Aznalcóllar

Desde la Junta se lanza el mensaje de que los terrenos devastados por el vertido tóxico de Boliden en la mina de Aznalcóllar ha sido, a la postre, bueno, porque ha dejado la zona en “mejores condiciones”, más limpia que estaba antes de la avenida de inmundicia, con una fauna más rica y diversa. Pues nada, enhorabuena, felicidades, sobre todo a Bolidén, que se ha ido de rositas y llevándose el taco de las subvenciones, así como a los mineros que han visto sus vidas hechas trizas y, en el mejor de los casos, recompuestas de mala manera. La Junta oculta su responsabilidad en la catástrofe –“la mayor ocurrida en Europa”, según dijeron entonces en Bruselas–, como oculta sus maniobras que han permitido la impunidad de la multinacional causante del estropicio. Pero así es la estrategia optimista, así resuena Manolo el del Bombo, así nos va. Nada mejor que un desastre para mejorar el paisaje. No me digan que la filosofía juntera no tiene su mérito.

Consejera hegeliana

Dice la consejera onubense (o sea, calañesa/almonteña) que el oleoducto ése que Barrero confunde con un gaseoducto no es nada real todavía sino es apenas una ‘hipótesis’. Habrá que esperar hasta conocer la ‘tesis’ y ver, en fin de cuentas, que ‘síntesis’ acuña ella, pero va lo que quieran a que acaba ajustándose al proyecto de Gallardo. Mientras tanto, y ya en la política real y no en el plano dialéctico, hay que exigirle a la Junta que se pronuncie sobre lo que se propone hacer ese grupo inversor, de cuáles son sus previsiones al respecto y si, en definitiva, va a dejarlo construir sobre tantos terrenos protegidos o no. No hay por qué oponerse a ciegas a una obra en la provincia, pero menos aún esperar sentados el momento en que la reacción sea ya inútil. En eso lleva razón IU y no la consejera que lo que puede hacer es exponer sin ambages la famosa “hipótesis” para que cada cual sepa a qué atenerse.

El oro que reluce

Leí hace unos años un libro que me encontré en París cuando había superado ya las veinte ediciones, circunstancia que me llamó la atención tratándose de una obra sobre el neoliberalismo. No tenía ni idea de cómo se las habría arreglado aquella joven canadiense para lograr semejante éxito editorial pero en cuando le eché la vista encima comprendí que no había más truco que un vehemente alegato contra la economía de mercado, es decir, que era un libro a contracorriente, y ya se sabe que Camus auguraba lo mejor a esa clase de literatura. Naomí Klein, que así se llama la autora, acaba de publicar ahora otro (entre tanto he oído rumores pero sólo lejanos) titulado “La doctrina del shock” que es un encendido argumentario contra el libre mercado al que la autora no considera, ni mucho menos, un inocente fenómeno acaecido en democracia sino el resultado de una estudiada estrategia de estafa y violencia que le ha salido bien al Sistema desde Chile a Rusia y desde Sudáfrica a China. ¿Cómo se las avía el capitalismo para introducirse y apalancarse en esas áreas nuevas a las que somete con rigor? Pues según Klein aprovechando las crisis hasta convertirlas en francos accesos para unas “medidas de choque” (¿les suena?) en las que es preciso incluir, según ella, junto a las apacibles y burocráticas, las más drásticas y violentas. El neoliberalismo no ha descubierto nada pero ha extremado el recurso a la crisis y, en especial, al desastre, para colarse de rondón en la vida de las sociedades a base de un modelo que la autora denomina “la economía del shock”. Polonia lo mismo que China, la inmensa mayoría de la región hispanoamericana, la guerra de Irak o el huracán ‘Katrina’, la crisis y el desastre en suma, ha sido utilizados para aplicar el antiguo truco de convertirlos en oportunidades de negocio. El desastre, incluida la propia guerra, son el combustible que necesita la insaciable máquina de ese modelo económico, global por otra parte, hoy casi incontestado en todo el planeta. Se pueden decir cosas muy duras, pero quizá no más concluyentes que esta ristra de alegatos contra la ortodoxia vigente. El evangelio de Chicago no trae la paz sino la guerra y el desastre es su mejor baza. Aviados vamos.

