Municipalismo de ocasión

¿A que no conocen ustedes un solo político que no ronee de ser más municipalista que el sabio Posada? Seguro. Pero en la práctica resulta luego que ninguno de ellos está dispuesto a resolver el problema heredado, histórico, de las estrecheces municipales, fuera de arrimarle a “los suyos” cuanto sea menester. Desde el PSOE andaluz se acaba de proclamar que si la oposición  pretende que la Junta le arregle los problemas a los Ayuntamientos, “aviada va”, nueva proclama de indiferencia frente al grave problema municipal que afecta a la inmensa mayoría de los pueblos de la comunidad, excepto a los de obediencia chavesiana, que “tienen de to”. No habrá una democracia honda, sin embargo, mientras los Ayuntamiento sigan dependiendo de la Junta y del Gobierno para su financiación, por la razón elemental de que quienes pierden con esa fanfarronada no es el partido rival, sino los ciudadanos de cada pueblo. La discriminación que hace el PSOE con esos Ayuntamientos es ya proverbial. Tomar el problema a chacota, encima, es ofender al sentido democrático.

A ver quién da más

La Dipu, el Ayuntamiento local y el Instituto Andaluz de la Mujer han organizado en Valverde del Camino unas jornadas para enseñar a las valverdeñas a “disfrutar en la cama”. Ardua y generosa tarea, imprescindible pedagogía que parte de la suposición de que las valverdeñas se chupan el dedo o bien de que van por la vida como infibuladas de Níger o etiopes ablacionadas, objetivo político de primera magnitud aunque sólo sea para poner de relieve el grado de infantilismo estúpido al que ha llegado esta clase política que, encima, es la que se gasta nuestro dinero en ocasiones por el estilo. No se puede llegar a mayor sandez, resultaría difícil justificar la nómina con un expediente más ridículo. Dicen que intervendrá el alcalde Cejudo. Confiemos en que no sea en clases prácticas.

La manzana podrida

Durante la tarde del sábado grupos de personas se manifestaron en París reclamando rigor contra al delincuencia y, en general, cadena perpetua para los delitos atroces en la libertad de cuyos autores no cabría esperar la menor garantía de reinserción. En la rue Rivoli, alrededor de la estatua ecuestre de Juana de Arco, un grupo interracial reclamaba mano dura con el vicepresidente del Congo, Jean-Pierre Bemba, recién detenido por sus tremendos crímenes (más de mil asesinatos, casi quinientas violaciones, torturas habituales, pillaje generalizado) durante los enfrentamientos del 2003 en su país. Cerca de La Concorde, un grupo más numeroso exigía quitar de la circulación al matrimonio Fourniret, acusado de siete muertes precedidas de violaciones en circunstancias tremendas. Anda muy sensibilizada la conciencia europea con este tipo de crímenes y más convencida que nunca –en especial después del horroroso “caso Dutroux– de que sus monstruosos autores deben ser retirados para siempre de la circulación. También en España. Hoy mismo se reunirá con el presidente del Tribunal Supremo y con el del Gobierno el padre de la niña asesinada en Huelva por el pedófilo que andaba incomprensiblemente en libertad a pesar de sus condenas pendientes, y a ambos pedirá, según  anuncia, la implantación de la cadena perpetua para esos atroces delincuentes, con el aval de las 600.000 firmas que la familia ha recogido por toda España. Es presumible, en todo caso, que el asunto se cierre con buenas palabras sin excluir alguna cínica promesa, porque la batalla entre el integrismo humanista y el sentimiento justiciero cada día más común no tiene trazas de saldarse con ningún armisticio. En Europa prospera, sin embargo, el argumento de la manzana podrida que es preciso apartar del cesto común para que no ponga en peligro a las demás: no se trataría tanto de castigar como de prevenir. Aquí, de las dos cosas. En español se espera que el criminal “pague” pero el festival negro al que estamos asistiendo ha convencido a muchos entre los templados de ánimo de la necesidad de aislar al monstruo.

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La realidad es que cada minuto que pasa resulta más enojoso defender la reinserción. La venganza tiene tan poco sentido moral como poco sentido práctico tiene la actitud redentorista a ultranza, aparte de que la circunstancia del mundo actual favorece la escalada de la barbarie en términos desconocidos hasta ahora. Jack el Destripador era un aprendiz comparado con algunos de los antes mencionados y eso debe hacernos reflexionar sobre la caducidad de los criterios penales y los sistemas penitenciarios, hoy demostradamente inapropiados, en especial para estos supuestos extremos. Naturalmente el padre de Mari Luz no va a conseguir nada que no sea un pésame en sus entrevistas de hoy, pero habría que preguntarse por qué, dado que en Francia parece decidido que monsieur Fourniret no volverá a pisar la calle. No entiendo, en cualquier caso, que las actitudes favorables al reo (hablo sólo de los reos que hablo, por supuesto) resulten más progresistas, ni más compasivas ni más cercanas al humanismo que las que demandan una garantía efectiva frente a esta escalada del crimen y a esta debacle de la conducta desviada. Como no entiendo que se diga que el rigor en las penas no garantiza el freno de estos salvajismos: ¿quién sabe eso y por qué? Nadie puede negar a ese padre inconsolable la razón que lleva cuando postula que el asesino de su hija no es persona a la que razonablemente se le pueda dar una oportunidad sin concitar un peligro cierto y en Francia, desde luego, no se la van a dar a los Fourniret como no se lo van a dar en Bélgica a los Dutroux, reincidentes como otros tantos. El debate sobre la cadena perpetua está abierto aunque no se haya inaugurado. Hay derramada demasiada sangre inocente. Y los prejuicios ‘progresistas’ son tan vulnerables como los ‘reaccionarios’.

