Nadie lo quiere

Los agricultores se han unido a las quejas contra el proyecto del oleoducto que atravesará la provincia, incluidos nueve lugares protegidos por la Unión Europea, porque dicen que el número total de hectáreas que el proyecto exige perjudicarán a la agricultura amén de amenazar el prestigio de los productos agrarios por su proximidad eventualmente contaminante. Antes habían protestado ya los conservacionistas que ven en ese oleoducto prometido por ZP en Extremadura –y que en nada beneficiará a Huelva—un riesgo grave para nuestras aguas. Nadie apoya, al parecer, la “hipótesis” del Grupo Gallardo, incluida la Junta de Andalucía que, a pesar de no pasar de “hipótesis” ya advirtió hace tiempo sobre esos riesgos. ¿Por qué se empeña la Junta y el PSOE, entonces, en sacarlo adelante en beneficio del “amigo político”? Esa cuestión va siendo necesario que se aborde de una vez no vaya a ser que Chaves tenga que pararlo en el último momento como en su día paro el macroproyecto de Barrero en Punta Umbría.

Lenguaje de género

Me promete un amigo que vivaquea por el ejido de la Sorbona el envío de materiales recogidos en un libro publicado por la universidad china de Qinghua sobre un tema que él sabe que sigo hace tiempo: la existencia de un lenguaje femenino exclusivo y excluyente en la provincia de Hunan. Un lenguaje de mujeres, inventado por mujeres, incomprensible para los varones, que ellas han conservado como oro en paño y en el que han sido capaces durante siglos –hasta que hace poco murió casi centenaria la última depositaria de sus secretos—lo mismo de instruir a sus hijas sobre los preceptos del “género” que de deleitarse con poemas intimistas. El ‘nushu’, que así se llama el lenguaje, es un caso único para los antropólogos y no fue más que el producto de un  sistema social cerrado que obligaba a las hembras a permanecer encerradas en casa, marginadas de la vida social y privadas de todo derecho, y en consecuencia, una fenomenal reacción del sexo femenino que devolvió a los machos de un revés la ofensa soportada aislándolos de su mundo. “Los hombres serán capaces de salir de casa para enfrentarse al exterior, pero las mujeres tenemos el valor de crear un lenguaje que ellos no pueden entender”, se lee en uno de los documentos conservados, aunque los filólogos chinos sostienen que, en su forma actual, datada en el siglo XIII, el ‘nashu’ no es sino una derivación de otra lengua exclusiva hablada hace tres mil años por las mujeres de la civilización Yin alrededor del río Yangtsé. Parece que esas mujeres debieron hablar el mandarín  oficial en sus relaciones comunes reservando su habla propia para la privacidad doméstica o confidencial, como quien levanta una barda subliminal alrededor de ese “hortus conclusus” que es la intimidad. Habrá que seguir atentos esa recuperación quién sabe si clave para entender muchas cosas en aquel mundo y en el nuestro.

                                                        

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 Hasta cierto punto me da la impresión de que el hecho que comentamos, de ser cierto y cabal, pondría un incómodo interrogante ante el viejo postulado –común a todas las gramáticas—de que la lengua no es nunca un hecho privado sino un fenómeno colectivo, una propiedad de todos que determina la imposibilidad de hablar con un acento estrictamente propio en la medida en que, usemos el discurso que usemos, estaremos empleando términos ajenos en el sentido de compartidos. El fracaso radical del “lenguaje de género” que trata de imponer cierta burocracia feminista estriba en que, en fin de cuentas, sus elucubraciones son incapaces de superar ese carácter colectivo, total, del idioma, que se resiste a verse parcelado o retorcido en función de ‘ideologías’ arbitrarias. Las chinas de nuestro cuento, en cambio, hace milenios que descubrieron que la comunicación exclusiva exigen una lengua también exclusiva, cerrada en su aislamiento, blindada frente a la eventual intrusión del hablante ajeno. Y no deja de ser notable que fueran campesinas analfabetas las autoras de esa proeza semiótica que, dicho sea de paso, nunca consiguió igualar a las mujeres sino discriminarlas aún  más en la medida en que la aisló en un limbo tan singular como autista. Un sistema de no más de dos mil palabras y una escritura estilizada a partir de los caracteres de la lengua común, bastó para devolverle al gineceo su herida autoestima pero no, evidentemente, para lograr su integración y menos su igualdad con los amos de la vida. Da mucho que pensar ese idioma secreto que se escribía verticalmente y de izquierda a derecha en el ámbito amazónico del hogar aislado, la pluma de ganso ensayando sobre el papel de arroz los caracteres de una rebeldía tan grave como inútil, sublimado el deseo de igualdad en una exclusividad ilusoria. El lenguaje es una construcción que no escapa a la ideología y eso malamente puede arreglarse sin subvertir el sistema en su conjunto.

