Fuegos artificiales

Me parece que se ha juzgado en régimen sumarísimo (y no desde El Mundo, a salvo alguna opinión privada) el caso del incendio de los baldíos de Niebla en el que aparece como imputado el gran ausente de la oposición municipal del PSOE, el arquitecto Andrés Bruno Romero, es decir, el “ARM de Valverde” que la Policía Autonómica denunció en un comunicado que no se inventó la prensa. Lo digo porque –al margen de las responsabilidades que pudiera tener AMR, y esas las decidirá el juez– no cabe duda de que quien se ha ido de ligero ha sido ese informador, como no cabe duda de que si el monte no estaba en condiciones (como no lo está la inmensa mayoría de los nuestros) algo tendrá que decir, digo yo, la ‘delega’ de Medio Ambiente, el emporio Egmasa y demás, que son quienes tienen la obligación eternamente incumplida de limpiar los campos. Sin olvidar que el día del incendio en cuestión estaban en huelga los retenes provinciales, lo que, sin duda, da que pensar. Que peche ARM, por supuesto, pero que le ayuden a llevar esa cruz todos esos que lo han dejado tirado.

La fruta podrida

Suele repetirse con frecuencia, al hablar de la corrupción, la idea lanzada por Diderot de que hay pueblos, como el ruso, en los que los individuos se pudren incluso antes de madurar. Es la visión esencialista que vincula virtudes y defectos al ‘ser’ colectivo despreciando la evidencia del papel que en toda sociedad y en todo tiempo han desempeñado las circunstancias, pero a pesar de ello ésa idea ha medrado lo suyo en el pasado tanto como hoy, con el agravante de que no se trata sólo de hipótesis foráneas, lanzadas desde la distancia sobre gentes lejanas, sino de actitudes mantenidas por los propios afectados desde dentro de las propias comunidades, en no pocas ocasiones, como es natural, con sus buenas razones. Una encuesta reciente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), por ejemplo, ha dejado en claro que el tópico de la corrupción generalizada se sostiene sobre el convencimiento masivo de los españoles de que “casi todos” los políticos (es lo que cree y declara más de la mitad de los encuestados) y no sólo casos aislados, como han pretendido siempre los partidos, viven inmersos en la corrupción, criterio desmesurado que, aparte de ofender a muchos próceres honestos, no tendría siquiera sentido funcional. No hay que bucear demasiado en la información para tropezarse con opiniones semejantes, no diré ya en Italia, donde la evidencia justifica sobradamente el prejuicio, sino en países tan diferentes como Corea (del Sur) o Indonesia, la propia Francia o Marruecos, reinos todos ellos de la desconfianza ciudadana frente a una “clase política” tan inevitable como desprestigiada. En los EEUU, a propósito de la crisis de las hipotecas, otra encuesta solvente ha averiguado que más de la mitad de los analistas encargados de prevenir riesgos al inversor dentro o fuera de Wall Street, admiten aceptar de modo habitual relaciones peligrosas difícilmente discernibles de la pura corrupción. Parece claro que el debate sobre la inevitabilidad de la corrupción tiene pocas posibilidades de cerrarse de modo decoroso en el ámbito del capitalismo postmoderno.
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Nadie puede discutir que el agio y las prácticas corruptas han acompañado al hombre a lo largo de toda su historia hasta el punto de que no ha faltado algún distinguido teórico que los incluya entre los rasgos invariantes del carácter de la especie. Pero es de temer que lo que ocurre en nuestro tiempo haya que verlo desde la perspectiva de la enormidad de un negocio que resulta difícil concebir en limpio en manos de unos gestores que ven pasar por ellas a raudales las inmensas fortunas ajenas. Por lo demás, siempre estuve convencido de que la corrupción efectiva de los pocos se afirma sobre la corrupta permisividad de los muchos, dicho sea en el sentido que ilustra aquella brillante sentencia de algún novelista francés que sostuvo que la mayoría de las críticas cívicas contra la corrupción recuerdan, pero que mucho, el puntillo de honor de los pícaros. Siempre recuerdo haber leído a un  opinador, cuando lo de Juan Guerra, que cualquiera en el lugar de aquel cuitado hubiera procedido igual, y lo hago por no tener que airear de nuevo que fue el propio ministro de Obras Públicas, Josep Borrell, quien en lugar de empeñarse en el combate contra las mangancias, se limitó a recomendar a los empresarios que no cedieran ante los chantajes provenientes ¡de la Administración! No, evidentemente, no podemos extrañarnos de que la muchedumbre silenciosa desconfíe a tope de sus representantes legítimos, pero eso no resuelve el problema sino que la agrava hasta un nivel desconcertante. Y no vale cuestionar qué puede considerarse podrido frente a lo que podría ser tolerado. Faulkner dijo una vez que no basta con enfrentarse a la corrupción a toro pasado sino que sería preciso hacerlo antes de saber siquiera qué es. Nuestro problema es que aquí nadie se enfrenta a ella ni teniéndola ante las narices.

