Licencia para mentir

Mintió la consejera Castillo cuando sostuvo que el oleoducto de Gallardo, el “amigo político”, presuntamente tan peligroso para el Medio Ambiente pero respaldado por el propio ZP, era una “mera hipótesis”. Mintió más al decir que la Junta no sabía gran cosa del proyecto y miente a mansalva cuando afirma –en sede parlamentaria—que “esa posible infraestructura es una mera hipótesis empresarial”. Algo gordo se juega el PSOE en este negocio, no cabe duda, y Castillo se ha prestado encantada a hacer el papel de enredadora y camelista para darle tiempo al tiempo mientras llegan los hechos consumados. Pero no lo tienen fácil, incluso si varían la normativas mediomabiental, lo cual ya sería un abuso memorable. Mal comienzo, la mentira, incluso teniendo en cuenta que en la vida política hay licencia para mentir.

La bala de plata

La historia de las armas es un capítulo trascendental de la vida de la especie. La industria del hierro cambió abruptamente con su espada el rumbo de la Historia como antes lo había modificado el hallazgo de la de bronce, las catapultas de Arquímedes revolucionaron la vieja guerra de proximidad, el empleo de la pólvora liquidó la idea de invulnerabilidad de las fortalezas, el arcabuz o el mosquete hicieron de la infantería un “arma” nueva y la artillería –el “arma del mando”—jugó un papel innegable en la constitución de los ‘modernos’ Estados. Los hombres han avanzado guerra a guerra y cada una de ellas ha sido posible, en buena medida, por la virtud de un arma nueva, desconocida hasta entonces, que en la era contemporánea alcanza ya las puertas del infierno. El Poder vive obsesionado por los arsenales pero, además, teje en torno a las armas una leyenda estética vinculada al mérito e incluso al honor, hasta el punto de que De Gaulle dice en sus Memorias que las armas ‘ennoblecen’ hasta al más impuro. Habría armas buenas y armas malas, armas tolerables e indignas, armas leales y armas impropias de la caballerosidad del guerrero, no porque ninguna razón asista a semejante idea sino, simplemente, por efecto de la mitificación ‘caballeresca’ de la violencia que sirve de coartada a la guerra. Pero todas las armas son malas, salvo las defensivas, como dicen que dijo Jean Moulin, el cuestionado héroe de la “Resistencia” francesa, en cierto modo en línea con la teoría de la “guerra justa” con que obsequió al planeta nuestra Segunda Escolástica. Una mina antipersonal, por ejemplo, sería mala, el gas sarín, malísimo, el ántrax, despreciable. Se puede liquidar a una muchedumbre, a ver si me comprenden, pero con armas ‘adecuadas’, algo así como atenidos a un límpido código del honor, no utilizando esos artilugios demoníacos que, por cierto, todos utilizan llegado el caso. Hiroshima sería una excepción, el napalm de Vietnam, otra, las secretísimas de la primera guerra de Irak, un secreto a voces. Al caudillo sólo lo mata una bala de plata. Si hay que hacer el gasto, se hace.

 

