Defensores a Gogó

Sin salir de las páginas del periódico del día me entero de que el Defensor del Pueblo (español) tomará cartas en el asunto para ver qué hay detrás o debajo del extraño caso de los espías de la VPO onubense; de que el Defensor del Pueblo (andaluz) logra, por fin, que le nombren los adjuntos demorados por el criterio sexista; de que el Defensor del Paciente estudia demandar al Servicio Andaluz de Salud con motivo de cierto traslado de pacientes quemados; de que el Defensor de Córdoba denuncia ante la Fiscalía el tráfico de guatemaltecos en la ciudad; de que el Ayuntamiento de Huelva nombrará Defensor del Ciudadano a un edil de IU ahora cesante y justamente rebelde… ¡Dios de mi alma, pero ¿cuántos Defensores tenemos en esta país tan indefenso, en el que, a la hora de los disturbios, ni se encuentra uno ni de milagro? No sabía lo que estaba haciendo quien introdujo entre nosotros esa figura nórdica del “Ondbusman”, tan necesaria como abusada por estos partidos clientelistas. Seguro que algunos de esos “defensores” me daban la razón. 

Urgencia en Urgencias

Llama la atención en un profesional acreditado como XXXXX Medina su actitud frente a un conflicto como el que hace tiempo que se vive en esos servicios de urgencias del “hospital de referencia”, es decir, del Juan Ramón Jiménez, que, según sus propios médicos, “van de mal en peor”. La tremenda pitada que éstos le dedicaron ayer puede ser el prólogo de acciones más graves que, de producirse, ciertamente habría no habría más remedio que reconocer que llegarían cargadas de razón ante el insultante desdén con que  los gestores sanitarios tratan a sus profesionales. Y ojo porque no se trata sólo de la imprevisible gravedad de esas acciones (los médicos dicen que renuncian a un huelga legal que la regulación abusiva de los “servicios mínimos” convierte en inútil), sino de la que implica que un sector tan vulnerable de la vida hospitalaria no encuentre salida a la situación de práctico colapso en que lo ha terminando sumiendo una “presión asistencial” intolerable. ¿El delegata, la consejera? Bien, gracias. Una vez pasadas las elecciones todo vuelve a ser menos urgente.

