La crisis y el ensanche

Bien decía ayer el editorial de este periódico que el proyecto del Ensanche Sur no sólo va a ser decisivo para el diseño de la ciudad futura sino providencial para la crisis, que ayudará a paliar con su decisiva creación de empleo, que se estima en más de 10.000 puestos de trabajo. Todas las Administraciones deberían apoyar ahora este empeño municipal, salvo que quieran significarse como absurdos obstáculos a la recuperación de la capital en esta pésima coyuntura, con olvido total de las rivalidades partidistas que han entorpecido durante años los esfuerzos del Ayuntamiento. Huelva tiene más parados que nunca en su historia pero también va a contar, afortunadamente, con una iniciativa capaz de compensarle de sobra el quebranto e incluso permitirle mirar al futuro inmediato desde una perspectiva más cómoda. El Ensanche es de todos para todos. No volcarse con su proyecto sería ya atacar a Huelva.

Las buenas maneras

Me cuesta entender el montaje de la prensa crítica europea en torno al incidente del presidente Sarkozy con unos ayudantes maleducados de la cadena francesa ‘France 3’ que no correspondieron displicentes al saludo educado del mandatario. Ponen cara de asombro y ahuecan la voz ante la reacción del ninguneado que, por lo demás, se limitó a señalar que “se trataba de una cuestión de educación”, añadiendo su propósito de corregir estas actitudes con un escueto “Ça va changer” –esto va a cambiar– al que yo no le veo por ninguna parte ni el autoritarismo ni, mucho menos, la amenaza a las libertades. ‘Sarko’ dio ya mucho que hablar con su discreta idea de forzar disciplinariamente a que los alumnos se pusieran de pie a la entrada del profesor al que habrían de tratar de usted y con el debido respeto perdido hace años, y ahora encara un vendavalillo de verano por ese mínimo rebote sin el cual, a mi modo de ver las cosas, el perjudicado no hubiera sido tanto él mismo como la institución de la Presidencia. ¿Se figuran la que hubiera armado el bonapartista Mitterand si dos monos de un plató se permiten despreciar su saludo o le salen al paso –como ha ocurrido en este mismo enredo— luciendo una camisola con un eslogan agresivo contra su persona? Los franceses tienen varias palabras para designar esa disciplina de mínimos que enseñaba a respetar al otro –‘politesse’, ‘courtoisie’, ‘civilité’…– pero que ha hecho crisis en las sociedades postmodernas en términos insostenibles, hasta el extremo de que hay países, como España, que han debido recurrir a artilugios jurídicos (como considerar ‘funcionarios’ a los docentes y sanitarios) para contener la dramática crecida de la agresividad propiciada por la falta de respeto. Uno de cada tres (otros dicen de cada dos) médicos o profesores han sido agredidos verbal o físicamente en nuestro país. Bueno, pues todo esto empezó cuando mi ínclita generación decidió igualar por abajo, comenzando por el tuteo universal. Hay muchos ciudadanos que reclaman, como Sarkozy, la vuelta al respeto. No hace falta que baile el oso educado del que habló Goethe pero, al menos, no le quitemos la argolla de la nariz.

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Va a costar Dios y ayuda devolver las aguas a su cauce, porque es mucho más fácil soltar la ‘basca’ al recreo que hacerla volver disciplinadamente al aula. Y más aún, lograrlo sin recurrir al añejo autoritarismo que tanto contribuyó a facilitar el triunfo de estas demagogias en el trato, y que hoy resulta, afortunadamente, impensable. Pero cada día es mayor el consenso sobre la necesidad de dar marcha atrás en este experimento fallido que pretendía una convivencia sin más normas que el capricho ni otro remedio que la resignación. La libertad tiene sus límites naturales hasta en la utopía rousseauniana, y la renuncia a ellos supone inevitablemente deslizar el derecho democrático hasta el desgalgadero demagógico. En este sentido, la ofensiva oportunista de los medios hostiles –nadie ignora el empeño de la izquierda europea contra la amenaza que supone este personaje—resulta tan inapropiada como autolesiva, puesto que la democracia somos todos. El otro día un magistrado español se tragó sin rechistar que un reo juzgado por quemar la efigie del Jefe del Estado exhibiera en el pecho un lema que constituía sin más una apología del mismo delito. Miren, llegados a este punto, prefiero a un Sarkozy capaz de poner pie en pared y decidido a poner orden en el corral y a que no se le suba a las barbas republicanas un mozo o una azafata descarados, porque restaurar la “auctoritas” arruinada durante tantos años parece que es condición imprescindible para que esto no acabe como el rosario de la aurora. Se equivoca el progresismo nominal o partidista amparando el desacato. No puede haber organización libre al margen de la jerarquía ni jerarquía que no cuente con el respeto.

Las vacas flacas

Nos iremos de vacaciones sin que la Junta (ni el Gobierno, por lo que se ve y oye) tome medidas serias frente a la crisis galopante, pero no sin datos para imaginar lo que puede ser esto a la vuelta del veraneo, cuando llegue septiembre y nos encontremos con una cifra de parados que, durante años, creíamos ya imposible. Uno de cada dos parados en junio es andaluz y el consejero del ramo dice que lo ve “normal”, háganse cargo. 90.000 parados más en un año, 34.000 en el último trimestre, 20.000 más en el último mes, hasta un total de 570.334 andaluces sin trabajo. ¿Cuántos tendremos en octubre, a este paso, si “lo peor no ha llegado todavía” (Solbes) y Andalucía es, con mucho la gran perdedora de esta coyuntura? Chaves ha surfeado malamente en la ola de la prosperidad y no tiene ni idea de qué hacer ahora a la hora del chapuzón. Son las vacas flacas, las más famélicas de España (y por tanto, de Europa) tras 30 años de hegemonía del PSOE.