Hablar de la mar

Ha pedido el PP un endurecimiento de la normativa de incompatibilidades de manera que se impida el enchufe directo de cónyuges, hermanos, primos y demás parientes y afectos del Presidente abajo, así como la incompatibilidad para contratar con la Junta de los ex-altos cargos de la Junta y de sus tropecientas mil empresas públicas. A eso le llamo yo hablar de la mar, vaciar el océano con un vaso, entre otras cosas porque, respecto a lo primero, no creo fácil ni quizá posible arreglar un problema eterno, y en cuanto a lo segundo, cualquiera sabe que las posibilidades de camuflar esas contrataciones son infinitas. Ya es desmoralizador que haya que pedirle al Presidente, al consejero o al alcalde que no ponga a la cabeza de órganos directivos a sus familiares, pero más lo es todavía que no pueda uno fiarse ni de quienes nos han administrado al más alto nivel. Ya verán, en todo caso, como todo queda en agua de borrajas y tanto el nepotismo como el enchufe siguen presentes en nuestra vida pública.

Por un pico

La Diputación, ese órgano prescindible en una autonomía, resulta que, además, según el Tribunal de Cuentas, nos sale por un pico. Concretamente, la de Huelva es la cuarta más gastosa de España, por debajo de Barcelona, igualada con Sevilla y por encima de Valencia, La Coruña, Burgos y demás provincias más pobladas o extensas que la nuestra. El gasto va para financiar a los partidos representados en ella, razón por la que el acuerdo está garantizado, pero hay que cuestionar con qué derecho y por qué razón una Diputación de una provincia media gasta más que la mayoría de las grandes. Ya digo que de más está que se denuncie esta saqueo legal porque los partidos estarán siempre de acuerdo mientras se tire con pólvora ajena. La profesión política es un chollo, los partidos unas empresas de privilegio y las Diputaciones un agujero negro sin  más función imprescindible que la de financiar a los partidos. Y lo seguirán siendo.

La vida en un chip

Se ha señalado con frecuencia que el desarrollo tecnológico es silencioso. No nos percatamos del tráfago incesante que tiene lugar en nuestro entorno hasta que alguna aplicación útil surge inesperadamente al mercado, y menos aún, como es natural, de la interrelación que enreda en una sola madeja a las diversas fuentes de producción de tecnologías. La constante evolución del ordenata o del teléfono móvil, aparte de una estudiada estrategia comercial por parte de los fabricantes, constituye uno de los ejemplos más elocuentes de esa realidad que, lo percibamos o no, sugiere que la vida está experimentando un cambio histórico en dirección a lo que ha podido parecer durante siglos la utopía tecnológica. Por lo visto –se lo he oído a un responsable del Centro Nacional de Supercomputación–, el procesador del móvil que el nene lleva en el bolsillo tiene más capacidad que todos los ordenadores que había en el mundo cuando el hombre llegó a la Luna, pero hay indicios claros de que esta carrera fulminante va abrir todavía a la vida una perspectiva inimaginable en este momento. En Barcelona –instalado desde hace tres años en una capilla funeraria familiar, me parece— funciona un superordenador, el “Mare Nostrum” que ofrece los servicios de su colosal capacidad de cálculo a los investigadores, lo mismo para colaborar en el estudio de la estructura de las proteínas que para controlar la infinidad de datos del medio ambiente sometidos a estudio en este momento, un proyecto ambicioso que ya ha mejorado hasta doblar el número de procesadores con que comenzó y que se afana ahora para conseguir una máquina cien veces más potente aún, un cerebro orwelliano que sería capaz de realizar, una vez puesto a punto, la difícilmente imaginable cifra de ¡diez trillones de cálculos por segundo! El sueño de Clarke en “2001” o el de Asimov en “Yo, Robot”,  no entrañaban sólo una ocurrencia y una pesadilla, sino un adelanto de la realidad. La ciencia-ficción va siempre por delante de la convencional.

