La razón de partido

No lleva razón  alguna el portavoz del PSOE cuando se escuda, para no votar una proposición no de Ley que exige la igualdad de derechos de  los andaluces en toda España y, en concreto, de su derecho a hablar y expresarse en español en todas nuestras comunidades autónomas. ¿Qué eso no tiene que ver con “los problemas reales de la sociedad andaluza”? ¿Repetiría el PSOE ese argumento en Barcelona, lo usaría como argumento su dirección general de Andaluces en el Mundo? La Junta y Chaves se bajan los pantalones ante la presión de su franquicia catalana, el PSC, y sus socios separatistas, aparte de que votarán en contra por ser el PP quien propone la medida. Lo cual equivale a conformarse con que en Barcelona o en Palma, en Bilbao o en Vigo, nuestros sufridos emigrantes pierdan, entre otros, el derecho a su lengua nativa y constitucional. Una vergüenza sin paliativos. Los andaluces en esas regiones españolas están abandonados.

¿Qué oculta el oleoducto?

Pocas Personas sensatas discrepan de quienes califican de ilógica la construcción de una refinería “de interior” y menos aún de quienes ven en el oleoducto que los “amigos políticos” de ZP, González y Chaves, es decir, el Grupo Gallardo, pretenden atravesar la provincia de Huelva sin dejar en ella un duro pero llevándose por delante su medio ambiente, incluso el protegido por la UE. ¿Qué hay detrás del proyecto, qué intereses tan fuertes circularán por ese oleoducto para que Chaves calle vergonzantemente y su consejera mienta con absoluto descaro, qué le va al PSOE en es proyecto para permitirlo sin condiciones en contra de una opinión generalizada? Es fácil comprender que no debe tratarse tan sólo de beneficiar a los Santos de Maimona. Pero entonces ¿qué es, quién trinca, a cambio de qué un partido y un Gobierno van de escuderos de una empresa? Que aquí hay busilis no admite dudas. El tiempo, casi seguro, lo aclarará.

Modelo de país

Hoy no se discute entre nosotros, como hace veinte años, sobre el modelo de nación a que dicen aspirar unos y otros en la política española; hoy, simplemente, se postula ese modelo desde los ejemplos concretos. La imagen de la ministra de Defensa, sin ir más lejos, es, para la vicepresidenta del Gobierno, sin que esté claro el por qué, un símbolo de la España que el Gobierno se afana en construir, al tiempo que su obediente tele oficial ofrece a toda Europa el perfil ridículo de Chiquilicuatre como un símbolo nacional. Lo de la noche del sábado fue de vergüenza, da lo mismo el sofisma del que se parta, se esgrima el gallardete de la elección “popular” de semejante esperpento o se emplee el argumentillo de que de lo que se trataba –con el visto bueno del Gobierno, por supuesto—era de “forzar” al rancio Festival a mejorar sus contenidos por el procedimiento de ridiculizarlo con una burda parodia exenta de la menor gracia. No se trata, sin embargo, de una anécdota insignificante ni de una ocurrencia mediática sino del fondo populista con que este Gobierno trata de erosionar el lógico y tradicional sentido del honor nacional como si se tratara de una extravagancia o de la rémora de un pasado a abolir. Frente al declive manifiesto de esa vieja cita, no hubiera sido mala la solución la de no asistir a él o la de mantener la inveterada costumbre de enviar  a es plató una representación más o menos cooptada en el coto de la tele pública, cualquier cosa antes que organizar el espantoso ridículo que supone representar a “la novena potencia industrial” del planeta y actual faro de la culta Europa, con un friqui del montón, incapaz de ofrecer una sola arista incómoda a una audiencia que se limitó, evidentemente, a distinguirnos justificadamente con su desprecio. La España de Carme Chacón y Chiquilicuatre ha quedado en la más triste evidencia.

 

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 No creo que los enemigos más enconados de ese concepto en almoneda que es España hubieran imaginado una chanza tan despreciable y degradante como la simbolizarnos con ese payaso desgraciado que, por supuesto, no tiene la menor culpa un desaguisado cuya responsabilidad es entera del Gobierno que controla con su larga mano de hierrouna TVE consagrada a sus altos intereses. Chiquilicuatre no es más que uno que pasaba por allí, un peatón  más de esta ‘Friquilandia’ desenfrenada, al que le han dado ocasión de vivir sus tres minutos de gloria a cambio del choteo internacional que, probablemente, no incomoda en exceso a los mismos que tratan de hacer del eslogan “España no se rompe” la perfecta coartada de su fractura. Aparte de que, claro está, suponer que ese indigno adefesio encajaría bien en la estimativa pública implica un desdén supino para la dignidad del ciudadano medio que, a buen seguro, ha visto en la broma estúpida, más un insulto colectivo que una ocurrencia ingeniosa. Lo que sí es verdad es que el personaje en cuestión simboliza bien la imparable degradación cultural que vive esta sociedad española de la telebasura pero también de la economíabasura o de la políticabasura, que en su perfecta indigencia encarna el emblema de una convivencia enferma de trivialidad y alcahueteo, mugre y mediocridad. Lo que ha demostrado la presencia de Chiquilicuatre no es la independencia de TVE sino el mísero concepto de España que tiene su Gobierno legítimo, ese ejecutivo que aspira, nadie sabe por qué, a una España a la medida de la ministra Chacón, una pacifista al frente del Ejército que, al cambio, viene a ser como un ‘okupa’ al frente de Vivienda. No sé, puede que uno vaya estando anticuado, pero la otra noche he sentido una vergüenza terciada de indignación pensando en lo que pensando estarían esos millones de teleabducidos forzados a ver España en ese perfil ruin. Esto viene a ser como tomar por las hojas el rábano del antifranquismo. Acabaremos echando de menos a Manolo Escobar.

