El engaño de Delphi

Hubo en su día un carota en la Junta que llegó a decir que el cierre de Delphi resultaría, a la postre, beneficioso para el trabajo de la comarca. Hay que tenerla de cemento para decir eso, pero la realidad es que, aparte de ese sujeto, desde Chaves al último mediador pasando por el consejero del ramo, han engañado a los trabajadores despedidos con promesas que el tiempo ha revelado falsas de toda falsedad. Se ha entretenido al personal con cursos y otras pamplinas, pero de esas empresas que se disputaban a dentelladas la sucesión de Delphi, nada de nada. Cuentos. Y lo curioso es que sólo un sindicato, la CGT, ha denunciado esta realidad con claridad y contundencia. ¿Los otros? Los otros andan muy ocupados sugiriéndole que “impulse la concertación”, o sea, “más maera” cuando a principio de año se renueve el acuerdo económico –porque eso es lo que—por el que Chaves compra a precio de oro, a síndicos y empresarios, la paz social.

El color del cristal

Ha subido el paro en toda España y en Andalucía más que ninguna parte. Dentro de ésta, Huelva es la provincia donde menos se notó el fenómeno aunque es preciso tener en cuenta los volúmenes de población activa y la cifra total de desempleados en relación con ella que tiene cada provincia. Mostrar contento por esa circunstancia es absurdo, entre otras cosas porque el mes de abril es un mes considerado bueno para el empleo por los estadísticos, tratar de culpar a la capital, más absurdo todavía puesto que es lógico que se destruya más empleo allí donde hay más, y pedirle al alcalde “medidas estructurales” para combatirlo, sencillamente paranoico. Andalucía va mal y nosotros vamos en el mismo barco. No hay otra reacción posible a esta nueva demostración de insolvencia de nuestro modelo económico que reconocer su fracaso relativo y tratar de fortalecerlo. Algo difícil en plena crisis pero lo único lógico.

Divino tesoro

Es bien conocido el titular de periódico anunciando el atropello de “un anciano de sesenta años”. Julio Camba contaba el cuento rebajando la edad del desdichado a cuarenta. Y entre uno y otro creo haber escuchado que Rajoy le ha dicho a alguien, en medio de esta invertida degollación de los inocentes que no está dejando títere con cabeza en el partido, que él no podía, en conciencia, jubilar a nadie con cincuenta y cinco. Bueno, pues tampoco es para ponerse así, porque estamos hartos de ver prejubilatas apoyados en la barra del bar desde el filo de la cincuentena y aún desde antes, al menos en el sector privado, pero el caso es que ese prócer parece haber encontrado la solución al relativo fracaso propio en una purga radical del organigrama basada en la única razón de la edad. Es la fascinación de la juventud, la apuesta convencida por la energía en detrimento de la experiencia –debida quizá a aquella vieja presunción de que este frío planeta debe su temperatura templada a la fiebre de la primera edad–, el prejuicio alejandrino de que más vale el arrojo o incluso la temeridad que la prudencia, pero que tal vez encuentre su explicación última en la ilusión especular que provoca en el que decide el brillo ajeno de esa edad dorada. “¡Rodéame de jóvenes!”, han clamado, además de Tiberio, muchos amos del mundo. De poco nos ha servido la advertencia de Goethe de que si es verdad que la juventud es un defecto, no hay que apurarse, porque la verdad es que se cura pronto.

