El dinero de andalucía

Se reunió, al fin, el Consejo de Política Fiscal y Financiera, único ámbito legítimo para acordar entre todas las comunidades autónomas españolas un régimen de financiación solidario y justo frente a los intentos de solventar ese acuerdo por vía bilateral. Andalucía concurre a la negociación con el solo criterio del PSOE, hasta ahora refractario a lograr un acuerdo entre todas las fuerzas políticas regionales, es decir, justamente lo contrario que ha hecho Cataluña, por ejemplo. Parece ser que interesa más exprimir la confrontación partidista que alcanzar un acuerdo razonable, unos, los del PSOE, echando en cara al PP su postura en Valencia, y otros, los del PP apuntando a la connivencia de Chaves con su partido en Cataluña. El PSOE parte y reparte, pues, en solitario lo que puede provocar ulteriores desavenencias y perjuicios para todos. Andalucía es demasiado importante electoralmente para los dos partidos como para darse facilidades. La verdad es que la trampa en que andan atrapados los andaluces deja pocas salidas.

Ahora, a pagar

El Ayuntamiento de la capital está dispuesto, con buen criterio, a sentarse a negociar con ENDESA para darle una salida razonable a la obligación impuesta al concejo por el TSJA de indemnizar a la eléctrica por los daños y perjuicios causados con motivo del retraso de la licencia municipal. Es lo lógico, y por cierto, lo mismo que propone la empresa acreedora, que seguramente entiende las razones complejas que han provocado esta situación. Será el común de los ciudadanos quien pague, vía impuestos, al decisión/indecisión consistorial, de la misma manera que será ese ciudadano contribuyente quien pague el arbitrario despido de trabajadores discriminados por razones ideológicas en el Ayuntamiento de Gibraleón. A la hora del debate, el peatón tiene escaso poder: a la de pagar los paltos rotos, lleva todas las papeletas para ser el pagano.

El hoyo y el bollo

La práctica totalidad de los comentarios sobre la muerte del juez del TC Roberto García Calvo han coincidido sobre su condición de juez del PP. Aquí no es ya que quepa anticipar el fallo de un pleito, sobre todo en las altas instancias, sopesando la adscripción ideológica de los jueces, sino que damos por hecho y rehecho que cada magistrado pertenece al partido político que lo ha propuesto y negociado con el Gobierno, de tal manera que una simple suma de adscripciones partidistas nos adelantan el resultado de los pleitos de la Justicia con gran antelación. Hay quien dice que el pecado original de ese “Supremo sobre el Supremo” que ha consagrado la práctica hay que buscarlo en el voto de calidad de su primer presidente en cierto asunto luego revolcado por al Justicia, el pleito de Rumasa, pero más ponderado resulta pensar que el proceso de degradación del Alto Tribunal –como el de los restantes órganos judiciales superiores—no responde a un hecho concreto, por grave y elocuente que aquel resultara ya entonces, sino a la evidente y progresiva politización de la Justicia que fue olvidando a buen paso ese “esmero en la elección de sus miembros y del Presidente” con que, según el llorado Tomás y Valiente, procedieron al principio las fuerzas políticas de la Transición al conjuntar el Tribunal que garantiza el respeto al marco constitucional. Decir que la muerte de un magistrado “despeja” el camino al Estatuto catalán, por ejemplo, es, sencillamente, un contradiós y una prueba mayúscula de la perversión de nuestro sistema de libertades reconvertido en pura partitocracia, pero peor aún es considerar que este disparate no es ninguna novedad en un panorama en el que contamos ya con sobradas pruebas de dependencia judicial respecto al poder político que nombra o que veta a sus titulares. Nunca he sabido si, con aquello de la muerte de Montesquieu, Guerra quiso expresar ingenuamente un salto adelante de la voluntad política o lamentaba un mal sin remedio. Sea como fuere, quien acaba de morir no es el juez García Calvo sino la credibilidad de ese sistema instalado ya sin complejos en el ventajismo que ha convertido las cimas de la Justicia en un puerto de Arrebatacapas.

 

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 Esta connivencia partidista para controlar a la Justicia puede que se explique por el escaso apego a la misma que tanto la derecha como la izquierda heredaron de la dictadura y su férrea concepción del sistema judicial como un servicio más del “régimen”. Aquí nadie respeta a la Justicia como es debido hasta el punto en que nadie se corta un pelo porque los ciudadanos asistan estupefactos a las peleas de gallo celebradas en las más altas galleras de la Administración de Justicia y –peor aún, en mi concepto—en las acorraladas en nuestros tribunales superiores. ¿Qué puede esperarse de una situación en la que su juez más notorio ha proclamado, triturando la tradición de los “tres poderes”, que esos “poderes forman parte del Estado y no pueden ir cada cual por su lado”. ¿Ah, no? ¿Quiere eso decir que deben marchar marcando el paso que vocee el furriel de la mayoría parlamentaria o acaso que deben componérselas amigablemente como elevados por una irresistible mística del deber? Elija cada uno su respuesta, pero no parece dudoso que una democracia en la que, con la excusa de combatir el riesgo de un “gobierno de los jueces”, se consigue atraillar a los protagonistas de la Justicia y organizarlos proporcionalmente por partidos, se sitúa a sí misma en una zona oscura en la que con frecuencia ha de resultar difícil distinguirla de la autarquía. Los españoles saben ahora que sus pleitos se ganarán o no en función del color de los jueces que les toquen en el reparto, simple suma y sigue –tanto del PSOE, tantos del PP—y no por simple y puro imperativo justiciero. Empiezo a entender por qué decía Corneille que la Justicia no es una virtud de Estado. A la vista está.

