Pies de barro

Se ha desplomado Abengoa, nuestro buque-insignia industrial, dejando tras de sí, como toda estrella muerta, un agujero negro. ¿Lleva alguien la cuenta de las subvenciones que han beneficiado a Abengoa, le va a pedir alguien cuenta a sus responsables de qué han hecho con esa ayuda pública? ¿Y no decían en el entorno de doña Susana –como ha explicado aquí Joaquín Caro– que era ella la que la habían salvado por su influencia con la banca y su intimidad con la Botín? Silencio. Con el desplome de Abengoa nuestro parque industrial cabe en una caja de cerillas, encima de que a ver qué hacemos ahora con Focus-Benjumea, ese escaparate de prestigio construido por unos dueños devorados por la ilusión expansionista. Pero, sobre todo, con los 20.000 trabajadores en el aire, 6.000 de ellos sólo en Andalucía. Aquí no funciona bien ni la excelencia.

Curro

Con premeditación y alevosía, al amparo de la oscuridad de la noche, unos vándalos han profanado el monumento a Curro Romero –ese soberbio desplante que supo captar Sebastián Santos–—, embadurnando con pintura roja no sólo su base sino sus manos y su cara. Van de cultos estos salvajes y por eso invocan la Cultura para justificar su barbarie, como si los ritos y juegos del toro, consagrados desde Caro Baroja y Cossío a Ángel Álvarez de Miranda, no significaran más que crueldad, e invocan su erradicación indiferentes a las tragedias reales que estamos viviendo. ¡Mira que atacar a Curro Romero mientras Europa se estremece y vive en un ay abrumada por el otro fanatismo! El talibanismo antitaurino es tan antiguo como la Fiesta porque siempre hubo gente que, incluso sin necesitarlo su talento, vieron en esta negación un signo distintivo frente al gregarismo del paisanaje en el que incluían sin percatarse siquiera a personajes del mayor calado cultural. Hoy, sin embargo, ese desplante se incrusta en la marea neoácrata que clama por un par de banderillas –y no le niego yo ese derecho a su sentimentalidad—justo cuando lo que está en el alero, y en pleno estado de excepción, es la seguridad de la gente y la integridad de su cultura. He ido al monumento de Curro, como quien peregrina en desagravio, para ver de cerca la burda estupidez de esos reivindicadores, y contemplándolo me percato de que Curro ni se ha inmutado, firme en su gesto desafiante, como prolongando en el tiempo el término glorioso de alguna faena memorable, el estoque en una mano y la muleta en la otra, viril y sereno tras vencer a la fiera.

Ese bestia cobardón que le ha pintado el rostro de rojo no conoce, seguro, a Curro Romero, ni sabe, por supuesto, que el tópico miedo legítimo del maestro es de una estirpe bien diferente a la que mueve al bárbaro a ampararse en la oscuridad, precisamente porque es una prueba de valor, un reto que el hombre se impone a sí mismo en la estela inmemorial del pugilato que le cultura mantiene con la ferocidad. Ya puestos, podrían embadurnar a los cazadores magdalenienses de Altamira o al sioux de las praderas que acosaban al bisonte a cuerpo limpio, todavía ajenos al arte, atentos sólo entonces a la supervivencia. Curro es un artista y eso no lo entiende esta chusma que igual pertenece también a los que dicen que si los yihadistas hacen lo que hacen será porque tienen sus razones. No han leído a Michel Leiris, fijo. Una lata de Titanlux es mucho más manejable.

Normal

La presidenta Susana Díaz dicen que anda sopesando lo que, seguramente, tiene decidido desde siempre: no acusar a los dos ex-presidentes que la precedieron cometiendo la imprevisión de colocarla a ella donde está. Alega su cuadrilla que la razón es que, desde un primer momento, la Junta sostuvo que el procedimiento de los ERE y las prejubilaciones falsas “era legal” por lo que no va a acusar a nadie ahora, y más teniendo en cuenta que la juez Alaya ya no está por medio e incluso porque, a estas alturas, quizá la doña piense en aquello de “hoy por ti, mañana por mí”. Es normal que la Junta no acuse. Lo anormal era su presencia en el laberinto judicial.

Música y letra

Estos días difíciles la Marsellesa ha pasado de ser un himno nacional –originariamente fue un canto de guerra y no un símbolo civil—a funcionar como el esperanto de las democracias. Escucharla en Wembley a grito pelado y con el acento del tantas veces enemigo, ha sido, por el momento, su apogeo, la demostración de que es posible un patriotismo democrático como más o menos sugirió Habermas, precisamente ahora que, en plena globalización, el patriotismo no está de moda más que en la aldea y la identidad se resiste a ser un rasgo colectivo. Por lo demás, España no es un país tan patriótico como Francia, Inglaterra o EEUU ni lo ha sido más que, excepcionalmente, siguiendo a Viriato o al cura Merino, como lo prueba que en tres o cuatro siglos no ha sido capaz de ponerle letra a su himno. Aquí se pita multitudinariamente el himno nacional y (y al jefe del Estado) y no se mueve una hoja, mientras que en Francia Sarko mandó suspender el partido donde eso ocurriera y estableció penas de prisión para los heroicos silbadores. En Inglaterra, en fin, son capaces de honrar al viejo enemigo entonando su himno como lenitivo para su tragedia.

