La UGT, ansiolítica

El secretario general de la UGT, Manuel Pastrana, ah asegurado muy serio que hablar de una previsible subida del paro “es pura ficción” puesto que nadie está condiciones de saber cuánto empleo va a perderse este año. Ignoro cual será la capacitación teórica del síndico, pero parece demasiado transparente su intención desdramatizadota –en línea con el papel que tiene asignado en el pacto de concertación–, sobre toso si se piensa que el desplome del trabajo es una realidad que pinta fatal según  la inmensa mayoría de los observadores. Ojalá todos estén equivocados y acierte Pastrana; hoy por hoy, sin embargo, esa opinión no deja de ser extravagante a la vista de cuántos datos económicos se van conociendo día tras día. Es razonable que el sindicato contribuya a la serenidad. No lo es que se preste a hacer de coartada de unos gobiernos atenazados e inmóviles ante la crisis, por muy amigos que sean.

La crisis de IU

No sé por qué le da tantas vueltas la dirección de IU al procedimiento “exprés” para echar de sus filas a quienes no obedezcan las directrices del mando. “El mando siempre lleva razón”, es un axioma que los fascistas pintaban por las `pareces encaladas de nuestros pueblos pero que podría ser asumido sin problemas por cualquier partido actual. ¿O ya no se acuerna los valderienses de que “el centralismo democrático es un valor en sí mismo”? IU ha demostrado en Bollulos que quedan en la coalición arrestos militantes para oponerse a los chanchullos y el castigo a esos rebeldes con causa le puede costar –como ya le costara en Valverde—una desbandada sin remedio. El liderato de Valderas está amortizado y resuelta demasiado visible que su salvavidas es el PSOE. Sería muy bueno que lo que dicen y repoiten en voz baja esos militantes, lo dijeran alzando sin miedo la voz.

El valor de la firma

Al pobre Goya andan saqueándole la pinacoteca, seguramente con razón, esos expertos que trajinan laboriosos con las pinturas estudiando la pincelada y escudriñándolas con rayos X. El aldabonazo lo ha dado estos días el propio Museo del Prado al anunciar que, en fecha próxima, respaldará oficialmente las hipótesis de sus expertos que han puesto en cuestión la autoría de algunas de sus obras más conocidas, entre las que destaca el célebre “Coloso”, la metáfora clásica de la Independencia, pero también obras como “La Lechera”, “Esopo”, “Menipo” y las mismísimas “pinturas negras” de la Quinta del Sordo que ahora resulta que no serían obra suyas sino de su hijo. Una revolución, que una vez más viene a cuestionar la beatería que rige el gusto y la estimativa pública, fatalmente sometida a la tiranía de la oficial, y que resuelve en términos tremendos la opinión publicada de que resulta probable que, de no mediar estas confusiones que han permitido la atribución de esos apócrifos al autor famoso, las obras en cuestión estarían hoy día rebotando por “el mercado secundario de las subastas”. La mano genial de Goya no sufrirá gran cosa por este motivo, desde luego, pero el caso sirve para demostrar hasta qué punto aquella beatería está siempre dispuesta a asumir disciplinadamente la admiración que se le propone, como consecuencia inevitable de la inexperiencia de su mirada. Hace bien poco las policías española e italiana trincaban a una banda, con experto incluido, que trataba de vender como auténticos, falsos renacentistas, entre ellos algunos Rembrandt, Veronese y un Parmigiano por el que pedían una millonada. Precisamente de Rembrandt dice la Asociación Holandesa para el Avance de la Investigación que al menos la mitad de sus obras no son genuinas, de su mano, sino como en tantos otros casos, trabajos de taller, y Thomas Hoving armó la marimorena en el mundillo del arte al sostener en público que el cuarenta por ciento de las obras exhibidas en el Metropolitan Museum de Nueva York no eran, realmente, lo que aseguraba su atribución. No pasa semestre sin que nos enteremos de que decenas de Dalís subastados o expuestos por ahí son falsificaciones hechas en vida del genio o tras su muerte. No cabe duda de que las devociones artísticas sujetas a catecismo tienen mucho de convencionales.

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Tengo pocas dudas de que ese criterio obediente que hace del arte contemporáneo, por ejemplo, en tantos casos, un tema tan dudoso, acabará cediendo, con el tiempo, como ceden todas las modas, a la exigencia de razón, a pesar del blindaje intelectualista con que lo ha protegido la exégesis desde Ortega a Lyotard y desde Adorno a María Zambrano, cuyo trasfondo ha sido, en definitiva, un duro aristocratismo de origen niestzcheano que ve en la obra de arte un producto para “entendidos” y, en consecuencia, excluye al ojo común de la participación estética. El caso de Goya pone al descubierto que la estimativa elitista en que se funda la “deshumanización del arte” tiene más de ‘pose’ que de razón, pues si resulta tan fácil pasar de matute Veroneses o Goyas, podemos imaginar las inmensas posibilidades que se abren al fraude ante la obra “deshumanizada”. Los maestros de la Escuela de Frankfurt sabían, además, que esa ambiciosa protesta contra el orden estético acaba siendo “un producto de la misma estructura que denuncia” y no hay mejor confirmación de ello que el comportamiento del mercado artístico, regido por esos valores a la hora de cotizarlos por las nubes. Goya sobrevivirá a todas las inquisiciones pero tengo mis dudas sobre las posibilidades a medio y largo plazo de no pocos ‘genios’ actuales. Ya ven: la mitad del Metropolitan va de camelo y nadie se entera. Y eso es algo que no ocurrirá nunca en El Prado o en Los Uffici donde las excepciones no hacen más que confirmar la regla.

