Cargos, no debates

Paradigmático el desarrollo del congreso del PA, significativo su desconcierto, manifiesta la “ausencia del padre” (múltiple, si quieren), de lo más ilustrativa la actitud de los contendientes en su pulso por el reparto de puestos en la futura ejecutiva y su desdén por el imprescindible debate, mejor o peor propuesto. ¡Nada de debates, cargos, que es lo que importa! Y eso en un partido que no ha sido capaz de cuajar ideológicamente en tantos años y que, en su actual desbandada, está proclamando la necesidad de definirse seriamente, establecer su identidad y concretar sus objetivos. Ojalá todo vaya bien y pronto estén de vuelta en la política autonómica los defenestrados andalucistas, pero es de temer que estas actitudes no ayuden a ese deseable propósito sino todo lo contrario.

Barrero se impone

En una de las peripecias republicanas, unos militantes pintarrajearon la provincia onubense con letreros que decían “Lerroux se impone”. Y se impuso, ciertamente, aquel singular sinvergüenza, como tantos caciques se han ido imponiendo, uno tras otros en nuestras instituciones. Lo que no había oído yo era una autoproclamación tan vehemente, un delirio de éxito tan extraordinario como el que Barrero exhibió en Almonte el sábado, presumiendo de la unanimidad de las 95 asambleas locales de cara a los Congresos, que él mismo definió como “no normal”. “Para el PSOE es prioritario mantener el nivel de ambición sin ningún tipo de complejos”: he ahí una frase que destila a chorros, como actos fallidos, el fruto del pragmatismo. Lo que no queda claro es qué ambición es ésa que nos mantiene a la cola de España a pesar de nuestras potencialidades. No es dudoso que las mejoras relativas de esta Huelva con tantos problemas como futuro se han logrado a pesar de esas demostradas ambiciones y de esos complejos injustificados.

Adivina quién viene

La crónica de la precampaña americana me tiene completamente desconcertado. No cabe duda de que se trata de un sistema interesante, de un casi inobjetable montaje igualitario que permite una alta participación efectiva del pueblo o, al menos, de su sector politizado, de la más convincente teatralización que haya dado de sí la democracia desde sus remotos orígenes. El sistema de “primarias” es espectacular, desde luego, pero lleva implícitas la semilla de su propia falsación a poco que uno lo contemple imparcialmente en su conjunto y pueda preguntarse cómo es posible que un pueblo trague con la comedia de un duelo prolongadísimo y feroz cuyos protagonistas, en un momento dado, no solamente bajan las armas y dan por concluida la batalla, sino que firman las paces incluso hasta acabar juntos y revueltos en un mismo ‘ticket’. A un reputado comentarista le he escuchado estos días, a propósito de la soberbia resistencia de la señora Clinton, decir que no era probable un abandono total tras su derrota, sobre todo porque, de acceder a una vicepresidencia pactada, tendría cuatro años por delante para esperar cada vez que el Presidente saliera de la Casa Blanca que, por hache o por be,  no volviera y ese hueco le permitiera dar el salto que en campaña no logró dar. ¿Es concebible un sistema más hobbesiano, existe la posibilidad de que la muchedumbre acabe creyendo en la sinceridad de un equipo de gobierno que se ha encargado previamente por sí mismo de denigrarse sin la menor consideración? Es verdad que de cuajar el proyecto del presidente negro, la democracia tocquevilliana daría un salto de gigante como lo hubiera dado de salir elegida por vez primera una  mujer para la Presidencia, pero ¿cómo entender que esos antagonistas formen de un día para otro una perfecta coyunda política sin traicionar, respectivamente, lo que cada cual defendió durante la precampaña? La democracia, blanca o de color, macho o hembra, no tiene otro principio que el pragmatismo ni otra ideología que la posibilista.

 

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 Condición básica para ese maridaje que se augura es que Obama le pague a Hillary las facturas pendientes, supongo que incluyendo las sumas millonarias (sólo en la recta final los Clinton aportaron privadamente seis millones más a la organización) aportadas de su propio peculio, algo que cuesta entender teniendo en cuenta que Obama, al menos en teoría, no tiene más posibles que los que le ofrecen los contribuyentes voluntarios, a partir de ahora unificados y en sus manos. ¿Y no es un verdadero escándalo que los candidatos dependan del dinero de la oligarquía o se jueguen el propio como si se tratara de una inversión eventualmente rentable? Pues es posible que sí, pero también lo es, y más aún si cabe, que ese presidente negro, si logra encaramarse al poder, ha de funcionar como un activo especialísimo sobre el prestigio de un sistema que ha sabido dramatizar la política hasta conseguir que el vodevil para todos los públicos que, en el fondo, la constituye, resulte imperceptible, al menos para la inmensa mayoría. Norman Mailer insinuó alguna vez que los donantes electorales de un bando fueran, a partir, del momento decisivo, también los del otro, imagen insuperable de lo que ese sistema tiene de subasta, es decir, de régimen oligárquico sabiamente maquillado como demócrata. Pero ¿es que hay de verdad algún régimen demócrata, independiente del dinero y atenido en exclusiva a sus principios? Se ha dicho que las democracias no pueden dejar de ser hipócritas así como las dictaduras no pueden dejar de ser cínicas, y seguramente hay bastante de verdad en ello. Miren a la Clinton untando con el bálsamo de Fierabrás al Obama que ella misma lleva meses despellejando y a éste entendiéndose discretamente con el cobrador del frac para que no importune a su nueva dama. El verdadero milagro político americano es el éxito de esa eterna comedia, ahora en technicolor.

