Velas azules

Dentro de unos pocos días, concretamente el 24 de este mes, se celebrará, aunque les cueste creerlo, una insólita fiesta ecuménica, el ‘Día Mundial del Orgullo Pedófilo’, cuyo banderín  de enganche e incontrolable difusor ha sido Internet. Los amantes de los niños o muchachos (Juan Eslava nos recordó hace poco el testimonio de Estratón, que describía las delicias correspondientes a las edades entre los 12 y los 16 año, puesto que la de 17 o más ya era cosa del propio Zeus o de bujarrones sin estilo) salen a la palestra. Se pretende “regresar” al clasicismo, no en el amor al saber o en la búsqueda de la sabiduría, sino en el repugnante restablecimiento de la vieja relación pederasta, la que jugaba entre el ‘erastés’ adulto que asumía el rol de iniciador del menor, y el “erómenoi’ indefenso entregado a su depravado mentor, algo que tenía que llegar, a ver por qué no, y que, seguramente, no será la última ni la penúltima barbaridad canalla que “recupere” esta sociedad que ha perdido, evidentemente, el rumbo y el oremus. Se anuncia que ese infausto día, esos malhechores dispondrán velas azules en lugares visibles para que la paciente humanidad comprenda y asuma “la solidaridad entre los amantes de jovencitos” y quede en evidencia su “personalidad buena y amorosa”, una perspectiva frente a la que ya han reaccionado algunos Gobiernos, entre los que no figura el español, probablemente más condicionado por sus propios planteamientos erráticos en torno a la extraña revolución sexual a la que el país asiste atónito pero que gana terreno a ojos vista cada día que pasa. Día podría llegar en que ya no sea preciso al depravado viajar a lejanos paraísos sexuales para disfrutar por unas monedas del amor del hambrientos/as y marginales/as, y por si acaso valga el ejemplo del juez europeo que ya autorizó la concurrencia electoral de un partido, el NVD, cuyo ideario se concretaba en la demanda de libertad para la pornografía infantil, el bestialismo con animales y la rebaja de la edad legal del “erómenoi” a los doce añitos. Unas velas azules maquillarán esta basura humana ante la indiferencia de la autoridad. En adelante, el turismo sexual podría ir de culo.

 

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 En serio: estamos rozando un punto de insensata tolerancia que cuestiona gravemente la viabilidad del sistema de libertades en nombre de un criterio ilimitado de tolerancia que incluso llega a convertir a los grupos excéntricos en lobbies irresistibles para Gobiernos débiles o demagógicos como el que padecemos. Es verdad que Flaubert, que sabía más de mujeres que de caballeros, dijo aquello de que la pederastia es una enfermedad que sufren todos los hombres al llegar a cierta edad –en fin, él sabría– aunque hay quien relativiza ese ‘dictum’ en el sentido apuntado por Baudelaire de que pederastia es también amar a la mujer inteligente, máxima machista donde las haya. Lo que no tiene sentido es mirar a Grecia u otras culturas en busca de justificaciones, porque esa práctica sería peligrosa en muchos otros supuestos que la civilización ha ido eliminando no sin gran coste humano. Recuerden las maldiciones de un bujarrón sensato como Walt Whitman contra los “asesinos de palomas”, esos julandrones que –decía él—“dan a los muchachos gotas de sucia muerte con amargo veneno”, o al Lautréamont que los trató como “grandes depravados”. Un  tipo tan “mondain” como Paul Morand hablaba todavía, adelantándose, por lo visto, a su tiempo, del “proletariado amargo de los pederastas”, por más evidente que resulte que la única ‘Internacional’ amarga que hay en ese submundo es el de los chaperos explotados, el de los niños comprados como mercancía de usar y tirar, por la hez de un mundo sin principios que, encima, pretende, legitimarse con velas azules. Ese día infausto tiene el Poder su penúltima ocasión de cortar por lo sano la gangrena invasora que trata de borrar en el mapa de las moralidades todo límite entre el bien y el mal.

No son personas

Mucha hablar y mucho proclamar derecho y maravillas, pero la verdad es que la Junta trata a los emigrantes más en función del color del municipio donde malviven que en razón de su condición humana. Lo que está ocurriendo en la localidad onubense de Lucena del Puerto, donde ha tenido que intervenir el Defensor del Pueblo ante lo extremado de la situación, no tiene nombre: siete mil criaturas desprotegidas y carentes de todo lo imprescindible porque el Ayuntamiento “independiente” del pueblo está siendo castigado por la Junta que le niega una subvención de casi medio millón de euros a pesar de la bancarrota en que el gobierno municipal del PSOE legó al actual. Que tras las elecciones, en el Pleno, los sociatas avisaran al gobierno legítimo de que la Junta y demás Administraciones afines les “cerrarían el grifo” no fue una baladronada sino la expresión de un método político vigente hoy en toda Andalucía.

Mal camino

El enfrentamiento entre nuestros pescadores y las fuerzas del orden, que tuvo lugar el miércoles en Sevilla, deja un balance moral pésimo. Resulta imposible justificar la actitud violenta de los manifestantes, por más que se comprenda su desesperación económica, pero ahí ha faltado una voz que los avisara de que ese es un camino imposible. Por el otro lado, el Gobierno –que ha tratado mucho mejor a transportistas que pescadores y agricultores—debería distinguir entre firmeza y brutalidad, sin contar con que ha tenido todo el tiempo del mundo, no sólo para arbitrar medidas de alivio a esos sectores, sino para prever razonablemente el orden en estas inevitables manifestaciones. Esas tristes escenas no benefician a nadie y perjudican a todos, incluso si, en alguna medida, responde a la insolvencia de una Junta que,. Como única solución, vuelve a proponer por enésima vez la modernización del sector y demás zarandajas.

