Tiro por la culata

Los miembros del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) han solicitado amparo al Parlamento autonómico por sentirse ultrajados por la actitud de su presidente que, hasta antier, era uno de ellos. El problema es que, hagan lo que hagan, en esta situación parece que el tiro le ha salido por la culata a los ideólogos de las “cuotas”, puesto que ese organismo censor, hasta ahora tan considerado con los ‘medios’ oficiales o afines al Poder, ha quedado en situación de actuar libremente y, en consecuencia, de hacer todo lo contrario que pretendía la mayoría sociata que lo inventó copiándolo de Cataluña, a saber, funcionar como un permanente legitimador de la “opinión oficial” que esos ‘medios’ vienen reflejando por sistema. Valga que ese Presidente se haya caído súbitamente del caballo en el camino de su particular Damasco, pero el problema que le ha creado a la Presidencia es morrocotudo. Podríamos ver a Canal Sur en la picota, por poner un soplo ejemplo, durante dos años y medio. Es de celebrar que el truco de las “cuotas” falle por una vez.

Más sobre Beas

Se comprende que la mejor defensa es un buen ataque y que un autodidacta como Mario Jiménez degüelle en público al mensajero del mangazo operado en el Ayuntamiento y del que el Tribunal de Cuentas (no un espontáneo cualquiera) imputa a la ex-alcaldesa del pueblo. No habría ni rastro de las veintitantas denuncias/avisos del actual alcalde, entonces militante del PSOE, a su ejecutiva, porque es natural que ese tipo de denuncias internas se hagan sin dejar rastro, pero parece inverosímil que si el concejal de Hacienda y actual regidor hubiera sido el mandante, la alcaldesa de entonces no se hubiera enterado siquiera. No hay modo de tragar con esta bola que, por cierto, deja en muy mal lugar al Tribunal de Cuentas, y por eso mismo, el alcalde debería replicar ofreciendo la contabilidad, no a Jiménez, sino a ese Tribunal. En alguna parte debe de estar ese dinero. Decirle al acusador que lo tiene él resulta demasiado fácil.

Comer o no comer

El ministro de Sanidad, Bernat Soria, tratará de explicar en el Congreso el síncope provocado por su prohibición de venta del aceite de girasol, prohibición levantada en seguida, la misma noche del domingo, una vez que ya, por un lado, el daño era irreparable para el sector, y por otra, poca gente con sentido crítico tomaba en serio una medida que países como Francia, Inglaterra o Italia evitaron al limitarse a retirar las partidas importadas de Ucrania, que eran las sospechosas. Su curiosa coincidencia en el tiempo, ha hecho notar a más de un observador, y no sólo a este e diario, la posibilidad de que se haya tratado de una medida estratégica del Gobierno para difuminar ante la opinión pública la tremenda estadística del paro galopante que, al margen de juegos de palabras, padece realmente el país. Puede ser. En cualquier caso, pocas dudas caben de que este estreno crítico del ministro es de esos que contribuyen a dilapidar la confianza instintiva de la gente en la autoridad, porque a cualquiera se le ocurre que si de verdad el riesgo anunciado fuera tan insignificante, la medida adoptada resultaría excesiva. No se retira del mercado un producto básico que consume el 70 por ciento de los hogares así como así, y desde luego, carece por completo de sentido que si el ministro tuvo alguna vez una información realmente alarmante, dos días después estuviera ya en condiciones de dar marcha atrás. Una de dos, o nos apuntamos a la tesis del despiste (lo del paro) o habrá que asumir que esta decisión no es sino un efecto de la bisoñez política de un ministro ciertamente improvisado. Es muy peligroso, en todo caso, jugar con la confianza pública, porque así como no tiene mayor trascendencia el hecho de que dos de cada tres españoles estén convencidos de que el Presidente ha mentido, sí que la tiene que un pueblo confíe a pies juntilla en sus responsables sanitarios. Soria se ha columpiado a modo o nos ha engañado a sabiendas, una de dos. Un fastidioso pecado original en un ministro novato.

 

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 En España hizo falta que la adulteración por anilinas del aceite de colza matara a 3.000 desdichados y afectara a otros 20.000 para que el Gobierno aceptara la necesidad de organizar seriamente la epidemiología y homologarnos en lo posible con la UE, y fue necesaria la mediatizada crisis de las vacas locas y las dioxinas –que llevaron a poner en cuarentena nada menos que las aves, huevos, leche y derivados, cerdo y ganado vacuno—para medio tomar en serio una facultad a la que, según sus propios expertos, le queda no poco por recorrer. Aunque, claro está, ese avance forzado se hizo al precio de un espectacular momento de histeria colectiva cuya afortunada solución espontánea no logró más que aumentar la desconfianza. ¿Cómo se puede ordenar la inmovilización del girasol (o del orujo, como hizo la ministra Villalobos) mientras los demás países de la Unión se limitan, en lugar de dar tres cuartos al pregonero, a adoptar la providencia lógica de localizar los lotes sospechosos y retirarlos del mercado? No sé, naturalmente, lo que Soria explicará a los congresistas, pero una vez más comprobamos que en el terreno epidemiológico nuestros ministros (desde el que dijo lo del “bichito” a la que propuso a las amas de casa el “caldito” famoso, pasando por otros varios) no llegan al cargo sobrados de preparación para cargar con semejante responsabilidad. Y nada digo si acabamos convenciéndonos de que la alarma desatada por Soria –que, para colmo, puede que le cueste una pasta al contribuyente como ya le costó la maniobra de Villalobos—no era más que una cortina de humo o un quite al ministro de Trabajo. Aún sin reponerse de la inconcebible trola de su currículo amañado, el ministro ha dado un cante especialmente descalificador. Ojalá no se le aplique la moraleja del pastor y el lobo, porque nada dispersa tanto el rebaño como esa fábula tan realista.

