Contra la capital

Cualquier cosa vale contra el progreso visible de la Capital, cualquier obstáculo será bueno mientras los onubenses mantengan en la alcaldía a Pedro Rodríguez, intratable hasta ahora en las urnas. El PSOE se equivoca, quizá, al seguir esa política de obstrucción que va desde el retraso deliberado (en cualquier caso, injustificable) de las infraestructuras prometidas e imprescindibles, hasta el desplazamiento del Parque Científico-Tecnológico a Aljaraque con tal de no dejarlo en Huelva. ¿Se hubieran atrevido a quitarle a Sevilla o a Málaga los suyos para llevarlos a localidades de las respectivas provincias? Pues seguramente no, y por eso digo que tal vez se equivoquen, ya que no sería descartable que los votantes tomaran buena nota de la jugada. Confundir la competencia (o la guerra, según como se mire) con el alcalde con el boicot a Huelva es una barbaridad además de una injusticia.

Quién manda aquí

La sentencia del Tribunal de Estrasburgo estableciendo que el juez Liaño fue condenado por un tribunal, el TS, que no era “ni independiente ni imparcial” ha reproducido en este país demediado la polémica que en su día se saldó con aquella decisión, pero ha venido de demostrar con claridad meridiana la tesis de quienes defendimos entonces y lo hacemos ahora sobre la ventaja de los poderosos a la hora de medirse ante la Justicia. Para empezar hay que recordar que no es sólo el Supremo la instancia que queda severamente censurada, sino el Constitucional que avaló sus tesis dando por bueno el procedimiento, doble sanción que remece con violencia el montaje judicial español, víctima de la estrategia partidista hasta extremos ya intolerables. He oído a este propósito, por supuesto a algún detractor del juez Liaño, que nadie manda más en España que un juez, postulado que el propio caso que ahora se zanja desmiente de modo rotundo dejando en evidencia que la Justicia tiene poco que hacer en España cuando tropieza con poderosos bien ubicados en la órbita del poder político. El triste safari organizado contra el juez Gómez de Liaño, al que se llegó a insultar incluso en la persona de mujer, trata de reabrirse ahora nuevamente, con la diferencia de que ya no es posible dudar de que quien llevaba la razón procesal era él, como no lo es repararle el daño infligido. Un juez de la Audiencia Nacional condenado por prevaricación es una noticia grave, sin la menor duda, pero una sentencia superior declarando a los dos tribunales supremos de la nación parciales y dependientes constituye, sencillamente, una deslegitimación irreparable del todo el sistema que precisará de todas las reservas de filisteísmo habidas y por haber para salvar la situación. Eso sin contar con que ya no sabemos quién manda de verdad en España, no sólo porque el Tribunal Supremo ya no lo es, sino porque resulta patente que los poderosos fácticos (Polanco, González, los Albertos, Prado y tantos otros) pueden hacerse un sayo de la capa de esta mediatizada Justicia.

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Ayer mismo se ha planteado en la cumbre de la Moncloa la renovación de los órganos judiciales decisivos como si se tratara una cuestión política, un pulso entre los dos grandes partidos, gesto que confirma la firme decisión de ambos de mantener el actual juego de mediatizaciones que está en la base de esa “dependencia” y de esa “parcialidad” que denuncian los jueces europeos en nuestras más altas instancias jurisdiccionales. Y ese designio va a consagrar un sistema en situación crítica no sólo porque cuente con dotaciones ridículas sino porque, nada menos que en lo más alto de su estructura bicípite, la política ha penetrado hasta privarlo de sus condiciones morales básicas. Tiene problemas difíciles, no cabe duda, un sistema que acaba de soltar a un inocente tras trece años de prisión, que, de manera escandalosa, ni siquiera le reclama el producto de una estafa a dos magnates que lograron enredar hasta que su delito prescribió o que hace posible, al no ejecutar una vieja sentencia, que un pervertido incontrolado rapte y asesine a una niña. Lo de Estrasburgo, sin embargo, es harina de otro costal, porque a quien inhabilita ética y moralmente no es a un juzgador aislado sino a la representación mayúscula del poder judicial. Mientras los jueces sigan siendo del PSOE o del PP y actuando como tales, la crisis de funcionamiento de la que tanto se habla es lo de menos. Lo grave es, lógicamente, que las instancias superiores se superpongan o que ambas sean descalificadas como lo han sido, desde la instancia supranacional. Los partidos han podrido la Justicia hasta reproducir, bajo un equívoco pluralismo relativo, la ominosa sombra del tinglado que sostuvo a la dictadura. El drama del juez Liaño, con toda su dolorosa carga, no deja de ser un accidente privado. La sentencia que le ha devuelto su honor y su razón es, por el contrario, una cuestión nacional.