Un doble silencio

En medio del desconcierto nacional, mientras el ama de casa madruga para hacer la compra amenazada y el espectáculo de la barbarie consentida se exhibe en el telediario, dos silencios deben hacernos reflexionar sobre el papel de las instituciones en esta huelga salvaje. El primero de esos silencios, el más llamativo quizá, es el de los sindicatos. ¿Alguien entre los lectores ha oído un solo pronunciamiento serio de los sindicatos durante estos primeros días de conflicto? Supongo que no, puede que porque el sindicalismo no es hoy más que un compañero de viaje del poder político y del económico en el marco de ese invento “neoverticalista” que es la “concertación social”, ese pacto de no agresión cebado con dinero público. El segundo silencio atronador es el del Gobierno, que está “missing”, desaparecido en combate, desde el Presidente al penúltimo mono, lejos del alcance de la artillería huelguística, echando por delante a un equipo de segundos y terceros al mando de una de las personas menos indicadas para dialogar o negociar que existen en este país, Magdalena Álvarez, una demostrada adicta a la provocación en cuyo haber, aparte de tantos fracasos gestores, hay que contar con la “guerra de las Cajas” que ella se encargó de librar hasta que Chaves se libró de ella. Dos silencios, dos ominosas ausencias cobardes de las que tendrán que responder en su momento ambas instituciones, aunque tal vez cuando llegue ese momento ya se hayan producido daños irreparables. Planea sobre este asunto una grave pregunta: ¿para qué sirven sindicatos y Gobierno ante un conflicto como el que  los contribuyentes estamos soportando, acaso hubieran sido distintas las jornadas vividas hasta ahora si ninguna de esas instituciones existiera? Creo que, lamentablemente, la respuesta sincera es que no, sin que se me oculte que semejante conclusión encierra una carga deslegitimadora de primera magnitud. ¿Por qué gastar miles de millones en burocracias sindicales que a la hora de la verdad desaparecen como por ensalmo? ¿Y para qué sirve un Gobierno incapaz de garantizar a la población, frente a unos miles de rebeldes, desde la normalidad alimentaria hasta la libre circulación?

 

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 Puede que esta lección negativa sea lo único positivo que acabemos sacando del enfrentamiento entre ese sector abrumado por la coyuntura y su propio desorden interno, pero no me digan que esa conclusión no resultaría desmoralizadora más allá de la pura ensoñación ácrata. Pero es posible también, que se desprendan de la experiencia otras evidencias incómodas, entre ellas, de una parte, la precariedad en que funciona la superstición neoliberal, y de otra,  la insalvable dependencia, que aún no parece que hayamos comprendido del todo (empezando por el Gobierno), entre nuestro Estado soberano (es un decir)  y la Unión Europea a la que voluntariamente pertenecemos y ante cuyas normas la autarquía residual que entorpece nuestra vida colectiva tendría que liquidarse de una vez. Ni nuestro Gobierno se ha preocupado de preparar con tiempo una respuesta a esta crisis anunciada, ni Europa va a admitir las condiciones que tratan de imponer por las bravas los huelguistas. Y claro está que, en todo caso, nos iría mejor si dispusiéramos de la ley de Huelga que la Constitución prevé y nadie ha querido afrontar hasta el momento, pero también que ese vacío no puede justificar que un grupo de ciudadanos, por muchas razones que tengan, secuestren un país entero y mantengan a un pueblo entero en un sinvivir. ¿Dónde están los sindicatos y el Gobierno, no resulta imprescindible que la crisis se aborde en el primer nivel, arriesgando cada cual lo que la partida le exija? Hoy todavía podemos plantear estas preguntas desde una relativa tranquilidad; mañana, no sabemos. Eso es lo que convierte en temeraria esa cobardía institucional que, al menos, va a servirnos para derribar mitos y saber a ciencia cierta quién es quién.

La estela de Gil

Lo que ha ocurrido en Marbella fue un invento de Gil aunque, evidentemente, por lo que hemos sabido luego, no fue sólo obra suya. Pero a los mangazos milmillonarios, a los saqueos (que ya hasta se numeran), a los chalaneos urbanísticos e incluso a algún escandaloso cohecho a la Junta/PSOE demostrado al juez por el propio Gil, tenemos que añadir ahora, cuando se va devanando la madeja del revés, hechos tan extravagantes como el de que el Ayuntamiento tenga embargado hasta lo inembargable, o que haya en la actualidad 80 edificios municipales no catalogados siquiera. ¿De verdad pueden decir la Junta o los sucesivos Gobiernos que no sabían lo que estaba ocurriendo en Marbella, en serio pueden seguir manteniendo que la responsabilidad es exclusiva del alcalde “ostentóreo” y sus mariachis? Hay que llegar hasta el fondo en Marbella y luego mirar hacia fuera. Nadie puede perpetrar un caos tan enorme sin la connivencia, activa o pasiva, de los poderes superiores.

Bollulos, prueba del 9

Lo que acabe pasando en Bollullos va a ser la prueba del 9 de Diego Valderas, un coordinador general que no puede controlar su propio pueblo, lo cual no deja de ser significativo. Meses lleva Valderas tratando de neutralizar a los críticos locales que proponen plantarse frente al PSOE pactando ton el PP –algo similar al pacto que permitió a Valderas presidir el Parlamento—y amenazando con sanciones disciplinarias que, finalmente, no servirían de mucho, en especial si el nuevo gobierno municipal funciona como la gente. Claro que lo que Valdera se juega es, en términos simbólicos, casi más trascendente que lo que pueda significar un Ayuntamiento cualquiera, porque va entrillado entre la exigencia de libertad interna del partido y su interés personal. Bollullos, prueba del 9. Valderas lo tiene más bien crudo en su pueblo.