 

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 Esta última ampliación será posible gracias al éxito del procesador ‘Cell’ desarrollado expresamente para la ‘Play Station 3’, razón por la que la colaboración ente la empresa productora y nuestro ‘cerebro’ dependerá, en buena medida, de la respuesta que el mercado dé a ese producto. El proceso, en todo caso, parece inexorable, y no está de más precaver sus efectos, pues junto a las contribuciones benéficas que sin duda hará a la Ciencia, de lo que no cabe la menor duda es de que este exponencial crecimiento de la capacidad de control ha de repercutir, para bien y para mal, en la vida misma, que en un día no tan lejano será posible resumir, debidamente codificada, en el córtex de silicio, expresada fríamente en ecuaciones y dígitos, cifras misteriosas y algoritmos implacables. Estos días se discute en Francia sobre el pasaporte biométrico que, en breve plazo, pretende reemplazar al casi flamante pasaporte electrónico, siempre en el marco de la reacción a la creciente inseguridad experimentada en Occidente a partir del 11-S, de paso que crecen las protestas por el uso que, a pesar de las leyes protectoras, se hace de los datos personales incluso desde las instituciones del Poder. No hay que disponer de una imaginación excepcional para prever un futuro bastante inmediato en el que, a mi juicio inevitablemente, nuestras vidas terminarán controladas hasta límites inquietantes que no es seguro que no comprometan la libertad elemental. Máquinas capaces de ejecutar esa inconcebible tarea han de proporcionar al mundo ventajas indudables pero el precio será, con toda seguridad, alto, acaso prohibitivo, por la razón sencilla de que ese Poder, a poco que tenga posibilidades efectivas, no renuncia nunca al control social. Ahora sabemos que el ordenador ‘Hall’ propuesto por la ficción no era un absurdo sino una acechante pesadilla. Por si acaso, habrá que llevarse bien con él.

Malas perspectivas

El Presidente Chaves admite ahora que atravesamos una “desaceleración”, ya que no “crisis” bastante más intensa de lo que él mismo decía antes de las elecciones. Y pronostica que, a pesar del eterno compromiso de buscar el pleno empleo, “nuestra relación con el paro” será mala en los próximos años. Lo que no dice es que si ya marchábamos los últimos de la cola, los efectos negativos de esta “lo-que-sea” tan negativa puede acabar triturando el camuflaje del gran fracaso que supone mantener la misma posición desgraciada que ocupábamos hace un cuarto de siglo y dejar al aire las vergüenzas de una política desnortada y atenta sólo a ir saliendo del paso. Las malas perspectivas son para todos, pero afectarán mucho más a los que peor situados estamos, teniendo en cuenta, sobre todo, que no hay el menor signo que permita esperar ningún cambio socioeconómico importante en la región. Chaves lo sabe y juega a lo de siempre: a esperar. Lo lógico será que, cuando la crisis acabe, Andalucía esté mucho peor todavía que ha estado hasta ahora.