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 Siento no poder entusiasmarme a causa del tratado que en Dublín acaba de decidir la prohibición de las bombas de racimo, incluso si acaban firmándolo las potencias que se han quedado al margen, pero es que, aunque distingo perfectamente entre la crueldad y la brutalidad simple, no logro hacerme a la idea de que haya armas buenas y malas, es decir, de que la seguridad pueda venirnos de estos ajustes de la industria armamentística que, no lo duden, darán lugar más pronto que tarde a nuevos ‘ingenios’ bélicos. Soy sensible como quien más al hecho de que se eliminen armas que causan sufrimientos atroces, pero nunca lograré ver en esa calculada estrategia más que un movimiento táctico dirigido a dignificar la barbarie que supone cualquier violencia. En España, mismamente, la Reina encabeza la lucha contra las minas pero resulta que nosotros mismos las fabricamos y exportamos a los salvajes que las utilizan, sin contar con que las almacenamos en nuestros polvorines. ¿Cómo celebrar que los mismos que se niegan a eliminar el arsenal atómico se legitimen persiguiendo armas de destrucción masiva que, claro está, ellos también poseen y venden? Está muy bien que se prohíban –si es que llegan a prohibirse de hecho—las bombas ésas de racimo, pero no puedo evitar ver en ello un gesto cínico en tanto se conserven, fabriquen, compren o vendan las numerosas que amenazan a la Humanidad. ¿Por qué una bomba de racimo o una mina antipersonal habrían de resultar más intolerables que las bombas defoliantes o las apocalípticas armas atómicas? Con simples machetes se han sustanciados crudelísimas guerras en el África olvidada. Comprenderán que prohibir los machetes no era, precisamente, la solución.

Sentencia ejemplar

Se acabó el cuento juntero de las plazas limitas en centros “concertados”, el argumento de que el que no la encuentre para su hijo que vaya a un cole público (que a lo peor ni existe en su barrio o es un infierno) o que se rasque el bolsillo. El TSJA ha reconocido que los padres tiene derecho a decidir en qué tipo de colegio se educan sus hijos, sin que ningún delegata pueda enredarlos con sus burocráticas excusas de “ratios” y “líneas”. Un niño tiene derecho al colegio que sus padres elijan: se acabó. Y eso es algo que han de entender muy bien muchos altos cargos cuyos hijos asisten a colegios privados o a muy exclusivos colegios públicos de casi imposible acceso. Lo que no puede ocurrir es que un partido siga castigando a un barrio porque vota mayoritariamente al partido rival o que las familias tengan que pasar un calvario para conseguir una plaza mientras se las castiga con cárcel si no escolarizan a sus hijos o, incluso, si los educan en casa. Como antes en sanidad, ahora los jueces le enmiendan la plana a la Junta de Chaves en educación. Asumirlo y poner remedio es la única opción que los jueces le han dejado.

Pensamiento único

Es llamativo la responsabilidad que los partidos depositan en personajes con tan escaso bagaje cultural, la irresponsabilidad que supone, por ejemplo, dejar a un personaje advenedizo como Mario Jiménez el control “urbi et orbe” de los problemas onubenses, ya se trate de la crisis minera, de los planes urbanísticos o de los problemas del Polo Químico. En efecto, había que oír antier a esta autodidacta descalificar a tirios y troyanos con motivo de la defensa en solitario que está haciendo su partido –él sabrá por qué—del incumplimiento de la sentencia de la audiencia Nacional y de la disposición de Costa sobre el vertido de fosfoyesos realizado por Fertiberia. No dejó títere con cabeza, pero la pregunta es de dónde le viene a este sujeto tanta ciencia infusa y quién pagará, en su día, los platos rotos por su intolerante insolvencia.

