Culpas repartidas

Se puede estar de acuerdo con Arenas cuando reprocha a la Junta la dureza con que anda tratando al Ayuntamiento marbellí desde que fracasó su opción partidista y gobiernan los de enfrente. Mucho menos cabe aceptar que recuerde sólo la benignidad de la Junta con el gilismo teniendo en cuenta que el PP no fue ajeno a esa estrategia cuando y mientras le convino. ¿O no nos acordamos ya de que a Gil le entregó el PP la Mancomunidad de la comarca cuando todavía cabía mantener políticamente con aquel personaje tratos y contratos? Puestos a reprochar tolerancias y componendas en Marbella ninguno de los dos grandes partidos saldría ileso de la bronca aunque, ciertamente, la responsabilidad de la Junta del PSOE haya sido tan grave que la propia Justicia ha visto a la institución como beneficiaria del negocio sucio. Las culpas andan repartidas en esa timba histórica en la que, seguramente, lo más cuerdo para esos partidos sería no remover el pasado.

Rebajas de verano

No hay noticias de interés en el mundillo político durante el ferragosto, como si la provincia tuviera ya rematados todos los deberes y no quedaran más que cuatro virguerías con que entretenerse. La Junta, la consejería de Agricultura y Pesca, reclama a los turistas que se abstenga de rebuscar coquinas, en Isla se tiran de los pelos (es un decir) los barandas del PP mientras se disputan a dentelladas la única “diputación” conseguida en las elecciones, en la capital, la candidata fracasada reclama terrenos y más terrenos ya cedidos mientras sus adláteres se quejan de que el alcalde no los deja jugar a las bodas… Por lo demás, parece que nada inquieta en la vida pública y desde el Polo se envía a los impacientes el mensaje de que es mejor avanzar despacito y con buena letra que correr riesgos mayores. Nada con sifón, prácticamente. Tal vez las vacaciones políticas deberían durar todo el año.

Cerebros lavados

Nos llama la atención José Luis Balbín sobre las ideas vertidas por Noam Chomsky, en una entrevista reciente, sobre la función y los límites del “cuarto poder”. Para el insigne filólogo el recurso a los “periódicos de referencia” sería ya una prueba de mediatización y el hecho que nos pone en la pista de una realidad fundamental para comprender nuestras sociedades: que esos ‘medios’ son, en realidad, el instrumento de gobierno permanente de los regímenes democráticos en la misma medida que la propaganda lo es en los que practican la autocracia. ¿No se basó la propaganda soviética en los hallazgos de la sociología de la comunicación yanqui, no fueron saqueados por las dictaduras en beneficio propio los trabajos que los Shills y los Janovitz habían hecho para destripar el juguete dictatorial? El argumento principal de esta crítica desmitificadora se fija en el divorcio entre la opinión pública y la que González llamaba la “publicada”, es decir, en el hecho comprobado de los repetidos fracasos de los grupos de influenciación que los medios representan ante hechos decisivos de la vida pública: el referéndum francés del 2005, en el que aquellos apostaban lo contrario de lo que decidió el pueblo, la distancia entre el deseo mayoritario de desnuclearización de Oriente Medio y una propuesta mediática más próxima a los proyectos políticos (y económicos, claro) que a esos deseos de la masa. Que por cierto, según Chomsky, no es la parte de la sociedad que más y mejor se somete a las técnicas de persuasión comparada con las elites, decididamente más permeables a la influencia que la muchedumbre solitaria. Nadie escapa a la pretensión de lavado de cerebro que auspicia el Poder, en unos casos manipulando la información, en otros potenciando la propaganda. La preservación de la libertad –individual, colectiva– requiere cada vez más un discreto distanciamiento de la opinión recibida. No sólo las dictaduras lavan cerebros, en definitiva. La lavandería democrática se diferencia exclusivamente en el método. Incomparablemente más buido, por supuesto, más sofisticado y menos bronco. El control social se ejerce con mano de hierro o con guante de seda. Pero se ejerce igualmente.

