El bandido anacrónico

La rueda de prensa del abogado de El Solitario, el atracador finalmente atrapado en Portugal, pasará a la crónica del tiempo como uno de los montajes más ridículos ideados por esa nueva casta de abogados-espectáculo que medra al amparo de la voracidad mediática. Resulta ahora, en resumen, según ese letrado, que el despreciable delincuente acusado por la autoridad de múltiples atracos, varias muertes y algunas lesiones, no habría sido más que un rebelde benéfico, concebido según aquel anacrónico paradigma del bandido generoso felizmente borrado del mapa imaginario hispano por las sucesivas modernizaciones registradas. La imagen del forajido (“fora exido”, el que escapa al grupo para actuar desde fuera) fue, en efecto, utilizada por el romanticismo para exaltar la rebeldía campesina capaz de enfrentarse con sus pocos medios a una sociedad desigual cuya injusticia pretendía “compensar” redistribuyendo entre los necesitados la riqueza afanada en los golpes delincuentes, pero es bien sabido por los historiadores que esa imagen y ese modelo quebraron en cuanto la sociedad isabelina flexibilizó sus estructuras al modernizar el país. Hay una etapa bandolera tardía, ya muy degradada, en la que se aprecia a simple vista como el mito bandolero va disolviéndose hasta perder por entero el nimbo de prestigio con que lo coronó la tradición, entre otras cosas porque para entonces ya alentaban los primeros proyectos revolucionarios que veían en la leyenda del bandido un simple folclore que, en el fondo, resultaba altamente “integrador”. Las hazañas del Tempranillo como las de cualquiera de sus colegas se insertaban en una tradición fuera de la cual carecían enteramente de sentido y que, a su vez, dependía de manera directa del modelo social. El abogado de El Solitario lleva siglo y medio de retraso, por lo menos, al elegir esa estrategia de defensa.

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No tiene el menor interés, a mi juicio, la burda payasada de este personaje vulgar e indeseable, como no tiene justificación el papelón de esa defensa legal que se presta a esgrimir, con aparente seriedad, la broma de un bufón tan peligroso. Sí lo tiene, en cambio, el hecho mismo, es decir, que este tipo de ‘show’ prolifere en un horizonte legal que está perdiendo a ojos vista su propia e imprescindible respetabilidad. Salir al escenario para contarle al país que ese miserable se considera un bandido generoso (lo de ‘Curro Jiménez’, por lo demás, da una idea de su ingenuidad histórica) dispuesto a rescatar al usuario de las garras de la Banca depredadora, constituye un desafío al sentido común de tal envergadura que descalifica por completo a un portavoz que no tiene inconveniente, por si algo faltaba, en involucrar en la trama criminal que trae entre manos, sin tentarse la ropa siquiera, a personas de grave significación política. Nadie va a hacer caso, verosímilmente, a esta farsa baratera, pero su misma existencia debería ser causa suficiente para una reflexión en torno a la juerga jurídica que estamos viviendo y a la que han contribuido no poco, todo debe decirse, el impacto de unas justicias tantas veces extravagantes como las que estamos viviendo. No sé por qué, después de todo, la apología del terrorismo habría de ser mejor considerada que el enaltecimiento del bandidaje y lo cierto es que, a pesar de las trágicas circunstancias en que aquella se produce, un día sí y otro también estamos asistiendo a la tibieza de la Justicia con quienes defienden a los terroristas con argumentos de parecida índole a los empleados por el defensor de este malandrín no poco narcisista. Aparte de que quizá la reflexión propuesta debiera incluir a los ‘medios’, auténticos y últimos responsables de la conversión de lo que no debió pasar de una noticia de interés en un circo permanente. El Solitario es un delincuente de especial peligrosidad que tendría otra actitud, seguramente, si sus fechorías hubieran de ser juzgadas en algunas de las democracias que consideramos más avanzadas.

