Mal de muchos

Las migraciones masivas que están caracterizando este comienzo de siglo han dado de sí un resurgimiento de la xenofobia y el racismo latente, se diga lo que se diga, en la mayoría de las naciones consolidadas. Cierto que las poblaciones inmigrantes provocan con frecuencia conflictos de gravedad innegable –las elites bien educadas no emigran, al menos en masa, claro está– que la estadísticas policiales reflejan con nitidez para reforzar el rechazo espontáneo de mucha gente hacia el extranjero al que se le exige quizá un comportamiento más estricto que al nativo. En Italia, el asesinato y violación de una joven dio lugar en octubre a un decretazo de Prodi destinado a facilitar la expulsión de los rumanos (se evitaba, por razones obvias, hablar de gitanos) cuando éstos hubieran actuado contraviniendo la dignidad humana (¡), los derechos fundamentales de la persona o la seguridad pública. En Francia –en Saint-Denis, en Saint Ouen, en Aubervilliers…– se está procediendo al fichaje masivo de rumanos y búlgaros, ciudadanos europeos de pleno derecho pero a los que se exige severamente lo que a los otros se les disimula –vivir sin un trabajo garantizado en el país– y hasta se están ensayando “villas de inserción” en las que se intenta socializar como sedentarios a estos viejos trashumantes, ahora sometidos a un severo fichaje biométrico con la excusa de la prevención del fraude en las ayudas. En naciones como Suiza o Alemania, viejas explotadoras de la mano de obra inmigrante y, en consecuencia, hechas a su problemática, la segregación funciona hace mucho de manera más sutil cuando no explota en auténticos  ‘pogroms’. Es inútil, a más de fariseo, el intento mismo de negar la xenofobia y el racismo de los países de Europa, que en España se ha manifestado en ocasiones de manera tan cruda como en los sucesos de El Egido pero también, con menor estridencia, en la corriente continua de la opinión pública. Es pura necedad negar esta evidencia. En Cataluña se le llama “charnego” hasta al ‘honorable President’ y en el País Vasco hay quien no valora igual la muerte de un “maketo” que la de un indígena, por no hablar de lo que se piensa –se diga o no—de la “etnia gitana” cuando no aparece redimida por el floclore.

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Estos días hemos escuchado a una autoridad decir con alivio que la inmigración –sin cuyo concurso no sería explicable el crecimiento pasado—va a menguar avisada por el “efecto rechazo” que supone la noticia de la caída del empleo en nuestro país, y he visto, con cierta extrañeza, una disposición que, por primera vez, daba prioridad a los españoles en el tajo agrícola. Por lo demás, las altas tasas delincuentes registradas entre esos forasteros –y todo hay que decirlo, la brutalidad exhibida por algunos de sus grupúsculos, mafiosos o no—han convertido en una falsa polémica partidista el tema de la xenofobia que, en realidad, unos y otros vienen  a ver de la misma manera incluso si, previendo un voto favorable, proponen concederles el derecho de sufragio. Hoy nadie dice, como un Maurice Barrès cualquiera, que el extranjero es un parásito que nos envenena la vida nacional, pero una amplísima mayoría lo rumia hasta acabar largándolo en cuanto la ocasión de presenta. Claro que no es ningún secreto antropológico que el hombre es un animal xenófobo y etnocéntrico que se adorna a sí mismo con esa preceptiva solidaria que expresan las leyes de buena acogida, la leche y los dátiles a la puerta de la tienda, la mano fraterna tendida desde los mercados a esos incómodos tantas veces imprescindibles. Ya ven, rumanos y búlgaros –gitanos, para entendernos—son fichados y expulsados en las democracias más preclaras. En Padua vi yo mismo, hace un par de años, un muro de la vergüenza municipal para cercar el gueto inmigrante y aquí en España, incluso se mete ya en el lote a los extremeños desde la extrema izquierda de Llamazares. Barrès podría militar hoy en IU.

Democracia directa

Al alcalde Jódar, la localidad jiennense de Sierra Mágina, le ha prohibido un juez celebrar la consulta popular que pretendía hacer sin atenerse a la norma, para que los vecinos decidieran si prefieren mantener el antiguo reparto del PER o prefieren uno equitativo entre los 3.500 subsidiados del pueblo. Dice el alcalde, en plan Ibarretxe, con perdón, que “por supuesto, se va a obedecer, pero que la consulta se celebrará de todos modos”  pero, qué quieren que les diga, a uno –hecho ya el cuerpo a estas insurgencias monterillas—le ha llamado más la atención esa cifra de subsidiados en un pueblo de 12.000 habitantes. Descuenten menores y jubilados y cavilen sobre si una situación como ésa resulta sostenible, como ahora se dice.

Otro ‘bienpagao’

El gerente de la Mancomunidad del Andévalo onubense, castigada zona, se ha subido el sueldo un 31 por ciento en plena crisis y le va a salir ese ente más bien tieso  –por no tener, no tiene ni para pagar las nóminas a sus trabajadores– por el pico de los 60.000. euros. Trásfuga, candidato fracasado y ‘biempagao’, ni don Herófito ni el PSOE podrán decir que Roma no paga a traidores, porque en nuestra provincia incluso se les sube el sueldo en medio de la indigencia institucional más lamentable. Para que vean que los tránsfugas sólo son merecedores de vilipendio cuando perjudican nuestro interés, no cuando lo favorecen, y que todas las protestas, declamaciones y mesas interpartidistas que organicen –incluso en el Congreso—no valdrán para detener esta marea negra. Igual un día de estos la UGT que con fuerza ha venido denunciando las penurias de este colocadero sale y protesta por el pelotazo del gerente. Me van a permitir que, mientras no salga, lo dude.

