La gresca alimentaria

Un trabajo de la revista ‘The Cochrane Library’, síntesis de numerosos estudios llevados a cabo por las universidades de Helsinki y la Nacional Australiana, acaba de tirar por tierra la acreditada teoría de que la vitamina C –ese viejo invento de anteguerra al que el sabio Linus Pauling le descubrió la virtud de evitar el resfriado– sirva en realidad para algo aparte de para enriquecer a los laboratorios y dejar su pellizco en las boticas. Es poco probable, según ello, que nuestro zumo matinal y las dosis suplementarias de ácido ascórbico ayuden realmente a combatir el resfriado común, hallazgo que habrá de provocar otro seísmo en la confianza que los legos depositamos en le médico, hoy amenazada por más de una razón. No es nuevo el caso, desde luego, porque recuerden el giro radical que dio la conseja médica a propósito del pescado azul, que pasó sin transición de ser un alimento sospechoso y, en buena medida, proscrito, a convertirse en la panacea que prometía ahuyentar el medio al colesterol, regulando nuestra maltratada química a base de propiciar la presencia de esos ácidos grasos esenciales, los famosos Omega 3 y Omega 6, que favorecían el “colesterol bueno” (HDL) al tiempo que limitaban la presencia del “malo” (LDL). No nos dejan vivir, oigan, un día recomendando la discreta y deliciosa ingesta del vasito de vino y al siguiente lanzando desde el Ministerio la más afrentosa sospecha sobre sus eventuales perjuicios, como acaba de hacer esa walkiria cuáquera que es la ministra Salgado. Muy poca gente hizo caso al doctor Kays cuando, allá por los 50, se empeñó de predicar la bondad de la famosa “dieta mediterránea” que, generosamente subvencionado por el ministerio de Agricultura, acabó por imponer en el inconsciente colectivo el doctor Grande Covián, pero hay que decir que incluso el principal ingrediente de esa dieta mágica –que hasta se pretende preservar como “patrimonio de la Humanidad”–, es decir, el aceite de oliva, fue mal visto cuando no estrictamente prohibido a los pacientes con riesgo vascular antes de pasar también en convertirse en panacea, una vez que, ya en los 80. desde la universidad de Stanford, otros sabios le concedieron el visto bueno y hoy Valentí Fuster lo recomiende con vehemencia. No sabemos lo que comemos, por supuesto. Pero me da que los médicos tampoco.

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Naturalmente no descarto que el notición de la vitamina C tenga algún trasfondo comercial, porque es archisabido que esos vaivenes se deben con frecuencia a operaciones diseñadas por los estrategas del negocio farmaindustrial. Lo que sí sé es que este nuevo volantazo del consejo médico no va a contribuir, precisamente, a reforzar eso que Laín llamaba la “relación médico-enfermo”, vapuleada por la experiencia de tantas vueltas y revueltas como lleva dadas. Imaginen que un día cualquiera nos salgan otros sabios negando la eficacia de la aspirina diaria, en tiempos también combatida sin contemplaciones por un amplio sector médico, o afirmando que los efectos de la generalizada ingesta masiva de agua tiene sobre nuestra salud sus menos además de sus más. Miren, en pleno verano loco, un tipo tan sensato como Manuel Toharia, director hoy día del Museo de Ciencias de Valencia, andan difundiendo por ahí el evangelio ansiolítico que niega el cambio climático, según él un simple montaje mediático que, eso sí, trae de cabeza a los grandes de este mundo. No sabemos ni donde estamos de pie, eso es lo que hay, y lo malo es que lo que nos falla bajo las plantas es justamente ese cimiento científico que, tal vez ingenuamente, hemos creído infalible durante tanto tiempo. Y peor lo tenemos de hacer caso al padre Montesquieu, un convencido de lo que nos falla en estos trances a los pobres peatones no son los médicos sino la medicina. Es posible que el Mercado acabe por dejarnos cualquier día sin ninguno de los dos.

