La cuestión territorial

Desde que conocí la decisión del Tribunal Constitucional de confirmar el escrutinio de Zahara de la Sierra dando por nula una papeleta del PP que llevaba escrita en el margen inferior una guasa boba contra ZP, pero considerando válidos dos votos del PSOE, uno igualmente sobrescrito, y otro que incluía dos papeletas (de `partidos distintos), no dejo de pensar en la gravedad de un criterio que, en lo sucesivo, va a dar mucho juego a los interventores bronquistas. Pero, sobre todo, no se me quita de la cabeza una idea: ¿qué hubiera ocurrido si, en lugar del PP andaluz, hubieran sido ERC o Batasuna los perdedores de un Ayuntamiento por un voto en esas condiciones? Gana terreno la sensación de que el PP está en Babia, veraneando como los reyes viejos, mientras los manijeros de su adversario no descuidan el más mínimo detalle. Pero vuelvan a la pregunta anterior: ¿hubiera actuado igual el TSJA y el TC igual si el caso les hubiera llegado desde Cataluña o desde el País Vasco? Ya me pueden jurar por sus mengues lo que quieran, que personalmente seguiré convencido de que no.

Rebaja en el sueldo

El alcalde de Ayamonte, Antonio Rodríguez, se ha rebajado paladinamente el sueldo: ya no ganará al mes un millón de las antiguas pesetas, como su predecesor, sino solamente 700.000 sobradas, puesto que del kilo flamenco que se llevaba el gran Rafael González, se he recortado, como digo, dos mil euritos. Todo un gesto, en cualquier caso, rebajarse voluntario la leña en una cuarta parte, pero todo en ‘cante’, en fin de cuentas, porque nos descubre por dónde va ya la vera de los sueldos municipales –esa huerto sin vallar– y hasta qué indignante punto el alardeado “servicio público” se ha convertido en un negocio pingüe para personajes cuyo nivel profesional jamás le hubiera proporcionado semejante chollo. Se debería exigir que los alcaldes y concejales y demás cargos públicos declaren, no qué poseen, sino cuánto ganan, dónde y por qué, aunque no fuera más que por adecentar la política. Mientras tanto, felicidades y plácemes a ese héroe discreto que ha comprendido que una cosa es ganarlo dignamente y otra muy distinta forrarse en el cargo.

El precio de la vida

Gran despliegue propagandístico en Francia, y en la UE en general, ante la liberación de las enfermeras búlgaras y el médico palestino condenados a muerte en Libia por el inconcebible delito de haber inoculado deliberadamente el virus del sida a quinientos niños. Se pone de relieve el “gesto de humanidad” del régimen de Gadaffi y el mérito compartido por el matrimonio Sarkozy y la administración europea, que han actuado como mediadores con los buenos oficios del emir de Qatar, actor, a su vez, como mediador de mediadores. Todos contentos. El propio ‘Sarko’ viajará a ese país que vive vuelto de espaldas al mundo para agradecer la decisión que, todo hay que decirlo, no ha sido tan gratuita como se pretende presentar, pues fue acompañada del pago de un rescate (porque eso es lo ha sido) de un millón de dólares por niño presuntamente inoculado. Curiosa situación ésta en que Occidente suplica o negocia con países islámicos por la vida de rehenes, extraño cambio de papeles que pone de relieve, en primer término, el éxito relativo pero indudable del terrorismo en cualquiera de sus formas (incluyo el institucional, es decir, el que practican los Estados parapetados en su ley), y en segundo plano, la capacidad de la política para metabolizar lo que le echen, incluso si lo que le echan es una miserable conspiración como ésta de esos sanitarios que han purgado ocho terribles años de cárcel en aquel país. ¡Pero que notición el de madame Sarkozy posando en plan hada madrina en la escalerilla del avión y la Unión Europea apuntándose, por una vez y sin que sirva de precedente, el tanto de un logro internacional en esa delicada zona! Nadie habla, por supuesto, de los millones pagados, como si el pago de un rescate fuera de recibo entre sociedades civilizadas y como si la vida de las personas –la de los niños contagiados, la de los facultativos víctimas– resultara tan fácil de tasar. Un millón de dólares es una cifra convincente lo mismo para vencer la honestidad de una dama (recuerden la oferta de Robert Reford)  que para valorar su cogote.

