La cita peligrosa

La joven ministra de Igualdad, Bibiana Aído, se ha estrenado prácticamente en la vida pública con un artículo en este periódico en el que defendía la ley Integral contra la Violencia de Género y –tras la estela del TC—la idea de que esa norma no atenta contra el principio constitucional de igualdad al disponer castigos diferentes para delitos iguales en función del sexo. Es lo suyo, digo yo, para eso está ahí y no para lo contrario, y nada en su discurso es reprochable ni yo discutiré por mi parte, con independencia de mi firme convencimiento de que el legislador y el juez se han columpiado en esta ocasión mecidos por los vientos que soplan más recios. Hay en ese artículo una sola cita, un solo argumento de autoridad, muy raro de veras, que a buen seguro habrá dejado listos a muchos lectores, incluidos los de la mayoría de los que se consideren medianamente versados en eso que los franceses llaman “histoire des idées” y nosotros historia del pensamiento, pues, en efecto, Poullain de la Barre, que es el citado, no tiene otro relieve en esas disciplinas –que yo sepa—que el anecdótico que le confiere su condición de adelantado del feminismo con un libro, “Sobre la igualdad de los dos sexos”, publicado en 1673 y jamás traducido, me parece, que no sale a colación hasta el siglo XIX pero que, tras las huellas de Simone de Beauvoir en “El segundo sexo”, se ha convertido casi en un tópico de la literatura feminista, en especial a partir de los años 80. La ministra Aído o su amanuense se confunden, en todo caso, al situar su hallazgo en 1633, es decir, 40 años antes de la fecha real de la publicación, y cosa poco probable, en cualquier caso, puesto que, por lo que tengo entendido, ese tornadizo jesuita no nació sino catorce años después, es decir, en 1647. Y tampoco parece saber la mano que escribió esa cita que el no poco aventurero Poullain no sólo escribió ésa y otras obras en defensa de la hembra sino que también se dejó caer –¡sólo dos años más tarde!–con una muy desconcertante, “De l’excellence des hommes contre l’égalité des sexes”, de la que lo menos que puede decirse es que o bien extrema la ironía o bien se lía como un trompo. Curioso: ninguna de las obras que citan esta fuente precoz (desde la monumental “Historia de las mujeres” que dirigió el maestro Duby a los estudios de Eulalia Pérez Sedeño o A.M.Portugal y Carmen Torres, entre tantos otros tributarios de la Beauvoir) cita este suerte de palinodia discordante. A eso le llamo yo dialéctica selectiva.

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Mala cosa citar de memoria o dando por buena la primera fuente que nos cae en las manos, y peor aún si, como en el caso presente, puede dar lugar a que algún desocupado desempolve al citado y descubra que era de los que ponía una vela a Dios y otra al diablo. Poullain, como su maestro Descartes, contemplan la realidad con ojos sin duda nuevos pero todavía fuertemente “attachés” a las ideas retro de los Pitágoras o los Aristóteles y, como consecuencia, a todo el desarrollo posterior de la filosofía, que nunca vaciló sobre la inferioridad genérica de la mujer, de manera que si escribió lo que invoca la ministra (que, por cierto, dice “la ‘razón’ no tiene sexo” cuando lo que Poullain escribe textualmente, al menos en mi edición, es “el ‘espíritu’ no tiene sexo”) bien pudo tratarse de un intervalo lúcido o bien de un juego salonero de esos que ya apuntaban en la culta Francia. Además de que, puestos a citar al feminista Poullain, no se puede olvidar que fue contemporáneo estricto de Molière quien dijo lo que dijo y no otra cosa sobre el género femenino y, en especial, sobre las mujeres que él consideraba “savantes” o “précieuses”. No hay que extirparle nunca una cita a un autor, y menos de segunda fila, sin antes haberle hecho la vivisección (o la autopsia) completa. Una cita justa puede ser un argumento. Una traída por los pelos nos puede dejar en ridículo.

La ley del embudo

Ha dicho el portavoz parlamentario del PSOE, Manuel Gracia, que no hay diálogo que valga con los objetores a la asignatura “Educación para la Ciudadanía” porque eso sería como aplicar la ley del embudo, y ya de paso, ha explicado que si de lo que se trata es de dialogar sobre el incumplimiento de la ley, entonces no hay nada que hablar. Bueno, habría que recordarle al portavoz que hay sentencias de nuestro TSJA que ordenan la exclusión de determinadas materias y confirman el derecho de los padres a la educación de sus hijos, aparte de que cuando el Gobierno del PP hizo su última ley de Educación, en Andalucía, de Chaves para abajo, se dijo y repitió que en esta comunidad no se aplicaría dicha norma, pronunciamiento realmente rebelde e impropio de un Gobierno. Eso sí que sería ley del embudo, en fin de cuentas y no pretender que se cumpla lo que el TSJA y otros tribunales han ordenado.

Mentiras como puños

Lo ha dicho el director de Industria en Punta Umbría: el oleoducto va bien, a buen ritmo, “en una fase muy avanzada de ingeniería”, cosa natural después de oír las promesas del propio presidente del Gobierno en Extremadura a favor del proyecto del Grupo Gallardo. Era mentira, pues, el testimonio de la consejera Castillo, no había tal “hipótesis”, ni siquiera de seis opciones “todas viables”, sino del proyecto-proyecto con tofos sus avíos que lleva años gestionándose en la Administración ante el sospechoso silencio a ultranza de éstas y del PSOE, gran valedor de ese “amigo político”. En nuestra democracia el camelo es gratis, mentir no desprestigia a un político/a sino que tal vez lo acredita. Ahora, lo que no tiene pérdida es el silencio. ¿Por qué calla Chaves, por qué calla Barrero, por qué miente Castillo? Cada cual que saque su conclusión.