La versión de la CGT

El “pacto de concertación” no está ajustado sin remedio, quedan cabos sueltos, por fortuna, que permiten, llegado el caso, escuchar alguna voz independiente. Dicho por un dirigente de es central minoritaria frente al pasteleo de sus colegas: “La pregunta del millón es qué hizo la Junta; algunos han estado once meses en el limbo”; “Si desde el 31 de marzo del 2006 al 22 de febrero del 2007 la Junta negaba la mayor, ¿cómo creer ahora en su palabra?”; (antes de concretar el acuerdo), “No empecemos con el rollo de no sé, espérate, no sé, ya te llamaré… y nos vamos a marzo”. “A un político le da ‘yuyu’ cualquier crisis cercana a unas elecciones”; “Durante once meses se han tocado las narices”; “En el 2006 la Junta nos dijo que no contemplaban el cerrojazo de Delphi”; “¿‘Parados con perspectiva’? No me creo nada de las palabras de algunos”. Hay que reconocer que, en el debatillo sindical, se entiende todo mucho mejor desde el lado de los minoritarios.

Prisión peligrosa

No he oído quejas de la oposición municipal capitalina por el hecho de que la cárcel provincial se revele una vez tras otra como un polvorín. Un día son los familiares de etarras quiénes rodean el centro tomando fotografías, el siguiente la inquietud que provoca ver a aquel convertido en uno de los trullos más peligrosos de la nación, el de más allá –antier mismo– enterarnos de que el confiado Gobierno central se ve obligado a adoptar “medidas contundentes” ante la presencia inquietante del islamismo radical entre sus muros, incluyendo la reclusión de sus líderes más notorios y ante la evidencia de que se llevan a cabo dentro labores de proselitismo y propaganda terrorista. En algún lugar han de estar las prisiones, qué duda cabe, y con ellas los riesgos inherentes, pero es curioso el criterio con el que se eligen aquellas tanto como el silencio de los políticos.