Arte y mercado

Comento con el crítico de arte José Antonio Chacón el imparable avance que lleva en el mercado la obra de Andy Warhol (cuyos retratos e iconos pop regala este periódico  a partir del domingo) respecto a la de Pablo Picasso, a la que está, por lo visto, a punto de alcanzar en las subastas, y Chacón me recuerda la frase lapidaria que el propio Warhol dejó lista para le mármol de la memoria: “Tras al arte vendrá el mercado”. En Christie’s se adjudicaba el otro día una de sus maravillas, titulada “Green Car Crash”, en más de 53 millones de euros, cifra mareante queda una idea de la extrema volatilidad del valor artístico en estos tiempos del cólera en que, según me cuenta un amigo que anda por las Venecias de Paul Morand, se expone en las salas del Arsenale de un Cristo colgado de un caza americano  -vieja “performance” del provocador argentino León Ferrari que viene echando mano de ella desde 1965– bajo el sugestivo título de “La civilización occidental y cristiana”. Pueden admirarse en esa “mostra” famosa, aparte del Cristo en cuestión, otros hallazgos fenomenales, desde el niño que juega al fútbol con una calavera en Beirut, obra de Paolo Canevari, a una maqueta del atentado a las Torres Gemelas o a un avión en movimiento continuo, sin contar con los vídeos sobre “percepción de la muerte” debidos al genio del chino Yang Zhen Zhong o a los murales confeccionados con chapas de botellas de vino que ha conseguido instalar para deleite de un público ávido de novedades cierto ganés desconocido. Mi amigo (el de Venecia) protesta de la contaminación  progresiva del propio centro clásico de la ciudad en cuyo Gran Canal luce en este momento un colosal cocodrilo rosa contrastando con la filigrana blanca y rosa de la vieja piedra gótica que admiraron los siglos. Olvídense de la obra de arte, no le den más vueltas, y abran su estimativa a esa “performance” que hace subir como la espuma las posturas subasteras. El pobre Tristán Tzara y los locos vieneses del “Cabaret Voltaire” no sabían –¡hace un siglo mal contado!– que la profecía mercadista de Warhol era ya una realidad cuando Hitler era todavía cabo.
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En eso de la ‘performance’ hay sitio para todo. Yo he visto a un tío empapelar impunemente un puente sobre el Sena y he leído que un tal Cosimo Cavallaro llegó a pintar un hotel con mozarella –con gran éxito de público y prensa- antes de fabricar su “My sweet Lord”, su famoso Cristo de chocolate suspendido del techo (90 kilos cabales), cuya exhibición se vio obligada a cancelar una famosa galería de Nueva York. Como he visto, más recientemente, un Cristo onanista en un catálogo financiado por la Junta de Extremadura, o una representación de Cristo y la Virgen en una sartén junto a una serie de animales insertos sobre escenas religiosas, a cargo, en esta ocasión, de la muy conservadora Generalitat valenciana y obra, por cierto, del mismo Ferrari que estos días trata de escandalizar, como tantas veces, en la Bienal veneciana. En Sevilla dio el cante su ‘bienalita’ con la muestra de un adolescente ahorcado que, francamente, a muchos no nos había parecido digno de ser tenido demasiado en cuenta hasta que nos hemos enterado de la irresistible ascensión de Warhol en ese Mercado que él conocía tan bien. Un hijo de Mitterand que se gana la vida como marchante, y también habitual de la ‘Mostra’ italiana, no ha sabido que contestarle a mi amigo cuando éste le ha preguntado con las del beri cuántos de estos cristos y cocodrilos perdurarán dentro de un par de siglos como desde hace muchos más perduran Giottos, Tizianos o Leonardos. Normal, incluso en un marchante. El negocio del arte no tiene por qué filosofar con sus buidas motivaciones. Muchos pintores mueren tiesos pero pocos traficantes. Al paso que lleva la que Ortega llamó “la deshumanización del arte”, la verdad es que tampoco hay que ser un lince para entender la profecía de Warhol.

Secretos a voces

No me parece que sea tan relevante que el Gobierno explique qué hacían dos viviendas de protección oficial convertidas en nidos de espías como que justifique cómo es posible que un servicio secreto pueda ser descubierto por los vecinos de la escalera. Que hubiera espías permanentes en Huelva sugiere, desde luego, que algo importante podría cocerse en la provincia, pero si es así, ya me dirán qué lógica tiene que la infraestructura utilizada pueda ser descubierta y denunciada en público por el primero que se lo preponga. Lo grave de lo sucedido en Huelva no es tanto, por supuesto, el compadreo patrimonial entre Administraciones públicas ni el mal uso de esos bienes destinados a los ciudadanos, como la inconcebible precariedad de un servicio básico para la seguridad de todos. Eso es lo que debe ser explicado ante todo por sus responsables y no la anécdota del mal uso de las VPO. Porque lo que es evidente es que los eventuales vigilados en Huelva harán tomado buena nota de esta ocurrencia sólo explicable por la condición de aficionados de algunos altos responsables. 

Paga lo que debes

Curiosa, extraordinaria, incluso divertida la ocurrencia del autodidacta que organiza el PSOE, Mario Jiménez, al “exigirle” al PP que cumpla sus promesas electorales en materia de empleo y vivienda. ¿Habrá considerado esa minerva lo fácil que le resultará al requerido devolverle la pelota reclamando el AVE prometido por ZP en persona, los tres puentes anunciados por Chaves, el desdoble famoso de nunca acabar, la nueva sede de la Audiencia, el edificio del Banco de España y tantas promesas incumplidas como desde la noche de los tiempos viene acumulando el PSOE? La política funciona ya como si el compromiso no existiera y el decoro contara menos que nada en ese mundo pragmático que sabe que de lo que se trata es de camelar en lo posible al pueblo soberano aunque sea sin le menor intención de cumplir promesa alguna. Pero me temo que esta legislatura, al menos en el Ayuntamiento de la capital, la oposición lo va a tener más crudo para despejar los compromisos propios que para exigir los ajenos. 

