Clases de víctimas

Tengo entendido que en la agenda de Ingrid Betancourt figuran doscientas peticiones de entrevista. Todo el planeta quiere saber los detalles de su cautiverio, conocer de primera mano el dolor de la secuestrada, tal vez sin descartar el morbo de ese eventual divorcio de su segundo marido que se insinúa en algunos medios. Lo comprendo. Yo también, como cualquier lector, seguro, he llevado sobre mi conciencia la odisea lamentable de esta mujer sin duda fuerte, a juzgar por la imagen contundente con la que salido de sus prisiones en la selva, tan distinta –todo hay que decirlo—de aquella otra, tan difundida, en que se la veía más acorde con la anunciada enfermedad grave que los médicos no encuentran ahora por ninguna parte. En todo caso, sospecho que empieza a cundir un cierto hartazgo ante la omnipresente figura de la liberada y el mimo con que es tratada por la inmensa mayoría, sobre todo si se compara con la efímera actualidad que esa misma mayoría le concede a otras víctimas, qué se yo, a las rescatadas antier de la “patera de los bebés”, a esos muertos de frío y de hambre, a esos nueve niños arrojados al mar por sus propias madres. Hay víctimas y víctimas, eso no cabe discutirlo, y el ‘consumidor’ –el de las noticias es un mercado como otro cualquiera—establece sus preferencias sin consultar más que a su instinto y quizá a su arbitrio, de manera que, ya podemos decir misa los críticos y sensibles, sus preferencias establecen el valor de la víctima-mercancía y a otra cosa. Se vende incomparablemente más Ingrid Betancourt que la madre sin nombre que aparece en las portadas con el chupete de su hijo perdido todavía en la mano, como rebelde ante la evidencia de su tragedia, y ni que decir tiene, infinitamente más que los desaparecidos sin dejar siquiera rastro en el cementerio marino, porque, en Occidente, lo que no es visualizable –lo decía Heisenberg, ojo–  no se comprende ni hay modo de que nos entre en la cabeza, cuando más que permanezca. De verdad, empiezo a estar un poco hasta la coronilla del show de la desgraciada pero glamourosa dama de la selva.

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No me entiendan mal. Ingrid Betancourt –igual que sus compañeros, a los que ni se menciona—son víctimas con todas las de la ley que merecen, en consecuencia, nuestra conmiseración y nuestro mayor respeto. No me estoy refiriendo tanto tanto, como  a los medios y al público, a este entramado mediático que es la naturaleza última de nuestras sociedades contemporáneas, y que ha de adaptarse a las leyes del consumo de noticias lo mismo que al de cebollas, es decir, obedeciendo a la demanda que, a su vez, encuentra en su subjetividad la única legitimación necesaria. ¡No vamos a estar hablando días y días de una madre desesperada con un chupete entre los dedos de la nostalgia, como comprenderán, teniendo a mano a una alta dama pasada por la leyenda, elegante, políglota y que se sabe al dedillo el papel que de ella se espera! O sea, quiero decir, que me parece que lo lógico sería que una tragedia tan inconmensurable como la que ha acontecido frente a la costa de Almería se superpusiera en la crónica sentimental de la Humanidad a la imagen, también trágica pero con final feliz, de esa víctima convertida en estrella a la que ya incluso se ha comparado (físicamente, se entiende) con Carla Bruni… No es que haya tragedia peores y mejores, a ver si me explico, sino que las hay mediáticas y no mediáticas, vendibles por su atractivo singular y no vendibles por su carácter desgraciadamente genérico. Y la industria, como la opinión, funcionan a bajas temperaturas cordiales, porque vayan ustedes a saber qué sería de ellas en caso contrario. Lo de Ingrid Betancourt ha sido para montar el pollo, conformes. De lo que algunos empezamos a estar hartos es de la pepitoria que están haciendo en él.

Antología prevacacional

“Javier Arenas es un matón de discoteca”, Luis Pizarro, secretario de Organización del PSOE-A. “¡Qué poca vergüenza”! (tiene Arenas), Manuel Gracia, portavoz del PSOE. “Se teme (en Estepona) el acuerdo del PSOE con los ediles imputados y expulsados temporalmente para conseguir un nuevo alcalde a cambio de prebendas”, Joaquín  Ramírez, presidente del PP de Málaga. “Canal Sur han  convertido los informativos en el NO-Do de Manuel Chaves”, José Luis Rodríguez, portavoz del PP. “Blas Infante es una de las referencias del partido más andalucista de Andalucía”, fuentes del congreso regional del PSOE. “En el Parlamento Europeo andan cortitos de vergüenza”, José Chamizo, Defensor del Pueblo Andaluz. “Ningún paciente supera hoy los plazos de operaciones, consultas y pruebas”, María Jesús Montero, consejera de Salud. “No vamos a hacer en la autocomplacencia para no morir de éxito”, Luis Pizarro, secretario Organización del PSOE-A.

Ni 3, ni2, ni 1

Nada de los puentes. Corre el 2008 y no es que se le haya metido mano a los tres puentes sobre el Odiel que Chaves prometió de boquilla en campaña, sino que la consejera del ramo asegura, a estas alturas, no tener ni idea del tema porque los papeles están en Madrid. Ni puentes, ni AVE, ni Estación, ni aeropuerto, ni Ciudad de la Justicia ni cristo que lo fundó: una cosa es lo que se dice en campaña y otra la realidad de la verdad de la vida. Tampoco sabe Castillo gran cosa sobre el oleoducto, que dadas las circunstancias, parece obra con riesgo más próximo, ni parece que tenga respuesta a la denuncia reiterada sobre al especial mortalidad onubense que los expertos atribuyen al medio ambiente. Lo que sí hay son atascos. De esos puede tener noticia la consejera cualquier fin de semana en cualquier acceso a nuestra costa.