El SAS, arruinado

No es novedad la deuda del Servicio Andaluz de Salud (SAS), antigua como el propio organismo, pero sí es lamentable que, tras casi 30 años de rodaje, el sistema público de salud esté tan arruinado que sus profesionales hablan abiertamente de quiebra técnica. Y eso conlleva mal servicio, a veces intolerable, como el siempre desmentido pero evidente, de las listas de espera maquilladas o el mucho más lacerante de las Urgencias colapsadas. El Defensor del Pueblo acaba de darle fuerte y flojo nada menos que al hospital de referencia, el ‘Virgen del Rocío’ sevillano, al que plantea como exigencia doblar las plantillas de médicos de puerta, mejorar las lamentables condiciones físicas del espacio de atención, renunciar a los contratos basura (por meses y aún por días) y acabar con el “espectáculo lamentable” de los enfermos aparcados en los pasillos. No son cosas que la consejera pueda liquidar con uno de sus habituales exabruptos, ciertamente. Son más bien un cargo grave contra la rutina de una autonomía que suele tener dinero para todo menos para lo más urgente.

Habrá que esperar

Al Gobierno y sus Administraciones se le puede reprochar que haya demorado durante años los proyectos de infraestructuras prometidos a Huelva (AVE, aeropuerto, desdoble de la nacional 435, carreteras San Juan-Santa Olalla o Huelva Cádiz y algún otro), pero quizá no sea el actual el momento de exigirle que cumpla sus promesas. Huelva se quedará sin todo eso, como poco, mientras dure la crisis que acaba de comenzar, entre otras cosas porque la filosofía del zapaterismo no considera ‘gasto social’ más que el despilfarro electoralista, no desde luego las infraestructuras, a no ser que pertenezcan a “amigos políticos”. A nuestra provincia la aguardan, seguramente, años duros, con escasa inversión oficial y habrá que olvidarse, de momento, de aquellos sueños que nunca, en realidad, pasaron de tales. Incluso si vuelven a ser prometidos en otras campañas. Huelva tiene tan probado su conformismo que no debe de preocupar a los que mandan en Sevilla o en Madrid.