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Queda lejos la leyenda que reservaba el ‘lavado’ –la práctica de desestructuración de la personalidad– al modelo soviético. La odisea que Artur London nos contaba al cabo de los años en “La Confesión”, la que la historia y la mitología (por partes iguales) difundieron en un Occidente satisfecho que se ha creído durante decenios a salvo de los manipuladores; resulta que no eran el único instrumento de sumisión sino que había otros tan eficaces o más, si cabe, a la hora de someter al proyecto poderoso las voluntades individuales. A la sombra de la libertad floreció la técnica suasiva que comenzaba por arruinar la confianza en la propia capacidad racional antes de proponer la ‘conversión’ a un estilo nuevo, a un nuevo modo de “integración” en el que incluso la esclavitud virtual confunde su reflejo con el albedrío. Eso sí, el instinto sobrevive lo suficiente para arruinar un referéndum superando la sugestión o para distanciarse de un proyecto suicida, lo que permite a Chomsky abrigar la esperanza de que, al final, es posible, incluso probable, que la información prevalezca sobre los designios de los controladores. ¿Seguro? Alguna vez he recordado la idea de Bernanos de que ni las democracias pueden evitar la hipocresía ni las dictaduras el cinismo. Colgado entre el presente y el futuro, Chomsky parece que piensa algo por el estilo pero, aunque deje abierto un postigo a la esperanza, la verdad es que nos deja el alma en vilo. Quizá por eso se felicita la Regás de la decadencia de los periódicos y su decreciente (¿) difusión. Ellos y ellas también ‘proyectan’ deseos. El de que la crítica enmudezca, por ejemplo, y sólo permanezcan audibles las voces “de referencia”.

Espejo para Delphi

Gran tallina la propinada a los despedidos de Bolidén, los recolocados por Chaves tras la tragicomedia de la multinacional que se fue de rositas, y ahora despedidos como, seguramente, estaba previsto. Buena lección para los “parados con perspectiva” de Delphi, todavía en fase zalamera pero, qué duda cabe, apuntados a futuras decepciones. La realidad es que la Junta tapa sus imprevisiones (o sus previsiones, quién sabe) saliendo del paso como puede, pero eso no sería posible, obviamente, sin la complicidad mayor o menor de unos sindicatos domesticados por los dineros de la ‘concertación’ y otros narcóticos. Porque ¿han oído acaso alguna exigencia de aclaración de las subvenciones trincadas por los fugados o alguna explicación de cómo hubiera sido posible que la Junta no se enterara de la fuga de los subvencionados a Rumanía y Marruecos? Los de Bolidén también debieron creer en sus “perspectivas” alguna vez y ahí los tienen.

Ahora Isla Chica

Otra vez el tole-tole de la reclamación de terrenos municipales, de nuevo la polemiquilla que pretende hacer creer a los onubenses que la Ciudad de la Justicia no se construye porque el Ayuntamiento no cede terrenos. Se trata ahora del centro de salud de Isla Chica y resuenan los mismos argumentos así como las mismas réplicas: el Ayuntamiento recuerda que es la oposición la que ha impedido que la remodelación de Isla Chica esté concluida hace años, aparte de que la cesión de terrenos (como en el caso de la Ciudad de la Justicia) fue acordada en su día y acordada está. Es probable que Parralo huya hacia delante, como quien pisa las ascuas de una crisis interna del partido que sólo el verano está aletargando pero que está ahí, pero eso no debería ser obstáculo para que, mientras en el partido se decide su suerte y no, mantuviera en positivo la acción opositora. Los onubenses han pagado ya en demasía el precio de estas contiendas. Tras perder cuatro elecciones, lo inexplicable es que no lo hayan comprendido.