La otra crisis

Dicen que el “delito de moda” es la conducción sin carné, por el cual, para que se hagan una idea, sólo en Jaén han sido acusados por la Fiscalía en un mes nada menos que cuarenta camicaces. Pero también está la inconcebible realidad de las redes pedófilas, día tras día desmanteladas por la constancia de los servicios policiales peor cuya proliferación, aparte de un escándalo que reclama implacables medidas de urgencia, resulta una realidad del todo incomprensible. O la sangría de la llamada violencia doméstica que descalifica doblemente a esta sociedad, de un lado, por la sangría misma, de otro, por la incapacidad de autoridad para atajarla. Los Juzgados rebosan, desbordados por estas desconcertantes fenomenologías sin que la Junta (la consejera) crea que esa Administración capital necesite otra cosa que “un repaso”. Es la otra cara de la crisis, inevitablemente superpuesta a la galopante que viven nuestras economías debido a los torbellinos externos tanto como a la pasividad interior. ¿Habrá vacaciones este verano? Ésa es la última pregunta inquietante que se plantea un país pretencioso hasta ayer, que ha resultado apenas un rebaño enloquecido y a la cuarta pregunta.

La palabra de Chaves

No vale un duro. La palabra empeñada por Chaves no vale un duro, como está quedando patente en el estúpido y malicioso proceso del Ensanche Sur, cuyo desbloqueo le prometió el Presidente cuando lo visitó en campaña pero que ahora anda empantanado en las covachuelas de los picapleitos junteros. El problema no es sólo el daño a la capital –daño calculado para desgastar a un alcalde electoralmente intratable—sino el desprestigio de las instituciones que supone ver al primer mandatario de la autonomía saltando como una liebre sobre su propio compromiso formal, sobre todo teniendo en cuenta que, al final, tendrá que ceder y obligar a sus peones a que den vía libre. Huelva capital está siendo castigada por el PSOE de manera injusta y, encima, por encima de la dignidad de su Presidente. Pocas veces habíamos visto –y henos visto muchas– una aberración semejante.

La cultura copiada

Vuelvo hoy sobre el negocio del plagio movido por la curiosa iniciativa de una profesora granadina que se propone reaccionar contra algo que todos sabemos pero cuya gravedad no cabe duda de que necesita ser resaltada: el plagio, la puñetera cultura del plagio, y más que el plagio en sí mismo, la tolerancia con el plagio, esa condescendencia que está logrando que el hecho miserable y estúpido de copiar a otro y apropiarse de lo ajeno, funcione académicamente como algo normal. No voy a volver, como en otras ocasiones, sobre la antigüedad del procedimiento ni a recordar el interesante debate habido en nuestro Siglo de Oro, que se saldó con la sabia convención de que si la imitación perpetrada era servil o inferior al original constituía un crimen de lesa literatura, mientras que si mejoraba el texto o la idea primitivos valía y resultaba aceptable como método –“plagio con asesinato” lo llamaban los que discutían alrededor de la irrupción de Avellaneda—quizá en virtud de la vieja idea, que aún sostiene Giradoux en su “Siegfried”, de que al fin y al cabo, le demos las vueltas que queramos darle, el plagio es la base de todas las literaturas…excepto de la primera, siendo ésta, además, por definición, desconocida. En una carta que escribió a un amigo, el conde de Buffon se apropiaba de una conocida declaración pirata de Molière que proclamaba su derecho a apropiarse de lo bueno allí donde lo pillara, así sin más, como si la obra ajena fuera una “res nullius” o una “res derelicta”, esa fruta desgajada espontáneamente del árbol que el caminante recoge en su camino. Hoy el plagio es un hábito generalizado, como bien dice la profesora, “entre estudiantes e investigadores”, hasta el punto de que existen negocios en Internet dedicados a su explotación, entre los que me divierte especialmente el cínicamente autotitulado “El Rincón del Vago”. Cualquiera puede encontrar en la Red la información que precise aunque sea aconsejable no recurrir a Wikipedia porque esa será la primera fuente que investigue el inquisidor eventual.

 

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Me parece justo matizar, en todo caso, que el plagio no ha triunfado por su cuenta en nuestra cultura ni ha logrado su estatus a la buena de Dios, sino que ha prosperado a la sombra reparadora de las ruinas del sistema educativo, quiero decir que, al margen del impacto inevitable de las nuevas tecnologías de la información de masas, los plagiarios surgen y se legitiman en la oquedad ética que constituye esta universidad vacía, o incluso en esos balnearios bachillerescos que han hecho de la tolerancia mal entendida un valor corriente y, si me apuran, superior. Todavía recuerdo, entre los versos liceanos que, en aquellos tiempos, había que aprenderse “par coeur”, unos muy graciosos y descarados de Musset que sostenían que había que ser ignorante “como un maestro de escuela” (reclamaciones a él, por favor) para pretender la originalidad, incluso para decir una sola palabra “que personne ici-bas n’ait pu dire avant vous”, o sea, que nadie haya podido decir en este valle de lágrimas antes que ustedes. Dice la profe de Granada que se trataría precisamente de “disminuir el contexto de tolerancia” frente al plagio e ir sensibilizando a la opinión frente a sus injustos estragos, pero yo, qué quieren que les diga, veo en este calculado tacto, en esta estrategia minimalista y como tímida, un motivo de estupor y de alarma mayor que el que pueda causar la estafa misma que es siempre el plagio. ¿Cómo es posible que no quepa una reacción fulmínea, una puesta de pie en pared que de una vez por todas se enfrente a la ratería intelectual no con tolerancia y paños calientes sino con drástica energía? Le deseo a esa noble iniciativa lo mejor pero mucho me temo que se agote en el mero deseo. La reforma no se puede empezar por el tejado y menos cuando lo que falla a ojos vista son los cimientos.