La abeja infiel

Hay disponible una ingente cantidad de teorías de la actitud infiel, incluyendo el ejemplo o incluso la confidencia de graves personalidades de la ciencia y el pensamiento, desde Einstein, que se las traía a este respecto, hasta Bertrand Rusell cuya coyunda llegó a ser legendaria. Sobre un tema del que casi nadie habla con sinceridad y sobre el que las teorías difícilmente pueden pasar de hipótesis, no es fácil sacar conclusiones seguras, en especial cuando, como en el caso de las sociedades civilizadas en general, la infidelidad va asociada como fenómeno a la cultura del honor, esa área en la que se confunde de manera inextricable el concepto formal con la apreciación subjetiva. ¿Es universal la tendencia a la infidelidad, sería la fidelidad sólo el efecto de la represión ejercida por la cultura o el reflejo instintivo del sentimiento de posesión? Encuentro un estudio reciente, realizado en Argentina, que asegura que la mitad de los varones y más de un cuarenta por ciento de las hembras son infieles de hecho y que cifras aún mayores lo serían eventualmente, lo que, en fin de cuentas, no parece un mal resultado en vista de cómo se está poniendo el patio. Pero un estudio que leo en los ‘Annales’ de la Academia Americana de Ciencia, me entero de que un investigador especializado en agronomía, Nicolás Vereecken, ha descubierto en la orquídea “Ophrys exaltata” la rara cualidad de atraer voluptuosamente a las abejas machos esparciendo el irresistible olor de las feromonas de la especie que esa planta ha logrado sintetizar en su frágil laboratorio: la abeja macho, engañada por esa trampa química, poliniza gratis a una flor que no tiene nada que darle a cambio salvo ese amor virtual provocado por tan fantástico caso de mimetismo químico. Pero, ay, resulta que, investigando más a fondo, se ha descubierto que el aroma en cuestión no contiene los mismos componentes que la feromona de la especie local, lo que demostraría, sin contradicción posible, la disposición infiel de esos machos engañados pero felices. ¿No hay quien se consuela con una inflable de polivinilo?

 

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 Es probable que la etología constituya un campo de estudio más propicio en esta delicada materia y, en cierto modo, cualquiera sabe si avanzar por ella suficientemente no acabaría por comprometer sin remedio los esquemas basados en la moral que llamamos racional, pero que no es más que pura convención como tiene más que probado la experiencia de la antropología y viene a ilustrarnos bellamente la imagen de ese abejón copulando con entusiasmo entre los pliegues sutiles de la orquídea. La naturaleza es ciega, la moral sólo miope, lo cual puede que no sea más que una exitosa estrategia evolutiva de la Vida, dentro de la cual, a pesar de nuestro soberbio antropocentrismo, parece evidente que la exclusividad sexual es un producto ‘histórico’ y, en consecuencia, humano. No hay especie, aparte de ello, en que sus individuos, machos y hembras, no desplieguen, conscientes o impulsados por el instinto, sus atractivos específicos, entre los cuales no me cabe la menor duda de que el menos fiable aunque más eficaz debe de ser la palabra. Rojas y levantadas crestas, plumas irisadas, buches inflados bajo el tornasol, danzas seductoras o generosos avituallamientos, sirven a las especies más diversas para provocar el deseo que garantiza la reproducción, un deseo que sólo el hombre reduce a conceptos y regula con códigos, tal vez porque es el único animal sobre la Tierra capaz de distinguir el placer de esa reproducción. Todo es más sencillo para la ingenua abeja macho enamorada de la orquídea, esa Circe que, al contrario de la embaucadora humana no espera de su engaño más que cumplir con la Naturaleza. Cuando Woody Allen reducía la monogamia a los palomos y a los católicos no parece que anduviera muy descaminado.

Municipalismo de ocasión

¿A que no conocen ustedes un solo político que no ronee de ser más municipalista que el sabio Posada? Seguro. Pero en la práctica resulta luego que ninguno de ellos está dispuesto a resolver el problema heredado, histórico, de las estrecheces municipales, fuera de arrimarle a “los suyos” cuanto sea menester. Desde el PSOE andaluz se acaba de proclamar que si la oposición  pretende que la Junta le arregle los problemas a los Ayuntamientos, “aviada va”, nueva proclama de indiferencia frente al grave problema municipal que afecta a la inmensa mayoría de los pueblos de la comunidad, excepto a los de obediencia chavesiana, que “tienen de to”. No habrá una democracia honda, sin embargo, mientras los Ayuntamiento sigan dependiendo de la Junta y del Gobierno para su financiación, por la razón elemental de que quienes pierden con esa fanfarronada no es el partido rival, sino los ciudadanos de cada pueblo. La discriminación que hace el PSOE con esos Ayuntamientos es ya proverbial. Tomar el problema a chacota, encima, es ofender al sentido democrático.

A ver quién da más

La Dipu, el Ayuntamiento local y el Instituto Andaluz de la Mujer han organizado en Valverde del Camino unas jornadas para enseñar a las valverdeñas a “disfrutar en la cama”. Ardua y generosa tarea, imprescindible pedagogía que parte de la suposición de que las valverdeñas se chupan el dedo o bien de que van por la vida como infibuladas de Níger o etiopes ablacionadas, objetivo político de primera magnitud aunque sólo sea para poner de relieve el grado de infantilismo estúpido al que ha llegado esta clase política que, encima, es la que se gasta nuestro dinero en ocasiones por el estilo. No se puede llegar a mayor sandez, resultaría difícil justificar la nómina con un expediente más ridículo. Dicen que intervendrá el alcalde Cejudo. Confiemos en que no sea en clases prácticas.