Canal Sur se rebela

El director de Canal Sur debe de creer (y desde luego no le faltan algunas razones) que el personal es tonto de remate cuando protesta porque un órgano tan demostradamente partidista y permisivo como el Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) se haya visto forzado a darle un toque por su actitud durante las elecciones. Argumentan desde en Ente que no está probada su parcialidad por no ser firmes las resoluciones y estar pendientes de recurso, como si hiciera falta que se pronuncie el cadí para percatarse que “La nuestra” es sencillamente “la de Ellos” desde que se fundó pero tal vez ahora más que nunca. En lo que no hay más remedio que estar con ese director es en el hecho de que le den el toque por lo hecho durante la campaña electoral, como si su actuación cotidiana no fuera elocuente. Si quiere podríamos facilitarle la relación de “asuntos” de interés públicos silenciados junto a la lista de sus autobombos.

Malas palabras

El autodidacta Mario Jiménez ha acusado a IU nada menos que de “mamporrera del PP”, así de soez. Lo dice por la idea de la coalición de que la consejera Castillo y su segundo, Justo Mañas, llevan el encargo prioritario de sacar adelante el proyecto del grupo Gallardo de trazar un oleoducto (“gaseoducto” dice, despistado, Barrero) por media provincia arramblando con lo que se tercie, un  proyecto al que se había opuesto la ex-ministra Narbona pero que el PSOE y la Junta apoyan a muerte, ellos sabrán por qué. Pero la verdad es que el motivo le ha venido de perlas para ocultar el escándalo del mangazo de Beas denunciado por sus propios compañeros, que ahora sabemos que fue consentido por él y por su jefe. Es difícil tapar esa fortunita desaparecida de las arcas públicas en Nerva, según el Tribunal de Cuentas, y más si consta su aquiescencia. De ahí las palabras gruesas, la cortina de humo. Iu debía repreguntarle tan sólo que dónde está el dinero de Beas y que quien estuvo detrás de la alcaldesa.

El Obispo en la Misión

En otra de sus bromas estupendas, la Historia acaba de hacer coincidir la muerte de uno de los más severos perseguidores de la teología de la liberación, el cardenal López Trujillo, con el triunfo electoral de un obispo de esa tropa al que Roma, por cierto, siempre cauta y posibilista, no ha querido retirarle la mitra a pesar de no ver con buenos ojos a su proyecto político. En 60 años de férrea dictadura –entre 1947 y 1963 los “colorados” gobernaron Paraguay como partido único–, ese pequeño país del que Jiménez Caballero, embajador de Franco, decía que era “los cojones de América”, ha venido siendo el escándalo olvidado del subcontinente, con un PIB de 9.000 millones de dólares, el 80 por ciento de la tierra en manos del 2 por ciento de la población, una mortalidad infantil tristemente famosa y un sistema legal que alguien definió alguna vez como “el imperio de la ilegalidad”. Es cómo si la postmodernidad quisiera, a su vez, gastar otra broma, la de la vuelta al colectivismo jesuítico de las “reducciones” en las que gobernaban los nativos, bajo la autoridad de los ‘padres’, una prodigiosa utopía democrática y evangélica escrita en guaraní, que popularizó con rasgos exageradamente épicos la película “La Misión”.Sólo que esta vez el jefe del proyecto, un “obispo de los pobres”, Fernando Lugo, habrá de mantener raros equilibrios, a pesar de haber conseguido dinamitar le “régimen colorado”, encaramado como anda en esa frágil coalición de comunistas indígenas, centristas burgueses y hacendados de la derecha más extremada. Al cardenal se la habrían abierto las carnes, seguramente, pero sus colegas han preferido esperar hasta ver en qué para la aventura, una aventura que convierte en un bloque teóricamente izquierdista toda la región. La CIA va a tener casi tanto trabajo como el Vaticano.