                                                               xxxxx

Desde luego hay que admirar la capacidad de esta tropa para sacar agua de donde no la hay. Por ejemplo, para transformar en un éxito diplomático y en una importante baza de la estrategia “monarquista” del presidente francés, el fin de una tragedia que ha durado ocho años y que por poco acaba como el rosario de la aurora, con las enfermeras y el médico colgando de una soga en el mejor de los casos. No es que uno rechace la negociación, nada de eso; es simplemente que cualquiera se rebela ante el episodio del rescate, ante le montaje político y mediático para quitar de la vista del público esa escena decisiva que ha sido el pago de los quinientos millones de dólares, teóricamente destinados a conseguir el perdón de la parte ofendida y que vayan ustedes a saber, por supuesto, en qué manos o en qué caja numerada de banco suizo acabarán aterrizando. ¿Se debe negociar ante estos retos a la decencia que son los secuestros de hecho o “de derecho”? Pues posiblemente sí, a ver cómo coños sostener lo contrario, pero lo que no se debe es poner precio a una vida humana y acabar pagándolo. Entre otras cosas porque menudo negocio acaba de descubrir ese complejo submundo con el que no compartimos ni los presupuestos éticos ni, por descontado, los jurídicos. Una vez protestamos (algunos) contra el brutal bombardeo de Trípoli ordenado por Reagan  en el que el propio Gadaffi perdió a una hijita. Ahora pienso que deberíamos hacerlo a coro en lugar de simular que festejamos esa “humanidad” con tarifa venturosamente mostrada por los secuestradores. ¡Pero como lucía madame Sarkozy posando en la escalerilla del avión! Seguro que el glamour de esa imagen no se le ha escapado a ni Gadaffi ni a sus contables.

Serviles y resentidos

Para el personal generalmente ignaro de esos “aparatos” de partido que padecemos no hay mejor argumento ante la crítica o la disidencia que el del resentimiento. Un resentido hubimos de escuchar que era Escuredo cuando lo dejaron agarrado a la brocha o hace poco cuando se apuntó a la “plataforma” crítica, o Borbolla cuando se rebeló en la satrapía de Guerra, o Guerra cuando fue defenestrado por González, o Caballos cada vez que fue catapultado, o… Parece como si los “serviles” (el término es viejo: viene rodando desde Fernando VII) no concibieran otra razón para la discrepancia o incluso para la singularidad que la ambición ni otro argumento para la crítica que el reconcomio del perdedor. Ahora los resentidos, según el PSOE, son cualesquiera ciudadanos que, en uso de su libertad, se acerquen al PP o acepten participar en cualquier iniciativa adversaria, peor ya digo que, en tiempos, lo han sido también todos y cada uno de sus propios mandamases. El propio Pizarro, bocazas de guardia, será un resentido el día –“certus an incertus quandum”– en que lo boten a él. Que llegará, no lo duden, que llegará.

La gran apuesta

Ningún acuerdo o providencia podría tomar el gobierno municipal de Pedro Rodríguez tan incontestable como ampliar al máximo la reserva de medio alfoz para la construcción de viviendas sociales. Apostar por encima de lo que exige la propia Ley, como acaba de hacer, ya es apostar, y deja, sin duda, en mala postura a quienes, desde va ya para trece años, vienen pretendiendo buscarle al alcalde en esa materia el punto débil. Nunca se adoptó en Huelva una medida semejante, y eso que hubo en la capital hasta tres mayorías absolutas del PSOE y, probablemente, en muy pocas ciudades pueda alardear de semejante empeño, con independencia de su signo político, un Ayuntamiento de todos. Lo que revela que el alcalde trabaja ya en la próxima campaña, con cuatro años de antelación, mientras una oposición atrapada en sus rutinas denigratorias sigue perdiendo el tiempo. Allá cada cual. Pero lo cierto es que ese acuerdo del Ayuntamiento de la capital marca un antes y un después en la preocupación más notable de nuestra opinión pública.