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Es verdad que esta temporada los propios norteamericanos están comprobando por sí mismos la falacia de la transparencia neoliberal pero, frente a esta evidencia, que tardará en hacer su efecto profundo, cierta izquierda ingenua o desnortada ve en la crisis de los mercados una señal de bonanza y futuro, algo así como el signo celeste que confirmara su reticencia y su oposición. Sobran ejemplos, en todo caso, para apuntalar la tesis de Klein, si pensamos, entre tantos otros casos, en la privatización de la guerra y el negocio mercenario destapado en Irak, el saqueo legal de Nueva Orleáns tras su catástrofe o el festival de compra “a la baja” que se prevé en el mercado inmobiliario europeo (en el español, para qué hablar) por parte de un capitalismo en penumbra en el que la enorme masa de dinero negro no sería la única ventaja a la hora de competir con la sociedad en apuros. Me gusta esa flor negra de Naomí Klein, la observación de que el capitalismo no es una moral (a salvo Calvino y su prole) sino una práctica implacable que ha sabido sacar provecho incluso de la desgracia. Ya veremos en qué consisten las “medidas de choque” que nos aguardan a la vuelta de la esquina optimista, en especial las que nos vengan desde Bruselas o, a su través, desde la mismísima Babilonia yanqui. Me disgusta en esta autora cierto sonsonete “piquetero”, su idea de que la llamada “reconstrucción popular” (se nota que ha vivido en Argentina)  o la oposición masiva a las políticas liberales son la única salida al laberinto de la recesión que no viene pero que cabalga sin freno. Pero reconozco en su desafío dialéctico una fuerza casi olvidada a estas alturas. ¡Hacer el agosto con el desastre! Esa idea bien merece una reflexión profunda.

Canal Sur se rebela

El director de Canal Sur debe de creer (y desde luego no le faltan algunas razones) que el personal es tonto de remate cuando protesta porque un órgano tan demostradamente partidista y permisivo como el Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) se haya visto forzado a darle un toque por su actitud durante las elecciones. Argumentan desde en Ente que no está probada su parcialidad por no ser firmes las resoluciones y estar pendientes de recurso, como si hiciera falta que se pronuncie el cadí para percatarse que “La nuestra” es sencillamente “la de Ellos” desde que se fundó pero tal vez ahora más que nunca. En lo que no hay más remedio que estar con ese director es en el hecho de que le den el toque por lo hecho durante la campaña electoral, como si su actuación cotidiana no fuera elocuente. Si quiere podríamos facilitarle la relación de “asuntos” de interés públicos silenciados junto a la lista de sus autobombos.

Malas palabras

El autodidacta Mario Jiménez ha acusado a IU nada menos que de “mamporrera del PP”, así de soez. Lo dice por la idea de la coalición de que la consejera Castillo y su segundo, Justo Mañas, llevan el encargo prioritario de sacar adelante el proyecto del grupo Gallardo de trazar un oleoducto (“gaseoducto” dice, despistado, Barrero) por media provincia arramblando con lo que se tercie, un  proyecto al que se había opuesto la ex-ministra Narbona pero que el PSOE y la Junta apoyan a muerte, ellos sabrán por qué. Pero la verdad es que el motivo le ha venido de perlas para ocultar el escándalo del mangazo de Beas denunciado por sus propios compañeros, que ahora sabemos que fue consentido por él y por su jefe. Es difícil tapar esa fortunita desaparecida de las arcas públicas en Nerva, según el Tribunal de Cuentas, y más si consta su aquiescencia. De ahí las palabras gruesas, la cortina de humo. Iu debía repreguntarle tan sólo que dónde está el dinero de Beas y que quien estuvo detrás de la alcaldesa.