Más parados que nunca

Los datos oficiales sobre el paro en la provincia que acaban de ser conocidos son los peores desde que existe la estadística laboral. 32.435 parados absolutos, 1.478 más que el mes pasado (o sea, un 4’8 por ciento de aumento), una tasa interanual que sube el 13’4 por ciento. Huelva es subcampeona regional en este dramática competición, sólo que por debajo del ránking, superada por Almería pero bajo todas las demás provincias. Verán como ahora no hay ruedas de prensa ni mítines que valga, porque, al contrario que el éxito, el desastre carece de padres. Pero piensen en por dónde irá la vera este otoño, si el derrumbe del empleo sigue su curso previsto y la Junta y el Gobierno permanecen inmóviles como don Tancredo, sin idea de por dónde empezar la tarea de frenar la crisis e incluso negándola con un cinismo que ofende a los miles de onubenses y españoles que van a ver arruinadas sus familias por esta crisis que nunca existió.

El fin de la corbata

Tengo entendido que el ministro de Industria y fracasado candidato a la alcaldía de Madrid, Miguel Sebastián, ha incluido entre las medidas para ahorrar energía la reducción del gasto eléctrico en el propio Ministerio, medida ingrata para los funcionarios en pleno verano, que se trata de compensar, según parece, autorizando al personal masculino a prescindir de la corbata en el marco de cierta “informalidad en el atuendo” desde ahora permitida. En la Asamblea Nacional francesa, por su parte, el diputado ‘verde’ François de Rugy presentó ayer martes una proposición dirigida a modificar el reglamento de los diputados a los que propone exonerar de su actual obligación de asistir encorbatados a las sesiones, algo que ya ocurre, al parecer, tanto en Japón como en algunas instituciones del Pas-de-Calais. ¿Por qué, además, habrían de soportar los hombres esa prenda abrasadora mientras a las hembras se les permite se les permite sin reservas modas cada día más desinhibidas y exhibitorias? Mucho me temo que el asunto derive, como de costumbre, hacia esa simbología fácil y pseudofreudiana que ha hecho correr océanos de tinta sobre la índole fálica de esa prenda inocente que los mílites croatas introdujeron en Francia al filo del primer tercio del XVII para acabar triunfando en todo el mundo civilizado (o así denominado), incluyendo ámbitos hasta antier por la mañana ajenos a la indumentaria occidental. A mí me sorprendió mucho que la elegante historia del vestido de Maguellone Toussaint-Samat eludiera ese tema a la hora de historiar los “complementos” con tanto detalle que no se escaparon ni las tachuelas de remache de los ‘jeans’, sobre todo contando como contamos con la impresionante obra sobre esa prenda que escribió Françoise Chaille, pero supuse que la brillante autora debió sentirse incómoda ante la banalidad degradada de esa simbología que los catetos extreman en la ceremonia lugareña del corte de la corbata del novio. Al freudismo, como a todo, le afecta la erosión.

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Aunque no descarto que la idea del ministro Sebastián tenga su cuota de retranca y alguna conexión subliminal con los designios sexistas de la ministra Bibiana, seguramente alineada con la rancia teoría fálica que, por sí sola, justificaría la abolición de esa prenda, en otros tiempos rechazada desde la izquierda no por esa especie de pruritos sino por puras razones de clase. Cierto que la corbata se ha impuesto no poco en los últimos tiempos entre las hembras ejecutivas, tan aficionadas a vestir –como en su época hiciera ya provocativamente Georges Sand—“a lo garçon”, en un ejercicio de mimesis que, a mí al menos, me resulta de lo más confuso en la medida en que sugiere que no se trata de cambiar un orden de cosas sino, simplemente, de apropiarse de él. Pero no lo es menos que esa prenda sigue siendo, a pesar de los pesares, un elocuente “indicador de posición” hasta el extremo de haber sido estigmatizada desde todos los radicalismos. Nuestros políticos creen más “fashion” acudir al mitin con la camisa desabrochada, lo que revela una pobrísima estimativa no sólo estética sino social, en razón de que introducen con ese gesto el mensaje de que la política verdadera, la próxima al ciudadano, la auténtica, por decirlo así, es la perpetrada teatralmente sobre el tablado de la antigua farsa, antes de volver a encasquetarse la etiqueta para volver al despacho. En cuanto a nuestros funcionarios, ya veremos en qué acaba ese “informalismo” en el vestir, pero no es descabellado aventurar que puede que redunde en un cierto menoscabo de su imagen a la vista del administrado. Nos hace falta un Larra desenfadado que se de un garbeo por Industria y nos haga su crónica. Pero no me digan que no tiene ángel eso de mandar quitarse a los demás la corbata en lugar de apretarse ellos el cinturón.

Cámara inútil

El Parlamento andaluz debería plantearse para qué sirve la Cámara de Cuentas, no porque haga bien o mal su trabajo, sino porque, a la vista está, que el que viene haciendo, en la práctica, no sirve nada. Lo pone en evidencia ella misma cuando publica en el BOJA sus informes de fiscalización de unos Ayuntamientos y Diputaciones que se pasan por el arco sus graves conclusiones, y resulta casi cómico cuando nos dice que lo de Estepona –uno de los mayores agujeros descubiertos en este Patio de Monipodio—ya lo había detectado ella “hace bastante tiempo” aunque no hizo nunca una fiscalización completa por que nadie se lo pidió gobernando el PSOE como se lo pidiera el Parlamento de Andalucía en los tiempos del GIL. Una Cámara sin capacidad sancionadora es una broma para esos ingenieros del manguis y, en todo caso, un juguete en manos de la mayoría parlamentaria.