El mapa del tesoro

Lo que está ocurriendo en aguas de la Bahía de Cádiz con esta piratería de guante blanco no deja de ser estupendo. Ver a un juez de La Línea ordenando la detención y registro de los barcos cazatesoros que usan Gibraltar como los bucaneros antiguos utilizaban Las Tortugas, y escuchar a la ministra pedir “prudencia” cuando allá por el 92 ya alguien propusiera sin el menor éxito la elaboración de un mapa de tesoros de esas aguas, no deja de producir perplejidad. Pero lo que ya no se entiende ni empeñándose uno es cómo es posible que nuestra Marina no intervenga ante actividades como ésa que, como el propio Gobierno reconoce y la Justicia denuncia, podrían estar causando un perjuicio excepcional a nuestro patrimonio histórico. Y en fin, lo que faltaba es que también este expolio se convierta, como está ocurriendo, en motivo de controversia entre los grandes partidos. Fallos en nuestra diplomacia, jindama a lo que Gibraltar representa, cambalaches de altura. Los ciudadanos echan de menos en este asunto de cabotaje una acción que demuestre que en Trafalgar no se perdió todo. 

El poder del soviet

El “soviet” ya no manda, mandan los “aparatos”. Miren en Valverde esa asamblea de IU hecha trizas, contémplenla en Ayamonte volada en pedazos, aguarden a verla saltar los los aires en Bollullos. Aquí no queda más poder irresistible que el del pez grande que se va zampando uno a uno a los medianos y pequeños, si no invocando el sufrido “progreso”, echando mano de la “memoria histórica” para excluir a la competencia. Las “bases” que Anguita decía que eran las decisivas pintan menos que nada hoy por hoy, y los “programa, programa, programa” de aquel visionario han quedado para envolver lo que se tercie. Habrá gobiernos muñidos incluso entre quienes hasta antier se acusaron mutuamente de ladrones y ganapanes, habrá besos de Judas para dar y tomar, pero la fuerza de la izquierda más o menos imaginaria, más o menos ficticia, decrecerá en la misma proporción en que ganen fuerza sus manijeros. París bien vale una misa, se dijo. Ayer Valverde, hoy Ayamonte, mañana Bollullos valen apenas una bendición. 