La estafa de Delphi

¿Se acuerdan de cuando dijeron desde la Junta que el cierre de Delphi acabaría siendo una suerte para la comarca gaditana porque forzaría una reindustrialización de película? Pues ahí lo tienen: llevan enredando desde entonces con cursitos y subsidios, pero no hay una puñetera empresa dispuesta a acoger a esos trabajadores desahuciados a los que la Administración ha timado con toda la cara, ni, por supuesto, hay una sola firma que se haya interesado por establecerse –de verdad—sobre el terreno. Claro que, ahora que pasaron las elecciones, ya me dirán a quién le importa el drama de los parados de Delphi, para los cuales la crisis que tenemos encima resultará una carga suplementaria a la hora de mantener el sueño de la reintegración al trabajo. No es que sea la primera (ni será la última, probablemente), pero lo que la Junta ha hecho en Cádiz con los despedidos de Delphi merecería una sanción social y política de primera magnitud.

Huelva quiere saber

Con el tiempo las “Charlas en El Mundo” afianzan su papel y enganchan con más fuerza a sus amigos habituales, que son multitud. Incluso en los temas –por ellas ha pasado la sociología, la literatura, la teología, el Ejército, la economía, la educación, el pensamiento, el teatro, la diplomacia, el periodismo de altura…– menos propicios, teóricamente, como son los propios de la Ciencia con mayúscula. Pues bien, cada vez que un científico de fuste pasa por ellas, como el viernes pasado, las salas se llenan a rebosar y el coloquio se anima a tope. Hay en Huelva un enorme interés por saber, unas ganas vehementes de estar al día de lo que ocurre y lo que se cuece por el mundo que, a la vista está, no satisfacen las instituciones oficiales encargadas de la Cultura, pero a la que trata de contribuir este periódico, desde hace cinco años, con su esfuerzo y cuidado. Deberían proliferar otras iniciativas, si fuera posible. Eso sí: imitadores, abstenerse.

Babel resurgida

Hay pocos fenómenos tan característicos de este tiempo como la preocupación por las lenguas, su conservación y vuelta al uso perdido. Se ve en esos materiales de la cultura popular un patrimonio cuya pérdida carece de sentido pero que, de modo casi inevitable, entran en fricción con la lengua oficial de cada nación, porque es evidente que la unificación lingüística fue un elemento decisivo en la formación de las naciones y, muy en particular de los Estados “modernos”. Ahora ese propósito va en paralelo con la obsesión por el plurilingüismo como respuesta adecuada a la globalización de las relaciones humanas y, aunque parece decidida la batalla por la nueva “koiné” a favor del inglés, la moda es tan potente que andan proliferando idiomas hasta ahora considerados marginales si es que no exóticos, como el ruso o el chino, cuya doble demanda se hace notar hoy –no cabe duda de que ante las expectativas despertadas por sus respectivas eclosiones económicas–  en muchas universidades, incluidas algunas españolas. En Francia la reclamación a favor de las lenguas regionales es antigua aunque decreciente hasta ahora –no hay que decir que como consecuencia de su pétreo  jacobinismo–, en especial en regiones como Bretaña o la compleja región occitana, pero hace unos días, tras un interesante acuerdo de izquierdas y derechas, los diputados han decidido inscribir su reconocimiento en la Constitución de esas reliquias históricas (dicen que en Bretaña cada día desaparecen 28 hablantes de el viejo idioma) si perjuicio de dejar claro que no hay más lengua de la República que el francés, respecto del cual el bearnés o el picardo, el alsaciano o el vasco (que ellos escriben aún con la be indígena) no han de ser, en modo alguno, competidores sino valiosos compañeros del largo viaje de la Historia. Francia es un país del que se puede decir lo que se quiera, pero no que no se toma en serio las cosas que lo requieren. Justo al revés que nosotros.

 

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 Mientras tanto el buen proyecto de establecer en España una enseñanza bilingüe choca por un lado con la obcecación lugareña de los nacionalismos excluyentes y por otra con algo que resulta inexplicable que no estuviera previsto en los doce o veinte millones de planes comprometidos por los políticos en los últimos años para conseguir una generación capaz, al fin, de hablar inglés –obsesión muy explicable en un país en el que ha sido rara la excepción de un presidente del Gobierno capaz de chamullar medianamente las lenguas diplomáticas indispensables–, a saber, la falta de profesores especializados y realmente capaces de desenvolverse pedagógicamente en un idioma extraño. Claro que uno se pregunta si tan difícil resulta recurrir a profesores nativos ofreciendo en nuestros centros una enseñanza que difícilmente pueden desarrollar nuestros profesores actuales y menos en el ambiente de degradación  de la docencia que estamos padeciendo. Se gasta una fortuna, como sabemos, en financiar el catalán o el vasco –¡incluso en el extranjero!—pero los presupuestos para fomentar seriamente el bilingüismo requeteprometido no aparecen por ninguna parte. Con la particularidad de que nuestro no poco pardillo sistema no se ha empezado hasta ahora a aceptar, como mérito académico, las titulaciones extranjeras más prestigiosas –pongamos el ‘DALF’ francés o el ‘Proficiency’ de Cambridge—a pesar de la insuficiencia manifiesta de nuestro sistema oficial. Pero volviendo al principio, no dirán que no inspira cierta autocompasión comparar el disparate que estamos padeciendo aquí con la serena y culta solución francesa de proteger el patrimonio lingüístico regional sin oponerlo dialécticamente a una lengua nacional de extraordinario aliento y belleza incuestionable como es la suya. El corso, el creolés o el flamenco saldrán del formol del olvido para mantenerse libremente como testimonios vivos de un proceso histórico imposible de cambiar.