Aterriza como puedas

Acaba de hacerse pública la decisión de la Comisión Europea de sancionar a un buen número de compañías aéreas presentes en Internet que, o bien engañan a sus clientes en los precios ofrecidos, siempre mayores por hache o por be que los de la oferta, o bien introducen en su relación comercial cláusulas falsas, naturalmente en perjuicio del usuario. En su investigación previa, el alto organismo ha comprobado que esa estafa mayo o menor se viene perpetrando, por lo que respecta a los precios, en un 58 por ciento de los ‘sitios’ que operan en la Red , mientras que en relación con la existencia de las citadas cláusulas, el porcentaje afectaría a la mitad más o menos, en concreto a 137 casos. Conviene no confiar en los duros a dos pesetas, evidentemente, pero, además, estamos llegando a un punto de opacidad en lo que al transporte aéreo se refiere que el propio SEPLA, en colaboración con la Universidad Rey Juan  Carlos, ha entendido necesario hacer un macrosondeo para determinar el grado de cumplimiento de la normativa de seguridad que afecta a los pilotos y tripulaciones, comprobando que en un intolerable números de casos los excesos de trabajo impuesto por las necesidades de las compañías han ocasionado un hecho tan alarmante como peregrino: que uno de cada tres pilotos se haya quedado dormido alguna vez en pleno vuelo, agotado por el servicio. Hay compañías –el estudio habla de Clickair—en las que el ochenta por ciento de sus pilotos reconocen haber cedido al sueño alguna vez, aunque de tan inquietante circunstancia parece que no se libran ni las compañías “regulares”, incluida Iberia. Luego hablarán de los hipocondríacos y harán publicidad de cursillos para librar a ejecutivos y viajeros en general del famoso miedo a volar sobre el que tanto se ha fantaseado, pero que, ante revelaciones como las comentadas, más parece discreta reacción a peligros reales más que a fobias personales. No sé a ustedes, pero a mí no me entra en la cabeza que estas situaciones puedan producirse en proporciones semejantes sin que un castigo ejemplar contribuya a devolver al ciudadano su derecho al sosiego.

 

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 Estas cosas son las que nos devuelven a la tentación intervencionista, a desear que el “ojo público” y la larga mano del Poder no dejen campar por sus respetos a esos “emprendedores” agresivos y menos en negocios como el del transporte, que conlleva el riesgo de catástrofes irreparables. Está bien que el Mercado crezca y dé de sí esas oportunidades, esos duros a dos pesetas, que le hacen a uno preguntarse por qué un viaje “regular” ha de costar al viajero diez o veinte veces más que uno “low cost”, pero que además y sobre todo, parece ser que no son de curso legal. Un descubrimiento como el que comentamos no debería solventarse con un apercibimiento y quizá con una multa que, por supuesto, pagará la siguiente ronda de viajeros, sino que debería sustanciarse en una intervención enérgica de la autoridad que disuadiera a los explotadores, por su expeditiva dureza, de maximizar el beneficio a costa de la seguridad. El Mercado no es un sujeto de confianza, por mucha buena prensa que acumule y por más que pueda equilibrar la oferta y la demanda, como lo demuestra esta temeraria realidad que acaban de descubrir los propios pilotos al confiarnos su secreto mejor guardado: que se duermen a los mandos, agotados por la sobreexplotación, poniendo en riesgo unos pasajes que no tienen por qué confiar en el “piloto automático”. Es más, hay que decir que constituye un escándalo que un hallazgo como éste se liquide con unas cuantas multas y un puñado de apercibimientos, en lugar de sustanciarse, si fuera preciso, con un castigo confiscatorio que logre disuadir a los explotadores de su avaricioso propósito de explotación. Si el Mercado no es capaz de garantizar el juego limpio a ras del suelo, a diez mil metros de altura lo lógico es controlarlo con mano de hierro.