El cántaro roto

Cada Día Mundial del Medio Ambiente que se celebra circulan por el planeta imágenes conmovedoras que tratan de remover las conciencias y propiciar ese cambio de actitudes sin el cual el problema del agua no tendrá nunca solución. Una de ellas fue la famosa foto de la madre que caminaba como una autómata con el niño muerto de sed en los brazos, pero la peor probablemente, la de alcance simbólico más irresistible, fue aquella otra que mostraba a una madre etiope ahorcada en un árbol junto a un cántaro roto y a sus tres hijos huérfanos. Lo que sabemos sobre la escasez del agua es casi tan inquietante como lo que podamos saber sobre su mala gestión. Que más de mil millones de personas carecen de agua potable, que unos cinco millones mueren cada año a consecuencia de enfermedades derivadas de la falta de higiene. En tiempos del actual “premier” francés, la organización “Médicos sin Frontera” que él presidía llevó a cabo una intensa campaña para explicar un hecho tan sencillo como tremendo: que el simple aprendizaje del lavado de manos reduciría exponencialmente la mortalidad infantil en amplias zonas tercermundistas. El problema es que falta agua para ello, es más, que incluso para procurar el agua de beber hay muchedumbres obligadas a buscarla diariamente en pozos cuya distancia media se calcula en doce kilómetros, circunstancia trágica que explicaba la foto aquella del cántaro roto y la madre ahorcada. Hoy se insiste, desde la ONU especialmente, en que la escasez de agua es un potencial factor de enfrentamientos subyacente a muchos conflictos africanos, razón por la cual ha llegado a ser tópica la recomendación del ahorro que, en nuestro caso, culminó con la efímera (duró apenas unos días) recomendación de la ministra de Medio Ambiente de limitar el consumo a sesenta litros por habitante y día, una miseria considerando que en USA y Japón la media consumida es de doscientos litros y en la propia Europa de doscientos. Cada año hay fotos nuevas, otros niños famélicos, madres al límite de sus fuerzas. Lo que no hay es imaginación ni voluntad de liquidar el cuento.
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Nadie quiere saber nada a fondo sobre el abuso perpetrado por regantes irresponsables y menos aún del agua despilfarrada en ciertos usos de moda (el debate sobre los campos de golf suele cerrarse, pero en falso normalmente). Un caso: la Coca-Cola acaba de prometer en Beijing (o sea, en Pekín) que piensa devolver a la Madre Naturaleza y a sus legítimos inquilinos “cada gota de agua” utilizada en sus fábricas, pero la sorpresa llega cuando –sin perder de vista las cifras antes reseñadas–escuchamos a sus responsables reconocer que esa multinacional gasta 200 litros de agua por cada litro de bebida que produce, lo que supuso consumir durante el año anterior, el 2006, nada menos que 290 mil millones de litros, cantidad que ahora se compromete a reducir, faltaría más, aparte de reciclar el líquido utilizado antes de devolverlo. El toque está, a mi juicio, en que la solución está en las mismas manos que provocan el problema –y la experiencia nos dice lo que nos dice sobre esta suerte de enmiendas voluntarias, autorregulaciones y demás zarandajas– sin que exista una instancia con poder bastante para imponer criterios racionales y mucho menos para establecer en ámbitos poderosos medidas solidarias con el imprescindible carácter coercitivo. Pocos en la abundancia comprenderán la urgencia de la sed, menos aún en la penuria tendrán posibilidad siquiera de intentarlo. Me acuerdo siempre en este punto de la propuesta surrealista pero realísima que debemos al genio de Henri Michaux, al que su experiencia exótica había convencido de que si un contemplativo se echa al agua, lo probable es que no trate de nadar sino que se dedique a comprenderla y que, como consecuencia, se ahogue. Pero la que no me puedo quitar de la cabeza es la foto de la mujer ahorcada junto al cántaro roto.

La mosca y la araña

Ya se sabe: la tela de araña, como la organización de la Justicia de los hombres, atrapa al insecto ingrávido pero se rompe y deja escapar al pesado. Y uno de los trucos que mejor le salen es el de la demora, el de dejar que los derechos se pudran en el papel timbrado metidos en un cajón o amontonados sobre una mesa. Vean la encomiable diligencia del presidente del TSJA reclamando brevedad para los pleitos de lo contencioso (sin reclamarle más recursos a la amiga Junta, pero bueno) pero vean, a su lado, la foto estremecedora de la famosa “madre de Iván y Sara”, esa desdichada que, en plena fase terminal de su enfermedad atroz, sigue entrillada en la telaraña sin poder cobrar siquiera la indemnización concedida por TS por la retirada injusta de sus hijos de que fue objeto en su día. Esa foto debería exponerse por las paredes a la vista de todos. Mientras tenga vida la atrapada, si es posible. Porque pocos casos habrá en el archivo tan desalmados como éste de esa pobre mujer enferma y víctima del fundamentalismo político y juidicial. 

Habló Trillo

Ha sonado a voz que sale del fondo del pozo. El todavía secretario del PSOE de la capital y hasta ahora candidato perpetuo a la alcaldía, Pepe Juan Díaz Trillo, ha dicho muchas cosas sin incluir sorpresas ni sugerir novedades: que Parralo no cubrió las expectativas, que aparte de la abstención y el cuento de la premura el partido debería meditar sobre esos resultados, que no retroceder supone un “notable avance” (Trillo es poeta, no se olvide), que no se arrepienten de cómo hicieron las cosas y que la candidata, a más de no estar nominada para la próxima vez deberá dedicarse en exclusiva –como él hizo– a esa oposición que ya veremos si sobrelleva. Aquí no va quedando hay más que regate corto, juego horizontal, balones fuera y similiquitruquis por respuestas. Incluso en un chico tan serio como Trillo, que sabe de sobra el infierno que espera a esa candidata de “motor potente” que no dio la talla. El tiempo dirá el resto. De momento, palabra de Trillo. 