¡La Marsellesa! Terrible himno, a poco que se sepa traducir la letra, pero utilísimo instrumento de convivencia, tan útil que hasta sirve para la exportación de la cordialidad, y del que se atribuye a Napoleón, entre tantos apócrifos, esta gran intuición: “Esta música nos ahorrará muchos cañonazos”. A mí me la enseñaron a cantar en “petit comité” y en una escuela francesa porque por aquel entonces solía relacionarse con la II República, de la que, efectivamente, fue himno antes de que se impusiera el de Riego, y también, seguro, porque hacía poco que había sido el himno clandestino contra los nazis de Vichy. Hoy, como puede verse, lo mismo sirve para emocionar hasta el llanto a la muchedumbre que para subir el ánimo de los hinchas en los campos de fútbol, y eso es algo que jode porque, evidentemente, no estaría a nuestro alcance, a estas alturas, “consensuar” un himno a gusto de todas las tribus entretenidas en desbaratar la vieja piel de toro. Se ha dicho que cada país tiene el himno de que se merece que viene a ser como decir que no somos más que lo que en nosotros, siglo tras siglos, victorias tras derrotas, penas tras alegrías, ha ido tejiendo lentamente la Historia. Nosotros sólo tenemos la música. Por coherencia con nuestro frágil patriotismo nunca tuvimos letra.

Tres imputaciones tres

Tres imputaciones tres, tiene ya en lo alto la presidenta de la Autoridad Portuaria de Huelva, señora de Paz –un elefante en una cacharrería—sin que la Junta le haya reñido siquiera. La primera imputación lo es por un presunto delito mediobambiental, la segunda por sendos delitos prevaricación, de atentar contra la integridad moral de los trabajadores, de malversación de fondos públicos y fraude de subvenciones, y la tercera, por atentar, o eso dicen, contra la libertad sindical y el derecho de huelga. ¿Qué tendrá la señora de Paz que mantiene tantas guerras sin que sus superiores le digan ni pío? Cuentan que tiene ordenado, por cuenta del maestro armero, renovar puntualmente el ramo de flores en su despacho. Va de lírica, como ven, pero claman contra ella desde lo más alto de su plantilla hasta el último trabajador.

Triunfo del pánico

El domingo fue aterrador en Bruselas. El centro de la capital europea, en plena alerta terrorista –declarado y prorrogado el más alto nivel de alarma– vivió un domingo frío y desierto. La tropa y la policía cortó las calles y el Metro, se decidió no abrir el lunes las escuelas ni los teatros, muchos comercios y restaurantes echaron el cierre voluntarios. Eso se llama ganar antes de vencer: el terrorismo va ganando esta batalla por goleada si tenemos en cuenta que ha desarbolado se seguridad francesa revelándonos lo que muchos no sabíamos: que la central operativa del terror internacional anda instalada en Bélgica y que la coordinación ante el fantasma del pánico será cualquier cosa menos eficaz. ¿Se puede ganar una guerra sin vencer antes al enemigo? No sé lo que cabe responder en términos técnicos y marciales, pero ateniéndonos al sentido común cabe decir que sí. ¿Qué si no un éxito del terror islamista es ver a París aterrado, desaparecido prácticamente el turismo, tomado de modo literal por las fuerzas de seguridad, vivir el soponcio más bien hiperbólico del operativo montado alrededor del Bernabeu con motivo del “clásico”, contemplar en la tv y en sesión continua las ruinas morales de Bruselas? En la guerra convencional –recordemos Irak o Afganistán—no se triunfa hasta que se saca de un agujero a Sadam o se muestra a la prensa el cuerpo acribillado de Bin Laden; en la terrorista, sí. En la terrorista basta con alterar a fondo la convivencia del atacado, es suficiente con sembrar entre la muchedumbre un miedo intenso, no para ganar una guerra, desde luego, pero sí para celebrar el triunfo de una batalla.

La que está cayendo no es otra guerra, un conflicto armando más en la historia de la Humanidad. Más bien se parece a la leyenda del Viejo de la Montaña y sus asesinos –que resultó no ser, ni mucho menos, una ilusión de Marco Polo–, al ideal milenario de la guerra sin frente, incluso sin guerrillas, de la organización secreta de sicarios ismaelitas abducidos por la promesa coránica del oasis celeste servido por huríes y reservado al guerrero, los “hassasin” de corvos puñales, que atacaban por sorpresa a sus víctimas invocando a Alá. No todo el mundo sabe que “asesino” viene de “hashsashin” y ésta de hachis, la droga con que se propulsaba la temeridad terrorista cuando no existía el “captagon”, ese psicótropo que vuelve feroz al cobarde y templado al histérico. Van ganando la guerra, eso está claro. Y más claro aún que Occidente no sabe cómo responder.