Toque de fajina

Una de las intuiciones más elegantes de Faustino Cordón –aquel heterodoxo tan combatido como genial—fue la idea de que “Cocinar hizo al Hombre”. Ése fue el título de una obra suya de deliciosa lectura en la que proponía la idea de que el hombre no es más que el animal que conquista le lengua y que ésta, a su vez, no es sino una consecuencia de la actividad culinaria. Una delgada linde separaba al animal irracional –“habilis”, es decir, capaz de realizar acciones mecánicas—del animal humano, ‘sapiens’, facultado ya para llevar a cabo operaciones que implicaban reacciones químicas transformadoras de la materia en alimento. El animal heterótrofo es precedido de ese alimento, es posible evolutivamente precisamente porque ese alimento está a su alcance, mientras que el autótrofo busca, encuentra y transforma ciertas materias primas hasta hacerlas comestibles y digeribles, lo que supone una colosal ventaja adaptativa. Alrededor de la hoguera –hay que pensar en la caverna primordial, acaso en la noche de las glaciaciones—el homínido todavía predador descubre que la transformación del alimento garantiza previsoramente su futuro, y alrededor del fogón, al parecer, sería donde surge el lenguaje, el don de la palabra imprescindible para coordinar procesos más complejos de colaboración. Es fascinante asomarse a esas perspectivas, que no dejan de ser hipotéticas, pero que resultan siempre preferibles al espectáculo de la reyerta fogonera que están protagonizando nuestros cocineros famosos provocados por uno de ellos que ha defendido –con toda la razón del mundo, a mi entender— el viejo precepto de que la cocina de futuro debe aspirar a pasar su condición de mera servidora del disfrute a instrumento de la felicidad humana pero… sobre la experiencia acumulada, sin desperdiciar lo ya adquirido por la práctica. Que no hay que jugar con las cosas de comer, vamos. Y ciertamente esta cocina moderna viene a ser ya unos juegos reunidos.                                                              xxxxxMucho camelo, en el supermercado lo mismo que en el restaurante. Por dos estudios (de la universidad de Gand, uno, de la Sociedad Belga de Medicina Preventiva, el otro) nos enteramos ahora de que resulta que los alimentos ‘bio’ y las ‘delikatessen’ de la revolución naturista no valen gran cosa para la salud, es más resultarían del todo indiferentes, aparte de los fraudes que se vienen descubriendo lo mismo en una miel con antibióticos que en carísimos vinos sulfatados en exceso. Los de Gand llegan incluso a asegurar que, en ocasiones, puestos averiguar la diferencia de calidad, el resultado ha sido favorable a los productos tradicionales, y me ahorraré sus comentarios sobre la “buena conciencia” como razón de esa moda. En cuanto a la batalla española, yo creo que todo estaba dicho ya por Albert Boadella, antes en “El Retablo de las Maravillas” y recientemente en “La Cena”, y sostengo, de paso, que los pruritos de ultramodernidad que fundamentan el éxito de los “novatores” no son más que el efecto de una sociedad suntuaria que hasta de la comida ha logrado hacer un “indicador de prestigio”. Se ha hablado hace poco del uso del oro en ciertas recetas como los romanos de la decadencia alardeaban de beber perlas disueltas en vino: vean como incluso al autotrofismo fundante puede reducirse a una cómica caricatura exhibicionista pensada para esa paletería que apostará siempre por la novedad y la rareza sólo por el hecho de serlo. El ‘snob’ es el último eslabón de la cadena evolutiva, el fin de raza dependiente ante todo del prestigio de la extravagancia. Hoy hay cocineros con una cátedra  universitaria a su nombre y hace poco el famoso ‘Bulli’ barcelonés era invitado a una feria de arte, casos que, como comprenderán, tienen que ver mucho más con la publicad que con cualquier otra causa. Todo muy antiguo, por lo demás: Lúculo o Apicio se adelantaron a estos ocurrentes en más de veinte siglos.

La jerga absurda

El exdiputado andalucista, hoy portavoz del PSOE en materias sanitarias, Antonio Núñez, no se anduvo por las ramas a la hora de defenderse de lo indefendible, a saber, del maquillaje que una infinidad de usuarios del SAS saben que sirve a la Junta para prolongar la espera y evitar sus propios compromisos. Tan no se anduvo por las ramas, que llegó a decir que pedir que se investigue esa grave cuestión es “propio de los Estados policiales, de las dictaduras, son argumentos totalitarios, y por dignidad, no podemos tolerar que se sitúe al sistema bajo sospecha”. Ahí queda eso, con más cara que espalda, pero ahí queda. Con el agravante de que, siendo él médico, aunque desertor de la bata blanca, tiene que conocer de sobra lo que los usuarios saben, es decir, que las citas de los pacientes se prolongan o alargan con mil motivos diferentes. Esos gravísimos insultos dan una idea, sin embargo, de al insolvencia del sistema y la incapacidad de sus responsables para defender lo indefendible.

Beas

Protestan los vecinos de Beas por la situación en que vive el ayuntamiento que desplazó a la alcaldesa del PSOE a la que el Tribunal de Cuentas reclama la devolución de una fortuna pública que ha desaparecido de la caja fuerte. Le dicen el delegado del Gobierno –cuya difícil situación, como dependiente partidista, ha de tenerse en cuenta—que si está esperando a que ocurra una desgracia mayor para adoptar medidas de protección de unos ediles que reciben llamadas anónimas inquietantes incluyendo amenazas de muerte, y llevan toda la razón, aunque habría que tener cuidado de que estas infamias no estén sirviendo como cortina de humo para ocultar el asunto de fondo, que no es otro de saber dónde está el dinero desaparecido y recuperarlo. Lo de Beas no tiene nombre. El PSOE de Barrero, teniendo mucho enredo a sus espaldas, está jugando allí una de las partidas menos decorosas que se le recuerdan.