La razón de partido

No lleva razón  alguna el portavoz del PSOE cuando se escuda, para no votar una proposición no de Ley que exige la igualdad de derechos de  los andaluces en toda España y, en concreto, de su derecho a hablar y expresarse en español en todas nuestras comunidades autónomas. ¿Qué eso no tiene que ver con “los problemas reales de la sociedad andaluza”? ¿Repetiría el PSOE ese argumento en Barcelona, lo usaría como argumento su dirección general de Andaluces en el Mundo? La Junta y Chaves se bajan los pantalones ante la presión de su franquicia catalana, el PSC, y sus socios separatistas, aparte de que votarán en contra por ser el PP quien propone la medida. Lo cual equivale a conformarse con que en Barcelona o en Palma, en Bilbao o en Vigo, nuestros sufridos emigrantes pierdan, entre otros, el derecho a su lengua nativa y constitucional. Una vergüenza sin paliativos. Los andaluces en esas regiones españolas están abandonados.

¿Qué oculta el oleoducto?

Pocas Personas sensatas discrepan de quienes califican de ilógica la construcción de una refinería “de interior” y menos aún de quienes ven en el oleoducto que los “amigos políticos” de ZP, González y Chaves, es decir, el Grupo Gallardo, pretenden atravesar la provincia de Huelva sin dejar en ella un duro pero llevándose por delante su medio ambiente, incluso el protegido por la UE. ¿Qué hay detrás del proyecto, qué intereses tan fuertes circularán por ese oleoducto para que Chaves calle vergonzantemente y su consejera mienta con absoluto descaro, qué le va al PSOE en es proyecto para permitirlo sin condiciones en contra de una opinión generalizada? Es fácil comprender que no debe tratarse tan sólo de beneficiar a los Santos de Maimona. Pero entonces ¿qué es, quién trinca, a cambio de qué un partido y un Gobierno van de escuderos de una empresa? Que aquí hay busilis no admite dudas. El tiempo, casi seguro, lo aclarará.

Modelo de país

Hoy no se discute entre nosotros, como hace veinte años, sobre el modelo de nación a que dicen aspirar unos y otros en la política española; hoy, simplemente, se postula ese modelo desde los ejemplos concretos. La imagen de la ministra de Defensa, sin ir más lejos, es, para la vicepresidenta del Gobierno, sin que esté claro el por qué, un símbolo de la España que el Gobierno se afana en construir, al tiempo que su obediente tele oficial ofrece a toda Europa el perfil ridículo de Chiquilicuatre como un símbolo nacional. Lo de la noche del sábado fue de vergüenza, da lo mismo el sofisma del que se parta, se esgrima el gallardete de la elección “popular” de semejante esperpento o se emplee el argumentillo de que de lo que se trataba –con el visto bueno del Gobierno, por supuesto—era de “forzar” al rancio Festival a mejorar sus contenidos por el procedimiento de ridiculizarlo con una burda parodia exenta de la menor gracia. No se trata, sin embargo, de una anécdota insignificante ni de una ocurrencia mediática sino del fondo populista con que este Gobierno trata de erosionar el lógico y tradicional sentido del honor nacional como si se tratara de una extravagancia o de la rémora de un pasado a abolir. Frente al declive manifiesto de esa vieja cita, no hubiera sido mala la solución la de no asistir a él o la de mantener la inveterada costumbre de enviar  a es plató una representación más o menos cooptada en el coto de la tele pública, cualquier cosa antes que organizar el espantoso ridículo que supone representar a “la novena potencia industrial” del planeta y actual faro de la culta Europa, con un friqui del montón, incapaz de ofrecer una sola arista incómoda a una audiencia que se limitó, evidentemente, a distinguirnos justificadamente con su desprecio. La España de Carme Chacón y Chiquilicuatre ha quedado en la más triste evidencia.

 

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 No creo que los enemigos más enconados de ese concepto en almoneda que es España hubieran imaginado una chanza tan despreciable y degradante como la simbolizarnos con ese payaso desgraciado que, por supuesto, no tiene la menor culpa un desaguisado cuya responsabilidad es entera del Gobierno que controla con su larga mano de hierrouna TVE consagrada a sus altos intereses. Chiquilicuatre no es más que uno que pasaba por allí, un peatón  más de esta ‘Friquilandia’ desenfrenada, al que le han dado ocasión de vivir sus tres minutos de gloria a cambio del choteo internacional que, probablemente, no incomoda en exceso a los mismos que tratan de hacer del eslogan “España no se rompe” la perfecta coartada de su fractura. Aparte de que, claro está, suponer que ese indigno adefesio encajaría bien en la estimativa pública implica un desdén supino para la dignidad del ciudadano medio que, a buen seguro, ha visto en la broma estúpida, más un insulto colectivo que una ocurrencia ingeniosa. Lo que sí es verdad es que el personaje en cuestión simboliza bien la imparable degradación cultural que vive esta sociedad española de la telebasura pero también de la economíabasura o de la políticabasura, que en su perfecta indigencia encarna el emblema de una convivencia enferma de trivialidad y alcahueteo, mugre y mediocridad. Lo que ha demostrado la presencia de Chiquilicuatre no es la independencia de TVE sino el mísero concepto de España que tiene su Gobierno legítimo, ese ejecutivo que aspira, nadie sabe por qué, a una España a la medida de la ministra Chacón, una pacifista al frente del Ejército que, al cambio, viene a ser como un ‘okupa’ al frente de Vivienda. No sé, puede que uno vaya estando anticuado, pero la otra noche he sentido una vergüenza terciada de indignación pensando en lo que pensando estarían esos millones de teleabducidos forzados a ver España en ese perfil ruin. Esto viene a ser como tomar por las hojas el rábano del antifranquismo. Acabaremos echando de menos a Manolo Escobar.