El colmo

Olvídense del matonismo de Mario Jiménez –no hay que pedir peras al olmo—para centrar la atención en el PSOE directamente unido a Chaves, el de su pretorio, y escuchar al secretario de Organización Luis Pizarro, reclamar que se reúna con carácter inmediato la Mesa Antitransfuguismo para analizar lo que ha ocurrido en Bollullos. Oiga, pues en Bollillos no ha ocurrido nada diferente a lo sucedido en Gibraleón, cuando el PSOE se vio en la precisión –de cara a la galería—de expulsar a los tránsfugas a los que inmediatamente rehabilitaría hasta el, extremo de encaramarlo a la cabeza de su propia lista electoral. No tienen vergüenza ni dignidad, nos toman por idiotas, se ríen de los ciudadanos y cachondean de los electores. Y encima con un lenguaje matón que trasluce su absurdo complejo de hiperlegitimidad. Nadie ha trapicheado con tránsfugas más que el PSOE, en Huelva y fuera de Huelva.

Un viejo derecho

Con motivo de la estrepitosa y lamentable huelga de transportes que España acaba de sufrir estamos enterándonos de cosas muy divertidas. Una de ellas, la más curiosa acaso, es que en el Egipto de finales del Nuevo Imperio, en tiempos de Ramsés III, allá hacia el año 1.165 a.C., los trabajadores que en Deir el-Medina construían el hipogeo de aquel faraón, plantearon al menos tres huelgas salvajes e invadieron los templos para exigir que se les entregara su indispensable alimento acaparado por los sacerdotes. Lo acredita el “Papiro de Turín” y acaba de estudiarlo Alfonso Martínez, quien explica el contexto intervencionista del suceso, un país de economía intervenida en el que precios y salarios estaban rígidamente controlados por el Poder, pero que hubo de rendirse ante la presión de la huelga y atender mejor o peor sus justas demandas. La segunda noticia es el desgaste rápido que la huelga ha reportado al Gobierno cuyas expectativas electorales se han visto recortadas drásticamente frente a las de su rival, el PP, a pesar del maremagnum en que éste bracea náufrago. La tercera, en fin, es que resulta que el complejo montaje del disparate ha sido la obra de un alcalde ‘sociata’ –el de la onubense Cartaya—que, a su vez, es el baranda de la organización transportista más combativa y rebelde entre ésas a las que se atribuyen las barbaridades que, aparte de las pérdidas económicas irreparables y los numerosos despidos a que han dado lugar, han causado la tragedia del piquetero muerto y el drama del conductor abrasado por sus propios compañeros. No hay en la noticia de lo que sucedió en Egipto nada que indique violencias sino meras reivindicaciones dirigidas a Faraón en el jeroglífico del escriba, ni parece que, en aquel momento delicado del reino, el plante tuviera especiales repercusiones en la vida pública. Dentro de otros tres milenios, los eventuales estudiosos que nos contemplen con el telescopio del revés, no podrán decir lo mismo de nuestra alta civilización.

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La verdad es que no se entiende nada de cuánto ha ocurrido, fuera de la desesperación de los transportistas, sobre todo de los pequeños y autónomos, ante la descomunal subida del precio del gasoil. No se entiende, para empezar, la actitud pasiva del Gobierno que es, lógicamente, quién primero y con más detalle ha debido conocer los pronósticos sobre la escalada del crudo y sus consecuencias sobre el conjunto de la economía, aunque resulte obvio que ha sido la coyuntura electoral la que ha forzado su dontancredismo y su enroque en la descarada negativa de la realidad. Tampoco resulta fácil de entender –¿o sí?—el silencio ominoso de los sindicatos adscritos al neoverticalismo de la “concertación social”, que ni siquiera han aprovechado para exigir esa ley de Huelga que la Constitución prevé pero que no parece interesar a nadie, incluidos, paradójicamente, esos bienpagados gremios. Como en el Valle de los Reyes hiciera el visir Ta repartiendo unos sacos de grano y una carreta de pan, aquí se ha aparecido dos veces Solbes para anunciar un paquetón de medidas, que remedidas por los rebeldes parece ser que supondrían unos cuántos euros por camión, pero ZP, como Faraón, no se ha dignado pisar el suelo prohibido y menos salir a campo abierto para verle de cerca la cara a la protesta. La reacción del Poder frente a la huelga ha variado poco en tres milenios, en especial desde que el Poder sabe que una huelga larga, por más quebranto que cause, acaba destrozando por dentro a los huelguistas. Lo que no sé si han pensado es que este desbarajuste ha podido ser, incluso sin saberlo, el ensayo general con todo, de una futura huelga general, como aquellas que el sindicalismo postrimero organizaba a González sin tentarse la ropa. Un apagón en la pantalla de la tele como el de aquella noche y estos dontancredos pueden verse de pronto entre la espada y la pared.

Amigos para siempre

Hay que volver sobre el papel de los sindicatos –de los “mayoritarios”, se entiende—en medio de la que está cayendo. Con la huelga de transporte por sofocar, las del metal, los acuicultores, el taxi, algún operador postal y los pescadores complican un panorama severo que, sin embargo, no turba el sueño de CCOO ni contiene a la UGT en su desenfrenada campaña de propaganda a favor del Poder. En la Administración Pública, en la enseñanza, en grandes sectores del trabajo se brama contra la connivencia explítica o implícita de esas organizaciones que viven en la abundancia gracias a la munificencia de la “concertación social”, o sea, del intercambio de miles de millones por paz social, incluso cuando esa paz resulta inimaginable, como esta temporada. Quizá su función es ya cosa del pasado y haya que buscar nuevos instrumentos para la defensa del trabajo, tal vez en el futuro no quede otra que la indefensión. Mírenlos ahí callados como muertos, mientras el país se retuerce y elijan.