Albúm de fotos

No me parece justo sacar esta o aquella foto del ex-alcalde de Estepona, hoy entre rejas, con éste o aquel personaje para sugerir cierta ingenua proximidad que hoy resulta más que incómoda. Y no me lo parece porque con el ex-alcalde de Estepona se ha dejado retratar diciendo ‘patata’ media clase política y empresarial y parte de la otra media, del mismo modo que ocurriera antes con el denostado Jesús Gil, recibido en la Presidencia con todos los honores después de haber demostrado el cohecho del “caso Montaner” del que la Junta se libró sólo por prescripción del delito. Dijimos en su día que había no pocos Jesús Gil campando por sus respetos, y ahora hemos de decir que seguro que todavía quedan sueltos muchos Barrientos haciendo de su capa un sayo con la connivencia mayor o menos de la autoridad correspondiente. Barrientos, por ejemplo, estaba ahí de alcalde con las bendiciones de Chaves: lo demás son cuentos. Mientras la corrupción no se mide desde este desagradable ángulo continuarán estas miserias ensombreciendo la vida pública.

Nuevos en la Plaza

La familia de los Cortés, es decir, la familia de la desdichada Mari Luz, anda rasgándose las vestiduras porque los políticos –como todo el mundo veía menos ella—la han utilizado para hacerse sus fotos y si te vi no me acuerdo. ¿Y qué esperaban los Cortes, que el “establishment” se iba a poner a sus órdenes para hacerles justicia siquiera a toro pasado? A esa familia la ha utilizado el politiqueo local haciéndola apuntar a un juez que no se ve las manos, para salvar la responsabilidad evidente de la Junta de Andalucía y de los órganos judiciales superiores, amén del Gobierno con su Ministerio. Y ya se puede poner como se pongan que, desgraciadamente, poco tienen que hacer en esta batalla perdida. Pero si pretenden seguir la lucha no tienen por qué salir de Huelva, donde están los representantes legítimos de todos los que le han tomado el pelo.

Orquesta por libre

Recuerdo un chiste de Forges, en alguno de los momentos confusos del pasado, que representaba a una orquesta en la que cada músico sostenía una batuta frente a un director que soplaba perplejo en un saxo: el mundo al revés. Y el chiste se me ha venido a la cabeza ante el espectáculo que está dando el Gobierno y su entorno frente a una coyuntura en la que hasta los más conciliadores ven ya una crisis profunda, galopante y de imprevisible alcance. En un solo día, en efecto, he escuchado al bachiller Pepiño apelar a doña María Moliner para desvirtuar, bajo la autoridad de aquella excluida de la Academia, la realidad de una “crisis” reducida a “cambio muy marcado en algo”, al vicepresidente económico admitir que los famosos 400 euros de poco van a valer ante este desplome incontrolado del bienestar, al director del Banco de España avisar que la solución del lío pasa por evitar “las tonterías presupuestarias” y al portavoz Alonso (que no descarta hacerse con el carné del partido en el próximo congreso) anunciar la inminente parusía de ZP y calificar de “situación difícil” la que atravesamos. El Gobierno y su partido funcionan bajo presión como una orquesta que fuera por libre, mientras el director se refugia bajo la cama, helada la sonrisa por el aluvión imparable de malas nuevas financieras que salen cada minuto por el teletipo. Pero, en fin, al menos ya se habla del asunto, ya ha dejado de ser antipatriótico constatar, agobiado por la hipoteca, que “España va mal”, aunque sea a compás de medio mundo, que 400 euros no eran más que una propina electoralista y que fundirse en tres meses el 80 por ciento del cacareado superávit es un  rentoy que ha acabado por hacer visibles todas las luces rojas del sistema. Una cámara de tv puede borrar a Pizarro o eclipsar a Rajoy, pero una crisis podría devorar a un Gobierno que ha tratado de pasarla de matute como un alijo semántico.

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La crisis se nota en el mercado y el Gobierno no baja a él sino que lo conoce de oídas. ZP no sabía hace poco el precio de un café y es probable que siga ignorando hoy el de el litro de leche o la docena de huevos, el par de zapatos o el litro de gasoil, pero desde los empresarios nos llega una voz autorizada que echa por tierra todos los eufemismos al asegurar que la crisis que atravesamos (que está empezando a dar la cara) “es la caída más brusca, súbita e intensa del crecimiento del PIB y del empleo desde que tenemos estadísticas”. Y eso, obviamente, no se produce de un día para otro, sino que, a pesar de la estrategia mentirosa mantenida por motivos estrictamente electorales, hay indicios serios de crisis desde hace un par de años largos, informes que avisaban sobre la baja productividad que nos hace incompetentes en el mercado exterior o sobre el riesgo no poco demencial de la famosa “burbuja inmobiliaria”, es decir, el hecho paradójico de un país de millonarios endeudados hasta las trancas cuyas propiedades costaban lo que no valían aunque estuvieran muy por encima de su capacidad de pago. Dicen los expertos que las crisis sobrevienen, y en ese sentido, son inevitables, pero que sus efectos pueden ser previstos y paliados por medidas correctoras imprescindibles. Es decir, justo lo que el Gobierno no podía hacer, forzado por su propia negativa a admitir la realidad, y también, probablemente, porque carece de un criterio unificado y sólido a la hora de decidir las recetas que hacen falta. La economía es un laberinto fácil de recorrer cuando el hilo de Ariadna de la bonanza nos conduce a la salida. Cuando pintan bastos, por el contrario, la economía es mucho toro para maletillas sin experiencia como estos teóricos de la “desaceleración”. Este Gobierno toca de oído, al parecer, y por ello puede que lo devore la crisis. Lo malo es que, para entonces, ese leviatán previsible pero deliberadamente ignorado ya se habrá zampado a media España y parte de la otra media.