Mal vamos

Dicen que ha crecido el dinero que España dedica a la Educación pero, aunque con alguna mejora, el país sigue situado a la cola del mundo alfabeto y Andalucía, por desgracia, a la cola del país. ¿Inevitable? Pues parece que no, ya que hay autonomías españolas que medio se codean con las naciones más exitosas mientras ella sigue a los pies de los caballos. Y seguirá, por supuesto, mientras no olvide el prurito permisivo, no ponga remedio al absentismo y no imponga una disciplina razonable a la peña. No existe la ciencia infusa (ni la política infusa, que ésa es otra). Lo único que de verdad enseña es la conjunción de una buena pedagogía con un buen trabajo.

Creced y reproducíos

Recuerdo haberle leído hace años al maestro Alfred Sauvy que el dilema demográfico sobre el tamaño de la población sólo podía resolverse con criterios locales. Siempre hubo países quejosos de su escasez de habitantes y países que se lamentaban de lo contrario. En la literatura socioeconómica española del XVI y XVII –la saga valiosísima de los Caxa de Leruela, Luis Ortiz, fray Tomás de Mercado, Sancho de Moncada y demás—resuena y se repite como un “leitmotiv” el lamento, generalmente arbitristra, por la desolación de los campos y, en general, por la baja natalidad, causa indiscutible de ciertas decadencias, en especial tras el gran éxodo que supuso la colonización de América. La dictadura fue consciente del descalabro poblacional que supuso la guerra civil e impuso políticas de estímulo a las familias, pero luego el “baby boom” de los 60 produjo en Europa, y en España en particular, una inquietud notable ante la explosión demográfica luego corregida por una caída en picado de las tasas de natalidad. Hoy nuestros países envejecen, como envejece una China gigantesca que desde los tiempos de Mao no vio mejor solución al hambre que limitar los nacimientos a un solo hijo por pareja, medida que, aparte de producir una reducción de la población activa en tres millones y medio de personas, supuso la amenaza que supone la previsión de que los actuales 200 millones de pasivos actuales se convierta en 400 allá en 2035. Por eso ahora el PC acaba de abrir con cuidado esa veda de manera que se autorice a las familias en la que uno de los cónyuges sea hijo único o en las que el primer vástago sea hembra, a procrear un segundo retoño. El “comunismo capitalista” ha descubierto, al fin, que no hay mayor peligro para un pueblo que su envejecimiento. Algo es algo.

 

Lo que revela este debate es la dificultad –quizá mejor la inutilidad—de jugar con los modelos familiares politizando su libre desarrollo en cualquier sentido en lugar de apoyarlos con las medidas específicas propias de cada situación. Y de paso, que una civilización rica pero exigente como la que estamos viviendo, llena de ventajas pero también de obligaciones, tenderá siempre a reducir sus activos demográficos por obvios motivos egoístas. La inmemorial idea, fisiocrática en el fondo, de que los hijos constituyen riqueza fracasa en un mundo tentador y costoso para el que resulta irreconocible el modelo patriarcal.

Marrón del general

Ha muerto el general Alfonso Armada.Nunca sabremos si él era el “Elefante Blanco” que esperaban los golpistas en el Congreso pero la última vez que lo vi andaba cuidando con mimo un bosque de camelias en su pazo gallego, el mismo donde estuvo refugiado Jovellanos. Nunca sabremos, digo, cuál fue su papel en aquel burdo “pronunciamiento”, como no sabremos nunca quién mató a Prim por más que una intensa leyenda gravite sobre él y, de paso, salpique al propio Rey. Lo que sí hemos podido comprobar es su talante, la constancia de su silencio, porque si el hubiera querido -hay que reconocerlo– cualquier versión que hubiera dado, incluyendo la “áurea”, hubiera ido a misa. Son muchos los indicios que apuntan a su complicación en el montaje , eso es cierto, pero ninguno basta para situarle con claridad en la trama. No olvidemos que el propio PSOE — vamos, su Ejecutiva Federal– estuvo calladamente al tanto de sus proyectos, ni que aquellas cosas ocurrían en una España convulsa por la acción terrorista en la que no pocos sectores de la opinión andaban considerando la conveniencia de “sanear” la democracia imponiéndole alguna férula. Lo que fuera en realidad, él se lo ha llevado a la tumba, cumplida su pena prolongada por el autoexilio interior, la boca cerrada a conciencia,  tengo para mí que para proteger a terceros más que nada. El “espadón” supo, en todo caso, apechugar con sus oscuras responsabilidades y si algún día se sabe que lo que hizo fue en nombre de otro, por activa o por pasiva, la imagen del anciano que cuidaba las camelias  sin darle tres cuartos al pregonero aparecería bajo una luz muy distinta. Como dicen los “comunes”,  el general se ha comido el marrón sin abrir la boca.

 

El golpe del 28-F fue el último gesto decimonónico en un país embarcado ya en la aspiración democrática rumbo al siglo XXI. Tipos como Tejero o el propio Milans del Bosch, Pardo Zancada o Muñecas parecen escapados de un esperpento de Valle, de “Los cuernos de don Friolera” sobre todo, dispuestos a reafirmarse en la teoría de que “en el Cuerpo de Carabineros no hay cabrones”. Un anacronismo, en suma, donde ni su relación con el mundo ni la renta per cápita dejaban sitio ya a  la aventura post-romantica. Pero nunca conoceremos a ciencia cierta el papel que jugó en aquel pifostio el Armada que acaba de irse. Y si alguien lo sabe –denlo por seguro– nunca lo dirá. Hay quien sabe dar el pecho a lo hecho. Y gente que no.