Ojo al limpiabotas

Mis amigos economistas me evitan estos días –supongo que igual debió de pasarle a nuestros abuelos cuando la otra vez– temerosos de pronunciarse sobre la crisis. Los pocos con los que logro hablar no se ponen de acuerdo, siempre entre Keynes y Friedman, cuarto y mitad de Hayes por si acaso, convencidos unos de que el problema hay que buscarlo en la superproducción, otros de que la causa está en el histérico soponcio de los mercados bursátiles, los de más allá en que lo que ocurre no es sino la consecuencia de la expansión monetaria derivada de la loca política de expansión. Cualquiera sabe, pero como la Humanidad es sierva de su propia memoria latente, el fantasma del miedo pasea de nuevo por esos mundos y no falta ya quien imagina, esta vez ve technicolor, la escena de los millonarios y hasta los brokers arrojándose por las ventanas cinematográficas de Wall Street, junto al aguafuerte de un nuevo proletariado empujado por el hambre Dios sabe hacia donde. Lo que pasó la otra vez sigue en discusión pero no lo que lo produjo, a saber, el desmadre inversor que dio en la locura de entramparse para invertir en acciones, venderlas para pagar la deuda y ganar la diferencia. Suele referirse la ocurrencia de Joe Kennedy, el epónimo mafioso de la truncada dinastía: cuando hasta el limpiabotas pronostica en la Bolsa es que la economía va sobrevalorada. O la anécdota del Churchill desconcertado viendo sobre el parquet londinense cómo se volatilizaba su copioso “paquete”. Pero la imagen fuerte es la de los suicidas del rascacielos sobre el chafarrinón amenazante de los nuevos pobres y ambas, en mi opinión, quedan lejos de este mundo tan distinto, aunque los que ladran en él sean los mismos perros con collares distintos. Estaría loco el planeta si se metiera de nuevo en la boca del lobo. Basta de momento con ajustarse el cinto y reducir el veraneo.

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De lo que nadie va a librarnos es de otra discusión sobre los principios, de nuevo los galgos keynesianos contra los podencos liberales, las porfías sobre las perversiones del monetarismo y las condenas de la intervención del Estado en el juego presuntamente libre de la economía. Verán como la culpa es nuevamente de Marx y no del Pocero, verán como le cuelgan el sambenito al gasto social y no a la segunda o tercera vivienda, verán cómo unos le echan la culpa al despilfarro asistencial y otros a la hipoteca insensata. Pero esta vez la crisis no pasará a mayores –Dios me oiga– ni creo que volvamos a vivir los días negros que llevaron por el camino más derecho a la locura totalitaria empujados por el miedo a la libertad. Estaríamos locos, ya digo, si volviéramos a meternos en la boca del lobo, como si no hubiéramos tenido bastante con el tragantón anterior, como si no nos supiéramos de coronilla la lección de que se empieza discutiendo sobre la inflación o la máquina de hacer billetes y se termina descubriendo el “Ciclón B” en las cámaras de gas. No me olvido de la capacidad del hombre para tropezar en la misma piedra, pero confío en la “astucia del Sistema”, si se me permite la perífrasis hegeliana. Por otra parte el capitalismo ha aprendido mucho desde la otra vez, tanto que ha logrado merendarse a las alternativas a pesar de tantas contradicciones como revela cada dos por tres, y estos, en resumen, no son los años 20, la década feliz de la morfina y el charlestón, que pretendió hacer del mundo un cabaret mientras enmudecían las sirenas de las fábricas. No creo que la sangre llegue al río aunque sin duda habrá que vivir una temporada asfixiados por el ‘euríbor’ y con el alma en vilo por la truculencia de la realidad. Este mundo está loco pero no es tonto, pueden estar seguros. Tanto como que de ésta salen forrados unos cuantos que me juego lo que quieran a que resultan ser los mismos. Quizá lo que más me aturde es que el que no va a levantar cabeza tampoco ahora es el limpiabotas.