 

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 Mi impresión es que esta tremenda aventura emprendida por el líder conservador tiene más de mimetismo respecto de la protagonizada por ZP que de otra cosa. No debe de ser fácil escapar a la sugestión de que la fórmula del rival triunfador es la única válida y posible si se pretende competir con él, y verdaderamente la audacia de aquel a la hora de liquidar sin concesiones a la “vieja guardia” primero y de rebajar progresivamente la edad de sus edecanes lo mismo que su opción ginecocrática han debido funcionar como un reflejo deslumbrante en la mente del derrotado. Es verdad, de todas maneras, que al mundo tampoco le fue de rositas con la gerontocracia, es decir, con el gobierno de los ancianos que decidieron en nombre de todos desde Abrahán hasta ‘Toro Sentado’, pero ya me puede decir Rajoy lo que quiera –teniendo en cuenta la que se nos viene encima–, que no va a convencerme de que Mayor Oreja, a sus 57 años, es un valor amortizado y esos alevines en alza una apuesta segura. Y no sólo porque dicha edad apunta a la sazón plena en el horizonte actual de la esperanza de vida, sino porque él mismo, el propio, Rajoy, no tiene, al fin y al cabo, más que cuatro años menos. Gide estaba levitando cuando decía que a la juventud no es preciso instruirla sino limitarse a aprender de ella, porque lo que demuestran los hechos es que, en cualquier organización posible, no hay mejor fórmula que la razonable combinación de la experiencia con el vigor, de las discretas cualidades que se le suponen a quien ha vivido lo suyo con la disposición arrasadora propia de quien estrena su biografía. Aparte de que la juventud es un mito reelaborado en la literatura, y cercanamente emparentado con el que insiste en la nostalgia de la “edad dorada” del propio mundo. Iung entrevió en esa fantasía, por cierto, el recuerdo de la propia infancia, esa patria feliz y pródiga (cuando lo sea) en la que, en efecto, basta extender la mano para coger el fruto, pero no escapó a su intuición  que una construcción semejante resultaba básicamente surrealista, pues sólo la Razón confiere a la realidad su consistencia última. Una ‘cantera’ bien explotada es un tesoro, qué duda cabe. Abusar de ella para dejar a los veteranos en el banquillo ha llevado, sin embargo, a más de un  fantasioso a dar con los huesos de su equipo en las categorías inferiores.

El cuento de la pinza

Ante el acuerdo alcanzado entre el PP e IU para tratar de oponerse o, al menos, conseguir que Chaves y el PSOE aclaren su postura frente al agresivo proyecto petrolero que atravesará nueve territorios protegidos en la provincia de Huelva, vuelve la metáfora de “la pinza” a la griega que, en tiempos, consiguió uno de los pocos periodos de relativo equilibrio en esta desnivelada autonomía. Protesta el “aparato” onubense, en efecto, diciendo que denunciará contundentemente esa “pinza” entre PP e IU, como si en los Ayuntamientos de Sevilla, Jaén o Córdoba no fuera una “pinza” con la propia IU lo que permite al PSOE gobernar ahora mismo, o como si el apoyo de la coalición no hubiera salvado a Chaves en repetidas ocasiones de ser investigado en el Parlamento sobre asuntos bien vidriosos. La “pinza” como el “transfugazo” lo practica cada cual a su turno, pero resulta escandaloso que sea precisamente el PSOE el que trate de deslegitimar ese tipo de acuerdos de los que tanto tiempo lleva aprovechándose.

La soledad del PSOE

Se ha quedado solo el PSOE en su silenciosa defensa del oleoducto que un grupo empresarial extremeño quiere trazar sobre delicados territorios onubenses. El PP su unirá a IU y a las más importantes fuerzas civiles en su oposición lo que forzará al partido de Chaves a aclarar su postura y manifestar las razones por las que apoya lo que todos los demás rechazan, aunque puede que su respuesta se enroque en la ambigüedad como ya hiciera al abstenerse reiteradamente en el Ayuntamiento cuando el debate sobre la central de Endesa. El problema es que en esta ocasión, salvo que consiga sus buenas razones para explicar que el paso de esa peligrosa conducción sobre nueve espacios protegidos por la UE no afecta al medio ambiente, abstenerse sería tanto como poner en almoneda nuestro patrimonio natural y corroborar las “hipótesis” que ven en la consejera onubense del ramo una auténtica encargada del partido para sacar adelante ese proyecto empresarial de sus “amigos políticos”.

