Ley de vida

Se queja Arenas, con razón, del crecimiento imparable de la nómina juntera, que en lugar de reducir efectivos inútiles los multiplica cada vez que tiene ocasión, sin advertir que ese recurso no es un capricho de Chaves sino una necesidad real impuesta por su modelo de control del partido: hacen falta cada vez más puestos y prebendas, cada vez más altos cargos y lo que tras ellos colea, cada vez más compensaciones para que sea posible su estrategia de cuotas de familias o corrientes, cuotas de provincia, cuotas “de género” y demás patas de su sólido montaje. La Junta, como las Diputaciones y los Ayuntamientos pagan con nuestro dinero los compromisos que mantienen tranquilo a Chaves. Si éste cortara por lo sano ese gasto no llegaba al final de la legislatura.

Escalada de insultos

Después del Alcalde, buco sacralizado por el tiempo, el enemigo a batir en el Ayuntamiento, es para el PSOE, Curro Moro. Lo demuestra el grado de chabacana agresividad con que la frustrada candidata le lanzó en el Pleno el insulto de “golfo”, y viene a confirmarlo el mote más bien bobalicón con ha pretendido estigmatizarlo el concejal y exdelegata de la Junta, Manuel Alfonso Jiménez, que le ha llamado en ruede de prensa “Dobermoro”, no sé si pillan el ingenioso doble sentido. No lo tragan, eso está a la vista, no lo resisten ni en broma, y eso es lo que les hace perder hasta las mínimas exigencias de dignidad política, olvidados, eso sí, de que la guerra de motes e improperios se les puede volver en contra en cualquier momento. Moro hace bien en rehusar responderles. Él sabe que si ladran contra él es porque cabalga.

La otra vida

A lo mejor soy un ingenuo irremediable, pero cada vez que escucho a un sabio hablar de “la otra vida”, esto es, de la hipotética vida que podría existir –no sabemos cómo ni por qué– en otros planetas acogedores, tengo la sensación de que lo que de verdad es irremediable es la tentación, realmente prometeica, de imaginar esa existencia simétrica que hay que convenir que debe más a la ciencia-ficción que la académica. No soy quien para dar crédito a la versión de un psiquiatra amigo que me asegura haber conocido en un congreso del gremio a un colega paranoico que perdió el oremus embolismado con la teoría de los agujeros de gusano y la hipótesis –antigua, ciertamente– de que por esos atajos descubriremos algún día una serie infinita de mundos paralelos en la que, llevada la ilusión al extremo, quién sabe si habríamos de encontrar duplicados o multiplicados sin fin nuestro propio yo en un abismo capaz, como un juego de espejos, de anular la singularidad. Es peligroso este terreno, no me cabe duda, porque en él advierto ante todo la más absoluta arbitrariedad lo mismo si quien habla es el gran Clarke o el fascinante Stapleton, que si el teórico es un sabio convencional y, en consecuencia, atenido, al menos en principio, a los rigores de una hermenéutica poco propicia a la imaginación. Estos días leo en varios periódicos, por ejemplo, unas declaraciones de Stephen Hawking quien compara al cosmonauta actual con el almirante Colón y la aventura más que calculada de aquella hazaña española, con la odisea del espacio que alguna vez él mismo se entretuvo en desacreditar como un sueño imposible basándose en un simple cálculo de distancias siderales. Según Hawking habría tres respuesta a esta vieja pregunta, una, la que afirma la singularidad excepcional de la vida terrestre, otra, la de que pudiera haber por esos mundos alguna forma de inteligencia viva y, en fin, una tercera, que sólo contemplaría la posibilidad de que lo que acabarámos hallando en nuestra búsqueda no fuera sino un modo incipiente de existencia, una vida elemental y primitiva, por supuesto mucho menos problemática de imaginar que la consciente y reflexiva. Ustedes me perdonarán pero me pregunto por qué ciertos sabios no emplearán su precioso tiempo en comecocos más útiles.

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 “Hay otros mundos pero están en éste”, terció un día Paul Éluard con la clarividencia del poeta, pero igual que este hallazgo ha confirmado a mucha gente en un escepticismo radical respecto a la vida exterior, hay que recordar que durante siglos se especuló y no poco con el pasaje de Juan donde su Jesús presuntamente gnóstico asegura que no todas sus ovejas eran de este redil. En “La edad de la Razón” decía Sartre algo que nos turbaba mucho antaño, aquello de que la materia de la vida era el porvenir de la misma manera que los cuerpos están hechos con el vacío, y aquello otro de que nuestra vida podía ser considerada, en fin de cuentas, como un simple episodio que turba pasajera e inútilmente la beatitud y el reposo de la Nada. Son ideas vagabundas, rastros reflexivos, que se nos vienen a la mente cuando oímos a un sabio decir magníficas pamplinas siempre inferiores a las imaginadas por los poetas. Suelo decir que uno de los versos más profundos del siglo pasado lo escribió Einstein cuando aseguró que “el universo es finito, curvo e ilimitado”, metáfora prodigiosa en la que la matemática se ve desbordada por la fantasía, cautivándonos con su desconcertante exactitud. Pero ¿por qué se entretendrá gente como Hawking en especular sobre la posibilidad de otras vidas ajenas a la única que nos ha sido dado conocer? Cualquiera sabe, aunque a lo mejor de lo que se trata es de que la paradoja es el nombre que los tontos y los sabios dan a la verdad. En Berkeley andan empeñados en lograr que un millón de terrícolas se asocien para buscar al alienígena. Tendría gracia que cada cual acabe encontrándolo dentro de sí mismo.

