill Gates o el glamouroso Khashoggi. La gentencilla del común entrillada por el lío de Marbella es calderilla penitenciaria, como comprenderán, comparada con la estirpe brillante de sus predecesores.

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Hasta en eso hay diferencias entre nuestro mundo provinciano y los paraísos mayores del planeta. El desembarco triunfal de los Becham en USA y la compulsiva parusía de ella ante el ojo público vienen a ser el equivalente gozoso de ese desnivel entre aquella sociedad y la nuestra, acaso más ilustrativo que cualquier otra diferencia que pueda observarse entre ambas. No hay forma de equiparar nuestros arrestos y prisiones de famosos con los que se producen allá, incluyendo los casos más artificialmente montados, ni modo de comparar a cualquiera de las marujas marbellíes con aquellas vestales en cinemascope y technicolor, como no lo hay de enfrentar la imagen de uno de estos membrillos con la cinematográfica delincuencia americana. Sinatra decía que se durmió en la celda cuando lo trincaron antes de la Guerra y Al Pacino comentó alguna vez a una revista italiana que sólo recordaba de su prisión por tenencia ilícita de armas el aburrimiento de unas horas fatalmente perdidas. Ninguna campaña de propaganda habría proporcionado a la Pantoja luminarias sentimentales comparables a las provocadas por su reciente detención y sospecho que sostienen ese entusiástico afecto los mismos que reclaman mano dura contra las corrupciones que andan devastando nuestro sistema social. Paris Hilton se ha ido derecha a la playa con un maromo tras su segunda puesta en libertad y se ha retratado entusiasta mostrando liberalmente una teta. Y hasta podrá presumir en delante de la experiencia, en plan Papuchi Iglesias cuando se envanecía relatando sus prisiones falangistas bajo el terror rojo. En cambio Ruiz Mateos –miles de puestos de trabajo viviendo de su audacia– ha debido apurar la copa de acíbar y salir discreto por la puerta de atrás. Como a Pacino, a mi también empieza a aburrirme mucho esta comedia.