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 Es la primera vez que un cambio de partido en la sufrida historia de Paraguay se produce sin violencia, sin derramamiento de sangre, sin golpes militares, la primera en que el sólido tinglado de intereses tramado en el XIX y mantenido durante siglo y medio a sangre y fuego se ve desbordado por una clase política espontánea tan heterogénea en sus propósitos como unánime en la necesidad del cambio. Un país con recursos notables (madera, hierro, soja, maíz, tabaco, algodón, petróleo y un inmenso acuífero capaz de mantener holgadamente durante aun siglo a 360 millones de personas), pero triturado por la experiencia de la sumisión inmemorial, deberá ahora buscar la democracia con un obispo al frente y no precisamente de los que Roma respalda, contando con el peso de la poderosa oposición de los oligarcas de toda la vida. Pero Paraguay es un país sufridor y la circunstancia no es mala para liquidar la herencia de una hegemonía cuyo origen hay que buscarlo en la terrible “triple guerra” contra Argentina, Brasil y Uruguay que, mientras España vivía los amenes isabelinos, arrasó el país hasta dejar, según la leyenda, un hombre por cada veintiocho mujeres. Habrá que esperar para comprobar la suerte del obispo-presidente, sin olvidar a aquel caudillo Rodríguez Francia, “Yo el Tirano”, cuya odisea nos contó Roa Bastos, convertido en cabeza de la Iglesia paraguaya pero, sobre todo, habrá que meditar alguna vez, ahora que tan de moda está el bolivarismo, sobre la tragedia que supuso para aquellos países la retirada de España y su entrega sin condiciones al caudillismo criollo, un liderato oportunista surgido de una mesocracia que acababa de perder de golpe sus fundamentos históricos. Seguro que el obispo Lugo ha leído con lupa a Roa Bastos de quien recuerdo, en una sobrecena en casa de Félix Grande, la más lúcida profecía sobre estos destinos inciertos que el Paraguay vive en los últimos años. Roma haría bien con echarle una mano a ese obispo de los pobres. Un héroe del Evangelio merece un respeto.

Los dos planos

Suena a oído y repetido el argumento de la alcaldesa de Córdoba y el expuesto por rl portavoz de IU en el caso de los presuntos chalés ilegales construidos varios policías locales, del que ahora se ocupa la Fiscalía: para qué abrir una comisión de investigación política si ya se ocupa del asunto la Justicia. Pues por una razón sencilla, y es que junto a la responsabilidad jurídica existe una responsabilidad política que casi nunca va separada y por su cuenta sino en estrecha relación con aquella. Investigar en el Ayuntamiento qué ha ocurrido con esos chalés en absoluto invade ni presiona la acción de la Justicia, que discurre por cauce propio y distinto y no tiene por qué sentirse presionada porque en otra administración se averigüen las circunstancias políticas de un caso. Lo que ocurre es que los políticos –hoy por ti, mañana por mí– no quieren comisiones ni a tiros porque sin ellas es más fácil que se esfume la responsabilidad propìa. Tenemos ejemplos para dar y tomar, y en demasiados de ellos ha puesto su hombro IU como contrafuerte del Poder.

Beas

Impresentable lo de Beas. Lo de menos es que el autodidacta Mario Jiménez considere una “mera anotación registral en sus bienes” (de la ex-alcaldesa) el embargo con todos sus avíos dictado por el Tribunal de Cuentas para responder, en lo posible, a los (como mínimo) 713.000 euros desaparecidos. Pero más impresentable todavía saber que el PSOE provincial, es decir, Barrero y el propio Jiménez, conocían hasta 26 denuncias internas presentadas pos sus mismos compañeros sobre lo que estaba ocurriendo en aquel Ayuntamiento antes de verse forzados –ante la indiferencia de la ejecutiva regional– a acudir al Tribunal de Cuentas y a la justicia ordinaria. Expulsar a los denunciantes y encumbrar a la embargada tiene guasa. Pero eso es lo que hay y no hay otro medio que preguntarse por qué será así.