El Obispo en la Misión

En otra de sus bromas estupendas, la Historia acaba de hacer coincidir la muerte de uno de los más severos perseguidores de la teología de la liberación, el cardenal López Trujillo, con el triunfo electoral de un obispo de esa tropa al que Roma, por cierto, siempre cauta y posibilista, no ha querido retirarle la mitra a pesar de no ver con buenos ojos a su proyecto político. En 60 años de férrea dictadura –entre 1947 y 1963 los “colorados” gobernaron Paraguay como partido único–, ese pequeño país del que Jiménez Caballero, embajador de Franco, decía que era “los cojones de América”, ha venido siendo el escándalo olvidado del subcontinente, con un PIB de 9.000 millones de dólares, el 80 por ciento de la tierra en manos del 2 por ciento de la población, una mortalidad infantil tristemente famosa y un sistema legal que alguien definió alguna vez como “el imperio de la ilegalidad”. Es cómo si la postmodernidad quisiera, a su vez, gastar otra broma, la de la vuelta al colectivismo jesuítico de las “reducciones” en las que gobernaban los nativos, bajo la autoridad de los ‘padres’, una prodigiosa utopía democrática y evangélica escrita en guaraní, que popularizó con rasgos exageradamente épicos la película “La Misión”.Sólo que esta vez el jefe del proyecto, un “obispo de los pobres”, Fernando Lugo, habrá de mantener raros equilibrios, a pesar de haber conseguido dinamitar le “régimen colorado”, encaramado como anda en esa frágil coalición de comunistas indígenas, centristas burgueses y hacendados de la derecha más extremada. Al cardenal se la habrían abierto las carnes, seguramente, pero sus colegas han preferido esperar hasta ver en qué para la aventura, una aventura que convierte en un bloque teóricamente izquierdista toda la región. La CIA va a tener casi tanto trabajo como el Vaticano.

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 Es la primera vez que un cambio de partido en la sufrida historia de Paraguay se produce sin violencia, sin derramamiento de sangre, sin golpes militares, la primera en que el sólido tinglado de intereses tramado en el XIX y mantenido durante siglo y medio a sangre y fuego se ve desbordado por una clase política espontánea tan heterogénea en sus propósitos como unánime en la necesidad del cambio. Un país con recursos notables (madera, hierro, soja, maíz, tabaco, algodón, petróleo y un inmenso acuífero capaz de mantener holgadamente durante aun siglo a 360 millones de personas), pero triturado por la experiencia de la sumisión inmemorial, deberá ahora buscar la democracia con un obispo al frente y no precisamente de los que Roma respalda, contando con el peso de la poderosa oposición de los oligarcas de toda la vida. Pero Paraguay es un país sufridor y la circunstancia no es mala para liquidar la herencia de una hegemonía cuyo origen hay que buscarlo en la terrible “triple guerra” contra Argentina, Brasil y Uruguay que, mientras España vivía los amenes isabelinos, arrasó el país hasta dejar, según la leyenda, un hombre por cada veintiocho mujeres. Habrá que esperar para comprobar la suerte del obispo-presidente, sin olvidar a aquel caudillo Rodríguez Francia, “Yo el Tirano”, cuya odisea nos contó Roa Bastos, convertido en cabeza de la Iglesia paraguaya pero, sobre todo, habrá que meditar alguna vez, ahora que tan de moda está el bolivarismo, sobre la tragedia que supuso para aquellos países la retirada de España y su entrega sin condiciones al caudillismo criollo, un liderato oportunista surgido de una mesocracia que acababa de perder de golpe sus fundamentos históricos. Seguro que el obispo Lugo ha leído con lupa a Roa Bastos de quien recuerdo, en una sobrecena en casa de Félix Grande, la más lúcida profecía sobre estos destinos inciertos que el Paraguay vive en los últimos años. Roma haría bien con echarle una mano a ese obispo de los pobres. Un héroe del Evangelio merece un respeto.