Hablando en plata

La polémica actual sobre el homenaje u homenajes a Blas Infante en el aniversario de su fusilamiento es algo inimaginable en cualquiera de las autonomías serias que mantienen un referente histórico –razonable o no, auténtico o imaginario– consagrado, por si fuera poco, en sus Estatutos. ¿Imagina alguien un espectáculo semejante en el País Vasco a propósito de ese extravagante personaje que fue Sabino Arana? ¿O a los partidos e instituciones catalanes cuestionando alguna de sus figuras igualmente mitificadas y dándoles la espalda entre todos? A Blas Infante lo trajeron por los pelos al santoral autonómico los mismos que no creyeron en la autonomía hasta que se vieron encima aquel tren imparable, y los mismos que, por descontado, jamás creyeron en él fuera de la escena política. Eso explica estos despropósitos y unas trifulcas que no hacen sino dejar en evidencia la escasísima voluntad autonómica que, por otra parte, tantas veces se ha manifestado en otros ámbitos y circunstancias.

Vecinos y partidos

Hay una pelea en Huelva por controlar una asociación de vecinos, una pelea que ha llegado incluso a amagos judiciales, y lo grave es que lo que subyace a esa pelea es el carácter partidista de ambos bando, pues mientras uno sabe medio mundo que es un instrumento de la oposición municipal del PSOE, pocos ignoran que el otro mantiene con la gobierno municipal relaciones bien amistosas. Pero ¿es que hasta las asociaciones de vecinos van a acabar partidas por dos, no va a haber nada en esta sociedad que se salve de la remediación simbólica que impone el bipartidismo vigente? Realmente da cierta pena que movimientos como el vecinal –creación del viejo PCE tradicionalmente vinculada a los partidos, no hay que engañarse– siga, a estas alturas, funcionando al dictado de sus jefes políticos. Unos y otros, dirigentes del barrio y políticos de partido, deberían respetar una espontaneidad que hoy no se ve por ningún lado.

La vieja dama

El puente que el valenciano Calatrava va a trazar sobre el Gran Canal veneciano está dando lugar a un encendido debate que va mucho más allá de la bronca reaccionaria de los partidarios de la Liga del Norte y los “camisas negras” de Alianza Nacional para los cuales el interés de la ocasión es estrictamente partidista. El transporte de su cubierta a través de la Laguna y, en especial, su paso bajo la horca simbólica del Rialto, lo mismo ha sido celebrado por una muchedumbre entusiasta que ensombrecido a la luz de las bengalas por el griterío de la oposición, pero lo cierto es que Venecia acaba de dar un paso importante en su reconocida estrategia urbanística al permitir una intervención modernista tras un largo periodo de resistencia al cambio por parte de quienes, no sin buenas razones, ven en la ciudad una suerte de vieja dama intocable sobre cuya imagen delicada podría resultar irreparable el contraste de los estilos. Hace mucho que esta porfía se mantiene y hay que reconocer que, tras ciertos abusos perpetrados en la postguerra, no resultaba difícil encontrar argumentos a quienes pretendían mantener intacta la joya heredada del pasado y quienes argumentaban que carece de sentido perpetuar una ciudad-museo ahogada en el “acqua alta” de su propia identidad. Un genial veneciano de adopción, el ruso-americano Joseph Brodsky, ya dijo en su memorable balance sentimental de la ciudad, que la nueva arquitectura había provocado más daño al paisaje urbano europeo que todas las ‘Luftwaffe’ reunidas, una colosal ocurrencia que, toda hay que decirlo, tal vez reprodujo modificada de otra similar que en su momento lanzó el denostado príncipe Carlos contra la catástrofe debida a la especulación. Pero la opción parece tomada a juzgar por la opinión del alcalde Cacciari de que “se puede y se debe construir arquitectura contemporánea” en una ciudad que ya habría perdido la ocasión, según él, de abrirse a novadores como Wright, Kahn o Le Corbusier, vetados en su momento por el fundamentalismo conservacionista. Seguro que a muchos amantes de Venecia se les abrirán las carnes sólo con imaginar roto el embrujo tanto como se le alegrará la pajarilla a más de un especulador y a más de un iconoclasta. La extraña deriva de la Bienal en sus manifestaciones más banales bien podría servir de aviso a los navegantes, a ser posible antes de decidirse.