Pólvora descubierta

Nadie secunda –ni los partidos de la oposición, ni los sindicatos, ni los Ayuntamientos—el proyecto-fotocopia de Chaves de librarse del compromiso de hacer viviendas y, de paso, echarle una mano a la patronal, reconvirtiendo viviendas de renta libre en VPO o de renta limitada. Y es lógico, porque esa providencia supone que los contribuyentes acaben pagando extra el coste de la operación  que deberían haber hecho las Administraciones durante años, aparte de que todos recordamos la indiferencia con que esas Administraciones contemplaron el panorama especulador mientras duró la bonanza, contribuyendo en muchos casos –Marbella no es una excepción, hay que repetirlo—a la temeraria expansión de la burbuja que ahora ha estallado sin ruido. En Andalucía hay vigente un Plan de Vivienda. ¿Por qué no ha solucionado nada, de quién es la responsabilidad de esa ineficiencia, acaso no es ajena a ese fracaso cierta connivencia con la propia especulación? Nadie cree ni quiere la panacea que Chaves le ha copiado a Madrid. Tan cerrada oposición lo demuestra cumplidamente.

Sólo falta el palio

Desde aquel Rocío en el que el presidente Borbolla tocó el tambor no se recordaba otra efemérides como la de este año de gracia, en que hemos oído a Chaves, es decir, al presidente del partido cuyo Gobierno se las trae tiesas con la Iglesia Católica, aceptar la Medalla de la Hermandad Matriz y gritar ‘¡Viva la Virgen del Rocío!’. París bien vale una misa, eso es sabido, pero no es a Chaves a quien muchos rocieros no han entendido sino a esa Hermandad tan celosa de sus fueros que ha tenido tan estupenda como peregrina (es lo suyo) ocurrencia. Ya sólo le falta a este “régimen” que algún espontáneo le ofrezca un día el palio, como en los viejos tiempos, a la hora de ir a la Iglesia a por un puñado de votos, que es de lo único que se trata. ¿Se le habrá olvidado la obsesión por la laicidad a Chaves o se le habrá olvidado la realidad a quienes desde una Iglesia lo adulan? Nunca lo sabremos, pero en El Rocío se ha palpado este año la discrepancia.

El canto del cisne

Para Marthe Sicard 

Opiniones en torno a la “revolución” del 68, que cumple ahora su cuarentena. Negativas, en general, nostálgicas con frecuencia. Más en Francia, como es natural, pero también en EEUU hasta donde llegó su larga onda. Durante años ha habido mucha guasa a propósito en la Sorbona, en  Nanterre, entre los “normalistas” y los sabios dedicados a los “altos estudios”. También contumaces, sobre todo prochinos y troskistas, como Alain Badiou, en la estela de Derrida, que ahora sale proponiendo a san Pablo, ¡sí, al Apóstol!, como un modelo interesante de universalismo: “el Lenin de un Marx equívoco”, imagínense. B-H Lévy explica esta fijación en clave psicológica, yo diría que psicoanalítica, que no es lo mismo, pero la discusión está ahí: por algo será. Aquí mismo, mi admirado Alfonso Lazo lo pinta como “un enorme tumulto” organizado por aburridos “hijos de papá”, lo cual es tan cierto como que a aquel movimiento no tardaron en llegar importantes contingentes obreros, en especial jóvenes inmigrantes que venían de la Francia profunda o de la inmigración. Lleva razón Lazo en valorar el fracaso de aquel “movimiento” que hermanó los campus de California con la basca de Odéon y a los “rojos germanos” con muchos universitarios japoneses, aunque quizá desprecie sus efectos secundarios, y no exageraré incluyendo entre ellos el final del gaullismo y el anuncio de la catástrofe comunista. Rossana Rossanda –¡ay, nuestras discusiones sobre ‘Il Manifesto’!–  lo acaba de decir en este periódico: la izquierda cometió entonces dos errores, uno, asustarse ante el riesgo de un ‘revival’ fascista; y dos, despistarse y entregar la cuchara al juego neoliberal. Pero hay que añadir que después del 68, para bien y para mal, muchas cosas no volvieron a ser iguales en el plano axiológico: ni la familia, ni las relaciones sexuales, ni la docencia, ni desde luego, la autoridad. El 68 fue un fracaso con consecuencias de largo alcance. Las nuevas generaciones no saben que sus libertades –las buenas y las peores—, por activa o por pasiva, se las deben a sus padres. ‘Nostra culpa’, querido Alfonso.