Prisiones amables

Gran escándalo por las prisiones de la rica y escandalosa heredera Paris Hilton condenada por conducir ebria. 25.000 firmas han solicitado clemencia para ella, pobretica nuestra, 60.000 insistieron en que ingresara en prisión. Y lo hizo, tras una fiesta fastuosa, para dejarse retratar de frente y de perfil, maquillada a modo y con media melena indolente sobre el rostro. La antecedió en el numerito Naomí Campbell, reo de haberle pegado a una doncella o algo así, igualmente rodeada de fastos y cámaras, y aquí tampoco nos privamos de nada desde hace un tiempo –dejo de lado las prisiones políticas y hasta las económicas–, ya que hemos asistidos, en medio de un estruendoso debate, a las suaves desdichas de Farruquito y, algo después, hemos visto desfilar ante el juez a la pena penita pena de Isabel Pantoja que, todo debe decirse, ha visto subir por las nubes su ‘caché’ como antes lo viera el bailaor. Que la cárcel, según y cómo, puede ser el espaldarazo de la fama, lo sabemos todos al menos desde que a Antonio el bailarín lo entrullaron en Arcos por blasfemar en un ensayo y necesitó un indulto directo del propio Franco para salir de su ruda chirona. O desde que el papel cuché nos trajo hace años la imagen de Sofía Loren encarcelada por defraudar al fisco –dicen que ése era el fantasma de Lola Flores cuando la persiguió Borrell– en un régimen de privilegio que no dejó indiferente ni siquiera a la democracia italiana. No pasa nada por entrar en una celda, por lo visto, sobre todo si gozas de cierta holgura, pero si les queda alguna duda consideren lo poco que influyó en Bill Gates el arresto sufrido en Alburquerque por infringir las normas de tráfico o en Khasoggi su paso por el estaribel. A la salida de la cárcel, a la Hilton estarán aguardándola en la puerta fans y paparazzi, convertida ya en otra heroína pero, en general, puede decirse que la verdadera privación  de libertad, la auténtica experiencia de la cárcel, es únicamente aquella que se sabe olvidada. Casanova se fuga de Los Plomos venecianos cuando se percata de que fuera lo están olvidando las putas y los petimetres. El cerrojo de sus prisiones no era otro que el fracaso de la fama.
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No hay que contar ya con el espíritu que en tiempos más heroicos cuestionó la prisión. Eso de que el hombre es en sí mismo una prisión por la que vaga cimarrona al alma como fantasma por castillo, lo podía decir Hugo en pleno romanticismo, pero hoy resulta una simple ‘boutade’ del estilo de las conocidas de Banville o las que escribió en la dura ergástula de Sainte-Pélagie aquella minerva girondina, madame Roland, que gritó en el cadalso aquello de “¡Libertad, cuántos crímenes se comenten en tu nombre!”. Hoy la prisión es por lo general valorada al extremo de cundir por medio mundo esa postura redentorista que no deja de ser un progreso moral pero en la que cada día confía menos una sociedad escarmentada, sobre todo porque en ella rigen, en todo caso, criterios de privilegio que nadie se molesta ni en disimular. Nadie duda de que el cautiverio común constituye una sanción durísima ni de que el especial supone una burla de la Justicia que no han de remendar, por mucho que pespunteen, todos los picapleitos del mundo. La Hilton entrando en la gayola rodeada de flashes, la Campbell aclamada como una mártir, son muestras extremadas de una discriminación que convierte en ridícula la sanción misma y descubre en ese derecho falsario un instrumento amañado de la razón de clase. Hay prisiones amables que más valdría que no se produjeran nunca porque con ellas no se afirma la creencia en el derecho común, que robustece la convivencia, sino que se pone en evidencia el chasco de la equidad que estraga la vida de las sociedades. Prisiones con las que cualquiera sabe si, a lo peor, cuenta la propia publicidad que convierte en adorno de unos pocos lo que para otros es causa de vileza y motivo de oprobio.