La clase y el recreo

Acabamos de conocer una encuesta demostrativa del rechazo que la inmensa mayoría de los españoles muestra frente al sistema educativo. Más de la mitad de ellos cuestiona el acierto de la dispersión autonómica de la educación y reclama un eventual regreso de esas competencias al Estado, mientras que un número semejante de ciudadanos se muestra convencido de que el sistema falla de manera que los alumnos de hoy saben considerablemente menos que los de ayer. Pero mientras desde al aula nos desalientan de esta forma, desde el patio de recreo nos llegan noticias triunfales: “ganamos” la Eurocopa, el Roland Garros, Winbledon, Toronto, el tercer Tour de Francia consecutivo, somos los cocos del baloncesto mundial, nuestros moteros arrasan antes de que les apunte el bozo, nuestra natación se supera  y batimos el récord mundial de los diez kilómetros como quien no quiere la cosa. Todo con nombre propio, eso sí, Casillas, Nadal, Gasol, Sastre, Gemma Mengual, Pedrosa, Paquillo, el gran y humilde Paquillo, Paquillo Fernández… ¿Llevaría razón Unamuno cuando avisaba de que España es una nación rabiosamente individualista en la que la masa se limita a aplaudir con entusiasmo sin participar nunca, una suerte de circo abarrotado que delira por el trapecista o el payaso, proyectando sobre ellos, sublimatoriamente, las legítimas ansias de la tribu? Pues puede ser, no seré yo quien lo ponga en duda, pero algo puede que tenga que ver también la propia circunstancia social, y señaladamente el hecho de que el deporte, tan mal atendido según dicen, no lo está peor, en cualquier caso, que el esfuerzo intelectual, esos ‘estudios’ en los que batimos también todos los índices de fracaso, de absentismo y de obnubilación. Aquí, ésa es la verdad, ninguna clase explota de entusiasmo porque un superdotado se encarame en el teorema de Fermat, pero cualquier patio se pirra por el primer chaval que para dos penaltis o meta tres ‘triples’ seguidos. Somos, en efecto, individualistas, espontáneos, cimarrones. Fíjense en que la mayoría de los triunfadores que he nombrado no han salido de esas mimadas ‘escuelas de alto rendimiento’ con que se adornan nuestros samaranches de turno.

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Tengo la impresión de que nuestra conciencia nacional se inclina peligrosamente hacia esa perspectiva heroica, en la que el individuo –el “singular”, en todos los sentidos—ha de soportar en solitario el esfuerzo para satisfacer la necesidad colectiva. No tenemos, por el contrario, el menor sentimiento de conjunto, aunque la imaginación gregaria haga concebir el éxito como un logro de todos y la fama personal como un galardón genuinamente colectivo. Lo nuestro es el héroe, no el conjunto, el triunfo vicario que uno se encarga de ganar para todos como el cazador primordial mataba el bisonte para alimentar al clan entero. Despejamos el rebote a ojos cerrados sublimando en  un Casillas multiplicado en el juego de espejos que dispone de modo inconsciente la autoestima, devolvemos la pelota de un soberano revés fundiendo místicamente todas las manos en la garra expeditiva de Nadal y nos envolvemos todos en la bandera, al final de la partida, para dar la vuelta triunfal al estadio imaginario en el que enterramos nuestros complejos seculares. Lo que no tengo claro es qué haremos, a qué clavo ardiente nos habremos de agarrar para no darnos el batacazo con que periódicamente arruinamos la esperanza nacional, el día en que la racha se trunque, –que es lo previsible y normal– y volvamos a peder partidos en la prórroga o a dejarnos escapar esos ‘match points’ que tantas decepciones nos llevan costadas. Luis Aragonés era un mandria para una notable mayoría crítica hasta que la misma lo reconsagró como un fuera de serie, Ronaldinho un ídolo hasta que se cayó del pedestal. La ventaja del individualista es que, tanto el mérito como la culpa, siempre es de otro.

Ninguneo del Defensor

El grupo de funcionarios de Medio Ambiente que denunció al Defensor la operación, fraguada por Fuensanta Coves en el último momento de su mandato, de sustraer a la Administración autónoma 200.000 hectáreas de monte público para cedérselas a la empresa pública Egmasa en régimen de “Administración paralela”, pide ahora al Defensor que denuncie al fiscal el boicot de la consejería a su petición de informes. Van a conseguir poco, desde leuego, como bien sabe ese paciente Defensor, porque ninguna táctica le ha dado más resultado a la Junta que la callada por respuesta. Egmasa es un gran negocio, eso es todo, y Chaves sabe lo que hace al crear ese doble carril, administrativo, razón por la que la consejería –el viceconsejero, en concreto– puede dormir tranquila. El Defensor, no obstante, tendría que darles un susto. Sería bueno para todos pero, sobre todo, para él.

La feria de Huelva

No puede decirse que, al menos sobre el papel, no sea más que estimable el cartel taurino de estas Colombinas. Falta alguno, quizá, pero no sobra nadie, siendo de esperar que tampoco se retraiga esa “afición” nuestra, tan voluble y poco constante. El Ayuntamiento no se ha parado en barras a la hora de elegir pregonero –nada menos que se trae hoy a Andrés Amorós para pronunciar el ya tradicional Pregón Taurino—para ponerle pórtico adecuado y hasta solemne a un festejo que conviene proteger si queremos que nuestras Fiestas mantengan un nivel alto. Pero hace falta todavía unos cuantos cabos –el precio de las entradas, ante todo—para consolidar una Feria de la Merced que comienza a abrirse a trancas y barrancas un sitio en el calendario nacional.