 

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 No todas las revoluciones acaban tomando el Palacio de Invierno ni decapitando a los reyes. Menos mal. Las hay que cambian el mundo haciendo imposible el “regreso” a la situación anterior, y ello con independencia de la calidad y condición de sus actores. El Cristianismo, desde la perspectiva no creyente, fue una aventura que acabó como el rosario de la aurora, pero sólo los incultos discuten hoy el papel crucial que, junto con la herencia griega, jugó en el cambio más decisivo de la Historia y en la constitución de la cultura de Occidente. Nada fue del todo igual tras él como no lo fue, salvadas las distancias, tras la conmoción que supuso el tumulto de Mayo: ni los rigores patriarcales, ni el folclore nacionalista (salvo como folclore, precisamente), ni el prestigio de la autoridad, ni la relación docente, ni el sexo… ni la política. La última utopía, eso es lo que fue, el canto de un cisne tan viejo como el sentimiento justiciero, como el afán de cambio, como el anhelo de perfección. Por supuesto, hay mucha gente que se enteró de la revolución que hizo tentarse la ropa a De Gaulle, a toro pasado, cuando ya su imagen estaba mineralizada en el mito. Pero nuestros hijos viven hoy –para bien y para mal, repito—de aquella hazaña imaginaria, a ver si Zerolo se cree que el ‘matrimonio’ gay lo ha conseguido él. El 68 fue un susto monumental que logró, aún perdiendo la batalla, que el orden se restituyera victorioso pero herido de gravedad. Otra cosa es que el tiro le saliera por la culata a aquel utopismo. Hoy Cohn-Bendit y hasta Rudy el Rojo andan con sus manguitos buscándose la vida en la burocracia de Bruselas, pero sus hijos vivaquean en otra galaxia. “Prohibido prohibir”: aquello era imposible. Lo que no sabíamos es que, pasados los años, acabaría pesando tanto.

La montaña de papel

No habrá, a lo que parece, reacción enérgica y proporcionada del Gobierno ni de la Junta para enfrentar el auténtico colapso judicial que, de vez en cuando, produce barbaridades como las que recientemente hemos debido la mentar. Y no lo habrá porque la inversión que se precisa, tras tantos años de abandono, es grande pero, sobre todo, porque tanto ZP como Chaves están convencidos de que el gasto de Justicia no es rentable políticamente. El ministro puede decir lo que quiera pero es evidente que cientos de miles de sentencias criminales pendientes de ejecución equivalen a una Justicia fracasada, aunque no menos que la insoportable tardanza de una Administración  que los políticos, por la cuenta que les tiene, se resisten a dejar en manos de los jueces. Dice el ministro que esa situación es “endémica”. Como lo oiga el padre de Mari Luz se va a enterar.

Patas cortas

La mentira tiene las patas cortas, incluso con los zancos que gastan los políticos. Ya ven que, por ejemplo, ese oleoducto que dice la consejera calañesa de Medio Ambiente que no es más que una “hipótesis” era una realidad cplena cuando el mismísimo ZP se lo prometió al presidente de Extremadura en un mitin de la reciente campaña: “Sabes que cuentas con mi apoyo para poner en marcha la refinería”: más claro, el agua. O sea que el compromiso con el Grupo Gallardo no es sólo del PSOE onubense sino también del propio Gobierno y, claro está, del PSOE de Extremadura, por más que sigamos sin conocer –fuera de lo que conocemos de sobra– cual es la causa de ese compromiso. No más mentiras, pues: el oleoducto que puede arrasar nueve parajes protegidos en Huelva es un compromiso del Presidente del Gobierno. Me temo que la consejera Castillo pinta tanto en este cuento como su bedel.