La izquierda posible

Suele no se más que una ilusión la que nos muestra las modas como corrientes definitivas. Hoy no hay una izquierda digna de tal nombre y todo abruma hasta forzar la idea de que sólo la visión liberal es acorde la naturaleza social. Ya veremos: repasen la Historia y verán qué clase de “yenka” mueva a las ideas. Por eso la epifanía de Julio Anguita constituye una esperanza para mucha gente de ese bando que asiste consternada a la liquidación de la utopía y al triunfo del pragmatismo. Desde que él se fue, IU es un corralillo con mucha gallina y pocos huevos, una oficinilla de colocación para muchos sin mejor oficio, un proyecto sin principìos ni fines, una hueste mercenaria disponible para el PSOE. Quizá él traiga mucho pensado de su retiro azacán y de su larga experiencia. No es a la izquierda sólo, es a Andalucía y a España entera a quienes beneficiaría el regreso de la Razón.

Otra batalla

IU se está dejando los pelos en la gatera, con muy buen criterio, con tal de reunir cuantas más fuerzas posibles en la plataforma contra el proyecto petrolero  que el grupo extremeño Gallardo proyecta construir en la provincia, atravesando terrenos protegidos y, en opinión de los expertos, exponiendo a notorios peligros al medio ambiente. Incluso ha forzado que el negocio se vea en el Parlamento porque no tiene sentido que los andaluces no conozcamos la postura de Chaves cuando el Gobierno extremeño aprobó hace tiempo el plan. Va a tener, eso sí, que contar con el apagón informativo de los medios prooficiales (el interés de la Junta y su partido en el asunto es manifiesto) y con la obligada discreción de los vinculados al dueño del grupo que, lógicamente, defenderán lo suyo. ¿Otra batalla en solitario para El Mundo? Por pura higiene democrática sería de desear que no.

Una de piratas

El Gobierno español, o sea, los contribuyentes españoles han pagado a los piratas somalíes un millón bien largo de dólares a cambio de la devolución del pesquero secuestrado en aquellas peligrosas aguas. La piratería vuelve por sus fueros y ni que decir tiene que nunca hubo piratas “autónomos” sino delincuentes respaldados por el Poder, en cierto modo, instrumentos suyo, como enseña la historia de esa actividad protegida por Inglaterra lo mismo que por Holanda mientras España se amparó en las bulas pontificias para defender el concepto de “mare clausum” frente al de “mare liberum”, uno defendido por juristas como Solórzano, y el otro por la imponente figura de Hugo Grocio. La historia de la piratería descubre un mundo desconectado, en el que las naciones actuaban sin reparos en su exclusivo beneficio, retranqueadas tras auténticas flotillas de malhechores –a veces reclutados por los propios gobiernos— para enriquecerse y, de paso, debilitar la competencia de los rivales políticos. Se habla siempre del ennoblecimiento de Drake o de sir Walter Raleigh, pero en realidad tan protegidos como ellos fueron el Olonés o Pata de Palo, Lorencillo o Morgan, la infantería legionaria de aquel terrorismo de Estado cuya caricatura pudo ver mi generación en los patrióticos tebeos de un imaginario “Cachorro” y un caballero español, porque lo cierto es que una acción conjunta de las potencias habría finiquitado con aquella plaga como acabó en cuanto quiso y convino. La piratería, en términos generales, me parece a mí que no es separable de la mentalidad colonialista ni del imperialismo de la Europa “moderna” ni se entiende si no es como la larga mano de las monarquías y las naciones compitiendo entre sí a sangre y fuego, antes de la consagración del principio de la “libertad de los mares” que, de algún modo, se impone por la propia lógica del desarrollo capitalista. La vuelta de la piratería es, en cierto modo, una paradoja en un mundo dotado de respuestas militares rápidas y satélites curiosos. Se trata, pues, de nuevo, de una estrategia recuperada por ciertos poderes, hay que suponer, de momento, que sólo marginales.

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El Gobierno no ha hecho más que lo que tenía que hacer pagando el rescate pedido, ya que, con toda evidencia, nuestra flota pesquera ha trabajado indefensa en mares sumamente peligrosos. Otra cosa es si ha hecho bien cediendo ante el chantaje de los corsarios, esto es, proporcionándoles un éxito que seguro que reanima la vieja industria, pero discutir eso carece desde antier de sentido. Como no lo tiene que el llamado “orden internacional” no se determine a organizar una fuerza de respuesta fulminante capaz de guardar esa libertad de los mares frente a un enemigo momentáneamente despreciable, pero que, sin duda, tiene sus conexiones con poderes corruptos y trabaja bajo su lejana protección y muy probablemente asociado a ellos. Ya no hay que organizar costosas y lentas flotas para navegar de bolina a mares lejanos, sino que bastaría con disponer una fuerza localizada en aguas peligrosas, aparte de leerle la cartilla a los régulos locales que deben de andar tras los propios bucaneros, esperando su parte en el botín. Francia resolvió hace poco un caso de secuestro pirata con modos mucho más expeditivos, pagando el rescate pero haciendo intervenir a sus fuerzas especiales en el mismo refugio filibustero, en un segundo acto que resultó de lo más lucido. Vale, mejor que mejor, pero no basta con la acción inteligente y bragada de un país, sino que es preciso establecer la conciencia de que combatir a ese enemigo cruel y anacrónico exige el acuerdo y cooperación de todos los afectados. Hoy, además, quien protege a Drake no es la reina Isabel sino vaya usted a saber qué satrapilla indígena de esos a los que los occidentales les hemos enseñado de memoria el oficio de la rapiña.