Las barbas del vecino

La nación portuguesa anda también enredada en faenas en torno a su lengua. No para destruir ni alejar nada, sino todo lo contrario,  para facilitar su empleo entre los diversos pueblos que en ella se expresan, desde  la metrópoli a Brasil pasando por los países africanos o enclaves orientales que constituyeron el antiguo Imperio. En Brasil, la gran potencia actual de esa “lalia”, va a someterse a referéndum en Internet el Acuerdo Ortográfico decretado por el Gobierno, una vez integrados los demás criterios, incluidas las representaciones de la sociedad, como editoriales, universidades, periódicos y sindicatos del ramo, acuerdo que trata de unificar la ortografía –la sintaxis y la semántica se dejan, de momento, a un lado—para lograr una razonable unidad de acción del lenguaje común en los foros internacionales. Se trata, obviamente, de una operación más bien superficial, pero empeñada en liquidar de una vez las incómodas diferencias introducidas en el uso lingüístico durante su evolución histórica, sobre todo en lo que se refiere a las reglas de acentuación, aparte de otros ajustes menores que tratan de cerrar el viejo anhelo de unidad de la lengua arrastrado desde que, en 1911, Portugal propuso la primera normalización del idioma. He ahí un modelo de preocupación  por el habla común basado en la generosa convención de que el idioma pertenece a todo el que lo habla y en el postulado implícito de que la uniformidad es una condición esencial para cualquier idioma vivo y que pretenda no sólo seguir viviendo sino ampliar su influencia como instrumento de comunicación. En Francia también está reciente la decisión legal de consagrar un francés único y primado entre las varias lenguas y hablas de la nación, decisión que ha sido asumida sin el menor ruido hasta en los ámbitos más tradicionalistas como el corso, el  bretón o el basco. Para que vean que en este país de nuestros pecados llevamos cambiado el paso que marca, en esta era confusa, el gran desfile europeo.

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Ayer mismo revelaba este periódico que el modelo que trata de imponer a toda costa el nacionalismo separatista catalán solamente encontraría hoy equivalentes en Groenlandia  o en las islas Feroe, y que España es el único país miembro de la Unión Europea que permite aplicar en la escuela el sistema de “inmersión lingüística” con el que se trata, ni más ni menos, que de ahogar el uso de la lengua nacional. Gran Bretaña, por ejemplo, ha admitido el reconocimiento del galés y del gaélico escocés en el concierto comunitario pero pasándole la factura a las regiones correspondiente y no, como aquí, endosándoselas al Estado común. Claro que nadie imagina en ese gran país la posibilidad de que alguien penalice el uso del inglés o imponga el de la lengua regional, una postura que, según parecen garantizar los sondeos, apoya la inmensa mayoría de los británicos, incluidos los de las áreas que conservan su segunda lengua. En Italia las notables curiosidades diferenciales de dialectos como el toscano (que era el de Dante, no se olvide) se mantienen sin complejos como lo que son, sin más, tanto en el habla corriente que se escucha en la calle como en los rótulos del callejero. Sólo aquí prospera la mala hierba de la ‘diferencia’, el designio estrictamente político de instrumentalizar la lengua como una herramienta al servicio de la secesión, es decir, justo lo contrario que ocurre en nuestro entorno en un momento histórico caracterizado por la tendencia unificadora en la que los pueblos reconocen las evidentes ventajas de una unidad que no tiene por qué ser incompatible con la diversidad ni con la conservación de ese tesoro cultural que son las lenguas vernáculas. Brasileños y portugueses se han puesto de acuerdo buenamente poniendo o eliminando circunflejos y agudos además de renunciar, por ambas partes, a alguna que otra consonante arcaica, mientras aquí se multa impunemente por hablar español.

La pobreza andaluza

Acaba de conocerse, otra vez, ese dato que no deja hueco para encajar la retórica de los políticos interesados en ocultar nuestra realidad social: el que asegura que un 30 por ciento de loa andaluces vive por debajo del umbral de la pobreza, es decir, 8’4 puntos por encima de la media nacional y sólo superada en su desgracia por Extremadura. Es lo que se llama “pobreza relativa”, o sea, situación de efectiva estrechez personal o familiar en la que los recursos no alcanzan para vivir dignamente según  lo que por dignidad entienden los organismos internacionales. Puede decir lo que quieran, en consecuencia, que todas las quimeras se vienen abajo ante esa legión de pobres “reales” que crece en nuestra región tras 30 años de hegemonía de un partido que se dice “socialista obrero”. La verdad es que si Chaves, tras 30 años con sueldo de ministro, tiene esas cuatro perras gordas que declara, no resulta inverosímil que haya tanto pobre en esta “Andalucía imparable”.

Sombra inquietante

Parece que Huelva era una de las provincias en que los etarras detenidos tenían previsto hacer su campaña de verano. No era, pues, una casualidad irrelevante la interceptación de aquel comando en Ayamonte, o no lo parece, al menos. Con la frontera portuguesa al lado no debe de resultar fácil controlar el acceso a nuestra tierra de esos delincuentes, y menos aún controlarlos en plena aglomeración veraniega, lo que no quita para que haya que suponer que el Gobierno haya tomado las medidas de seguridad adecuadas, que es lo que hay que esperar razonablemente. El peligro está ahí, en cualquier caso, y no hay noticias de que las fuerzas de seguridad hayan sido reforzadas como ellas mismas vienen demandando hace tiempo. Huelva se ha convertido en un  territorio difícil en el que sería conveniente desalentar a los malhechores mostrándoles la guardia alta.