El exilio científico

Perdidos en su enorme riqueza museística, he visto demoradamente los sublimes Murillos costumbristas, el retrato de esos sagaces rapazuelos de la calle barroca que el pintor mariano hubo de vender por el mundo, es decir, fuera del mercado restringido en el que la iglesia era, si no el único, sí el principal cliente. Andan por esos mundos (en Baviera, por Viena, por Nueva York) dispersos irremediablemente como un alegato irrefutable sobre nuestras pasadas mezquindades, y ni que decir tiene que mimados como obras supremas en los museos favorecidos. En España se quedaron las ‘Inmaculadas’, fruta del tiempo, y la obra eximia se la llevaron por los siglos de los siglos las ricas y liberales muchedumbres criadas en el ‘libre examen’. Golfillos que valen por la mejor lección de historia, pícaros en flor buscándose la vida en un cacho de pan o en un  racimo de uvas, tal vez echando a rodar unos dados tahúres sobre el suelo urbano convertido en timba, felices y piojosos como sus perros sin dueño. Que me perdone don Diego Angulo, pero daba todo el arte sacro de Murillo por una de esas instantáneas de nuestro “pasado glorioso” que ahora debemos peregrinar a tierras lejanas para verlas, como hemos de seguir peregrinando para contemplar tantas cosas perdidas y por perder. Una de ellas, el saber, el conocimiento, despilfarrado de modo suicida en la incesante sangría que todos prometen cortar y ninguno detiene. Si hay un pueblo con vocación de diáspora cultural, ése es el nuestro. Los políticos dirían que no, claro, pero pregúntenle a los ‘mileuristas’, a los interinos y, sobre todo, a los exiliados: ya verán. No me gusta hablar de “fuga de cerebros” porque a lo que recurre España –desde hace mucho— es al exilio cultural.

 

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 Un caso. Mi amigo JF, que me hace de generoso lazarillo aquí en Munich, es sevillano. Se licenció en su universidad, se doctoró brillantemente, fue a especializarse a París y posteriormente a Lyon, pero le tiraba la tierra y escribió a España ofreciendo su experiencia a la privada y a la pública: ni le contestaron. Menos mal que entonces le llegó una oferta espontánea de la Oficina Europea de Patentes en la que hoy trabaja a alto nivel. Como Murillo. No había mercado en España para esos saberes suyos que, sin embargo, se disputan fuera, en los países fuertes y desarrollados. En mis tiempos de universitario todavía se escuchaba a mucho cátedro aseverar que el exilio de la guerra civil era tan cierto como mítico, que a la cultura española le importaba un rábano la pérdida de Albornoz, de Castro, de Ayala, de Jiménez de Azúa, de Manolo Andujar o de María Zambrano, y lo peor es que lo decían en una universidad raquítica, desmantelada en buena medida, plagada de oportunistas y ‘estampillados’ que nos tenía a dos velas y obligados a recurrir a los del exilio. Seguro que de JF dicen los mismo los julastrones que han hecho una oficina del “alma mater” y mantienen a duras penas esa fábrica de títulos con la magra esperanza de llegar a ‘eméritos’ algún día y arañarle tres añitos a la jubilación. No sé cuántos Murillos de los míos habrá por esos mundos de Dios ni cuántos JF desperdigados por tantos grupos y laboratorios ajenos donde nos ganan día a día la carrera del tiempo estos herejes tan orientados. Ignoro qué bonanzas nos traerá el flamante ministerio, pero hasta ahora lo que nosotros hemos tenido han  sido leyes, muchas leyes, y retórica por un tubo, pero becas de hambre y puertas cerradas. ¡Que inventen ellos!, ya saben. Como en el XVII, seguimos rutinarios y decadentes, aunque el progreso inevitable –el que acarrea el tiempo por sí solo– nos lleve en volandas. Porque, además, si lo de los Murillos no tiene arreglo, lo de nuestros sabios jóvenes sí que lo tiene. Con que le pagaran lo que a un concejal, no creo que JF, pero seguro que muchos otros volverían encantados.