Guerra en el hospital

No es tolerable lo que está ocurriendo en el “Virgen de las Nieves” de Granada, donde unos médicos denuncian la presencia de un hongo letal –y de hecho, algo debe de haber cuando se ha cerrado una planta y trasladado a los enfermos—mientras algún otro califica a sus compañeros de intoxicadores y de “gentuza”. ¡Como para confiar en ellos! La Junta debe aclarar con urgencia por qué se ha cesado al gerente, por qué no se hicieron autopsias en los casos sospechosos y si lleva o no lleva razón ese agresivo crítico de los críticos que sostiene que todo es una simple campaña de desprestigio. Entre otras cosas porque sobran sentencias condenando al SAS y porque la primera obligación de un sistema sanitario es la transparencia. La guerra en el hospital es lo último y el pobre usuario su víctima evidente.

Palabras al viento

En campaña electoral se promete mucho. ZP prometió, por ejemplo, la Estación del AVE, como quien le ofrecía un gladiolo a la candidata frustrada, pero ¿alguien ha visto  Huelva moverse  un solo ladrillo, incluso una sola gestión para cumplir esa promesa de coyuntura? Nadie. Chaves, por su parte, comprometió su palabra con el Alcalde tanto para desbloquear el proyecto del Ensanche como para construir los famosos tres puentes de Manterola. Bien, ¿alguien ha oído que se haya convocado siquiera la comisión de seguimiento que también se comprometió en vísperas electorales a desatascar el tema? ¿Y de los puentes, ha oído alguien hablar de los puentes múltiples que iban a comunicar la capital y la provincia con la costa en un pis pas?  Pues tampoco. El PSOE tiene ahora cuatro años por delante para olvidarse de sus promesas, como se ha olvidado antes de tantas otras una vez en el Poder.

El fichaje de Pepe

Nos hemos hecho el cuerpo a las catástrofes, vamos asimilando cada día mejor los cataclismos, acostumbrándonos a paliar, entre la desgana y el fatalismo, el escándalo de la desdicha ajena. No hay noticia, por lo demás, que resista mucho tiempo en titulares porque el atractivo de la actualidad es tan potente como efímero. El seísmo atroz que azota China lo olvidaremos en poco tiempo, como hemos olvidado tantos otros desastres, relevado por alguna otra mala nueva más reciente. Mucho está durando, en este sentido, la atención prestada a Birmania, donde los muertos y desaparecidos se cuentan ya en cifras en ningún caso menores a los 135.000, y donde dos millones de desgraciados vagan sin nada en las manos mientras se recuentan las víctimas mortales. Una situación ante la que los EEUU han reaccionado prorrogando las sanciones que ya pesaban sobre esa infame Junta Militar y hasta demandando en el Congreso una “intervención humanitaria”, concepto, dadas las anteriores experiencias, realmente inquietante. Gran Bretaña, la antigua potencia colonial, ha calificado la situación de “inhumana e intolerable” (por lo visto no se lo parecía la que vive el país desde los primeros 60) y el canciller francés Kouchner de “crimen contra la Humanidad”, pero otras voces, más precisas, a mi juicio, de lo que hablan es de “guerra de la Junta contra su propio país”. ¿La ayuda? La ayuda aguarda la autorización de los sátrapas en puntos cercanos, pero los sátrapas ven en su distribución un peligro capaz de quebrar el hermetismo de un régimen dentro del cual las violaciones masivas están acreditadas como habituales y en el que la condición de soldado es la única garantía de seguridad, siquiera relativa. Desde Washington y Bruselas se sermonea y anuncian socorros que, en el caso europeo, alcanza un valor de 30 millones de euros, es decir, lo que costó al Real Madrid el fichaje de Pepe y aproximadamente un  tercio de lo que se rumorea que constarán varios otros inminentes. Pero verán como dentro de poco no nos acordamos siquiera. El presentismo es una de las flores del mal de esta sociedad de la comunicación.

 

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 Sobre la ayuda se comenta, por un lado, que la muy escasa autorizada hasta la fecha no ha llegado a mano de los desesperados sino que ha sido repartida entre la soldadesca, y de otra parte, se dice que la andan comercializando a discreción los propios jefes. Se cuenta que Tachito Somoza hizo transbordar la ayuda de un avión de socorro enviado por nuestro país a otro aparato dispuesto en la misma pista que despegó luego rumbo a una lonja convenida, lo cual puede ser tan cierto como las rapiñas de Evita o Pinochet, pero sin duda constituye un  argumento temible contra la escasa solidaridad aún disponible. De todas maneras, la imagen de una comunidad internacional asistiendo impávida a esa situación atroz nos hacen cuestionar ese derecho a la injerencia que con mano tan férrea se aplicó por Occidente a la hora de garantizar el petróleo irakí o a la de bombardear tardíamente Belgrado, pero que en esta ocasión no parece capaz ni de gestionar el reparto de una ayuda imprescindible para esa muchedumbre que se muere a chorros. Claro que todo se olvidará en breve, eso también es cierto, y otras desgracias ocuparán la atención de la actualidad, escandalosas pero breves, tremendas pero reconocibles como un eco de las anteriores, aparte de que a ver cuánta gente se percata de que la ayuda de la opulenta UE viene a ser lo que el madridismo se ha gastado en Pepe y más o menos un tercio de lo que se puede gastar en Kaká o en cualquiera de los ‘cracks’ en alza. Quizá Malthus no contó con esta cruel “astucia de la Naturaleza” que diezma la población desbocada por medio de estos fracasos humanos y la posterior indiferencia de las naciones. Un buen central como Pepe vale por todo un país desdibujado en el espejo sin azogue de la distancia.