Más sobre estatutos

Definitivamente expuesto a la evidencia, el bipresidente Chaves ha distinguido entre el recurso del PP valenciano contra el Estatuto andaluz, que le parece “chapucero y político”, y el interpuesto por el gobierno regional del PSOE extremeño que, por lo visto, no le parece nada intranquilizador dado que su actual responsable ha declarado que su intención no es atacar a nadie sino defender sin más los intereses extremeños, presuntamente perjudicados por nuestra ambición estatutaria. No moverá un dedo para detener ese recurso, pues, y ya veríamos qué ocurre si finalmente el TC le da la razón a los recurrentes y se plantea la cogestión del Guadalquivir. Aparte de que de algo hay que hablar durante los meses que quedan para las elecciones y la política autonómica da para bien poco fuera de estas trifulcas. Chaves, eso sí, sale malparado de esta prueba menor pero significativa en la que su propio partido se cruza en su camino. Cuando Guerra dijo que todo el embrollo estatutario no era más que enredo de políticos, no imaginábamos hasta qué punto el tiempo le daría la razón.

La comida de las fieras

Triste, más bien de vergüenza ajena, el número montado en el Ayuntamiento de Cartaya por el nuevo grupo gobernante del PSOE, que tiene ya hasta su tránsfuga y todo, además de haber dado lugar a que desde la oposición se le calificara nada menos que como “una banda repartiéndose el botín”. Es tan descarada la pelea por el poder que cuesta entender cómo el partido no adopta medidas para evitar situaciones como las que se van conociendo reveladas por sus protagonistas, con sus pactos y contrapactos, ofertas tentadoras y acusaciones de lo menos respetables. No es posible mantener un modelo de vida pública de apariencia tan rapaz y del que la razón moral parece haber desaparecido bajo el aluvión de pragmatismo. Ni siquiera un político experimentado como el alcalde Cartaya parece ya capaz de detener esta degradación progresiva que aleja a los ciudadanos de la política y presenta ésta como un mero oficio de pícaros.

El mayor de los secretos

Hemos querido abrir las veraniegas “Charlas en El Mundo” proponiendo, a la vera de “el contemplado mar del Suroeste”, una reflexión sobre el misterio más recóndito que acosa desde siempre la imaginación del hombre, a saber, el origen de la Vida. Cómo surgió la vida que conocemos y nos constituye, qué circunstancias la propiciaron, en qué mecanismos se fundó ese milagro superlativo que nos coloca, de momento, en el centro de la Creación (del Universo, vaya) como protagonistas y, a un tiempo, como dramaturgos de esta tragicomedia breve e intensa que es la Vida. Traernos con nosotros a Juan Pérez Mercader – casi un onubense, si es cierta la aserción de Rilke de que “la verdadera patria del hombre es su infancia”– era, en este sentido, la mejor opción, no sólo por esta cercanía sentimental sino porque en nuestro personaje se juntan una rara estatura científica con una inusual capacidad pedagógica. A quienes nutrimos nuestras juveniles inquietudes científicas en mi generación, nos quedó claro que el envite de entender la Vida era, además de un problema empírico reservado a los científicos, una cuestión de rancio abolengo filosófico, que cualquier bachiller anterior a la demoledora LOGSE podría orientar, mejor o peor, bandeándose entre sus recuerdos de Aristóteles, Descartes o los filósofos naturales del XIX, aquellos ingenuos entre los que, en ocasión memorable, se alzaba la voz de Shelley preguntando con énfasis cual era el misterio de la Vida. Hubo en aquella generación –que es la de Mercader y la mía– un cierto apasionamiento por ese tema oscuro, para aclarar el cual la verdad es que tuvimos a manos no pocas genialidades –las de Bernal, Oparin, Monod, François Jacob, Smith, Watson y Crack, Orgel entre tantas– sin olvidar las tentadoras sugestiones de Fred Hoyle o las impagables divulgaciones de Asimov, hoy seguramente caducadas o en vías de obsolescencia, no lo sé.

