Los ‘nuestros’ y los ‘otros’

No le falta razón al Ayuntamiento de Bailén (PP/Independientes AIB) para protestar pro la ausencia de la Casa Real en los actos conmemorativos de la célebre batalla, de la que es, evidentemente, responsable, en primer término, el poder ejecutivo pero también, todo hay que decirlo, el propio entorno del Rey. Que el Gobierno de un partido discrimine a los Ayuntamientos propios respecto de los extraños, es cosa más que asumida, pero que la Casa Real no tenga nada que decir cuando se la excluye –sin duda posible por ese motivo partidista—ya no está tan claro. Bailén lleva años suplicando esa presencia en la efemérides que este año celebra su bicentenario, un hito sin duda clave en la Guerra de la Independencia a la que la dinastía debe su destino. Se castiga desde un partido a un pueblo y eso no debe consentirlo la Casa del Rey.

Un birrete merecido

Con los doctorados ‘honoris causa’ se ha jugado irresponsablemente a desprestigiarlos, sin que los casos de Mario Conde y Carrillo sean, en este sentido, los únicos ni los peores. En el concedido por la Onubense a Víctor Márquez Reviriego ha ocurrido lo contrario, esto es, se ha elegido a un candidato sobrado de méritos, onubense irredimible con evidente crédito nacional, que es, por lo demás, un sabio de tan enorme bagaje cultural como probada discreción. Medio siglo de profesión lo han convertido en un referente mientras algunas de sus obras –sin olvidar la periodística—hacen de él uno de los escritores más serios de esta etapa más bien caprichosa en la que la mayoría de los homenajeados como él lo es hoy parecía que lo eran, no ‘honoris causa’ sino ‘iocandi causa’. La Universidad recupera para Huelva a uno de sus hijos preclaros. Por una vez el birrete honra tanto al que lo recibe como al que lo ofrece.

La España dichosa

Todos hemos podido verlo en directo y en diferido, en uno de los montajes más ambiciosos y efectivos de nuestra historia mediática. Millones de telespectadores, cientos de miles de manifestantes, fervorosos reclamos del patriotismo más visceral, vivas a España hasta en las Ramblas barcelonesas y en las calles de Bilbao. Todo el deterioro, la inmensa erosión causada por el autonomismo desmesurado y la tarea secesionista en el reconocimiento público de la simbología patriótica, ha desaparecido en unas semanas competitivas y en la gran fiesta abierta del triunfo final. Ningún término más repetido que “orgullo” –“Gracias, Dios, por ser español”, hemos llegado a escuchar–, ni el más mínimo condicionamiento del símbolo patriótico convertido en gustosa seña de identidad. El fútbol ha deshecho en un repente el descrédito emocional de esa identidad devolviéndole a la tribu su narcisismo perdido, un solo pero decisivo gol ha hecho más por el patriotismo devaluado por las viejas propagandas que todos los esfuerzos españolistas. La adhesión de la tribu es, naturalmente, irracional, y se expresa en un permanente proyecto competitivo que necesita triunfos para mantenerse en pie, y el orgullo funciona en ese entramado mental con la misma eficacia que la razón más fundada. Cuando en París se trabajaba por conseguir que la gran metrópoli tuviera un club capaz de concitar una adhesión multitudinaria, alguien dijo que a ver por qué los bretones iban a tener su orgullo y los parisinos no, es decir, que se concebía la “afición” como una respuesta real a un motivo simbólico, una respuesta probablemente más eficaz y contundente que las buenas razones. Los separatistas se han equivocado al atacar el sentimiento de identidad que el éxito ha potenciado hasta el delirio. Cuando el melón de Urkullu ha hablado con desdén rencoroso de “la selección dichosa” no sabía que, en efecto, la dicha de la tribu puede recomponer el puzzle del patriotismo en un pis pas.

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A la idea de que los grupos humanos se fundan sobre la violencia primordial conviene añadir que la identidad que los cohesiona y hace funcionar suele alimentarse de un ideal competitivo. Se pertenece orgullosamente al grupo por considerarlo superior, el mejor en algún sentido, lo cual implica y exige un cierto nivel de éxito, y eso es precisamente lo que se desborda cuando la política logra reconducir esa competitividad sublimada hacia formas de violencia expresa. Hay una guerra en la paz que es la competición: ésa ha sido la fórmula inconsciente que ha salvado de desastres aún peores a nuestra civilización. Por eso la simbólica y el montaje deportivo es tan bélico –“¡A por ellos, oé…!”, es un grito de carga militar—y por eso también tiene en ellos tan destacado lugar la liturgia propia del enfrentamiento y, en consecuencia, el delirio de la victoria. El domingo, España ha reparado su esqueleto simbólico de manera decisiva, dejando en evidencia lamentable a los rencorosos que, desde dentro, apostaban por su derrota olvidando que la victoria cautiva sin remedio a la mayoría. Hubo un proverbio romano muy popular –más o menos derivado de un lugar de Cicerón y del que todavía se hace eco Flaubert—que expresaba esta idea con claridad rotunda: “Ubi bene, ibi patria”, la patria está allí donde reside el bien. Pero sin olvidar que el imaginario patriótico se nutre de la idea de sacrificio de tal modo que en el “agon” del deportista la tribu ve el heroísmo del guerrero y en la copa levantada en triunfo la cabeza cercenada del enemigo también imaginario, de cualquier enemigo, en definitiva, del vencido imprescindible para alimentar la conciencia del vencedor. Es muy curioso entrever en los viejos epinicios olímpicos esconderse, por debajo de la corteza lírica, la imaginería de la guerra. La vida de los pueblos es una guerra que se pierde o se gana. Tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz.

