Hablar de la mar

Ha pedido el PP un endurecimiento de la normativa de incompatibilidades de manera que se impida el enchufe directo de cónyuges, hermanos, primos y demás parientes y afectos del Presidente abajo, así como la incompatibilidad para contratar con la Junta de los ex-altos cargos de la Junta y de sus tropecientas mil empresas públicas. A eso le llamo yo hablar de la mar, vaciar el océano con un vaso, entre otras cosas porque, respecto a lo primero, no creo fácil ni quizá posible arreglar un problema eterno, y en cuanto a lo segundo, cualquiera sabe que las posibilidades de camuflar esas contrataciones son infinitas. Ya es desmoralizador que haya que pedirle al Presidente, al consejero o al alcalde que no ponga a la cabeza de órganos directivos a sus familiares, pero más lo es todavía que no pueda uno fiarse ni de quienes nos han administrado al más alto nivel. Ya verán, en todo caso, como todo queda en agua de borrajas y tanto el nepotismo como el enchufe siguen presentes en nuestra vida pública.

Por un pico

La Diputación, ese órgano prescindible en una autonomía, resulta que, además, según el Tribunal de Cuentas, nos sale por un pico. Concretamente, la de Huelva es la cuarta más gastosa de España, por debajo de Barcelona, igualada con Sevilla y por encima de Valencia, La Coruña, Burgos y demás provincias más pobladas o extensas que la nuestra. El gasto va para financiar a los partidos representados en ella, razón por la que el acuerdo está garantizado, pero hay que cuestionar con qué derecho y por qué razón una Diputación de una provincia media gasta más que la mayoría de las grandes. Ya digo que de más está que se denuncie esta saqueo legal porque los partidos estarán siempre de acuerdo mientras se tire con pólvora ajena. La profesión política es un chollo, los partidos unas empresas de privilegio y las Diputaciones un agujero negro sin  más función imprescindible que la de financiar a los partidos. Y lo seguirán siendo.

La vida en un chip

Se ha señalado con frecuencia que el desarrollo tecnológico es silencioso. No nos percatamos del tráfago incesante que tiene lugar en nuestro entorno hasta que alguna aplicación útil surge inesperadamente al mercado, y menos aún, como es natural, de la interrelación que enreda en una sola madeja a las diversas fuentes de producción de tecnologías. La constante evolución del ordenata o del teléfono móvil, aparte de una estudiada estrategia comercial por parte de los fabricantes, constituye uno de los ejemplos más elocuentes de esa realidad que, lo percibamos o no, sugiere que la vida está experimentando un cambio histórico en dirección a lo que ha podido parecer durante siglos la utopía tecnológica. Por lo visto –se lo he oído a un responsable del Centro Nacional de Supercomputación–, el procesador del móvil que el nene lleva en el bolsillo tiene más capacidad que todos los ordenadores que había en el mundo cuando el hombre llegó a la Luna, pero hay indicios claros de que esta carrera fulminante va abrir todavía a la vida una perspectiva inimaginable en este momento. En Barcelona –instalado desde hace tres años en una capilla funeraria familiar, me parece— funciona un superordenador, el “Mare Nostrum” que ofrece los servicios de su colosal capacidad de cálculo a los investigadores, lo mismo para colaborar en el estudio de la estructura de las proteínas que para controlar la infinidad de datos del medio ambiente sometidos a estudio en este momento, un proyecto ambicioso que ya ha mejorado hasta doblar el número de procesadores con que comenzó y que se afana ahora para conseguir una máquina cien veces más potente aún, un cerebro orwelliano que sería capaz de realizar, una vez puesto a punto, la difícilmente imaginable cifra de ¡diez trillones de cálculos por segundo! El sueño de Clarke en “2001” o el de Asimov en “Yo, Robot”,  no entrañaban sólo una ocurrencia y una pesadilla, sino un adelanto de la realidad. La ciencia-ficción va siempre por delante de la convencional.