Estado de gracia

La televisión belga ha difundido por el planeta entero la comparecencia del presidente Sarkozy ante la prensa tras la cumbre del G8. Son una imágenes breves pero elocuentes, interpretables, sin duda, en las que cada cual podrá ver lo que guste, pero si me preguntan qué es lo que he visto yo (tras “visionarla” tres veces) les contesto que, simple y llanamente, no he visto más que a un Presidente en estado de gracia que se permite enfrentarse a la jauría plumífera con una cogorza en lo alto como un castillo. A mí me ha divertido la escena, para qué voy a engañarles, que ya está bien de políticos repeinados mirando de reojo la chuletita del gurú, y falta hacen tal vez estas explosiones de vida para airear la campana pneumática en que andan encerrados nuestros próceres. No hace demasiado tiempo hubo un escandalillo en Italia porque la Scala de Milán decidió suprimir la proyectada ópera “Cándido” de Leonard Bernstein –ya estrenada como si tal cosa, por cierto, en el ‘Châtelet’ parisino– cuyo montaje incluía una desopilante escena en la que varios líderes mundiales –Berlusconi, Bush, Blair, Putin o Chirac–, borrachos como cubas, bailaban sobre unos colchones que venían a sugerir la marea negra, símbolo ésta a su vez de la que tenemos encima en esta era mediocre pero tan peligrosa. Y más o menos por esas fechas, si no me equivoco, se aupaba al telediario el Ayuntamiento de un pueblo madrileño cuyo concejal de urbanismo –que sus razones tendría, digo yo– condujo ebrio de toda ebriedad hasta que lo paró en seco un lamentable accidente. También en Brasil se habla desde hace años de la presunta dipsomanía del presidente Lula, que por lo visto se zampa hasta la colonia en cuanto le dan ocasión con el agravante de que luego no se para en barras para poner a caer de un burro a sus colegas e incluso a los demás países. Incluso del juez Garzón se dijo y desdijo con ocasión de una visita a Chile, atribuyéndosele conceptos que no reproduciría ni aunque me los certificaran. Tres güisquis se los zampa cualquiera, como en el divertido chascarrillo que cuenta Paul Auster y que Paco Rosell recordaba aquí en su último artículo dominical, pero sólo se le disimulan a un personaje si está en estado de gracia. Si no se le fríe.
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Pero si leen la prensa europea estos días comprenderán enseguida que a ese líder emergente, al que no logró hacerle mella ni la estudiada historieta de su veleidosa señora, tan gustosamente aireada por los ‘medios’ rivales, vive en estos momentos ese privilegiado instante en que todo le está permitido a uno, incluso pillarse una cogorza antes de comparecer ante la prensa. Recuerden las que se pillaba Boris Yeltsin, y en especial aquella en que la escolta no logró disuadirlo de dar el espectáculo, en una pista de baile precisamente, marcando como un oso briago el difícil momento que el país atravesaba, y por completo ajeno a la preocupación de la imagen. He visto a ‘Sarko’ chamullar sus disculpas y ofrecerse a los plumillas con descaro, gesticular con esa vacilante ambigüedad gestual que propicia el alcohol, y he comprendido que ese hombre, en especial tras la arrasadora pasada que le ha dado al país ayer domingo, puede hacer lo que le plazca en este momento dulcísimo en el que, por fin, comienza a intuirse la posibilidad de que Europa recupere ese “lidership” perdido y, a su través, la política logre elevarse a un nivel más respetable que el que actualmente ocupa. Un hombre que pone a la izquierda contra las cuerdas y, de paso, liquida a la extrema derecha, tiene derecho a empinar el codo, si no como un cosaco, al menos como un boyardo. Maragall se querelló, por lo visto, cuando alguien insinuó que bebía por demás, justo porque su imagen no resistía ya un mal palo. ‘Sarko’, al menos de momento, puede beberse el manso sin que nadie se lo eche seriamente en cara.