Las vacas flacas

Nos iremos de vacaciones sin que la Junta (ni el Gobierno, por lo que se ve y oye) tome medidas serias frente a la crisis galopante, pero no sin datos para imaginar lo que puede ser esto a la vuelta del veraneo, cuando llegue septiembre y nos encontremos con una cifra de parados que, durante años, creíamos ya imposible. Uno de cada dos parados en junio es andaluz y el consejero del ramo dice que lo ve “normal”, háganse cargo. 90.000 parados más en un año, 34.000 en el último trimestre, 20.000 más en el último mes, hasta un total de 570.334 andaluces sin trabajo. ¿Cuántos tendremos en octubre, a este paso, si “lo peor no ha llegado todavía” (Solbes) y Andalucía es, con mucho la gran perdedora de esta coyuntura? Chaves ha surfeado malamente en la ola de la prosperidad y no tiene ni idea de qué hacer ahora a la hora del chapuzón. Son las vacas flacas, las más famélicas de España (y por tanto, de Europa) tras 30 años de hegemonía del PSOE.

Más parados que nunca

Los datos oficiales sobre el paro en la provincia que acaban de ser conocidos son los peores desde que existe la estadística laboral. 32.435 parados absolutos, 1.478 más que el mes pasado (o sea, un 4’8 por ciento de aumento), una tasa interanual que sube el 13’4 por ciento. Huelva es subcampeona regional en este dramática competición, sólo que por debajo del ránking, superada por Almería pero bajo todas las demás provincias. Verán como ahora no hay ruedas de prensa ni mítines que valga, porque, al contrario que el éxito, el desastre carece de padres. Pero piensen en por dónde irá la vera este otoño, si el derrumbe del empleo sigue su curso previsto y la Junta y el Gobierno permanecen inmóviles como don Tancredo, sin idea de por dónde empezar la tarea de frenar la crisis e incluso negándola con un cinismo que ofende a los miles de onubenses y españoles que van a ver arruinadas sus familias por esta crisis que nunca existió.

El fin de la corbata

Tengo entendido que el ministro de Industria y fracasado candidato a la alcaldía de Madrid, Miguel Sebastián, ha incluido entre las medidas para ahorrar energía la reducción del gasto eléctrico en el propio Ministerio, medida ingrata para los funcionarios en pleno verano, que se trata de compensar, según parece, autorizando al personal masculino a prescindir de la corbata en el marco de cierta “informalidad en el atuendo” desde ahora permitida. En la Asamblea Nacional francesa, por su parte, el diputado ‘verde’ François de Rugy presentó ayer martes una proposición dirigida a modificar el reglamento de los diputados a los que propone exonerar de su actual obligación de asistir encorbatados a las sesiones, algo que ya ocurre, al parecer, tanto en Japón como en algunas instituciones del Pas-de-Calais. ¿Por qué, además, habrían de soportar los hombres esa prenda abrasadora mientras a las hembras se les permite se les permite sin reservas modas cada día más desinhibidas y exhibitorias? Mucho me temo que el asunto derive, como de costumbre, hacia esa simbología fácil y pseudofreudiana que ha hecho correr océanos de tinta sobre la índole fálica de esa prenda inocente que los mílites croatas introdujeron en Francia al filo del primer tercio del XVII para acabar triunfando en todo el mundo civilizado (o así denominado), incluyendo ámbitos hasta antier por la mañana ajenos a la indumentaria occidental. A mí me sorprendió mucho que la elegante historia del vestido de Maguellone Toussaint-Samat eludiera ese tema a la hora de historiar los “complementos” con tanto detalle que no se escaparon ni las tachuelas de remache de los ‘jeans’, sobre todo contando como contamos con la impresionante obra sobre esa prenda que escribió Françoise Chaille, pero supuse que la brillante autora debió sentirse incómoda ante la banalidad degradada de esa simbología que los catetos extreman en la ceremonia lugareña del corte de la corbata del novio. Al freudismo, como a todo, le afecta la erosión.

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Aunque no descarto que la idea del ministro Sebastián tenga su cuota de retranca y alguna conexión subliminal con los designios sexistas de la ministra Bibiana, seguramente alineada con la rancia teoría fálica que, por sí sola, justificaría la abolición de esa prenda, en otros tiempos rechazada desde la izquierda no por esa especie de pruritos sino por puras razones de clase. Cierto que la corbata se ha impuesto no poco en los últimos tiempos entre las hembras ejecutivas, tan aficionadas a vestir –como en su época hiciera ya provocativamente Georges Sand—“a lo garçon”, en un ejercicio de mimesis que, a mí al menos, me resulta de lo más confuso en la medida en que sugiere que no se trata de cambiar un orden de cosas sino, simplemente, de apropiarse de él. Pero no lo es menos que esa prenda sigue siendo, a pesar de los pesares, un elocuente “indicador de posición” hasta el extremo de haber sido estigmatizada desde todos los radicalismos. Nuestros políticos creen más “fashion” acudir al mitin con la camisa desabrochada, lo que revela una pobrísima estimativa no sólo estética sino social, en razón de que introducen con ese gesto el mensaje de que la política verdadera, la próxima al ciudadano, la auténtica, por decirlo así, es la perpetrada teatralmente sobre el tablado de la antigua farsa, antes de volver a encasquetarse la etiqueta para volver al despacho. En cuanto a nuestros funcionarios, ya veremos en qué acaba ese “informalismo” en el vestir, pero no es descabellado aventurar que puede que redunde en un cierto menoscabo de su imagen a la vista del administrado. Nos hace falta un Larra desenfadado que se de un garbeo por Industria y nos haga su crónica. Pero no me digan que no tiene ángel eso de mandar quitarse a los demás la corbata en lugar de apretarse ellos el cinturón.