El ‘Comandante’ mandó parar

Sorpresa mayúscula la noticia de que la huelga salvaje del transporte la ha organizado desde la sombra nada menos que el alcalde de Cartaza, hombre fuerte en el PSOE de Huelva y verdadero “poder fáctico” –a la vista está—dentro y fuera de su partido. El tema ahora es encontrarle explicación al hecho, es decir, explicar por qué el ‘comandante’ Millán ha echado abajo la expectativa electoral de su partido urdiendo un conflicto sin precedentes que, además, ha arruinado a muchos empresarios y dejado en la calle a muchos obreros. ¿Se puede concebir siquiera que el PSOE desconociera el papel de Millán, habiendo sido éste su peón más activo en este terreno mientras gobernó el PP? Rotundamente no. Lo que no resuelve la cuestión sino que la complica hasta el extremo. ¿Qué hará el PSOE con Millán ahora? De lo que haga o deje de hacer tal vez pueda deducirse la clave de este cacao maravillao.

El fetiche ilustrado

La otra noche un numeroso grupo de personas formaron en el Retiro madrileño, ante una caseta de la Feria del Libro, una larga cola. Eran las tres de la mañana y la espera habría de ser larga pero el fin justificaba el denodado esfuerzo puesto que se trataba nada menos que de conseguir un autógrafo de Ken Follet (millón y medio de ejemplares de su último tocho vendidos en España en seis meses), es decir, de uno de esos actos casi sacramentales propios de esos entusiastas lectores que hacen posible el curioso fenómeno que en USA los sociólogos llaman “mass cult”. La parusía de Follet se retrasó, sin embargo, hasta media mañana, y cuando llegó dispuesto a arrebatarle a Gala su récord anual, se limitó a estampar su firma en los libros de sus devotos, su firma sin más, un puro garabato legible y acaso una sonrisa insinuada al devolvérselo como quien devuelve el icono ya bendito o pasado por el santo. ¿Cabe concebir un acto de fetichismo más puro? Pues no sabría qué contestarle (hay gente ‘pa to’), pero mentiría si ocultara que esos éxitos noveleros más me parecen un problema de formación que un éxito cultural, en la medida en que no creo que constituya ningún logro la difusión masiva de esta cultureta pseudohistórica que cautiva desde hace tiempo a un público fantasioso, loco por los templarios, los secretos de las tumbas, el destino del Grial y, en definitiva, por todo el material de derribo que desde siempre estuvo abandonado, entre las ruinas de la Historia auténtica, al alcance de cualquier ingenioso. Durante las visitas al Partenón te venden marmolillos supuesta e inverosímilmente fidianos, en Venecia teselas que provendrían de los mosaicos de Torcello o San Marcos, en El Cairo papiros con la tinta aún fresca pero datados en la primera dinastía y así por todo el planeta viajero. En nuestras librerías –en las nuestras más que en las de otros países, ojo—lo que se vende es ese cóctel de imaginación y superchería que seduce a los públicos ingenuos como los cuentos duermen a los niños. Comprendo lo del Retiro. Ya me dirán qué niño no pondría el despertador con tal de estrecharle la mano a Donald o a Mickey Mouse.

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Hay quien va diciendo por ahí que mejor es que se lea esa materia dudosa a que no se lea nada. Tampoco lo sé, francamente, pero sí sé que en España se lee poco, muy lejos de la media de lectura europea, con una distribución muy significativa (el lector urbano, joven, profesional, acomodado y demás) y, en resumen, en términos más que preocupantes, incluso si decidimos creer —que no es mi caso—en la estadística oficial que cifra aproximadamente en una de cada dos españoles los que jamás leen un libro y en veintidós millones los sospechosísimos lectores que aseguran mantener con el libro una relación relativa. Descuenten de ahí la turbamulta de lectores de “Códigos da Vinci” y “Pilares de la Tierra” y ya me dirán que queda en limpio en nuestra realidad cultural. Me contaba contristado un profesor amigo que en la Universidad son pocos hoy los alumnos capaces de escribir un folio sobre el Quijote o la Generación  del 98, pero en cambio, en Vitoria acaban de levantarle una estatua callejera y de tamaño natural a este Ken Follet que estampa garabatos sobre sus veneradas patrañas para íntima satisfacción de sus devotos lectores. ¿De verdad es mejor eso que nada? Dejo el interrogante al arbitrio del lector aunque no sin decir que tal vez esté haciendo buena falta que un ironista severo, como Cervantes mismamente, nos revele los estragos que esas descomunales aventuras producen sin remedio incluso en las entendederas de un buen hidalgo o en la credulidad de un rústico metido a escudero. ¿Aristocratismo? El barón de Montesquieu decía que los libros clásicos son para los autores y los nuevos para los lectores simples. No se puede tener más mala leche.

La huelga y el PSOE

La huelga salvaje que paralizó el país, provocando pérdidas irreparables y cuantiosos despidos por parte de las empresas afectadas, además de una fenomenal alarma social en las familias, resulta que fue organizada por un alcalde del PSOE, el cartayero Juan Antonio Millán, fundador y secretario Fenadismer, y a quien recientemente condecoró la ministra de Fomento Magdalena Álvarez. Enojoso hallazgo que va a poner al PSOE en el brete de adoptar medidas contra ese agente doble o bien inhibirse y dejar pasar como si tal cosa evidenciando un cinismo partidista que sería difícilmente entendido por los diversos afectados por el irresponsable conflicto. Porque si no puede creerse razonablemente que el PSOE ignorase el papel de su alcalde, sí resulta lógico, en cambio, que la tibieza del Gobierno ante el desastre de los primeros días tenga alguna relación con esa circunstancia. Veremos que hace el partido. O qué no hace.