Banquillo real

Parece que la infanta Cristina habrá de sentarse ante el banquillo –a menos que se aplique la doctrina Botín—nada más pasar la Pascua navideña, extraordinaria noticia que se ha llevado poco tiempo con la foto de la familia de la actual Reina retratada en idéntica circunstancia y con la decisión de un juez de archivar la demanda de paternidad planteada por una joven que dice ser hija del monarca emérito. Ignoro si la inmunidad del Rey alcanza a ese emérito o no, pero, en todo caso, de lo que no cabe duda es de que la democracia española, que tiene tantos agujeros, al menos respeta las reglas del juego dado tanto real banquillazo. No siempre fue así, desde luego, y no estoy pensando en la vieja acusando de homicidio a don Pedro el Cruel, sino en casos más recientes, como el de aquel prohombre del franquismo que causó la muerte de un peatón en un pueblo mal alumbrado y al que el Dictador libró de las garras de la Justicia aforándolo como miembro del Consejo Nacional del Movimiento, o sea el antiguo Senado, que era igual de inútil pero sin piscina. Y en ese sentido, por más que comprenda los riesgos que entraña una igualdad ante la Ley que con facilidad puede ser mal usada por los desaprensivos, no hay modo de no reconocer el progreso jurídico y hasta moral que supone esa imagen frecuente de los intocables en el banquillo. Aquí, por ahora, sólo los políticos se libran de esa foto infamante, pero algo es algo.

Poco importa que el calvario judicial de la infanta provoque las delicias de muchos, porque el toque ético y moral no está en este caso en la calidad de la conciencia pública sino, sencillamente, en la indiscutible superioridad del principio igualitario. Que un bastardo orgulloso de serlo le gane un pleito civil a la propia Corona, como aquí ha ocurrido hace poco, es bastante más que una anécdota en un país moralmente hecho trizas pero en el que no hace tanto que hemos visto a un Rey pedir públicamente perdón y expresar su propósito de enmienda. Tiene más morbo, como ahora se dice, ver a un reo en el banquillo que a ver a cien peatones en una cuerda de presos, aunque aquello sea una nota de modernidad incuestionable y esto otro una exhibición más de ominoso primitivismo. En una sociedad medial el evergetismo renta más con esas fotos sublimatorias que con los consabidos pan y circo. Ninguna estampa tan elocuente como la de las tricotosas de París sentadas alrededor de la guillotina. La servidumbre voluntaria tiene fatalmente ese reverso cruel.

Los pobres letrados

La crisis parlamentaria que vive la autonomía andaluza tras el pacto secreto entre PSOE y Ciudadanos, trae de cabeza a los letrados de la Cámara, altos funcionarios a los que, cuando no saben buscarse la vida dentro del “régimen”, suele tocarles bailar con las más fea. “Si esto sigue así tendré que ver si dimito”, dice el Letrado Mayor; “El régimen representativo ha muerto” me dice otro reputado miembro de esa ingrata oficina. El Parlamento andaluz se ha convertido en una tintorería en seco para los desmanes y tropelías de la Junta, con el concurso de Ciudadanos y, por supuesto, ante la desesperación de los letrados, que ven como la autonomía regional se va al garete desde el momento en que los socios citados han neutralizado a la Oposición. No existe tiranía más atroz que le ejercida a la sombra de las leyes, dijo Monstequieu. Le faltó añadir: “y de los reglamentos”.

Hombre y ciudad

La alcaldesa podemita de Madrid, Manuela Carmena, vieja conocida en la galaxia radical, se le han presentado simultáneamente dos problemas que gravitarán, sin duda, sobre su imagen. El primero lo ha provocado ella misma al soliviantar a la parroquia futbolera diciendo en una entrevista en “Marca” que a ella le daba igual que le daba lo mismo del Real que del Atleti, vamos que no entraba en su agenda la preocupación por los “derbis” a pesar de que tantas veces son calificados por la policía como situaciones de alto riesgo. El segundo la ha sorprendido con un concierto de claxon interpretado por varios miles de ciudadanos atrapados en la ratonera en que la ciudad se convierte en cuanto se relaja la crisis. Estremece ver a esa multitud atrapada y sin salida –tal como lo relató premonitoriamente Cortázar en “Autopista del Sur–, hundidos unos en la desesperación, levantados otros como hidras, víctimas todos de la aporía. Claro es que tenía que llegar este momento y yo creo que no es cosa de culpar a Carmena sino al autismo de “sapiens sapiens” que acaba rompiendo toda regla e imposibilitando la convivencia al ritmo vivo en que pretendemos mantenerla hoy. El hombre no está hecho –al menos, no lo estaba en un principio—para escapar del medio rural y arremolinarse en estos pudrideros que, por debajo de sus confortables apariencias, son las ciudades desde que existen, y a la vista está lo fácil que puede ser colapsar su vida de un día para otro. Todo ciudadano esconde un ruralita por mucho que se apriete el nudo de la corbata.