 

La UGT a pique

Ninguna culpa tienen los simples militantes ni, seguro, michos dirigentes, pero el lío de UGT está ya tan devanado que resulta obvia su gravedad extrema. No se trata de un incidente superable: el sindicato ha toda fondo y no nos vengan con pamplinas como ésa de que lo que busca la Derecha es desamparar  a los trabajadores (Rubalcaba) o tapar sus propios escándalos (Méndez). Iglesias o Redondo se suicidarían, pero es evidente que esas honras poco o nada tiene que ver con los capitostes actuales. El “sindicato hermano” no saldrá del légamo si no es relevando a fonda una dirigencia que no se merece, pero de arriba abajo. Fernández Sevilla no es más que un mascaron de proa. Méndez debe irse del puente si no quieren hundir definitivamente el barco.

El sol del membrillo

Enorme jaleo ha levantado la difusión del retrato de la familia real noruega en el que Thomas Kluge ha empleado cuatro años de trabajo y en el que aparecen, un poco en plan “Familia Monster”, tres generaciones completas y, en primer plano, el príncipe Christian, plantado con un gesto adulto y una inquietante mirada como para llamar al exorcista. En España se sigue esperando el de la Familia Real que hace diecisiete años encargó Patrimonio al maestro Antonio López y éste azacanea minucioso tal como hiciera con aquel membrillo al sol que ofreció a la maestría cinematográfica de Víctor Erice, pero en este caso se trata de la estricta familia nuclear, es decir, de los Reyes y sus hijos fijados en 1992. Personalmente comparto la teoría del Duque de Segorbe de que el retrato debe mejorar al retratado pues no tendría sentido someterse –como se sometieron los Austrias a la maestría de Velázquez o Carlos IV al ojo implacable de Goya– a una pesquisa severa que descubra los defectos en lugar de disimularlos, y por lo que ya hemos visto en sus bocetos, López se esmera en declarar imparcialmente la verdad de la imagen, sin quitar ni poner. Y menos mal que al Rey se le ocurrió lo de la foto nuclear porque si llega a caer, como daneses o noruegos, en la ocurrencia de la familia extensa, iba listo el pintor con la que está cayendo. Cuando lo del membrillo, el maestro se empeñó en retratar la propia luz –sobre la luz de Velázquez habló, creo que mejor que nadie, mi maestro Maravall–, razón por la que debió eternizarse en su observatorio compadeciendo el fulgor matinal con el resplandor tibio del atardecer y pasando por el reto misterioso del lubricán, cuando, como dice la preceptiva coránica, no se distingue ya el hilo blanco del hilo negro.

 

Ahora, en cambio, su escrupulosa demora no tendrá que vérselas más que con un quinteto esencial que no incluye, menos mal, la traviesa descendencia ni ha de vérselas con Marichalares ni Urgandarines que valgan. Si López se retrasa es porque él no renuncia jamás a la perfección y esa perfección implica, en el caso del retrato, un escrupuloso respeto al análisis y hasta el psicoanálisis de las reales imágenes que justifique el esfuerzo y el gasto. Nada que ver, en todo caso, con el psicodrama de la familia danesa, sino con el compromiso de verdad que su hiperrealismo no puede excusar. Siempre será mejor, digo yo, que aquel christmas del fotoshop con nos engañaron alguna vez al felicitarnos en Navidad.

Claro y oscuro

Uno de estos domingos, Luis Marían Anson, fulminó al ministro Wert, entre otros anatemas, calificándolo de “nefebilato”, y me imagino bloqueada la web de su Real Academia por un aluvión de consultas de sus lectores. ¿Qué cosa viene a ser un “nefelibato”? Mi mujer, en plan disco duro, me recuerda su etimlogía griega –de “nefele”, nubes, y “baíno” andar, es decir, “el que anda por las nubes”—y de paso unos ripios de Antonio Machado que aparecen en su “Cancionero Apócrifo”: “Sube y sube pero ten/ cuidado, Nefelibata,/ que entra las nubes también/ se puede meter la pata”, a lo que yo añado, rebuscando en mi lejana memoria, un pasaje de “Rayuela” donde Julio Cortázar emplea, a su vez, ese cultismo, así como alguna otra de Rubén Darío que aparece en “Mar latino”. ¿Es preciso que el escritor llanee en su prosa o cabe esperar que la complique recurriendo a palabras poco usadas? Soy neutral en este punto pero, en general, me quedo con el principio renacentista que copiaron de Juan de Valdés no pocos escritores de aquel tiempo, incluida santa Teresa, y que rezaba brevemente: “Escribo como hablo”. Pero luego recuerdo la vieja idea de Amando de Miguel resumible en que lo que cabe expresar en el lenguaje oral no tiene por qué caber en el escrito, así como la repetida anécdota de don Eugenio d’Ors cuando le dijo a su secretaria, que veía claro cierto texto suyo: ¿Qué está claro, dice usted? Pues oscurezcámoslo”. Rubén, que era un exhibicionista, escribió aquel infame cuasi alejandrino que decía “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto” y el propio Azorín –renovador de nuestra prosa contemporánea—es fama que llevaba un cuadernito en el que recogía los términos inusuales y decía, por ejemplo, de un malvado, que “finó en la contumacia”. Seguro que Anson mete su “nefelibato” por la rendija irónica pero seguro también que nefelibato ha debido de dejar a muchos de sus lectores.

 

Conste que ese término no es aceptado por la RAE hasta 1984, lo que acaba de excusar la eventual ignorancia de su significado por parte del lector, y sugiere que Anson lo utiliza “iocandi causa” y no por prurito alguno de presunción. A un escritor hay que exigirle transparencia siempre que su asunto lo permita, lo cual no siempre significa simplicidad, como me dijo alguna vez Blas de Otero, que luchaba a brazo partido con su escritura cristalina. Para defender lo contrario se precisa por lo menos, a mi modesto entender, ser no poco nefelibato.