El mal mayor

Ha caído Karadzic, Radovan Karadzic, el genocida, el criminal contra la Humanidad, y ustedes me disculparán por no llamar “presunto” a ese hijo de perra. Al fin, trece años después, al poco tiempo de ser relevado el servicio de inteligencia del país, lo cual quiere decir lo que quiere decir y no otra cosa. Los yanquis ofrecían por él cinco millones de recompensa, pero lo han pillado en un autobús, dicen que gracias a informes extranjeros, y hay que imaginarse la conmoción que la noticia habrá causado entre los bosnios de Sbrenica y las familias de las víctimas de Sarajevo, especialmente entre las 20.000 mujeres ferozmente violadas por los serbios, hoy abandonadas en la chabola, y cuyos hijos inasumibles viven lejos en la adopción o arrastran el estigma mientras los verdugos se pasean por las calles. Todas esas cosas ocurrieron entonces pero ya han sido, en buena medida, olvidadas, como es natural, porque la memoria tiene un límite y las noticias un plazo de caducidad, pero ocurrieron y no parece que hayamos sido capaces de repararlas siquiera con la sanción de los bárbaros. Karadzic, el psiquiatra, el poeta (no es broma) que hacía versos en su juventud, el asesino sádico que ordenó y asistió impávido a una de las mayores tragedias de la historia europea, mujeres violadas en presencia de sus maridos, maridos liquidados en presencia de sus mujeres, hijos degollados. ¿Es posible castigar algo semejante, hay sanción proporcionada a una maldad tan enorme? Cuentan que, en una entrevista, ese bestia dijo que los bosnios no tendrían que contar sus muertos, sino que les bastaría con contar sus supervivientes. Pero se habla menos del abandono de las víctimas, de su perra vida, de su vergüenza (¡) por el irreparable ultraje, aunque también por su pobreza absoluta. ¿A quién interesa una viuda arrastrada rebuscando en la basura? Una película ha sacado el tema en el Festival de Berlín pero, en general, silencio. Nadie quiere saber nada ni dentro ni fuera del país. Habrá que tener en cuenta todo esto a la hora de juzgar al monstruo.

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Hay demasiadas barbaries, demasiados genocidios impunes en los últimos tiempos. En África –donde ahora se sugiere la tesis (Vázquez Figueroa, por ejemplo)  de que, bajo la excusa del tribalismo, lo que ha provocado la locura de los exterminios ha sido la explotación del coltán, ese mineral estratégico imprescindible para occidente–, pero también en esta lonja europea incapaz de hacer valer el fuero de los derechos elementales del Hombre. Ahora, ya lo verán, todo serán presunciones y derechos para el cafre, Occidente pondrá en el tablado, como tantas veces, la antigua farsa de la justicia formal, del procedimiento puntilloso, como un supremo sarcasmo tratándose de un sujeto como el doctor Karadzi, el que quiso edificar el sueño de la Gran Serbia sobre el inmenso cementerio del adversario. En tiempos lo habrían paseado por Belgrado y por Bruselas en una jaula, como hicieron con Ezra Pound por mucho menos, pero es seguro que se le otorgarán todas las garantías que son de justicia más aquellas otras con las que el narcisismo ultracivilizado gusta de engalanarse. Recuerden el teatral juicio de su amigo Milosevich, con sus gestos mussolinianos y su escandalosa exigencia de pulcritud procesal. No hay justicia, sencillamente. Ni entre los violadores y asesinos serbios ni entre los macheteros africanos, ni en las dictaduras amigas ni en las lejanas satrapías. Dispongámonos a ver en el telediario la imagen frecuente del verdugo, la imagen ya convenientemente remozada, quizá injuriando con soflamas al sentido común y al sentimiento de las víctimas. Impunes andan por ahí desde Kissinger o Videla a Mugabe u Obiang, protegidos con honores y fortunas en Suiza murieron Pinochet lo mismo que Bokassa o Idi Amín. Veremos que ocurre con este poeta vesánico y altivo y hasta dónde puede la Justicia medirse con el Mal.

Chiringuitos culturales

Asombra el nivel y la temática de los cursos de verano celebrados en Andalucía, la acumulación de obviedades, la superficialidad de los temas, la propia estatura de muchos de los ponentes. Es verdad que sería raro que funcionara en vacaciones y en plan lúdico lo que no funciona durante el curso oficial, pero incluso concebidas como meras agitadoras culturales, parece claro que no sería muy difícil superar esos mínimos listones. A lo mejor merecía la pena plantearse si tanta insustancialidad merece un dispendio tan grande, aunque hay que insistir en que lo suyo sería atenerse a un proyecto serio, abierto y no partidista, que no necesitara, como necesita tantas veces, arrastrar al aula a unos cuantos parroquianos para que haya quórum. Cuesta lo mismo, en principio, un curso elevado que una medianía. Aquí habría que plantearse por qué no salimos de esta última.