 

Ahora bien, el desafío intelectual estaba ahí, el reto que planteaba a la Razón el origen de la vida constituía una piedra miliar sobre la que trataban de levantar su edificio conceptual tanto los buscadores del idealismo como los materialistas que se les oponían en aquel mundo bipolar. ¿Qué era la Vida, cómo surgía, en qué momento y por qué razón la famosa molécula endergónica abría la senda de la existencia orgánica, el milagro de las moléculas replicantes ligado a los enigmas de los enlances fosfáticos ricos en energía y siempre en relación con la solución darviniana? Como la Ciencia adelanta que es una barbaridad, según decía la zarzuela de nuestros padres, hoy estas perspectivas habrán de parecerle ingenuas tal vez a sabios como Juan Pérez Mercader, especialistas mucho más finos e incomparablemente mejor situados de cara al misterio, que nuestros viejos maestros. Instalados en nuevas perspectivas que van desde la biología a la astrofísica cuando no las integran, nuestros sabios actuales estrechan día a día el cerco a aquel enigma que de sobra sabemos ya que no es más que la sombra de un saber rudimentario hoy, por fortuna, en liquidación.

 

Como en su día se descubriera en las fosas abisales del océano, junto a los misteriosos surtidores submarinos de sulfuros o metano en sus aguas de altas temperaturas, Mercader ha entrevisto en la mítica orilla de nuestro río Tinto –el Iber de Plinio y los viejos viajeros– una posible solución al enigma de la Vida que, eventualmente, sería aplicable a las circunstancias de Marte para servir de fundamento, en definitiva, a una explicación aplicable a la totalidad. Este hombre que ha resuelto, por lo que yo sé, cuestiones estrictamente físicas que Einstein dejó planteadas, sin abandonar un talante proteico que le ha permitido anudar los saberes hasta ahora separados o entregar al mercado algún disco con canciones propias, ingeniárselas entre los sabios y ‘manitas’ de la NASA o volcar su esfuerzo en el progreso de la ciencia española, viene hoy a contarnos cómo ve él ese milagro diario que protagonizan en la roñosa orilla del viejo río tarteso esos microorganismos prodigiosos capaces de demostrar lo que hace casi dos siglos intuyó la astucia de Wöhler, moviéndose aún en la perspectiva de la química prebiótica, a saber, que entre la química de lo no viviente y la de los organismos vivos no mediaba un muro infranqueable sino que existía una potencial continuidad. Mercader, nuestro onubense pródigo, va a descubrirnos hoy ese arcano junto a esta mítica orilla en la que tal vez imaginó sus quimeras primerizas., porque es evidente que en aquel niño tan nuestro se agazapaba ya el sabio futuro. Goethe fiaba mucho en la intuición temprana. Me gusta imaginar, en este atardecer, cómo bulliría entonces la imaginación de aquel niño que acabaría siendo el sabio que es hoy.

La vía regia

Hay una memorable anécdota clásica que nos han trasmitido, entre otros, que yo sepa, además de Proclo y de un par de doxógrafos, ese admirable divulgador científico que fue Isaac Asimov. Cuenta el caso que el rey Tolomeo el Grande, el sucesor de Alejandro, abrumado por los razonamientos con que Euclides trataba de demostrarle sus teoremas, le preguntó con cierta insolencia si no existía alguna forma más liviana y llevadera para trasmitir ese saber, cuestión a la que el sabio geómetra, encogiéndose de hombros, parece que respondió en estos términos: “Pues no, Tolomeo, no existe una vía regia al aprendizaje”. He recordado la afirmación de Euclides coincidiendo con los clásicos plantos de final de curso sobre los progresos de la ignorancia y las quejas de no pocos educadores sobre la decadencia de un sistema docente que ha creído hallar en la tolerancia ese atajo imaginario que no existe, por supuesto, ni para los reyes ni para el último siervo, por la razón elemental de que no es posible aprendizaje alguno sin el correspondiente esfuerzo. Estos días, precisamente, encuentro en el periódico el testimonio de un grupo de alumnos distinguidos en el acceso a la universidad, unánimes en el reconocimiento de que un buen bachillerato constituye una garantía a la hora de pasar esas extravagantes pruebas y –convendría añadir– para cualquier progreso posterior que se pretenda intentar. Un docente amigo me asegura, por su parte, que ni uno solo de sus alumnos de ese mismo nivel fue capaz, en un ejercicio reciente, de escribirle una humilde holandesa sobre la obra de Rembrandt, y otro me dice que sólo menos de un cinco por ciento de los suyos tiene una idea medianamente aceptable sobre los reinos medievales que acabaron constituyendo España. No cabe duda de que la ‘deconstrucción’ logsiana del saber ha dado generosamente sus frutos.