La sociedad desinformada

Todo indica en la creciente desconfianza pública hacia los ‘medios’ que la “sociedad de la información” anda fracasando como “sociedad del conocimiento”. Hay por ahí más información  que nunca, circulan más noticias de lo que hubiera sido posible imaginar cuando McLuhan avisaba sobre el riesgo futuro que acabarían acarreando las nuevas tecnologías, pero la sociedad no está, probablemente, mejor informada por eso ni mucho menos. En la Feria del Libro de Buenos Aires ha reaparecido Tom Wolf, ese dandy anacrónico, para insistir sobre su teoría del descrédito de la información convencional junto a los peligros de Internet, un almacén sin vallas ni guardas donde puede encontrarse prácticamente noticia de todo pero sin la posibilidad de saber nunca quién la puso allí. No le falta razón. La crisis de la información es tan aguda como lo demuestran los críticos episodios que afectaron a al New York Times o a la CBS hasta forzarlos a la autocrítica, una crisis cuya causa ha explicado alguna vez Félix de Azúa como la consecuencia de la desaparición de la independencia en los montajes editoriales, y de la que en España, por supuesto, tenemos sobrados ejemplos. ¿Cómo fiarse de unos ‘medios’ que, más allá de la legítima discrepancia, han llegado a convertirse en instrumentos de la parcialidad más evidente, cómo confiar en una prensa “prestigiosa” que se contradice día a día presentando la realidad en un transparente dualista, maniqueo, con el que la única posibilidad de confianza que le queda al lector es la identificación sectaria? Un millonario famoso compra “Lib’ nada menos, Marcel Dassault, el dueño del emblemático ‘Le Figaro’, comercia con armas, la estrella del NYT, Jayson Blair se inventa historias y reportajes: todo eso resulta incontestable, demoledor, pero ¿acaso es alternativa la información que circula abrumadora en la Red?  “La mayoría de los blogs son basura –dice Wolf—aunque siempre es posible encontrar en ellos algo útil. ¡Ah, ya! “Los ‘bloggers’ son miembros de tribus urbanas que operan a nivel de rumor”. Pues vale. En los periódicos serios Wolf no debe de haber topado nunca con un rumor hecho noticia.

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Soy pesimista al respecto: creo que el futuro será cada vez más parcial, si es que el proceso de agregación de ‘medios’ en corporaciones no desemboca en un oligopolio puro y duro. Contribuye a establecer el círculo vicioso el hecho de que, por lo general, los ‘medios’ audiovisuales extraen su noticiero de la prensa escrita y ésta, por su parte, no está menos sujeta que ellos a la dependencia ni menos sometida a la parcialidad, doble causa que produce el doble efecto para el consumidor de recibir una información doblemente filtrada. Va quedando un margen muy estrecho para el criterio libre y transitar por él cuesta caro, entre otras cosas porque el público, en su desconfianza progresiva, ha roto en pura indiferencia. ¿Cómo si no explicar el éxito de una prensa gratuita que no tiene otro remedio que ser elemental, sucinta y dependiente de la información ajena? De hecho, temo que la fidelidad actual a los ‘medios’ se fundamente más que nunca en la opción política personal, esto es, en el deseo de encontrar en el ‘medio’ justamente lo que cada fiel busca, que no es otra cosa que su propio criterio. Y lo encuentra, en el periódico, pero también en la radio o en la televisión. Hay telediarios que se han convertido en pura crónica de sucesos justificando la información y, ni que decir tiene, la crítica política, en unas breves imágenes inevitables. ¿Mayor conocimiento a mayor información? Seguro que no, mientras se mantenga la dependencia económica y política, y mientras los ciudadanos no encuentren mejor remedio a su indefensión que el sectarismo, lo mismo en los medios convencionales que en el ciberespacio. Ojo al buscar a los culpables, en todo caso, porque puede que lo seamos todos.