El fiasco del verano

El verano está resultando un fiasco para los apocalípticos. El calor va y viene en olas discretas, alternando el optimismo de los escépticos que niegan el cambio climático con la murria de quienes lo temen. Leo por un lado que un venerado chamán, allá en una escondida selva americana, ha vaticinado, tras destozar a un gallo de un mandoble candomblé y escudriñar sus vísceras palpitantes, que el sol crecerá sobremanera y acabará precipitándose sobre nuestras humanidades más pronto que tarde. Pero por otro me entero de que un personaje tan respetable como el director del Museo de la Ciencia valenciano, Manuel Toharia, despacha el tema y problema de ese presunto cambio atribuyéndolo sin contemplaciones a una suerte de conspiranoia mediática ni más ni menos condicionada que otros escándalos por el mero cálculo de los programadores. Es lo mismo, en definitiva, que concluyeron los estudiosos que repasaron los minuciosos registros de los colonizadores de Riotinto, los mineros ingleses, a saber, que unas por otras, la media de todos los veranos venía a ser la misma en el siglo largo que llevaban registrado, en medida no menor que los fríos conservaban sin grandes mutaciones el perfil invernizo. Claro que el problema debería de haber dejado de serlo tras el informe –ése sí que apocalíptico– de esa ‘crème de la crème’ científica que asesora al club de los poderosos emitió no hace mucho, y en el que poco menos que se fijaba un término para la catástrofe irreversible en el caso de que la Humanidad no reaccionara enseguida para detener el presunto deterioro de la atmósfera. No sé, francamente, ni creo que nadie pueda decir que lo sabe a ciencia cierta, toda vez que la cuestión ha pasado esa línea roja tras la que los hechos mutan en leyendas y quedan a merced de la opinión. Eso sí, el verano no ha confirmado las profecías más aciagas sino que viene deslizándose sobre la guía templada de unas medias más que soportables. De tejas para arriba no hay quien se oriente, eso va a misa, pero al paso que va la burra me temo que pronto tampoco las tendremos todas con nosotros de tejas para abajo.
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Hace años se quejaba con razón el maestro John D. Bernal, aquel sabio olvidado, del papel alarmante que la Ciencia parece complacerse en jugar ante la indefensión de los hombres, un papel que a él, como a otros, le sugería el desempeñado en otros tiempos por algunas religiones. Lo que no quita del todo la razón a los prudentes convencidos de que el miedo guarda la viña, y en lo que se refiere a la plausibilidad del cambiazo atmosférico que nos inquieta esta temporada, la verdad es que el refrán, más que adagio, parece un mandamiento. Vendrá el otoño, por supuesto, y con él las nuevas cábalas y pronósticos que seguramente anunciarán escarchas y tiritonas para el invierno, pero empiezo a cavilar en que, en fin de cuentas, tal vez tampoco ocurra nada del otro mundo en esa estación íntima por más que en el telediario no cejen de amedrentarnos con la imagen del deshielo polar y la metáfora del agujero de ozono. Dicen que los osos boreales han cambiado su dieta inmemorial forzados por la veda que el deshielo ha impuesto a la caza de sus presas marinas, pero uno tiende ya a no comulgar así como así con estas nuevas desconcertantes. Son demasiados fiascos, compréndanlo, más fallos de la cuenta por parte de los predictores, pero sobre todo la clemente evidencia de un verano templado que nos anunciaron en tonos dantescos pero que está resultando una milhoja. Hasta las cabañuelistas de agosto parece que no han dado una este año, y eso, en cierto sentido, ya es peor, puesto que compromete la pura experiencia y no sólo la capacidad hipotética de la que tanto abusamos. Parecemos condenados a permanecer cautivos en la caverna vigilados doblemente por ‘apocalípticos’ e ‘integrados’. Por lo demás, me parece que lo más científico es mantener a toda costa que el termómetro es el termómetro.

Culpas repartidas

Se puede estar de acuerdo con Arenas cuando reprocha a la Junta la dureza con que anda tratando al Ayuntamiento marbellí desde que fracasó su opción partidista y gobiernan los de enfrente. Mucho menos cabe aceptar que recuerde sólo la benignidad de la Junta con el gilismo teniendo en cuenta que el PP no fue ajeno a esa estrategia cuando y mientras le convino. ¿O no nos acordamos ya de que a Gil le entregó el PP la Mancomunidad de la comarca cuando todavía cabía mantener políticamente con aquel personaje tratos y contratos? Puestos a reprochar tolerancias y componendas en Marbella ninguno de los dos grandes partidos saldría ileso de la bronca aunque, ciertamente, la responsabilidad de la Junta del PSOE haya sido tan grave que la propia Justicia ha visto a la institución como beneficiaria del negocio sucio. Las culpas andan repartidas en esa timba histórica en la que, seguramente, lo más cuerdo para esos partidos sería no remover el pasado.