De rebajas

Hoy se abren las “rebajas” en el comercio, que se anuncian espectaculares, si hemos de creer a los propios comerciantes. Se anuncia que desde el primer día los precios llegarán disminuidos en un 50 por ciento y que, en días sucesivos, se irá generalizando este margen, como respuesta a la clara recesión del consumo: no se vende una escoba. Por su parte la Junta se (nos) ajusta también el cinturón pensando ya en un restrictivo Presupuesto para el 2009 que podría proyectarse incluso por debajo del IPC. ¡Con que no había crisis, eh! Alejadas ya las elecciones, el propio Chaves y los responsables económicos hablan ahora de la coyuntura con un realismo verdaderamente cínico que nos permite preguntarnos hasta qué punto han retardado su reacción por motivos estrictamente electorales. De lo que no cabe dudar es de que se ha engañado a conciencia a los ciudadanos al insistir en la normalidad de una situación de la que, a estas alturas, nadie tiene ni idea de cómo podremos salir.

La vista de Chaves

La celebración de los consejos de Gobierno en las capitales de provincia –como el que hoy mismo se celebra en Huelva—no tienen otro sentido que el propagandístico. Sería lógico que en esos consejos itinerantes (que, ya puestos, no tendrían por qué limitarse a las capitales, por cierto) la Junta tratara de un temario local, que en Huelva bastaría con que versara sobre sus muchas promesas incumplidas, porque de otro modo ya me dirán qué interés puede tener para Huelva saberse sede de tan preclaro cónclave. Vamos a ver, de todas formas, si Chaves anuncia hoy algo específico para esta provincia, qué se yo, el Ave que nunca existió, el aeropuerto de la discordia, la negada Ciudad de la Justicia o cualquiera de esos temas pendientes. De no ser así, su visita carecería de todo sentido, fuera de la teatral cortesía que supone esa honra de convertirnos en sede por un día.

Retorno a la barbarie

Un bujarrón menorero ha reclamado en San Sebastián el derecho de los adultos a mantener relaciones sexuales con los menores. No con un mozo rayano en la mayoría de edad, sino con un “niño de ocho añitos” –dice el muy miserable—“al que la sociedad actual niega ese derecho”. Y lo curioso es que no he oído protestar a ninguna de esas exigentes cohortes que, hasta ahora al menos, rechazaban la pederastia como la aberración que es. Ni al Gobierno: la ministra Bibiana se retrata en “Zero”, como si le fuera la vida en la batalla homo, pero la autoridad encargada de los derechos del niño, que también existe, no dice ni mu, silencios que han de perjudicar, y mucho, ante la opinión pública, sus causas genuinas. La exigencia canalla del derecho a la pederastia es a veces presentada como un intento de restaurar el prestigioso modelo griego, seguramente por ignorancia de que esas prácticas primitivas, que tuvieron, sin excepción, un carácter iniciático de orígenes remotos, no son sino el emblema más elocuente de la sociedad machista que, en las culturas del Occidente antiguo, relegó a las mujeres, según Dumézil y otros autores, en la línea de la tradición indoeuropea, lo mismo que los ámbitos “salvajes”, desde los nambutis australianos hasta los masingara de Nueva Guinea. Hay una profunda contradicción en reivindicar la pederastia desde el marco libertario que promueve el respeto a la diferencia y la igualdad social, porque esa institución o costumbre no expresa más que otra visión homófoba, la del “club de hombres”, como decía H.-I. Marrou refiriéndose a la ciudad griega o a las confraternidades de índole militar, anteriores y posteriores. Bernard Sergent, autor de uno de los libros más sabios sobre el tema, pone el acento sobre el hecho de que en Grecia, a pesar de esa condición iniciática que hemos señalado antes, los autores se retraen a la hora de hablar del tema, desde el propio Homero cuando nos relata las aventuras del tándem Aquiles-Patroclo, hasta el propio Platón que, en “El Banquete”, se cuida muy mucho de no explicitar la índole, paladinamente homo, de la escena de “Sócrates rechazando los ‘regalos’ de Alcibíades”, por usar la fórmula célebre de Victor Cousin. Claro que a ver de qué puede servir irle con doctrinas a esa panda de degenerados. Los corralitos “de género”, en todo caso, no saben que están revitalizando prácticas viejas del mundo patriarcal.

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Ese pájaro menorero es un peligro, eso es todo lo que interesa resaltar, un peligro previsto, además, en las leyes penales y que, en consecuencia, debería ser conjurado por esta autoridad que parece plegada a cuantas novedades gusten proponerle ciertas minorías. Lejos de ello, sin embargo, no hemos asistido a la menor reacción de los poderes públicos –si exceptuamos una intervención de la Fiscalía prohibiendo la celebración del “Día del Orgullo Pedófilo”, menos mal—y hay que resaltar que tampoco hemos escuchado una sola voz de los colectivos gay, habitualmente distanciados de esos delincuentes. ¿También va a alegarse en este caso eso tan socorrido de que no hace falta endurecer la normativa penal de cara a la incesante legión de pedófilos pillados en Internet por las policías? Pues, miren, ahí los tienen ya reclamando su derecho a abusar –así lo llama todavía la Ley—de “un niño de ocho añitos”, ni que decir tiene que en defensa de los “derechos” del niño a ser abusado, no por imperativo de la vileza de estos “erastas” de pacotilla. Y una pregunta: ¿no es apología del delito esa reivindicación, cómo se consiente que se promueva una práctica que constituye delito? Personalmente creo que sujetos semejantes deberían ser apartados sin contemplaciones de una sociedad que empieza a confundir peligrosamente la libertad moderna con el orden bárbaro y primordial del que nos sacó la civilización.