Así fue desde un principio. En el siglo XII, cuando comenzaba a alborear el urbanismo, los sabios de la época –que eran en su mayoría monjes—estaban convencidos de que la aglomeración urbana era un mal en sí mismo y un anticipo del infierno, o cuando menos del purgatorio, para el ingenuo urbanita. Un tremendo como Ruperto de Deutz llegó a decir por aquel entonces que “Dios no ama a las ciudades”, concepto extremo que quién sabe si Carmena hubiera suscrito mientras duró ese apocalipsis motorizado y los charlatanes deportivos la ponían como chupa de dómine por no someterse a ese dictum del apócrifo callejero que dice que lo que el fútbol ha unido o desunido, no lo separe ni reúna el hombre. El hedonismo ha colapsado las calles y saturado la atmósfera en el marco de este modelo contra el que los antisistema podrán tan poco como los institucionalistas. Madrid atestado es todo un símbolo. Carmena un emblema de la impotencia.

Otro cepo

No es que ande uno convencido de que la actual Presidenta vaya a acabar atrapada en el cepo que supone una imputación judicial a causa de las corrupciones, eso no, pero parece obvio que sólo el desbarajuste en que se ha convertido la Justicia podrá librarla de su responsabilidad en el reparto de pasta de los fondos Jeremie. De momento, el fiscal pide ya que se investigue al “caso” a pesar del desahogo con que ella mintió en público al decir, como quien se sacude la solapa, que esos polvos eran de otra época, es decir, atribuyéndole la eventual culpa a sus antecesores. Queda por ver qué hace el juez, que ya es quedar. En todo caso, ese pie suyo se ve con más facilidad dentro que fuera del cepo.

La ganzúa financiera

No cesan los hallazgos de corrupciones en torno a Rodrigo Rato, un hombre singular que, al parecer, ha decidido vivir una segunda vida, libre ya de las ataduras de la corrección social y política. Se cuentan horrores de sus trapacerías, se le calcula un fortunón de aquí te espero afanado de mala manera –y eso es lo chocante—por un hombre que nació rico y que, como director del FMI, ha alcanzado la condición de jefe de Estado, se supone que debería conformase con lo que tiene ¿Cómo explicar que un sujeto tan bien tratado por la fortuna se pringue en operaciones fraudulentas y hasta mangue en un cajero? Rousseau decía que todo ciudadano nace inocente pero que a todos ellos los corrompe la sociedad, y no debía de andar muy descarriado porque, si uno escruta con atención la Historia, acaba convencido de que siempre hubo manguis y corrupciones, tan distintas en apariencia como idénticas en el fondo. Un estoico como Séneca jugaba a ser banquero con su fortuna de 360 millones de sextercios y, sin salir de ese ámbito “clásico”, preciso es recordar los casos de César, afanando en la Galia para pagar sus deudas, o a aquel insigne cínico que era Cicerón alardeando de que, como gobernador de Silicia, no se enriqueció más allá de dos millones. Es la corrupción “clásica” frente a la que la “barroca” de un Lerma o un Olivares, a la “romántica” de una reina Cristina o un general Narváez –que llegaron a invertir incluso en la trata de esclavos—, puente hacia las “postmodernas” basadas en la ingeniería financiera. Siempre hubo corrupción o, al menos, desde que existe el Poder.
¿Y la habrá siempre o tendrá algún remedio esa mala condición? Pues eso depende de que uno sea un optimista antropológico, como decía ZP, o vea la realidad por el canuto preciso de la desconfianza del prójimo. Para Beni de Cádiz, por ejemplo, todos –usted y yo incluidos— somos corruptos potenciales a expensas tan sólo de que un poder nos respalde, de manera que lo único que conserva la idea de la incidentalidad de la corrupción es la inocencia de esa mayoría de la que el Poder no se preocupa, salvo en tiempo de elecciones, ni mucho ni poco. Sigo sin comprender, en todo caso, por qué un tipo como Rato, rico podrido “a nativitate” y triunfador en el mundo, se empeña de ese modo en la codicia, sin olvidar que toda codicia lo es siempre, como escribió el Dr. García hace siglos, “de los bienes ajenos”. La Humanidad tiende a la avaricia aunque sólo consiga su meta una inmensa minoría.

¿To er mundo vale pa to?

Hay mucho ciudadano convencido de este falso axioma que en ninguna parte, quizá, se desenmascara mejor que en la práctica de la política. Antier mismamente, el responsable de Ciudadanos en Andalucía, o sea, el socio de gobierno (“de facto”) de doña Susana, don Juan Marín, no dio pie con bolo a la hora de explicar la bajada del IRPF –tramo autonómico–, algo tan elemental, divirtiendo lo suyo al público asistente. ¡Si son los grandes profesionales, los funcionarios de los grandes cuerpos, y fracasan en la gestión, imagínense a los legos convertidos, de la noche a la mañana, en “expertos” en el trívium y en el quadrivium! Estamos en manos de la cohorte más espontánea y menos preparada de nuestra historia política. Se comprueba en casos como el comentado, que los hay a manojitos.