Los platos rotos

En un mismo día nos anuncian los ecónomos que el crecimiento de nuestra economía ha tocado fondo en ese cero absoluto que es la puerta de la recesión o marcha atrás, y que nuestros financieros cierran operaciones galácticas como ésa que ha generado plusvalías del 66 por ciento (unos 3.000 millones de euros) en menos de tres años. Unos ganan y otros pierden según  me asesoran, de manera que es previsible que el gran ahorro amasado durante estos largos años de expansión vaya a ser empleado ahora en comprar bienes raíces, pongamos viviendas, naturalmente a precios bajos cuando no tirados si los comparamos con los que han regido hasta hace bien poco, y hasta se rumorea que hay quien se entretiene en acumular bienes al alza –alimentos, por ejemplo—apostando por ganancias inminentes en un mercado que puede que acabe pareciéndose, al cabo de los años, a aquel lleno de estraperlistas que envileció la postguerra. Unos ganan y otros pierden, repito, lo que quiere decir que la crisis no es mala para todos o, por lo menos, no lo es en términos iguales ni mucho menos, pues mientras arruinará o está arruinando ya a muchos, a otros, a unos pocos al menos, los va a forrar convenientemente, hecho clamoroso en el que podría apoyarse el Poder para repartir el peso vía impuestos, bajándoselos a los perjudicados a costa de subírselos a los gananciosos, una medida que, sin la menor duda, favorecería al consumo. Una crisis no es mala cosa, así en general, pues, sino una coyuntura convulsa en la que unos ganarán justamente lo que otros pierdan y viceversa, a no ser, repito, que el Poder actúe en consecuencia con espíritu reequilibrador. Era sólo una sugerencia, je je.

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No es justo contribuir a la idea generalizada de que el Estado, el Gobierno, vamos, viene a ser un don Tancredo cuyo papel se limitaría a seguir de cerca las evoluciones críticas y, en el mejor de los casos, a ir poniendo parches como el de esos cuarenta millones de bombillas de las que ya han advertido los propios fabricantes que no será siquiera fácil disponer. El Poder puede y debe intervenir en la situación, incluso cuando su intervención consista en liberalizar (y en ello no hay contradicción que valga, si bien se fijan), y por supuesto cuando de su acción  dependan derechos y necesidades fundamentales. Porque una crisis no es un fracaso homogéneo, sino un reajuste espasmódico de la riqueza, movilizada por las causas que sean, y por tanto, susceptible de ser paliado o incluso corregido con medidas políticas tendentes a reequilibrar el desastre de la vajilla, evitando que los platos rotos los paguen los de siempre en vez de repartir su coste, con criterio equitativo y compensatorio, entre unos y otros. Otra cosa, es decir, sostener que unos pueden enriquecerse a lo bestia mientras otros se arruinan y la gran masa se repliega sobre sí misma privada de buena parte de lo elemental, no tiene ni mucho ni poco sentido. ¿Ven, en todo caso, como no quedan diferencias prácticas entre liberalismo y socialdemocracia, se dan cuenta de hasta qué punto extremo la inercia neo-neocapitalista ha acabado por imponernos un modelo único que nadie discute ya, el menos en las esferas decisivas? PSOE y PP habrían de abordar hoy la crisis con los mismos instrumentos, sin perder comba en la polka comunitaria europea ni de vista la evolución de los flujos de alcance mundial. El toque está en ver lo que hace el que sea (y el PP ya hizo, en su momento, lo que tenía que hacer), en comprobar si actúa decidido en esa delicada labor de reequilibrio y en la de imponer la iniciativa perdida por todos menos por el club de grandes financieros. En aquella hambrienta postguerra se forjaron fabulosas fortunas. A estas alturas no debería consentirse que ocurra otro tanto ni por exceso ni por defecto.

Profecías y realidades

Dijeron que el cierre de Delphi podría resultar, en fin de cuentas, una especie de bendición  para la Bahía de Cádiz como consecuencia de las enérgicas actuaciones inversoras y político-administrativas que se iban a producir. Una lotería, vamos, que al año justo del caso no ha dado ni el reintegro, de manera que ni una sola empresa ha solicitado los servicios de aquellos trabajadores despedidos. Y no pasa nada. La Junta sigue con el cuento, los sindicatos, pendientes de la talega de la “concertación”, el gobiernillo, de vacaciones y Chaves, si te vi no me acuerdo. A los de Delphi, como antes a tantos otros, les han tomado el pelo entre todos, pero fíjense en que todos los políticos intervinientes en esa crisis crucial para la Bahía siguen en sus puestos, incluidos los falsos profetas.

Pesebres exclusivos

En Aljaraque el alcalde sociata está haciendo lo mismo que su colega tránsfuga de Gibraleón: echar a la calle a los trabajadores contratados en su día por el PP. El pesebre para el que lo controla, en definitiva, aunque los costes de esa injusta actitud hayan de soportarlos los trabajadores injustamente despedidos y pagarlos de su bolsillo los contribuyentes. Carecen de la más mínima idea de la continuidad administrativa, profesan un concepto patrimonial del poder que los priva moralmente de toda autoridad. Y les da igual que los tribunales los condenen, como los están condenando, primero porque de lo que se trata es de estabular a los clientes propios y, segundo, porque, como va dicho, ellos no pagan las indemnizaciones. La política se ha convertido en una profesión que no requiere otro mérito profesional que tener el carné oportuno.