Cámara inútil

El Parlamento andaluz debería plantearse para qué sirve la Cámara de Cuentas, no porque haga bien o mal su trabajo, sino porque, a la vista está, que el que viene haciendo, en la práctica, no sirve nada. Lo pone en evidencia ella misma cuando publica en el BOJA sus informes de fiscalización de unos Ayuntamientos y Diputaciones que se pasan por el arco sus graves conclusiones, y resulta casi cómico cuando nos dice que lo de Estepona –uno de los mayores agujeros descubiertos en este Patio de Monipodio—ya lo había detectado ella “hace bastante tiempo” aunque no hizo nunca una fiscalización completa por que nadie se lo pidió gobernando el PSOE como se lo pidiera el Parlamento de Andalucía en los tiempos del GIL. Una Cámara sin capacidad sancionadora es una broma para esos ingenieros del manguis y, en todo caso, un juguete en manos de la mayoría parlamentaria.

El enemigo en casa

Otro susto de órdago a propósito del terrorismo organizado. Si el oscuro incidente de los etarras de Ayamonte demostró que la provincia es camino de paso para esos salvajes, el descubrimiento y detención de los islamistas de Al Qaeda en Lepe descubre el peligro que entraña para la seguridad de todos una inmigración masiva y mal controlada que incluye una minoría terrorista “durmiente” que vive, aprovechando nuestra hospitalidad, en el rellano de la escalera. Nadie es responsable de esa realidad, por supuesto, pero esta nueva experiencia debe alertar, sin alarmismos pero con severidad, tanto a la autoridad como a la población, porque es una realidad que el enemigo está en casa abusando de las mismas libertades e idénticos derechos a los que pretende atacar con saña. No hace falta ver fantasmas ni espiar por la mirilla para colaborar sin reservas con una autoridad a la que, por su parte, hay que suponer sobreaviso.

La mentira impune

Parece ser, por fin, que hay crisis. Lo admite ya entre dientes el propio Gobierno y el partido, aunque aún se agarre al eufemismo inútil de vez en cuando, como si pintar fuera querer. El bamboleante Solbes reconoce ya una inflación que auguró nunca se produciría en estos términos, fijando, nadie sabe por qué, incluso una fecha límite a su ascensión, y reconoce que, dados los resultados del trimestre, nos quedan unos meses duros, en los que impepinablemente creceremos bajo la temida barrera del 2 por ciento, que es donde el paro prospera. Incluso se adoptan medidas, siquiera simbólicas y forzadas, para esa “crisis que nunca existió”, paradoja que el profesor Manuel Lagares tratará de desentrañarnos el viernes en la “Charla en el Mundo” que abre la temporada de Punta Umbría. Sube el euríbor, crece la deuda hipotecaria, la caída del empleo no ceja, la contracción de la demanda obliga a abrir las rebajas partiendo ya de un descuento del 50 por ciento, sin contar las “promociones” que se han anticipado por su cuenta, aterrado el comercio ante el riesgo de sus stocks, pero el Gobierno permanece impasible, como si con él no fuera lo que dice ser una crisis “externa” y que, por tanto, ya resolverá alguien desde fuera. Poco a poco se permite deslizar la obviedad de la recesión, porque el político cuenta siempre con la acción erosiva del tiempo, pero es probable que a esa táctica  –favorecida por el cataclismo triunfalista de la Eurocopa—le aguarde un penoso verano y una “rentrée” temerosa. De momento, es la primera vez que un  Rajoy asaeteado desde su propio partido pasa por delante de ZP en una estima pública que probablemente comienza a tentarse el bolsillo. Cuando haya que devolver los préstamos que dicen que se están librando para salvar las vacaciones, más de uno se acordará del énfasis electoralista con se acusó de antipatriótico a cualquiera que osara abrir los ojos y decir lo que estaba viendo. Un par de meses y hablaremos.

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Uno de los enigmas de la opinión en las sociedades democráticas es la fragilidad del mensaje, la volatilidad del compromiso y, ya de paso, la insignificancia de la mentira política. Se recordará cuando ya no tenga remedio la vehemencia con que se le negó a la oposición la realidad de la crisis, pero lo que habría que explicar es cómo es posible que un electorado engañado con premeditación y alevosía no reaccione cívicamente con mayor energía cuando lo alcanza el recibo de la hipoteca, ha de recortar drásticamente la dieta familiar o suprimir el veraneo aparte de dejar el coche aparcado. La indulgencia generalizada de los ciudadanos con la mentira política reduce la democracia a un ejercicio formal en el que todo sacramento se agota en las liturgias, es decir, pone al descubierto la falacia esencial en que se basa la vida pública animada por una clase política que se cree incluso con derecho a engañar al elector negándole lo que le confirma su propia experiencia. Con el agravante de que esa mentira maniata al mentiroso impidiéndole actuar como sería imprescindible, es decir, adoptando unas medidas de choque evidentemente inconciliables con el despilfarro de su modelo electoralista. Justo es decir que tampoco la oposición/alternativa ha ofrecido acciones concretas a un Gobierno que, al margen de su sectarismo, es el de todos. Y qué acogida dan los mentirosos a esas propuestas cuando al fin sean formuladas, eludiendo, como es natural, toda referencia al pasado reciente. Pero los hechos han de seguir su curso y durante el propio verano, con los mandamases de vacaciones, irán desplomándose por aquí y por allá índices previsiblemente malos cuando no peores. Aznar y Rato se encontraron un país que no cumplía ni una condición para entrar en la zona euro y lo pusieron al día, ésa es la verdad. En esta ocasión, la catástrofe no encuentra enfrente resistencia ninguna. La mentira tiene estas consecuencias. Lo vamos a comprender a fuerza de palos.