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En realidad lo que planea sobre Venecia no es sólo el riesgo de su desnaturalización sino el peso de un modelo de ciudad desbordada hace tiempo por el turismo masivo. El puente de Calatrava, instalado en una zona degradada –entre el Piazzale Roma y la Ferrovia, las dos únicas e insípidas intervenciones del siglo pasado– no va a alterar el gran paisaje ni para bien ni para mal, pero es indudable que puede constituir un precedente de gravedad imprevisible de cara a un futuro en el que, necesariamente, habrá que revisar muchas cosas en la ciudad, antes de hermanarla con Estambul, señaladamente la del propio modelo de ciudad que se está demostrando obsoleto bajo el peso de la avalancha turística y la consiguiente visión unidimensional de la vida colectiva. Los cambios que registra históricamente la piel de las ciudades no son separables de los que se producen en el trasfondo de su organización, y la historia de Venecia –la ciudad medieval que convive con la renacentista o la ilustrada, por no hablar de la romántica– bien puede que sea la mejor ilustración de esa propuesta. Brodsky no tendría gran cosa que objetar, seguramente, al nuevo puente, allá por Santa Lucía, pero llevaba más razón que un santo a la vista de algunos irreversibles mamarrachos que nos sorprenden aquí y allá en nuestros paseos por la ciudad soñada. Esos ruidosos reaccionarios no tienen razón bastante para chafarle a Calatrava su preciosa ocasión. La tienen, y de sobra, quienes sostienen que la ‘Luftwafe’ no avisa.

El pacto de Marbella

Está visto que ni a la Junta ni al Ayuntamiento de Marbella le interesa llegar al fondo de la cuestión y meter hasta el fondo el bisturí como mandaría la ley para desenredar la madeja legada por el gilismo. Ocho de cada diez viviendas ilegales serán legalizadas en el nuevo PGOU, ni que decir tiene que a costa del contribuyente que habrá de pechar con la “ayuda” que las Administraciones aporten al arreglo, y en flagrante contradicción con una normativa que ha estado y, a la vista está, sigue estando escrita en papel mojado. Como en Chiclana, como en tantos pueblos en los que los que deciden en los partidos han organizado uno de los mayores y más lucrativos fraudes que registra la historia andaluza. ¡Y encima va IU y pide la medalla de Andalucía para la Gestora! La política se está convirtiendo en el puro arte de engañar al ciudadano y hacerle comulgar con ruedas de molino.

Caprichos fingidos

La Junta viene sosteniendo que la Ciudad de la Justicia, reclamada por la propia Audiencia en varias ocasiones, no se hace porque el Ayuntamiento de la capital no cede el terreno preciso. El Ayuntamiento sostiene lo contrario, y es verosímil su versión puesto que la falta de voluntad de la Junta ya ha dado lugar a enfrentamientos entre la consejería y la propia Justicia que ven en el proyecto una chapuza y porque hace un año lo menos el Pleno aprobó la cesión de una parcela concreta para tal fin. ¿Por qué enreda la consejera, aparte de para zancadillear en lo posible al adversario? En Sevilla, esa misma consejera ha zanjado el problema de la Ciudad de la Justicia pactando con un empresario la construcción de un edificio a cambio de garantizarle su alquiler durante tres años. Claro que Sevilla es Sevilla y Huelva es Huelva, valga la tautología. Alguien debería informar con claridad terminante a los onubense de las claves de este engaño con que la Junta viene enmascarando su oposición municipal.