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Parece que germina, en cualquier caso, la idea de que resulta inaplazable la vuelta al modelo clásico, es decir, a la idea de que la transmisión del saber no es un ejercicio gratuito sino un empeño que requiere, sobre la forzosa aceptación de la autoridad del enseñante, el denuedo del aprendiz. Ni hay “via regia” al aprendizaje ni hay trocha cómoda para nadie en ese planeta exigente que gira en la órbita de la socialización, como tal vez ha pretendido con buena fe un desnortado progresismo que todavía domina, en medida excesiva, nuestro tinglado educador. Como no hay “democracia del aprendizaje” que valga, a no ser que por ella entendamos el protagonismo escolar del estudiante que tanto gustaba a un autodidacta satisfecho como el divulgador antes citado. Hasta en España se oyen ya voces clamando por la restauración de la disciplina escolar que en la Francia de Sarkozy ha sido recibida como agua de mayo por una sociedad que no acertaba a decir sin complejos lo que pensaba masivamente, a saber, que un alumno no puede ser un déspota ni un educador el sirviente de su pupilo. Leibnitz decía que la educación hace bailar al oso pero pasaba por alto el largo proceso que consigue ese milagro. Y hoy sabemos el poco tiempo que es preciso para demoler el edificio centenario de cualquier pedagogía, lo fácil de resulta descerrajar la puerta de la escuela, como nos proponía hace unas décadas Ivan Illich, pero lo enojoso que puede resultar volver a cerrarlas razonablemente. Hacen falta maestros que como Euclides digan con la misma insolencia al monarca exigente que no hay saber sin esfuerzo, una vez desechada la teoría profundamente reaccionaria que ve en la disciplina una fusta y una solución en la utopía del saber espontáneo. La vida se ha encargado de probar que esa “vía regia” hacia el saber no se encuentra más que en la imaginación de los temerarios. El problema que se plantea ahora es que volver hacia atrás por el viejo camino pedregoso va a costar Dios y ayuda.

Ni más, ni menos

El presidente Chaves, como si los andaluces no estuviéramos más o menos al tanto de la que está cayendo, ha ejercido salomónicamente –en medio de la trifulca con el PP para ver cual de los dos partidos tiene más responsabilidad en la corrupción urbanística– diciendo que ésta, la corrupción urbanística, se da en Andalucía de la misma manera que las demás comunidades españolas. Parvo consuelo, como ven, aparte de que hay que cerrar los ojos y los oídos con decisión para no ver en los escándalos andaluces una singularidad manifiesta, un volumen intolerable y una relación institucional nada tranquilizadora. A Chaves le parece poco, por lo visto, el marbellazo, el chiclanazo, el esteponazo y otros batacazos políticos y morales registrados entre nosotros, y busca consuelo en la mala comparación con lo ajeno. Se comprende la tranquilidad con que actúan los corruptos, pues. Si  juicio del primer mandatario de la autonomía, lo que ha ha ocurrido ene ella no es todavía suficiente para hacer que el poder andaluz estalle, los corruptos puede, ciertamente, dormir tranquilos.