 

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 Esta última ampliación será posible gracias al éxito del procesador ‘Cell’ desarrollado expresamente para la ‘Play Station 3’, razón por la que la colaboración ente la empresa productora y nuestro ‘cerebro’ dependerá, en buena medida, de la respuesta que el mercado dé a ese producto. El proceso, en todo caso, parece inexorable, y no está de más precaver sus efectos, pues junto a las contribuciones benéficas que sin duda hará a la Ciencia, de lo que no cabe la menor duda es de que este exponencial crecimiento de la capacidad de control ha de repercutir, para bien y para mal, en la vida misma, que en un día no tan lejano será posible resumir, debidamente codificada, en el córtex de silicio, expresada fríamente en ecuaciones y dígitos, cifras misteriosas y algoritmos implacables. Estos días se discute en Francia sobre el pasaporte biométrico que, en breve plazo, pretende reemplazar al casi flamante pasaporte electrónico, siempre en el marco de la reacción a la creciente inseguridad experimentada en Occidente a partir del 11-S, de paso que crecen las protestas por el uso que, a pesar de las leyes protectoras, se hace de los datos personales incluso desde las instituciones del Poder. No hay que disponer de una imaginación excepcional para prever un futuro bastante inmediato en el que, a mi juicio inevitablemente, nuestras vidas terminarán controladas hasta límites inquietantes que no es seguro que no comprometan la libertad elemental. Máquinas capaces de ejecutar esa inconcebible tarea han de proporcionar al mundo ventajas indudables pero el precio será, con toda seguridad, alto, acaso prohibitivo, por la razón sencilla de que ese Poder, a poco que tenga posibilidades efectivas, no renuncia nunca al control social. Ahora sabemos que el ordenador ‘Hall’ propuesto por la ficción no era un absurdo sino una acechante pesadilla. Por si acaso, habrá que llevarse bien con él.

Malas perspectivas

El Presidente Chaves admite ahora que atravesamos una “desaceleración”, ya que no “crisis” bastante más intensa de lo que él mismo decía antes de las elecciones. Y pronostica que, a pesar del eterno compromiso de buscar el pleno empleo, “nuestra relación con el paro” será mala en los próximos años. Lo que no dice es que si ya marchábamos los últimos de la cola, los efectos negativos de esta “lo-que-sea” tan negativa puede acabar triturando el camuflaje del gran fracaso que supone mantener la misma posición desgraciada que ocupábamos hace un cuarto de siglo y dejar al aire las vergüenzas de una política desnortada y atenta sólo a ir saliendo del paso. Las malas perspectivas son para todos, pero afectarán mucho más a los que peor situados estamos, teniendo en cuenta, sobre todo, que no hay el menor signo que permita esperar ningún cambio socioeconómico importante en la región. Chaves lo sabe y juega a lo de siempre: a esperar. Lo lógico será que, cuando la crisis acabe, Andalucía esté mucho peor todavía que ha estado hasta ahora.

Ciudad de la justicia

Denuncia el presidente de la Audiencia que no existe en este momento proyecto alguno para esa Ciudad de la Justicia que la Junta se niega a construir en Huelva a pesar de tantas promesas y propuestas-chapuzas. Y menos que va a haber porque en Sevilla, la nueva consejera también ha paralizado la prevista para la capital de la región, o sea que calculen. Es obvio que la inversión en Justicia no es electoralmente rentable, lo que explica que ni siquiera la crisis actual del sistema –que se denuncia con energía incluso desde el Consejo General del Poder Judicial—logre que el Gobierno dedique dinero a esa Administración maltratada a la que luego se lapida cuando se producen casos como el de Mari Luz. Claro que si el ministro del ramo endosa esa responsabilidad ¡al franquismo!, tantos años después, pocas esperanzas pueden quedar frente al caos judicial. Aparte de que en Huelva se han de retrasar todos los proyectos posibles como castigo a la fidelidad de la capital al periquismo. El que no vea esto claro es que no quiere ver.