La cita peligrosa

La joven ministra de Igualdad, Bibiana Aído, se ha estrenado prácticamente en la vida pública con un artículo en este periódico en el que defendía la ley Integral contra la Violencia de Género y –tras la estela del TC—la idea de que esa norma no atenta contra el principio constitucional de igualdad al disponer castigos diferentes para delitos iguales en función del sexo. Es lo suyo, digo yo, para eso está ahí y no para lo contrario, y nada en su discurso es reprochable ni yo discutiré por mi parte, con independencia de mi firme convencimiento de que el legislador y el juez se han columpiado en esta ocasión mecidos por los vientos que soplan más recios. Hay en ese artículo una sola cita, un solo argumento de autoridad, muy raro de veras, que a buen seguro habrá dejado listos a muchos lectores, incluidos los de la mayoría de los que se consideren medianamente versados en eso que los franceses llaman “histoire des idées” y nosotros historia del pensamiento, pues, en efecto, Poullain de la Barre, que es el citado, no tiene otro relieve en esas disciplinas –que yo sepa—que el anecdótico que le confiere su condición de adelantado del feminismo con un libro, “Sobre la igualdad de los dos sexos”, publicado en 1673 y jamás traducido, me parece, que no sale a colación hasta el siglo XIX pero que, tras las huellas de Simone de Beauvoir en “El segundo sexo”, se ha convertido casi en un tópico de la literatura feminista, en especial a partir de los años 80. La ministra Aído o su amanuense se confunden, en todo caso, al situar su hallazgo en 1633, es decir, 40 años antes de la fecha real de la publicación, y cosa poco probable, en cualquier caso, puesto que, por lo que tengo entendido, ese tornadizo jesuita no nació sino catorce años después, es decir, en 1647. Y tampoco parece saber la mano que escribió esa cita que el no poco aventurero Poullain no sólo escribió ésa y otras obras en defensa de la hembra sino que también se dejó caer –¡sólo dos años más tarde!–con una muy desconcertante, “De l’excellence des hommes contre l’égalité des sexes”, de la que lo menos que puede decirse es que o bien extrema la ironía o bien se lía como un trompo. Curioso: ninguna de las obras que citan esta fuente precoz (desde la monumental “Historia de las mujeres” que dirigió el maestro Duby a los estudios de Eulalia Pérez Sedeño o A.M.Portugal y Carmen Torres, entre tantos otros tributarios de la Beauvoir) cita este suerte de palinodia discordante. A eso le llamo yo dialéctica selectiva.

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Mala cosa citar de memoria o dando por buena la primera fuente que nos cae en las manos, y peor aún si, como en el caso presente, puede dar lugar a que algún desocupado desempolve al citado y descubra que era de los que ponía una vela a Dios y otra al diablo. Poullain, como su maestro Descartes, contemplan la realidad con ojos sin duda nuevos pero todavía fuertemente “attachés” a las ideas retro de los Pitágoras o los Aristóteles y, como consecuencia, a todo el desarrollo posterior de la filosofía, que nunca vaciló sobre la inferioridad genérica de la mujer, de manera que si escribió lo que invoca la ministra (que, por cierto, dice “la ‘razón’ no tiene sexo” cuando lo que Poullain escribe textualmente, al menos en mi edición, es “el ‘espíritu’ no tiene sexo”) bien pudo tratarse de un intervalo lúcido o bien de un juego salonero de esos que ya apuntaban en la culta Francia. Además de que, puestos a citar al feminista Poullain, no se puede olvidar que fue contemporáneo estricto de Molière quien dijo lo que dijo y no otra cosa sobre el género femenino y, en especial, sobre las mujeres que él consideraba “savantes” o “précieuses”. No hay que extirparle nunca una cita a un autor, y menos de segunda fila, sin antes haberle hecho la vivisección (o la autopsia) completa. Una cita justa puede ser un argumento. Una traída por los pelos nos puede dejar en ridículo.

La ley del embudo

Ha dicho el portavoz parlamentario del PSOE, Manuel Gracia, que no hay diálogo que valga con los objetores a la asignatura “Educación para la Ciudadanía” porque eso sería como aplicar la ley del embudo, y ya de paso, ha explicado que si de lo que se trata es de dialogar sobre el incumplimiento de la ley, entonces no hay nada que hablar. Bueno, habría que recordarle al portavoz que hay sentencias de nuestro TSJA que ordenan la exclusión de determinadas materias y confirman el derecho de los padres a la educación de sus hijos, aparte de que cuando el Gobierno del PP hizo su última ley de Educación, en Andalucía, de Chaves para abajo, se dijo y repitió que en esta comunidad no se aplicaría dicha norma, pronunciamiento realmente rebelde e impropio de un Gobierno. Eso sí que sería ley del embudo, en fin de cuentas y no pretender que se cumpla lo que el TSJA y otros tribunales han ordenado.