El censor colectivo

Parece ser que la popularidad del presidente Sarkozy atraviesa su peor momento. En diciembre pasado aún lo valoraba bien la mitad de sus votantes. En febrero ya se notaba el descenso del entusiasmo y las encuestas reducían a un 41 por ciento el núcleo duro de su feligresía. En mayo ese aprecio que mengua va ya por el 28 por ciento y amenaza, además, con la figura emergente de François Fillon, su jefe de Gobierno, que crece sin prisa pero sin pausa. Al parecer los grandes desilusionados son los ‘mayores’, que fueron el grueso de su aluvión electoral, pero también los obreros y los profesionales de nivel medio, un dato en el que resulta difícil no evocar el consabido complejo moralista de la pequeña burguesía tan brillantemente descrito y explicado por Marx, que conocía por experiencia propia ese sector social. Ahora bien, no son sus graves aplazamientos de promesas, ni los rigores de una política social que amaga con apretar el cinturón, exprimir la productividad y devolver la capacidad adquisitiva a las clases a las que la crisis ha puesto en mayor precario, sino, al parecer, su imagen privada, la envidiada foto de su vida íntima volandera entre dos bellas mujeres que las revistas del corazón exprimen sin cesar, las que lo perjudican. Curioso e instructivo efecto: incluso los países más ‘liberados’ respetan la seriedad del monógamo, toleran la aventura del bígamo, condescienden con el mariposeo masculino, pero se retraen ante el espectáculo de la frivolidad. La Francia en que el protocolo cortesano  adjudicaba a la reina un puesto de respeto para dar preferencia a la ‘favorita’ es un mito liquidado. Hoy es en la católica Polonia o en la España de María Santísima donde la tolerancia juega a favor de la fama del líder mientras que en la “Francia impía” hasta los jóvenes, cuyo descenso en la estadística de la fidelidad también ha sido notorio, se decantan por el mandatario serio que duerme en casa y gasta zapatillas de felpa. Está visto que el fundamentalismo moral del “american way of life” ha acabado por llevarse de calle a Voltaire y a Laclos juntos.

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 Estoy convencido de que para los franceses (bueno, quizá no sólo para ellos) la discreción y la fidelidad han sido tradicionalmente una exigencia exclusiva que el patriarcado imponía a la mujer y tendía a disculpar al varón. Lean a Stendhal, a Proust, a Regnier (ejem), a Giradoux: verán a qué sórdido machismo ha quedado reducida la libertad ‘ilustrada’. En un libro menos conocido, Paul Bourget –el fino y olvidado promotor de la “novela de tesis”– decía una de esas chorradas cursis que no se olvidan nunca –“El flirt es la acuarela del amor”– pero que es más que probable que sobrevivan y se transmitan de generación en generación incrustadas en la amígdala cerebral del macho dominante. Ahí tienen a Sarko, maqueando impenitente pegado a la jareta de la Bruni mientras se despeña en los sondeos y por el país profundo comienza a trajinar la fronda que alimentan a dos tetas la envidia y los prejuicios. Es verdad que en Francia es posible ver todavía un funeral, como el de Mitterand, con dos viudas desoladas, pero esas son las cosas del carisma, como lo demuestra que también le pasan por alto a ese imaginario sucesor de Napoleón su colaboración con los pronazis de Vichy. La perceptiva pública es sumamente rígida, casi calvinista, con la intimidad cuando ésta se pasa en la inevitable competición y provoca, deliberada o ingenuamente, el sentimiento de envidia. Tal vez por eso los franceses le pasen por alto a Sarko su proyecto de apretar las tuercas y reducir el empleo público pero no la exhibición de felicidad que se desprende de su crónica sentimental. Esa perceptiva es muy primaria y acaba siempre en la olla podrida en la que borbota la moralina mesocrática. Vale que haya que echarle paciencia a la cosa y darle tiempo al líder para sus reformas del Estado pero una Bruni, convénzanse,  no se perdona así como así.

El mundo por montera

Tuve y tengo aprecio por el alcalde de Puerto Real, hombre con tanta retranca y correa que no se sulfura ni siquiera cuando le digo eso de que parece el hermano guapo del Fary. Tiene su mérito regir un pueblo tanto tiempo contra corriente y más todavía reconquistar la alcaldía perdida, como él hizo. Pero ni si natural talento, ni su legítimo radicalismo ni su audacia proverbial justifican los míseros insultos que ha dedicado al jefe del Estado y a sus padres. El fiscal lleva razón al ver en esas injurias un desacato intolerable, las diga quien las diga, y en proponer una sanción adecuada que, por tratarse de todo un representante de un pueblo precisamente, debe ser ejemplar. No hay derecho a descalificar a nadie como lo ha hecho Barroso con el Jefe del Estado. Se puede ser alcalde monterilla pero, claro está, ateniéndose a las consecuencias que, insisto, me parece que deben ser enérgicas.

Palabras mayores

En el estreno parlamentario un consejero insultó al jefe de la oposición con una expresión patibularia que la presidenta de la Cámara ordenó que no constara en acta. Mal principio. En el pleno del jueves, la candidata frustradísima a la alcaldía, Manuela Parralo, llamó “golfo” al portavoz del PP que le había recordado, ante sus exigencias de transparencia, el penumbroso asunto de la colocación de hija. A este paso vamos que nos matamos por una pendiente de degradación que no habrá quien detenga y de cuyos efectos no se podrá quejar, quien como Parralo y otros, insultan con palabras intolerables a sus adversarios políticos. Espero que conste en acta esa expresión tabernaria y soez, impropia especialmente en una dama tan distinguida y piripí, y si acaso que pida excusas por el exabrupto. De otra forma, habrá de admitir en el futuro que le digan en su cara lo que seguro que no le gusta oír.