El paño pardo

No parece que vayamos a liquidar nunca los españoles el toletole anticlerical. Hemos vivido demasiado tiempo bajo la férula eclesiástica, es cierto, y también bajo el impacto de una crítica no poco mendaz que lo mismo hablaba de vírgenes enclaustrada que de curas envenenadores de niños, sin duda porque nuestra historia –como la de otros pueblos similares– no podría entenderse sin calibrar antes debidamente el peso de la influencia religiosa y el lastre que supuso para nuestra sociedad tanto el freno socioeconómico de las “manos muertas” como el escándalo más o menos giróvago de las órdenes regulares. En el XVIII (no sólo en España, insisto) llegó a cuajar la especie de que la regeneración del país pasaba por expulsar a los jesuitas y en el XIX hablar del “paño pardo”, la metáfora del clericalismo, se convirtió en un festejado lugar común que, a través de tantas vicisitudes, llegó a enlazar con el feroz anticlericalismo de las izquierdas en general. Hoy puede que nos hagan sonreír las paparruchas divulgadas por biblias rojas como “El Motín” o “El Tragacuras”, con sus historias de clérigos amancebados y pérfidos frailes adultos que, acaparaban herencias, deshonraban doncellas y pervertían casadas, pero no es dudoso que su influencia fue considerable y duradera entre un pueblo masivamente analfabeto y brutalmente sometido. Y eso hace más difícil de entender este nuevo anticlericalismo sin sentido y auspiciado desde las más altas instancias, que está demediando España, tan gratuitamente, en dos mitades, una que brama contra la clerecía, retorciendo la Constitución si hace falta para inventarse el imprescindible maniqueo, y otra que saca curas a hombros como acabamos de ver en algún pueblo andaluz. La secularización ha resultado ser un proceso mucho más reversible, al menos coyunturalmente, de lo que preveían los sociólogos funcionalistas.

                                                               xxxxx

Vieja y absurda batalla, aparte de empeño maniaco. En la fachada de un hospital psiquiátrrico de París acaban de instalarse, protegidos por invulnerables cristales, unos curiosos paneles de madera sobre los que un pobre demente habría grabado, durante sus años de eremita voluntario, una dura requisitoria en la que acusaba a la religión de manejar los cerebros mediante misteriosas máquinas psicotrópicas, haber provocado el holocausto hitleriano y andar trajinando en un proceso para hacerse con el poder mundial. Coincidiendo en el tiempo, en España, un síndico eminente (que no ha cotizado un  sólo día como trabajador por cuenta ajena, todo hay que decirlo) hace méritos ante un Gobierno –que sabe bien cuánto puede distraer al personal con esta palea de asuntos mucho más graves– tildando al cardenal primado de “hechicero de la tribu del PP”. En plena “crisis inicial del siglo XX”, cuando el viejo barco crujía por los cuatro costados, un personaje insigne como Galdós se empeñaba hasta las trancas en la lucha por conseguir los entierros laicos y mucho después, un talento como Azaña se empeñaba en el designio anticlerical con un talante que sólo desde la bienquerencia se puede caracterizar, como ha hecho Mainer, de “ponderado”. Personalmente sostengo que, igual hoy que en el largo periodo que va desde la Ilustración a la República, el anticlericalismo ha sido en mayor medida una estrategia de distracción que un objetivo seriamente estimado. ¿Quién va a creer hoy en serio que los obispos constituyen una amenaza para una sociedad democrática en la que apenas un tercio de los ciudadanos destinan sus impuestos a la Iglesia? La batalla en torno a la nueva asignatura, sin ir más lejos, demuestra que el anticlerical anda hoy dedicado  a alancear moros muertos, pero moros difuntos que todavía sacan curas a hombros, ojo. Caro Baroja murió demasiado pronto. Con lo que él sabía y no ocultaba se verían hoy contra las cuerdas muchos de estos tragacuras oportunistas.