La vuelta de Caín

 

Una crónica de este periódico, escrita por nuestro compañero Andrés Moya, daba noticia ayer de la muerte de un anciano a manos de otro por una cuestión de lindes. F.R.R., “el Sabio Melonero”, sesentón bien popular en Torreperogil, se presentó en el cuartelillo para entregarse por la muerte de S.F.M, de ochenta años de edad, al que habría apuñalado y arrojado a una hoguera, por un quítame allá esas pajas en relación con las lindes de un pegujal con cuatro olivos y unas cuantas cepas que el difunto tenía allá por el alfoz del pueblo. Hay pocas imágenes más ilustrativas del neolítico que la lucha por la linde, hoy tan poco frecuentes a causa del “fin de la agricultura” que mi amigo Ignacio Vázquez Parladé, agricultor apasionado, preconizó en plan Fukuyama y contra todo pronóstico, allá por los años 80, antes de liquidar su latifundio y abismarse en un autismo teñido de nostalgia en el que aún vivaquea. La pelea campesina ha sido siempre cainita, en el sentido literal, es decir, en el fondo y en la forma, y tuvo la curiosa particularidad de fundarse por lo general en motivos banales y en dilucidarse por las bravas con esa brutalidad exenta de sadismo pero lindera con él que inspira fatalmente al homicida en descampado. Mucho labriego ha muerto al atardecer abatido por el vecino cuando quemaba rastrojos o quizá cuando, al alba, trataba de correr las lindes aprovechando la coartada de la erosión o alegando títulos nunca registrados, crímenes brutales encomendados a la azada o al almocafre, al garrote o la navaja, y basados en esa razón primitiva que potencia el sentimiento de propiedad de la tierra hasta volverlo irrebatible. Antier fue la última vez en que un labriego invocó para sí esa oscura legitimidad que pierde a los hombres del campo al hacerlos esclavos de su misma propiedad. La propiedad es una ideología pero la de la madre tierra es una pasión.

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En estos tiempos no son ya frecuentes esas ventoleras, no porque haya variado gran cosa ese sentimiento sino por la sencilla razón de que la agricultura, como Ignacio sostenía, se ha ido liquidando a fuerza de subvenciones y trampeos, manguis y recalificaciones, hasta dar en la peregrina teoría de que el campo debe vivir asistido del dinero común como conservador del paisaje pero no como elemento perturbador de los apaños perpetrados por los lobbies en sus lejanos despachos. Ahora mismo parece que podría revitalizarse algo este abandono histórico –nuestra generación es la primera, desde Adán, en prescindir de la agricultura—y precisamente en los predios del cereal, no porque el pan de cada día vaya a repartirse como debiera entre los hambrientos, sino porque alguien halló la manera de convertir el trigo mítico en carburante del utilitario. Es poco probable, si embargo, que esa escena del gañán apuñalado abrasándose en la lumbre, vuelva a ensombrecer estos campos domingueros en los que el señorito o el destripaterrones, con el coche aparcado en la cuneta, viven más atentos a lo que se decide en Bruselas que al mentidero del casino. Un día se me ocurrió escribir que si había crisis entre los picadores taurinos era porque escaseaban los jinetes y que si esto ocurría era porque en el campo no había ya, como antaño, faenas habituales para los caballistas. Casi me linchan, pero lo mantengo. Hoy los burros viven acogidos a sagrado en “reservas” y los machos de los muleros no se ven ni en las romerías, los azacanes beben ginebra con tónica y los amos malviven acollonados pendientes de Wall Street. Un hombre muerto sobre una candela con motivo de una pelea por lindes es ya un anacronismo al que, salvado lo que haya que salvar, no le falta cierta aura romántica. En nuestra era, la agricultura no es ya una providente maldición divina sino industria o especulación. No les digo más que los tomates se venden en la ciudad al cuatrocientos por ciento del precio que percibe el labrador. Evidentemente, en algo se debió equivocar Adam Smith.

Actitud contumaz

La Junta, Educación, y su socia-para-todo, IU, no quieren tragar con la sentencia (firme) del TSJA que la obliga a escolarizar a los niños en colegios concertados de su barrio, porque dice que el derecho de los padres pone en peligro la calidad de la enseñanza a causa del riesgo de masificación. Oigan, ¿y no será que la masificación y el fracaso escandaloso de este sistema se deba a que Andalucía es la comunidad que menos invierte en educación? Si la Junta no resuelve este problema es porque no quiere, dado que los “concertados” ponen todo salvo el profesor, lo que supone que con poco gasto se arreglaba el problema. Aparte de que si hubiera una enseñanza pública suficiente y eficiente no haría falta “concertar” con nadie. Lo que es indefendible es el estado actual de la educación. Mientras medita en eso, la Junta debería hacerle caso a la Justicia.

Licencia para mentir

Mintió la consejera Castillo cuando sostuvo que el oleoducto de Gallardo, el “amigo político”, presuntamente tan peligroso para el Medio Ambiente pero respaldado por el propio ZP, era una “mera hipótesis”. Mintió más al decir que la Junta no sabía gran cosa del proyecto y miente a mansalva cuando afirma –en sede parlamentaria—que “esa posible infraestructura es una mera hipótesis empresarial”. Algo gordo se juega el PSOE en este negocio, no cabe duda, y Castillo se ha prestado encantada a hacer el papel de enredadora y camelista para darle tiempo al tiempo mientras llegan los hechos consumados. Pero no lo tienen fácil, incluso si varían la normativas mediomabiental, lo cual ya sería un abuso memorable. Mal comienzo, la mentira, incluso teniendo en cuenta que en la vida política hay licencia para mentir.