Aterriza como puedas

Acaba de hacerse pública la decisión de la Comisión Europea de sancionar a un buen número de compañías aéreas presentes en Internet que, o bien engañan a sus clientes en los precios ofrecidos, siempre mayores por hache o por be que los de la oferta, o bien introducen en su relación comercial cláusulas falsas, naturalmente en perjuicio del usuario. En su investigación previa, el alto organismo ha comprobado que esa estafa mayo o menor se viene perpetrando, por lo que respecta a los precios, en un 58 por ciento de los ‘sitios’ que operan en la Red , mientras que en relación con la existencia de las citadas cláusulas, el porcentaje afectaría a la mitad más o menos, en concreto a 137 casos. Conviene no confiar en los duros a dos pesetas, evidentemente, pero, además, estamos llegando a un punto de opacidad en lo que al transporte aéreo se refiere que el propio SEPLA, en colaboración con la Universidad Rey Juan  Carlos, ha entendido necesario hacer un macrosondeo para determinar el grado de cumplimiento de la normativa de seguridad que afecta a los pilotos y tripulaciones, comprobando que en un intolerable números de casos los excesos de trabajo impuesto por las necesidades de las compañías han ocasionado un hecho tan alarmante como peregrino: que uno de cada tres pilotos se haya quedado dormido alguna vez en pleno vuelo, agotado por el servicio. Hay compañías –el estudio habla de Clickair—en las que el ochenta por ciento de sus pilotos reconocen haber cedido al sueño alguna vez, aunque de tan inquietante circunstancia parece que no se libran ni las compañías “regulares”, incluida Iberia. Luego hablarán de los hipocondríacos y harán publicidad de cursillos para librar a ejecutivos y viajeros en general del famoso miedo a volar sobre el que tanto se ha fantaseado, pero que, ante revelaciones como las comentadas, más parece discreta reacción a peligros reales más que a fobias personales. No sé a ustedes, pero a mí no me entra en la cabeza que estas situaciones puedan producirse en proporciones semejantes sin que un castigo ejemplar contribuya a devolver al ciudadano su derecho al sosiego.

 

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 Estas cosas son las que nos devuelven a la tentación intervencionista, a desear que el “ojo público” y la larga mano del Poder no dejen campar por sus respetos a esos “emprendedores” agresivos y menos en negocios como el del transporte, que conlleva el riesgo de catástrofes irreparables. Está bien que el Mercado crezca y dé de sí esas oportunidades, esos duros a dos pesetas, que le hacen a uno preguntarse por qué un viaje “regular” ha de costar al viajero diez o veinte veces más que uno “low cost”, pero que además y sobre todo, parece ser que no son de curso legal. Un descubrimiento como el que comentamos no debería solventarse con un apercibimiento y quizá con una multa que, por supuesto, pagará la siguiente ronda de viajeros, sino que debería sustanciarse en una intervención enérgica de la autoridad que disuadiera a los explotadores, por su expeditiva dureza, de maximizar el beneficio a costa de la seguridad. El Mercado no es un sujeto de confianza, por mucha buena prensa que acumule y por más que pueda equilibrar la oferta y la demanda, como lo demuestra esta temeraria realidad que acaban de descubrir los propios pilotos al confiarnos su secreto mejor guardado: que se duermen a los mandos, agotados por la sobreexplotación, poniendo en riesgo unos pasajes que no tienen por qué confiar en el “piloto automático”. Es más, hay que decir que constituye un escándalo que un hallazgo como éste se liquide con unas cuantas multas y un puñado de apercibimientos, en lugar de sustanciarse, si fuera preciso, con un castigo confiscatorio que logre disuadir a los explotadores de su avaricioso propósito de explotación. Si el Mercado no es capaz de garantizar el juego limpio a ras del suelo, a diez mil metros de altura lo lógico es controlarlo con mano de hierro.