Fábricas y sueños

Está dando mucho que hablar el escándalo descubierto por ‘Save the Children’ y ‘Cáritas’ en torno al negocio de la “cantera” futbolística africana. La sombra de los Eto’o, Kanouté, Drogba o Kalou, los nuevos ídolos del continente, proyecta sobre esas sociedades míseras la ilusión del éxito, ese cuento de la lechera que deslumbra más, como es lógico, en medio de la indigencia. En diversos países del continente se multiplican las “escuelas de fútbol” –sólo en la capital de Ghana hay quinientas ilegales y consta que 750.000 aspirantes han competido alguna vez por una veintena de plazas–, meras intermediarias entre los “ojeadores” europeos y una familias que se endeudan hasta las cejas con la esperanza de que el niño triunfe sobre el césped. Se ata a los que destacan con contratos leoninos para después trasladarlos ilegalmente a Europa, con el resultado lógico de que la inmensa mayoría acaba abandonado en las grandes ciudades, viviendo de la sopa boba de la beneficencia o de la podre de la prostitución, humillados frente a las familias que lo arriesgaron todo por ellos y presos definitivamente en la impotencia. Las ONGs luchan contra estos trajines pero no resulta fácil ni controlar esa corriente ni mucho menos acercarse a los intríngulis de los montajes mafiosos que sostienen un negocio al que el sueño del triunfo les regala la publicidad, y la falta de escrúpulos de clubs y organismos competentes les pone en bandeja el resto. El brillo del éxito de unos pocos esconde esta realidad lacerante de miles de neófitos condenados, en el mejor de los casos, a pudrirse en la “banlieue” mientras se juegan su suerte los especuladores ante la indiferencia de la autoridad. Todo indica que Occidente, este ‘paraíso’ imaginario, ha decidido dejar de la mano de Dios a esa muchedumbre silenciosa cuya vida le disputan al SIDA el hambre y la sed. La cumbre del G8 que acaba de terminar con el célebre festín no deja dudas al respecto.

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El comercio de niños es, probablemente, la mayor aberración de esta era. Lo mismo da si es en África donde las multinacionales los emplean como esclavos, que si el trabajo forzado se hace en China o, no se lo pierdan, en algún que otro punto de nuestro propio país. Un libro reciente del que reproducen varios capítulos los periódicos italianos, “”El fabricante de sueños”, de Andrew Crofts, acaba de ocuparse de lo que sucede en India con el trabajo esclavo de los menores entregados por sus propios padres a industriales usureros para saldar las deudas familiares contraídas con cualquier motivo. Y cuenta la historia de Iqbal Masih, un esclavo desde los cuatro añitos, que fue pasando de mano en mano, explotado y sometido a sevicias inconcebibles, hasta que, tras fugarse y confiar su tragedia a una organización humanitaria, fue asesinado por la mafia paquistaní nada más cumplir los doce. No les aconsejo que lean este memorial conmovedor, pero sí que reparen en una realidad que afecta a miles y miles de menores, contando desde los que trabajan como mineros en estrechas galerías hasta los que son “expuestos” a la voracidad pedófila en muchos puntos recomendados por según qué agencias de viaje. Hay comités y chiringuitos del niño desde la ONU al penúltimo ayuntamiento de nuestro mundo rico, pero nadie interfiere con decisión en ese ámbito delincuente, perfectamente localizado, por supuesto, en que se está perpetrando uno de los mayores atropellos de la historia de la Humanidad. En este periódico hemos denunciado el trabajo ilegal de menores en Andalucía y los munícipes concernidos contestaron que sí, que ya estaban en ello, aunque, claro está, que estas cosas necesitan su tiempo para corregirse. Ya les digo que no es imprescindible que lean estas páginas estremecedoras, pero calculen, al menos, cómo irán las cosas en Accra o en Nairobi si aquí mismo ocurre lo que ocurre.

Público y privado

Hay hechos que cuesta entender en una Administración, especialmente cuando ésta se autopostula de izquierdas. Un ejemplo. Me entero de que el ayuntamiento de Sevilla, que ya había cedido por 75 años “La casulla de san Ildefonso” a una institución artística privada, anda ahora en trámites para cederle también un lote de cuadros del XVII, propiedad del municipio, incluidos dos Zurbarán, una  conocida “Vista de Sevilla” anónima, alguna obra de Martínez Montañés y otras joyas del Barroco que, en adelante, sólo podrán verse por sus dueños, los vecinos, previo pago de la correspondiente entrada, aparte de que el consistorio se compromete a arrimar a dicha institución 500.000 euros anuales durante otros 75 años. No sé si ustedes, pero yo no lo entiendo. Esa pulsión por lo privado es el enigma mayor del  ‘sociatismo’ del siglo XXI.

Innecesaria mala baba

Burda por completo la opinión dada por el bachiller Jiménez contra Carlos Navarrete, es decir, su odiosa comparación entre su mentor Barrero y el que fuera auténtico fundador de este gran chiringuito. Porque decir que Barrero ha sido el mejor secretario general que ha habido en Huelva, habiendo habido sólo dos, resulta de lo más inelegante incluso en boca de un personaje sin mayor relieve personal. Claro que si se compara, como he visto comparados a Barrero y Tierno, lo más discreto sería apagar e irnos, a no ser porque, con toda seguridad ni Jiménez conoció más que de lejos a Navarrete ni el comparador de Barrero con Tierno conoció ni por el forro a aquel brillante trueno que nos explicaba la dialéctica antes de que todo degenerara en pragmatismo y adulación.